Igual que existe la fe débil, también existe la esperanza inestable. Debemos establecer y consolidar la esperanza con el uso diligente de todos los medios a nuestro alcance. La esperanza es firme y sólida cuando el cristiano no teme a la oposición. El anclaje de la esperanza en la promesa evita que se caiga en el desaliento y en temores que engullen a los que carecen de esperanza.
Mientras más se purifique el oro de la escoria y de todo lo que le es ajeno, más sólido y valioso será. Mientras más se purifique la esperanza, quitando la presunción infundada por una parte, y el temor y la desconfianza abyectos por otra, más fuerte se hará. La Escritura llama a esto la “plena certeza de la esperanza” (Heb.6:11). Para provocarte al celo santo en cuanto a establecer esta esperanza, considera estos tres argumentos: primero, es tu deber; segundo, el negarte a fortalecer la esperanza demuestra poca estima por Cristo y su salvación; y tercero, puedes ver tu esperanza probada con severidad.
1.- Es tu deber
Algunos dicen que no hay que luchar por la seguridad. Pero juzgue el cristiano si es mejor creer a estos o a Dios. El Espíritu Santo dice: Deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas (Heb. 6:11-12).
Dios mismo exhorta al creyente a buscar “plena certeza de la esperanza”. Aquel que tenga poca esperanza navega a sotavento, pero Pablo prefiere que el cristiano corra empujado por el viento fuerte que lo llevará al Cielo. Esto solo es posible cuando el alma, como una vela desplegada, se llena tanto de la bondad y verdad de la promesa, que se goza en la certeza de lo que tendrá al arribar a la eternidad, aunque ahora pase tempestades de mil tentaciones y pruebas en la travesía.
¿A quién asigna el Espíritu este deber? A todo creyente. Es pecado que un pobre codicie los bienes del rico para sí, sin contentarse con menos; pero en la vida espiritual, es aceptable que el cristiano anhele todas las riquezas de la gracia. Pablo mismo no pensará mal de ti si trabajas para obtener mayor fe y una esperanza tan vigorosa como la suya. ¡No te conformes con menos!
Finalmente, observa que la Escritura interpreta la débil virtud de los creyentes como pereza. Así expresa Pablo su deseo: “No os hagáis perezosos” (Heb. 6:12). La mano diligente acumula tesoros en el mundo y también en el Cielo.
2.- Negarte a fortalecer la esperanza demuestra poca estima por Cristo y su salvación
Nos esforzamos por conseguir lo que más atesoramos. Si un príncipe perdiera un céntimo y le dijeran que lo habían encontrado, le daría igual por su poco valor. Pero si su reino estuviera en juego en la guerra, y le informaran de la derrota del enemigo, anhelaría la confirmación del mensaje.
¿Vale tan poco para ti el Cielo, que te contentas con escasas probabilidades y un “quizá llegue”? Si no te interesa más que eso, desprecias aquel santo lugar. Cuando Acab guio a su ejército contra Ramot de Galaad, Micaías le profetizó la victoria: “Sube y serás prosperado” (1 R. 22:15). Pero el rey sospechaba correctamente que el Profeta le mentía, y lo reprendió: “¿Hasta cuántas veces he de exigirte que no me digas sino la verdad en nombre de Jehová?” (v. 16).
Si tienes alguna esperanza del Cielo, y crees que de ella depende tu felicidad o tu desdicha eterna, debes escudriñar tu corazón a la luz de la Palabra de Dios. Y después de un repaso imparcial de lo que leas en ella, manda a tu conciencia que te diga la verdad sin tapujos: cuál es tu verdadero estado espiritual y si tienes o no esta esperanza de salvación.
Cuando Pedro se enteró de la resurrección de Cristo, no lo creyó del todo; pero corrió rápidamente para ver la tumba, demostrando así su gran amor al Señor. Cristiano, aunque la promesa de vida eterna no haya producido aún en ti tal seguridad que puedas disfrutar de la esperanza sin dudas, puedes mostrar tu aprecio por ella intentando fortalecer tu esperanza y apartar la duda.
3.- Puedes ver tu esperanza severamente probada
El marinero entendido prepara su barco para lo peor. Se anticipa al mal tiempo y a los vientos que puedan crear problemas. Al final tal vez sea una travesía agradable, pero él sabe que es más fácil cargar provisiones antes de zarpar que conseguirlas en alta mar. La protección no se suele hallar en la prueba si no se ha buscado en la bonanza. Dios mismo nos dice: “Os es necesaria la paciencia [esto es, de antemano], para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (He. 10:36). También hay que hacer acopio de esperanza, ya que la paciencia carga todo sobre las espaldas de esta.
