Sal 130:5 Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; En su palabra he esperado.
La repetición fortalece la costumbre. No tienes más dinero al terminar el año que lo que ahorraste. Por supuesto que está bien no haberlo perdido, pero podrías haberlo invertido para obtener beneficios. Cristo dijo al siervo perezoso: “Debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses” (Mt. 25:27).
Las promesas de Dios son la base para la actuación de la esperanza. Igual que es imposible que alguien viva sin aire, así la fe y la esperanza no pueden vivir sin la promesa, y sin alimentarse de ella frecuentemente. Por tanto, aparta un tiempo para meditar acerca de la Palabra de Dios. Si aprecias tu salud, no te contentes con el aire que entra en tu lugar de trabajo, sino sal de vez en cuando al campo para tomar el aire fresco en plena libertad. Si eres un creyente sabio, no te bastará con pensar de vez en cuando en las promesas de Dios entre tus preocupaciones, sino que buscarás un lugar tranquilo para disfrutar meditándolas.
Sin embargo, a veces, cuando el cristiano recuerda los pecados del pasado, su esperanza se ve apabullada por las memorias que la enfrentan. Es el mejor momento para buscar una promesa en la cual la esperanza triunfa sobre el problema. David hizo esto en una situación dolorosa: “Si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?” (Sal. 130:3). Pero él sacó su alma de este temor sacando esta conclusión como verdad inalterable: “Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado” (v. 4). Es decir: “Señor, el perdón forma parte de tu misma naturaleza; por tu corazón misericordioso, hay perdón en tu promesa. Tu misericordia no solo te hace pensar en perdonar, sino que tu fiel promesa te obliga a perdonar a todo aquel que lo pide con humildad”. David puso el cimiento de la misericordia y la fidelidad de Dios para luego volver a empezar a edificar su esperanza sobre el mismo: “Esperé yo en Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado” (v. 5). Decía: “Señor, recibo tu Palabra y por tu gracia esperaré a la puerta de la promesa; no la dejaré hasta que el perdón de mis pecados salga a mi encuentro”. Esta prueba de la bondad de Dios era tan dulce que David no quiso guardársela para sí, sino que invitó a otros creyentes a compartirla con él: “Espere Israel a Jehová, porque en Jehová hay misericordia, y abundante redención con él; y él redimirá a Israel de todos sus pecados” (vv. 7-8). Ya que había aprendido a esperar en la fidelidad de Dios, David luchó contra la desesperación hasta vencerla.
Cuando Satanás viene para robarnos la esperanza, la duda a menudo lo acompaña con fuerza, a causa de la grandeza de las cosas que esperamos. El alma se abruma tanto que clama:
“¿Un rebelde como yo tiene derecho realmente a esperar que Dios me haga su hijo y heredero? ¿Puedo yo también recibir su perdón y favor? ¿Realmente me dará un manto de gloria en el Cielo, donde le serviré, después de no haberlo servido mejor ahora en la tierra? Es demasiado bueno para ser verdad”. Nos quedamos atónitos, igual que los discípulos ante el primer anuncio de la resurrección del Señor.
Cristiano, para ayudarte a pasar por alto este tropiezo, observa las huellas de la grandeza de Dios en su promesa. A veces las expresa con el fin de liberar nuestro pensamiento y ayudarnos a creer con mayor facilidad. Cuando Dios hizo las grandes promesas a Abraham, añadió: “Yo soy el Dios Todopoderoso” (Gn. 17:1). Y al Profeta, le dijo: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:7).
¿Cómo se extiende esta gran misericordia a hijos tan indignos? Dios tiene una manera de perdonar los pecados que el hombre no puede imitar; está tan por encima de nosotros como los cielos sobre la tierra. Si comprendes esto, tendrás la llave que abre las mayores promesas de la Biblia y que te dará entrada a su infinito tesoro.
Cuando lees alguna promesa, recuerda a Aquel que la ha hecho: se trata de la Palabra de Dios. Cuando piensas en él, no lo limites a tu comprensión finita, sino imagínalo siempre como el Ser Infinito cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Una vez que hayas elevado tus pensamientos a lo más alto, sabrás que distas más de alcanzar su gloria e inmensidad que aquel que intenta tocar el sol con la mano desde la cima de una montaña. Esto es atribuir grandeza a Dios.
Supongamos que un rey prometiera adoptar a un pobre tullido y hacerlo heredero de la corona. Este mensaje le parecería increíble al pobre hombre, considerando la distancia que hay entre su mísera cabaña y el palacio real. Le sería más fácil de creer si el rey le hubiera otorgado una residencia hospitalaria privada o una paga vitalicia. Pero si reconociera el gran poder creador del rey necesario para levantarlo de la nada hasta el mayor honor, eso le ayudaría a comprender que ese extraño suceso no era del todo imposible.
Si solamente pensamos en nuestra indignidad para ir al Cielo, nunca nos daremos cuenta de que somos de los elegidos para disfrutarlo. Pero cuando creemos en el placer que Dios tiene en demostrar su grandeza, proporcionando felicidad a las miserables criaturas en lugar de prolongar su desdicha en condenación eterna, y consideramos el precio que pagó para que su misericordia nos alcanzara, entonces lo vemos como el Dios Altísimo. Sopesando estas verdades y meditando en ellas, el corazón más endurecido se abre para creer aquello que él ha dicho.
Recuerda las misericordias pasadas
Cuando el descanso de un creyente vigoroso se ve perturbado por grandes temores acerca del futuro, puede leer el historial del trato de la gracia de Dios con él. Así soportará la noche de aflicción con esperanza y consuelo. Los que no han hecho memoria de los ejemplos destacados del tierno favor de Dios para con ellos, perderán la dulce compañía de este consuelo.
A veces un papelito con apuntes encontrado sobre el escritorio de un hombre ayuda a salvar sus tierras; mientras que sin aquella información hubiera pasado el resto de su vida en la cárcel. A menudo, el recuerdo de una experiencia libera el alma de la desesperación: aquella cárcel donde el diablo quiere apresar al cristiano. El trato de Dios con David, con frecuencia, fue el tema de sus meditaciones y cánticos; cuando su esperanza vacilaba, la recuperaba recordando la bondad de Dios para con él: “Dije: Enfermedad mía es esta; traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo” (Sal. 77:10).
Cuando un perro pierde el rastro, vuelve sobre sus pasos para recuperarlo, y sigue tras la presa con mayor confianza que antes. Cristiano, si tu esperanza flaquea y cuestionas tu salvación eterna, mira hacia atrás para ver lo que Dios ha hecho por ti en esta vida. El pago de algunas promesas lo recibimos aquí, pero hay que esperar al Cielo para disfrutar de otras. Dios cumple algunas promesas como garantía para nuestra fe de que las demás también se cumplirán en su momento. Cada juicio que cae sobre los impíos es un adelanto de la suma de la ira divina que se desatará en el Infierno. Pero él ha prometido: “El pecado no se enseñoreará de vosotros” (Rom. 6:14), ni siquiera en esta vida. Comprueba tus recibos.
¿Se ha roto el poder del pecado en tu vida? ¿Ha sido destronado de tu corazón el príncipe de este mundo, a quien antes obedecías de buen grado? Entonces tienes la garantía de poseer, dentro de poco, el dominio completo sobre el pecado en el Cielo, ya que ha empezado a perder su poder sobre ti aquí en la tierra.
Observa la forma en que David alentó su esperanza de la perfecta santidad celestial con la evidencia de su santificación empezada en la tierra. Primero declara su fe en Dios, y luego lo que espera de él: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15).
¿Has sentido cómo la mano de Dios evitaba que te hundieras en la tentación y las pruebas? David sí lo había hecho, y alimentaba su esperanza de salvación eterna con el reconocimiento de esta ayuda divina: “Me tomaste de la mano derecha” (Sal. 73:23). Esta esperanza le acercaba cada vez más a su deseo: “Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria” (v. 24).
Igual que la memoria de la bondad de Dios fortalece la esperanza de salvación del cristiano, también levanta su cabeza en medio de las peores batallas. David se hubiera aterrorizado más con las fieras miradas y la jactancia de Goliat, de no haber sido por el recuerdo del león y el oso que él había matado. Hablando en sentido figurado, David ya había dado muerte al gigante incircunciso cuando despedazó a las otras fieras. Por tanto, cuando salió a pelear contra Goliat, tenía este escudo para cubrirse: “Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo” (1 S. 17:37).
Las experiencias anteriores con Dios son un cimiento fuerte para la esperanza en las pruebas futuras y un poderoso argumento en la oración. Los creyentes utilizan estas experiencias para recordar lo que el Padre ya ha hecho por ellos, y esperar su cuidado continuado: “Sálvame de la boca del león, y líbrame de los cuernos de los búfalos” (Sal. 22:21). El cristiano puede orar con fe por experiencia, esperando una respuesta favorable, porque las misericordias antiguas le ayudan a orar en el presente.
Dios quiere dar más consuelo con cada misericordia del que la misericordia en sí representa. Supongamos que estabas orando por una sanidad, y Dios respondiera sacándote de las fauces de la muerte cuando estaba a punto de tragarte. El consuelo de esta misericordia recibida en particular, por bueno que sea, es lo menos que Dios tiene para ti. También quiere que te apoyes en él cuando tu fe y esperanza se tambaleen en las crisis futuras: “Magullaste las cabezas del leviatán, y lo diste por comida a los moradores del desierto” (Sal. 74:14). En su misericordia junto al mar Rojo, Dios estaba pensando en lo que Israel necesitaría para vivir durante cuarenta años en el desierto. No solo quería que los israelitas se gozaran de aquella misericordia recibida, sino que la recordaran con claridad; entonces no les faltaría alimento para su fe en el desierto durante toda su peregrinación. A veces el cristiano no tiene en la mesa más que la promesa y su propia experiencia pasada; y cualquiera que no pueda hacer con estos dos platos una comida que restaure su alma, merece pasar hambre.
Dios compara su promesa con la lluvia “que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come” (Is. 55:10). ¿Por qué te conformas con la mitad de los beneficios de la misericordia divina? Cuando el Señor cumple su promesa y te libera de la prueba, te consuelas, y tu corazón derrama gratitud. Esto es “pan al que come”, algo que te satisface en el momento. ¿Y la “semilla al que siembra?”. El granjero nunca gasta todo el trigo cosechado, sino que guarda una parte para sacar otra cosecha. No te sacies del gozo de la misericordia sin guardar memoria de ella como simiente de esperanza, para fortalecerte en Dios y esperar mayor misericordia y ayuda en tu necesidad.
Has visto cómo Dios extendía la mano para ayudarte. Si no crees que él haya perdido su fuerza y su destreza, la esperanza aún tiene una base para actuar y levantar tu cabeza por encima de las aguas. Nadie se hunde en la desesperación si no se aleja del poder de Dios.
Otra manera de permitir que Dios te rescate de la desesperación es recordando las veces que él ha demostrado que tu incredulidad era un falso profeta. ¿No ha llamado a tu puerta con consuelo interior y liberación externa después de que apagaras la vela de la esperanza y dejaras de buscarlo? Acudió a Ezequías cuando este se había dado por desahuciado (Is. 38:10-11). ¿Alguna vez te has sentido solo ante el temor, como si la noche fuera eterna, sin otro amanecer posible? Aun entonces, Dios reveló como mentirosos todos esos pensamientos de desesperación con la repentina sorpresa de su dulce misericordia, cuando entró a hurtadillas para traértela. Entonces, ¿por qué te dejas asustar una y otra vez por los pensamientos de desconfianza que Dios con tanta frecuencia ha revelado como mentirosos? ¡Deja de alimentar tus esperanzas con los cadáveres de esos temores liquidados!
Recuerda también que hasta cuando te has impacientado y desesperado en la aflicción, la misericordia ha obrado entre bastidores para librarte. David es un ejemplo de ello: “Y dije en mi apresuramiento: Todo hombre es mentiroso. ¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?” (Sal. 116:11-12); “Decía yo en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos; pero tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba” (Sal. 31:22). Lo que quería decir era: “¡Oraba con tan poca fe, que negaba mi propia oración! Daba por sentado que mi situación no tenía remedio; pero Dios perdonó mi impaciencia y me otorgó la misericordia que casi no tenía fe para esperar”. Con esta experiencia David alienta la esperanza turbada de todo creyente: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro corazón” (v. 24).
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall