En PREGUNTAS

Estamos ante una pregunta que no es simplemente una opción entre muchas sino que, si eres cristiano, debes pensar bien la respuesta y no dejarte arrastrar por las modas culturales que en cada momento histórico quieren imponer su relato sobre la Escritura. Por tanto, vamos a ver la sepultura cristiana frente a la cremación pagana, porque esto es una cuestión de fe y de esperanza.

La diferencia entre la sepultura cristiana y determinadas prácticas funerarias del paganismo no es simplemente una cuestión de costumbres, tradiciones o preferencias personales. En el fondo, existe una diferencia mucho más profunda: la manera de comprender al hombre, el significado de su cuerpo, la realidad de la muerte y la esperanza de la vida eterna.

Esta es precisamente una de las cuestiones que podemos encontrar en las Escrituras al contrastar la esperanza bíblica de la resurrección con la antropología de la filosofía griega.

1. La filosofía pagana: el cuerpo como prisión del alma

En algunas corrientes de la filosofía griega, particularmente en la tradición platónica, el cuerpo era considerado una limitación para el alma. Mientras que el alma pertenecía a un orden superior e invisible, el cuerpo estaba sujeto a la corrupción, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Por esta razón, la muerte podía interpretarse como una liberación: el alma abandonaba el cuerpo que la había mantenido prisionera. Platón recoge esta concepción en algunos de sus diálogos, especialmente en el Fedón, donde se desarrolla la separación entre el alma y el cuerpo.

Pero la Escritura señala que esta comprensión del hombre se opone radicalmente a la esperanza bíblica, porque el cristianismo no espera la liberación definitiva del alma respecto del cuerpo, sino la resurrección y glorificación de ese mismo cuerpo.

2. La fe cristiana: el cuerpo fue creado por Dios y será resucitado

Frente a esa concepción, las Escrituras presentan una antropología completamente diferente.  Génesis 2:7 declara que Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida. Esto implica que el cuerpo no es el resultado de una desgracia, ni es una cárcel en la que el alma ha quedado encerrada. Es parte de la creación divina.

Por eso, el apóstol Pablo afirma: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros?» (1 Cor. 6:19).

La redención que Cristo ha adquirido no se limita al alma. Incluye también la resurrección del cuerpo. Esta es una diferencia esencial: para ciertas corrientes filosóficas paganas, la esperanza se encontraba en abandonar definitivamente el cuerpo; para el cristiano, la esperanza consiste en que Dios redimirá y glorificará todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.

3. No destruimos una semilla, la depositamos esperando la cosecha

1Cor 15:42-44  Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual.

El apóstol presenta el cuerpo del creyente como una semilla que es sembrada en corrupción, deshonra y debilidad, pero que resucitará en incorrupción, gloria y poder.

Podemos entender figuradamente la sepultura como una siembra que anticipa la futura cosecha de la resurrección.  Por eso, el texto de Pablo a los corintios nos expone ante una enseñanza profundamente bíblica para conocer la razón de que nuestros muertos sean sepultados.

Cuando el agricultor introduce una semilla en la tierra, no lo hace porque considere que carece de valor, sino porque espera el fruto futuro. De manera semejante, cuando depositamos el cuerpo de un creyente en la sepultura, damos testimonio y confesamos que la muerte no constituye su destino definitivo. El cuerpo vuelve al polvo, pero Cristo lo levantará glorificado. Por eso, la sepultura expresa de una manera particularmente hermosa nuestra esperanza. La sepultura del Señor confirma la realidad de su muerte y precede históricamente a su gloriosa resurrección.

4. La Iglesia primitiva se distinguió de determinadas costumbres paganas

Los primeros cristianos vivían en una sociedad grecorromana en la que la cremación era una práctica conocida y, en determinados períodos, ampliamente extendida. Sin embargo, la Iglesia primitiva adoptó la sepultura, siguiendo la enseñanza bíblica y el ejemplo de Jesucristo.

Había una diferencia doctrinal importante: los cristianos anunciaban la resurrección corporal, mientras que muchas concepciones religiosas y filosóficas de su entorno no compartían esa esperanza. O como también ocurre en la sociedad de nuestros días, que niegan por completo la vida después de la muerte, por tanto, desprecian el cuerpo y rechazan la doctrina de la resurrección. Como no hay una esperanza después de la muerte, la incineración responde a su concepto sobre la existencia del ser humano y su final.

Pero Pablo declara: «Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Cor. 6:20).

  5. ¿Por qué no seguimos ese pensamiento pagano?

No seguimos esa filosofía porque la Escritura nos enseña que el cuerpo humano tiene una dignidad que no desaparece con la muerte. La Palabra de Dios es contundente cuando dice que el cuerpo fue creado por Dios, que Cristo asumió una verdadera naturaleza humana, que murió corporalmente, fue sepultado y resucitó corporalmente al tercer día. Además, creemos que la resurrección de Jesucristo es garantía de nuestra propia resurrección.

Pablo declara: «Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho» (1 Cor. 15:20).

Por tanto, nuestra preferencia por la sepultura no nace de una superstición ni del temor a que Dios no pueda resucitar un cuerpo incinerado. Dios puede resucitar igualmente al creyente que murió en un incendio, en el mar o cuyo cuerpo fue destruido de cualquier otra manera. La cuestión no es lo que Dios puede hacer con las cenizas, sino lo que nosotros queremos expresar acerca del cuerpo y de la resurrección.

La sepultura resulta especialmente apropiada porque se corresponde con los principios que se establecen en Génesis y cómo fue atendido el cuerpo de todos los patriarcas, se corresponde  al lenguaje bíblico de la siembra, se corresponde con el ejemplo de Cristo y se corresponde con la esperanza de la resurrección.

La sepultura de Cristo forma parte esencial del anuncio apostólico: «Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Cor. 15:3-4).

A causa de esta comprensión bíblica, los cristianos no adoptamos una práctica funeraria que, en ciertos contextos históricos o ideológicos, ha estado vinculada al rechazo de la resurrección o al desprecio del cuerpo.

 Conclusión:

La manera en la que tratamos a nuestros muertos también da testimonio de lo que creemos.  El mundo antiguo conoció filosofías que consideraban el cuerpo como una prisión del alma y la muerte como su definitiva liberación. Pero nosotros no hemos aprendido así de Cristo. Nosotros creemos que el cuerpo fue creado por Dios, que fue afectado por la caída, que Cristo lo redimirá y que un día será revestido de inmortalidad.

Por esta razón, cuando sepultamos a nuestros seres queridos cristianos, no estamos simplemente cumpliendo una tradición familiar. Estamos confesando públicamente que creemos en la resurrección de los muertos.

No confiamos en la conservación de los restos mortales, sino en el poder soberano de aquel que llamó a Lázaro fuera del sepulcro y que un día llamará a todos los que duermen en Cristo. La muerte puede reducir nuestro cuerpo al polvo, pero no puede frustrar la promesa divina.

Para algunas filosofías paganas, la muerte significaba la liberación del alma respecto del cuerpo. Para el cristiano, la esperanza definitiva es que Cristo resucitará el cuerpo y reunirá para siempre el espíritu, el cuerpo y el alma.

Por eso sepultamos a nuestros muertos. No porque pensemos que la sepultura es necesaria para que Dios pueda resucitarlos, sino porque es una manera bíblicamente significativa de confesar nuestra esperanza.

Así lo expresa el apóstol Pablo: «Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual» (1 Cor. 15:44).

Esta es nuestra esperanza, y esta es la razón de que nuestra forma de despedir a los muertos deba estar iluminada por la doctrina de la resurrección. No sepultamos a nuestros hermanos para olvidarlos bajo tierra, sino con la certeza de que Cristo volverá y los levantará en el día postrero.

Juan 11:25  Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

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