En ARTÍCULOS

La mayoría se contenta con un yelmo barato que no beneficia más que una gorra de papel. Examina el metal de tu yelmo para saber de qué está hecho; porque hay uno que intenta defender su propia cabeza (esto es, la serpiente) y quiere herirte la tuya. Solo los niños y los necios edifican sobre la arena. Los sabios anclan sus esperanzas de salvación con el mismo cuidado que el capitán prudente lo hace con su barco.

Nada humilla más a los hombres que verse defraudados en sus esperanzas: “Pero fueron avergonzados por su esperanza; porque vinieron hasta ellas, y se hallaron confusos” (Job 6:20). No hay una vergüenza mayor que la falsa esperanza de salvación eterna de los pecadores, los cuales resucitarán para “confusión perpetua” (Dn. 12:2). Se levantarán de la tumba para ver, en lugar del Cielo esperado, la boca ardiente del Infierno que los aguarda.

¿Qué harán estos ilusos en el día de la ira del Señor, al ver el mundo entero en llamas y oír a Dios, cuyos ojos penetrantes los examinarán, llamándolos a juicio ante hombres y ángeles? ¿Agitarán desesperadamente su esperanza ante Cristo? Ciertamente sus corazones desfallecerán. En aquel día Dios usará sus propias lenguas para mostrar la necedad de su falsa esperanza ante el mundo entero; no habrá nada más severo que sus propias conciencias. La Palabra profetiza acerca de un tiempo en que los falsos profetas “se avergonzarán de su visión cuando profetizaren; ni nunca más vestirán el manto velloso para mentir. Y dirá: No soy profeta; labrador soy de la tierra” (Zac. 13:4-5).

El falso profeta más notorio, el que más engaña, es la vana esperanza de salvación de algunos. Profetiza paz, perdón y una porción en el Cielo para los que nunca fueron herederos de Dios. Pronto viene el día en que ese falso profeta será confundido. Entonces el hipócrita confesará que nunca tuvo esperanza de salvación verídica, excepto un ídolo de su propia imaginación; la persona religiosa desechará aquella profesión de fe con la que se engañaba, y se verá desnuda en su pecado. Esto es suficiente para hacernos escudriñar nuestros corazones y averiguar en qué se apoya nuestra propia esperanza.

La esperanza correcta tiene buen fundamento. “Estad siempre preparados —nos dice Pedro— para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 P. 3:15). Todo cristiano, por débil que sea, ha fundado su corazón en la Escritura para la esperanza que profesa. ¿Qué es lo que te da derecho a heredar el Reino de Dios sin su promesa? Si otro reclamara tu casa y tus tierras, ¿se las entregarías simplemente por que te las pida? Pero muchos esperan salvarse aunque no pueden aducir mejor razón que esta.

Así como el cristiano vence el temor preguntando a su alma por qué se turba, la misma pregunta puede derribar al pecador insolente de sus altivas esperanzas. “¿Qué razón encuentras en toda la Biblia para esperar salvarte, cuando vives ignorante de Dios?”. Ciertamente su alma callará como aquel de la parábola que no estaba vestido para la boda. Por eso algunos ni se atreven a pensar en la salvación, sabiendo que el hacerlo perturbaría su conciencia por mucho tiempo. O si se lo plantean, lo hacen como Pilato, que preguntó a Cristo por la verdad, sin intención siquiera de esperar una respuesta.

Tal vez no sabes quién es Cristo ni cómo fundar tu esperanza en él; o tal vez esperas a ciegas que Dios sea demasiado bueno como para mandarte al Infierno. Esta esperanza es infundada, y no te puede ayudar. Si él te salvara tal como estás —incrédulo e impenitente—, tendría que inventar un nuevo evangelio especialmente para ti; porque la Biblia te condena sin esperanza ni amparo. El evangelio, “entre los que se pierden está encubierto” (2 Cor. 4:3).

Tú tienes mucho conocimiento. Pero muchos no emplean mejor su conocimiento de las Escrituras que los ladrones el conocimiento que tienen de la ley: la investigan solo para poderla transgredir, no para guardarla. Muchos estudian la Palabra —especialmente los pasajes acerca de la misericordia de Dios hacia los pecadores— para llenar una almohada con esos consuelos y echarse a dormir, cuando el clamor de sus abominaciones empieza a turbar su descanso. ¡Dios te libre de semejante esperanza! Seguramente querrás dar mejor respuesta en el Juicio de Cristo. ¿Acaso tu conocimiento hará una defensa más sólida para tu salvación, que la acusación de tus pecados no abandonados, los cuales testifican en tu contra? Si hubiera esperanza para una persona así, entonces Judas y Jezabel, y aun los demonios, se unirían a tan buena compañía.

Tal vez unes la reforma al conocimiento, habiendo dejado tu antigua vida corrupta. Pero si quieres ser fiel a tu propia alma, no descanses en la buena opinión de otros. No juzgues tu esperanza del Cielo por la opinión que ellos tienen de tu comportamiento externo. Tienes que mirar hacia dentro y preguntarte de qué manantial brota este nuevo río de tu nueva manera externa de vivir. Solo esto decidirá la controversia, y juzgará tu esperanza verdadera o falsa.

No es un nuevo rostro lo que influye en nuestro comportamiento, sino un nuevo principio que transforma el corazón y prueba que nuestra esperanza es genuina: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva” (1 P. 1:3). El nuevo nacimiento nos da derecho a una nueva esperanza. Si el alma está muerta, no puede haber esperanza viva. Es posible para el alma estar muerta y aún llevar puesta una reforma atractiva, como un cadáver puede estar revestido de ropas elegantes. El hijo de un mendigo vestido con ropas de rico, tiene la misma esperanza de heredar las tierras de este como tu alma de heredar la gloria divina únicamente con reformas externas. Las esperanzas de un hijo provienen de su padre, no de un desconocido.

¿Qué has heredado de tu padre Adán, sino una naturaleza pecadora y una expectación temerosa de muerte? El corazón de Ana estuvo turbado hasta que Dios le envió un hijo, y tú tienes más razón para estar turbado hasta llegar a ser un hijo de Dios. Es mil veces mejor morir sin hijos, que sin Padre. Es mucho peor no tener un Padre que te dé una herencia celestial, que no tener hijos que hereden tus bienes terrenales.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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