No sabemos las aflicciones y tentaciones que Dios pondrá sobre nosotros, de forma que jamás debemos dejar de fortalecer nuestra esperanza. Hay deberes difíciles que cumplir y duras pruebas que soportar, las cuales requieren una esperanza proporcional. Se nos dice que retengamos “firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza” (Heb. 3:6).
¿Puede gozarse el cristiano que tiene una esperanza débil? No; es como un barco que hace agua, cargado de riqueza; el temor al naufragio quita el gozo del dueño del tesoro. Si le mandaras gozarse en su herencia celestial, te dirá que a lo mejor ni siquiera llega a poseerla.
Es duro tener que esperar pacientemente la misericordia de Dios por mucho tiempo, pero “bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová” (Lm. 3:26). Una esperanza débil está falta de aliento y no puede esperar con tranquilidad. Los impacientes suelen ser difíciles de complacer; se quejan si no consiguen exactamente lo que quieren cuando lo quieren.
Cuando la fe y la esperanza de David estaban debilitadas, reñía con todos. Ni siquiera el profeta que le llevó noticias del reino escapó a la censura, solo porque la promesa tardó más de lo que él esperaba: “Y dije en mi apresuramiento: Todo hombre es mentiroso” (Sal. 116:11). La promesa no llegó ni con un día de retraso sobre su tiempo debido, pero David se perdió la plenitud del cumplimiento de esta por su impaciencia. Piensa en el Salmista cuando su fe y esperanza estaban fuertes. Entonces no se apresuraba a pedir la misericordia de Dios, sino que sabía que su victoria se encontraba tan segura en las manos de Dios como si estuviera en las suyas propias: “¡Oh Dios […], esperamos ante ti alabándote en silencio” (Sal. 65:1). Es como si dijera: “Señor, espero tranquilamente el momento de alabarte; mi alma no se turbará por tu demora. No murmuro, sino que afino el arpa y los instrumentos con confianza, para poder cantar cuando venga la noticia de mi liberación”
No es fácil que un niño espere pacientemente la cena cuando ve los preparativos de un gran festín; pero el adulto espera aunque aquella tarde más de lo normal. Nuestra inmadurez y debilidad en la virtud (especialmente en la esperanza) nos hacen impacientes esperando el momento de Dios. Fortalece tu esperanza, y tu paciencia también crecerá.
En resumen, cristiano, puede que tengas que pasar por muchas pruebas y tentaciones antes de entrar en el Cielo y revestirte de salvación. Defiende ahora tu esperanza y ella te defenderá en la prueba; fortalece tu esperanza y te apoyará. Todo el cuerpo ayuda a proteger la cabeza. Las manos desvían los golpes, y los pies corren para sacarla del peligro. La boca toma de buen grado medicinas para curar el dolor. La salvación es para el alma como la cabeza para el cuerpo: es lo que más se debe proteger. La esperanza representa para la salvación lo que el yelmo para la cabeza. El necio que se pone un yelmo frágil en la batalla, es como aquel que arriesga su salvación con una esperanza débil. Cristiano, el resultado de la batalla contra el enemigo depende de tu esperanza: fallando esta, lo pierdes todo.
La esperanza libra batalla contra las tentaciones y el sufrimiento como el príncipe en medio de su ejército. Alienta a sus hombres observándolos y aplaudiéndolos. Pero si se informa de la muerte del rey, el coraje del ejército se tambalea. Por eso Acab insistió en que le apoyaran en su carro para ocultar sus heridas mortales ante la tropa.
Satanás apunta sus dardos contra tu esperanza. Si dan en el blanco, tu alma sangrará mucho y empezará a derramar preguntas por la herida: “¿Se pueden perdonar pecados tan viles como los míos? ¿Alguna vez se sanarán estas llagas de lujuria tan infectadas? ¿Se quitarán estas aflicciones que por tanto tiempo he aguantado, o podré soportarlas más?”. Lucha por tu vida y sostén tu esperanza herida en el carro de la promesa; no te doblegues en la desesperación, dejando que el diablo pisotee tu alma. En cuanto se rinda tu esperanza, ese maldito demonio tomará venganza completa y tu alma estará desamparada. Esta derrota te lastimará tanto que preguntarás desesperado: “¿Por qué he de pensar en orar, escuchar o meditar cuando no queda esperanza?”.
¿Llamamos al médico después de muerto el amigo? ¿De qué sirve frotar las extremidades, si se le ha cortado la cabeza? El ejército se desbandó en cuanto supieron de la muerte de Acab. Tú también abandonarás la idea de ganar terreno contra el pecado y Satanás si se desvanece tu esperanza. Entonces, caerás o en el ateísmo de Caín o en el terror de Judas, enterrando los pensamientos acerca de tu condición desesperada bajo un montón de proyectos mundanos.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall