Una exhortación
Para los que sí poseen el yelmo de la salvación, quiero destacar dos deberes: primero, agradecer este don inefable; y segundo, vivir según tus esperanzas.
1.- Agradece este don inefable
No creo que lo tengas, si tu corazón no lo agradece.
Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva […], para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible (1 P. 1:3-4).
¿Tienes esperanza del Cielo? Es mejor que tener todo el mundo en las manos. El mayor rey de la tierra cambiaría de buen grado su corona por tu yelmo en la hora de su muerte. Su
corona no le comprará este yelmo, pero tu yelmo te dará una corona, no de oro sino de gloria, que una vez puesta no se te quitará más.
Cristiano, recuerda que no hace tanto que solo tenías una terrible expectación del Infierno en lugar de la esperanza de la salvación. Pero Dios quitó las cadenas de culpa que ataban tu alma desesperada y te dio favor ante su corte celestial. De todos los hombres del mundo, eres el que más debes a la misericordia divina. Si le agradeces el pan y el vestido, ¿cuánto más esa corona?
Después de alabarle en espíritu, debes reunir además las alabanzas a Dios de tus amigos y, una vez en el Cielo, seguir alabándole por toda la eternidad a causa de este yelmo de la salvación. Nunca podrás pagar esa deuda.
2.- Vive según tus esperanzas
Haya un acuerdo entre tus principios y tus prácticas; esto es, entre tu esperanza del Cielo y tu vida en la tierra. Mientras buscas la salvación, anda hacia donde se dirige tu vista. Si el cristiano deja de vivir dignamente según su llamamiento, traiciona la esperanza de Dios para él. La Palabra destaca la necesidad de esto. Nos estimula a vivir “como es digno de los santos” (Rom. 16.2), y “como es digno del evangelio de Cristo” (Fil. 1:27).
Cuando uno quiere hacer el payaso, lo visten de harapos con un manto real, para que con la mezcla de vileza y majestuosidad falsa, haga aún más el ridículo. El diablo quiere avergonzar el nombre de Cristo y su evangelio, persuadiendo al hombre a profesar una gloriosa esperanza celestial a la vez que vive de manera totalmente indigna de semejante herencia real. ¿Qué opinas de aquel que sale a la batalla con yelmo de bronce, espada de palo y escudo de papel? Darás por sentado que no puede hacer nada al enemigo… si no matarlo de risa.
Entonces, ¿cómo viviremos a la altura de esta esperanza?
Exploremos seis maneras específicas de hacerlo:
a.- En las amistades
El hombre está hecho para relacionarse. ¿Pero con quién? ¡Con los que tienen igual esperanza! Los creyentes somos una sociedad distinta del mundo. “Y aprendan también los nuestros a ocuparse en buenas obras”, dice Pablo (Tit. 3.14). “Los nuestros” son los hermanos. Cuando Pedro y Juan salieron de la cárcel, enseguida “vinieron a los suyos” (Hch. 4:23). Pero cuando tenían que estar entre profanos, sabían que no estaban entre amigos, y se quedaban allí el mínimo tiempo posible.
Seguramente había muchos en Canaán que podrían haberse relacionado con Abraham, pero él sabía que no debía trabar amistad íntima con ellos. Por tanto, “habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa” (Heb. 11:9).
Considera adonde te lleva tu esperanza. ¿No buscamos compañeros en el camino al Cielo? ¿Acaso van allí contigo los impíos? A menos que el camino al Cielo y al Infierno se unan en una sola vía, esto nunca será así. Si tu compañero no va camino al Cielo, ¿qué consigues andando con él? ¿Contemporizarás andando en su camino? En una palabra, cristiano, tu esperanza te dirige al Cielo, y una de las cosas que esperas es ser librado de la presencia de todo mal. ¿Oras para que se cumpla esta promesa? El objeto de tu esperanza es el tema de tus oraciones. Cuando dices: “Venga tu reino”, eso es lo que estás pidiendo. ¿Es coherente tener amistad con los impíos junto con esta esperanza y oración para ser librado de ellos?
b.- En tu estilo de vida
“¡Cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios!” (2P. 3:11-12). Cada alma creyente forma parte de la Esposa de Cristo. El día de su conversión es el día de su compromiso con Cristo por la fe; por tanto, vive esperando el día de la boda, cuando él vendrá para llevarla a la casa de su Padre, como Isaac llevó a Rebeca a la tienda de su madre. Allá vivirán entre los dulces abrazos de su amor por toda la eternidad. Cuando venga el Esposo, ¿querrá la esposa que la vea con el vestido sucio? “¿Se olvida la virgen de su atavío, o la desposada de sus galas?” (Jer. 2:32). ¿Alguna vez ha olvidado la novia preparar el vestido de boda a tiempo, o deja de ponérselo cuando espera la llegada del novio?
La santidad es el “vestido bordado” con el que serás “llevada al rey”: el Esposo (Sal. 45:14). ¿Por qué se ha aplazado la boda durante tantos años? El vestido de la novia ha tardado mucho en terminarse. Pero cuando se acabe de preparar, y te vistas con él, llegará aquel día gozoso: “Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (Ap. 19:7).
Cristiano, no hay argumento más eficaz para vencer la tentación que esta esperanza. Por supuesto que es bueno vencerla sea cual sea el arma utilizada, pero los israelitas escogieron mal al acudir a los herreros filisteos “para afilar cada uno […] su hacha o su hoz” (1 S. 13:20). El cristiano también juzga mal al utilizar el argumento del impío para vencer la tentación. Su espíritu es más puro. El argumento inocente de la esperanza te pondrá en una torre contra el pecado más fuerte que cualquier arma sofisticada del mundo inconverso.
La concupiscencia del pecador le asusta debidamente con el terror de fuego y azufre, pero tu esperanza de la gloria celestial te pone fuera del alcance de los malos deseos. ¿Ataca tu castillo un pecado sensual? Pregúntale a tu alma: “¿Pondré ahora la cabeza en el regazo de Dalila, cuando antes quería descansar en el seno de Abraham? ¿Accederé a contaminar mi cuerpo con lujurias cuando es el mismo vestido que mi alma espera llevar en el Cielo? ¡Fuera, Satanás! No quiero tener nada que ver contigo ni con tus ofrecimientos, los cuales me harían indigno de ese lugar bendito y ese santo estado que anhelo”.
c.- En tus sentimientos hacia el Cielo
“Sed sobrios, y esperad por completo en la gracia” (1 P. 1:13). Tú que esperas tener tanto en el otro mundo, bien te puedes contentar con poseer poco en este; nada es más indigno de la esperanza celestial que un corazón carnal. ¿No te parecería inadecuado que un rico con vastas tierras recogiera los restos dejados en los campos para los pobres? No te enfades, cristiano, si te digo que haces algo mucho peor al correr tras la basura mundana.
Mientras más sube el sol de verano, más intensamente brilla y da calor. Si tu esperanza de salvación se ha elevado algo en tu alma, dispersará los indignos deseos de este mundo y creará un sentimiento más cálido por el Cielo.
Agustín de Hipona, refiriéndose a una conversación que una vez sostuvo con su madre acerca del Cielo, prorrumpió: “¡Señor, qué despreciable se hizo este triste mundo a nuestros ojos el día en que nuestros corazones se caldearon con la mención de aquel lugar bendito!”. Mientras más nos acercamos al Cielo en nuestras esperanzas, más nos alejamos de la tierra y sus deseos. Al plantarnos en las alturas celestiales podremos mirar al mundo lejano como una nadería, como un montón de tierra.
d.- En el dominio de la esperanza sobre el temor a la muerte
¿Por qué temer la muerte cuando esperas llegar a la vida? ¿Acaso teme el corredor arribar antes a la meta? ¿Llora la novia al acercarse la boda? Para ti la muerte es todo esto y más aún. Con ella llegará el jubileo. Serás libre. Habrás terminado la carrera y obtenido la corona; Dios mismo te coronará en cuanto tu alma abandone tu cuerpo.
No importa lo duro que haya sido el viaje, este terminará, y la muerte será tu amiga que abre el arca de tu cuerpo para llevar a tu alma a salvo hasta la orilla de la eternidad, a las puertas del Padre celestial. En resumen, tu Esposo vendrá a buscarte, llamando, por mano de la muerte, para que salgas. Así podrá cumplir la promesa hecha en el día de tus esponsales. No amas mucho al Señor si no estás dispuesto a salir de aquí y disfrutar de su presencia bendita en el palacio real del Cielo, donde se han hecho preparativos para recibirte que aquí ni siquiera te imaginas.
Los impíos dicen que no creen que los cristianos estemos tan convencidos de la gloria celestial como profesamos; porque de ser así, no temeríamos tanto el llegar allá. Todo temor de la muerte revela una gran incredulidad y poca esperanza. Cuando no tenemos un concepto correcto de la muerte, esta nos asusta. Si la fe viera más allá para asegurarnos del bien, estaríamos tan tranquilos como ahora nos asustamos.
El caballo disfruta del mismo heno en el establo que lo asustaba al verlo amontonado en el camino. Entonces no sabía lo que era. Cristiano, si comprendes el mensaje de la muerte, el temor de ella se desvanecerá. Te sacará de las experiencias conocidas de esta vida, pero te llevará a gozos incomparablemente superiores. En un banquete nadie critica al criado que se lleva el primer plato, para poder traer el segundo.
e.- En el gozo de la esperanza
Un corazón triste no es digno de una esperanza viva. Solo el siervo sin esperanza de paga sirve con semblante apesadumbrado. Pero ya que este no es tu temor, deshonras a Dios y a ti mismo si demuestras un espíritu abatido.
Cristo no quiere morar en un corazón triste más que tú en una casa sombría: “La cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza” (He. 3:6). Abre todas las ventanas y deja entrar la luz radiante de su promesa para ti. No invitamos a los amigos a un cuarto sin luz, ni los recibimos con mala actitud, ya que pensarían que nos aburre su compañía. Cristo trae la buena noticia y merece mejor acogida que un espíritu abatido. Si a los condenados se les susurrara la menor esperanza de salvación, brillaría la luz en el Infierno y habría regocijo en medio del tormento. Avergüéncense los creyentes negligentes si unas pocas nubes de corta aflicción los envuelven en tales tinieblas y la esperanza celestial no basta para cambiar su lamento en gozo y consuelo.
f.- En el temor de Dios
“Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia” (Sal. 147:11). Con demasiada frecuencia los hijos pierden el respeto hacia sus padres una vez entregada la herencia. Aunque no se puede acusar justamente a la doctrina de la seguridad de salvación de producir este fruto amargo, somos demasiado propensos a abusar de ella. Aun los mejores cristianos pueden verse fuertemente tentados después de recibir el amor de Dios y la vida eterna bajo el sello de la seguridad de su esperanza, cayendo en graves pecados.
Dios abrió la profundidad de su corazón y demostró su amor para con David y Salomón en gran medida antes de que los dos cedieran al pecado. Una mancha en su historial muestra las sombras oscuras de su pecado a la luz de este amor divino. Su historia nos deja ejemplos de debilidad humana, pero también revela una esperanza inalterable; esta esperanza se expresa en sumo gozo por la certeza de nuestra gloria venidera, y debemos alimentar un santo temor de Dios en el corazón.
El diablo se complace si puede hacer pecar a los cristianos, pero se gloría más cuando puede echarlos por tierra con sus trajes reales, haciéndolos contaminar su manto de salvación. Si lo logra, intentará insultar a Dios mostrándole el dilema de su hijo y burlándose juntamente con el mundo de la convicción del cristiano. Después de lanzar al cristiano a algún pecado inmundo, Satanás le pregunta a Dios: “¿Es esta la garantía que le diste del Cielo? ¿Es este el manto de salvación que le diste? Mira dónde lo ha puesto, y cómo ha abusado de tu gracia”. ¡Temblamos al pensar en dar pie a que el diablo blasfeme de esa manera del Dios vivo!
Los hijos amados de Dios no deben holgazanear al sol del amor divino, sino seguir adelante en el camino del deber, ya que Dios ha tenido la bondad de sembrarlo de gozo. Pero no debemos perder el temor reverente a Dios por su familiaridad con nosotros.
Moisés es un buen ejemplo de esto. ¿Cuándo trató el Todopoderoso a nadie con mayor familiaridad y confianza que a él, con quién habló cara a cara? ¿Cómo reaccionó Moisés ante este acto trascendente de la gracia? ¿Acaso se insolentó, olvidando la distancia que había entre él y Dios, cuando su Divina Majestad se rebajó para hablarle de forma tan humilde? No; su corazón se llenó más que nunca de reverencia. Toda la bondad de Dios, especialmente su misericordia perdonadora, no pudo por menos de aumentar su gozo y llenar su alma de dulce amor por ese Dios tan lleno de gracia. Pero el temor reverente de Moisés no se perdió en la marea de sus preciosos sentimientos: “Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hasta el suelo y adoró” (Ex. 34:8). Este favorito del Cielo mostró su temor de Dios cuando Dios le expresó su amor.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall