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Solo la fe puede ver a Dios en su grandeza; por tanto, solo ella es capaz de reconocer las promesas en su grandeza, porque su valor estriba en Aquel que las ha hecho. Por ello, las promesas tienen tan poco efecto en el corazón incrédulo para evitar que peque o para consolarlo ante el tormento del pecado. Donde hay fe para tratar de alcanzar las promesas, estas darán consuelo y paz en abundancia: serán como vino dulce que conforta al creyente con gozo interior. Pero en el corazón incrédulo la promesa resulta fría e ineficaz. No tiene mayor efecto en esa alma que la medicina en la boca de un muerto.

Las promesas no consuelan real y formalmente, como el calor del fuego; de ser así, nos consolaríamos con solo pensar en ellas. Las promesas consuelan de forma virtual: como el fuego que reside en el pedernal pero para sacarlo del mismo se requiere esfuerzo y habilidad al golpearlo. Solo la fe puede enseñarnos esta habilidad de extraer la dulzura y la virtud de la promesa, y lo hace de tres maneras.

La fe enseña la virtud de las promesas de Dios

1.- La fe acude a la fuente de las promesas

Aquí el cristiano puede beneficiarse de la mejor forma de ver las preciosas cualidades de dichas promesas. Comprendemos poco una cosa si no la rastreamos hasta su origen y consideramos sus comienzos. El alma sabe que sus pecados son graves cuando los ve fluir de una naturaleza envenenada que rebosa enemistad contra Dios. El pecador tiembla ante las amenazas que rugen como truenos sobre su cabeza, al ver de donde proceden y el odio perfecto de Dios contra el pecado.

Igualmente es verdad que la persona se dará cuenta del inmenso valor de las promesas al ver la fuente de la que proceden: el corazón de la misericordia gratuita de Dios. Este es el origen de todas las promesas. El pacto mismo, que las abarca todas, se llama “misericordia” por ser producto de esta: “Para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo pacto” (Lc. 1:72).

La fe argumenta que si las promesas fluyen del mar de la misericordia de Dios, entonces deben ser tan infinitas e ilimitadas como lo es su misericordia. Si rechazamos la promesa, o cuestionamos la suficiencia de la provisión divina solo por causa de nuestros pecados, deshonramos la misericordia que concibió la promesa.

2.- La fe llega al fondo de las promesas

La Palabra de Dios, la luz que guía a la fe, revela el doble propósito de las promesas: exaltar las riquezas de la misericordia gratuita de Dios, y consolar al creyente.

a.-  La exaltación de la libre gracia de Dios

Dios mismo se propone perdonar y salvar a una multitud de pecadores perdidos, por amor a Cristo; lo hace mediante las promesas del evangelio. Dios cumple este plan misterioso de reunir a sus hijos y formar con ellos un coro glorioso que llene los cielos de alabanzas triunfantes por la misericordia que los salvó y perdonó. Cuando la fe ve que el propósito divino es la alabanza de su misericordia, le dice al alma turbada que no es posible que el Padre rechace al pecador arrepentido. Dios ha de ser fiel a sus propios pensamientos y mantener la vista en la meta que él mismo se ha trazado.

La fe dice que al prometer perdón para los pecadores Dios busca la exaltación de su misericordia. ¿Y qué exalta más esa misericordia, el perdonar pecados nimios o graves? ¿Quién le alabará más? Seguramente aquel a quien se le haya perdonado más. Dios está dispuesto a perdonar al pecador más vil si se arrepiente de verdad.

Un médico no despide a los que necesitan desesperadamente su ayuda para atender solo las enfermedades de poca gravedad. Las grandes curas le darán mayor fama. Cuando un enfermo terminal recobra la salud bajo su cuidado, recomienda de buena gana su médico a todos los que le escuchen, ganándole mayor reputación que un año de curas corrientes.

Los que han recibido el perdón de pecados graves pagan grandes tributos de alabanza a Dios. Cristo afirma que aquel a quien le ha sido perdonada una deuda de quinientas monedas amará más que otro que solo debía cincuenta. Donde hay más amor, hay más alabanza. La voz de un Manasés, una Magdalena o un Pablo, destacará por encima de las demás en el concierto celestial.

La gravedad del pecado dista tanto de estorbar el perdón hacia el pecador arrepentido en el pensamiento de Dios, que él únicamente perdona a aquellos que confiesan que sus pecados son graves. Por tanto, Dios utiliza la ley para abrir camino, por la convicción de la conciencia, a fin de que su misericordia perdonadora suba al trono en el corazón del pecador arrepentido: “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Ro. 5:20). Si temblamos ante la gravedad de nuestros pecados, debemos exultar ante la misericordia que tanto sobrepasa dicha gravedad. Aquel que se maravilla de la altura de una montaña majestuosa, mucho más se asombrará al considerar la cantidad de agua que sería necesaria para ocultarla para siempre de la vista. Examinemos ahora el segundo propósito de la promesa.

b.-  Consuelo para el creyente

La Palabra de Dios se escribió “a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza (Ro. 15:4). Dios da a los pecadores seguridad en cuanto a la realidad de su misericordia para salvar a aquellos que aceptan a Cristo en los términos planteados por el evangelio. Cristo abre su corazón y hace públicos los propósitos de su amor en muchas preciosas promesas que surcan como venas todo el cuerpo de la Escritura.

Según el propósito de su Palabra, Dios sella todo el consuelo que su sabiduría pudiera hallar o el incrédulo pudiera necesitar, creando un refugio en Jesús para los que son perseguidos por sus vociferantes pecados. El Nuevo Testamento garantiza la perfección de este refugio:

Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros (Heb. 6:18).

¿Te dejará perplejo un argumento basado únicamente en la gravedad de tu pecado —la cual recibe respuesta en casi cada página de la Biblia— por el se proporcionan refugios seguros adonde la fe puede retirarse? La fe y el temor son como el calor y la humedad naturales en el cuerpo, el cual no está sano si no se mantienen ambos: “Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia” (Sal. 147:11).

Quiero avisarte, cristiano, de que no debes esperar el favor de Dios para tus problemas si piensas seguir siendo amigo de la concupiscencia. Aunque la misericordia sea un refugio que protege al pecador humillado de la maldición del pecado, no extenderá sus alas sobre un pecador desvergonzado ni sobre sus pasiones. No peques simplemente porque las promesas de la misericordia exceden a tus pecados como la grandeza Dios sobrepasa a la criatura. Es como si tu siervo entrara en tu bodega para emborracharse con el vino que tú guardas para ayudar a encontrar sanidad a los enfermos. Cuidado con hacer mal uso de los vasos santos del templo de la misericordia divina. Ese vino del consuelo está destinado al alma contrita, no al pecador reincidente.

3.- La fe busca testigos en quienes Dios  haya cumplido sus promesas

Dios ratifica sus promesas cumplidas citando los historiales de la “nube de testigos” fieles. No hubiera dejado en la Escritura, a la vista de todas las generaciones sucesivas, los grandes borrones en las vidas de los antiguos creyentes, si no pensara ayudar con ellos a las almas tentadas a dudar de su promesa de misericordia.

Pablo cita esta misma razón para dejar constancia de tales actos de misericordia perdonadora para con los grandes pecadores. Primero, nos muestra su propia vileza y la de otros creyentes antes de participar de la gracia del evangelio: “Entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne” (Ef. 2:3). Y a continuación, alaba la misericordia abundante de Dios que los rescató de la condenación en que se encontraban: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó […] nos dio vida juntamente con Cristo (Ef. 2: 4-5).

No obstante, Dios diseñó su plan de misericordia para abarcar a más generaciones que los contemporáneos de Pablo, “para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (v. 7). Adonde vaya el evangelio, hasta el fin del mundo, la misericordia de Dios tapará la boca de los incrédulos. Entonces, esa flecha diabólica quedará despuntada e inofensiva.

Dios mandó a Josué que sacara doce piedras del Jordán y las amontonara…

Para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron divididas […]; y estas piedras servirán de monumento conmemorativo a los hijos de Israel para siempre (Jos. 4.6-7).

La misericordia perdonadora de Dios ha sacado a algunos pecadores notorios del abismo infernal del pecado para levantarlos, en su Palabra, como un monumento a su fidelidad ligada al arrepentimiento. Estos ejemplos son señal de que lo que Dios ha hecho en el pasado, podrá hacerlo aun ahora por ti.

¿Temes que Dios no tenga suficiente misericordia para ti? Mira la lista de pecadores perdonados: un Manasés, una Magdalena, un Pablo, un Adán… Son hitos que te muestran las anchas fronteras de la misericordia divina y hasta dónde llega la misma para perdonar a los peores pecadores. Será un paseo saludable para ti el que sigas este sendero y veas las piedras más antiguas de la misericordia perdonadora de Dios.

Si, después de todo esto, tus pecados parecen exceder la gravedad de los de todos aquellos a quienes ves perdonados en las Escrituras, la fe te mostrará el camino más allá de estos ejemplos para rescatar tu alma: puedes mirar a Cristo, que nunca pecó pero puso su vida para obtener el perdón de todos los elegidos.

La fe dice: “Supongamos que tus pecados fueran de verdad más graves que ningún otro; ¿son tan graves como todos los pecados de todos los elegidos juntos?”. ¿No podrá Cristo procurar tu perdón como lo ha hecho con millones de sus escogidos? Aun si tus pecados pesaran tanto como todos los de ellos, la suma sería la misma, y Dios podría perdonarlos si se amontonaran juntos. Cristo es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Aquí se atan en un solo fardo los pecados de los elegidos del mundo entero, ¡y Dios aún los lleva como nada a la tierra del olvido! La fe te dice que se te está ofreciendo toda la virtud y todo el poder de la sangre de Cristo, por los que se redimió el mundo. Cristo te los trae personalmente: él no raciona su sangre —un poco para cada uno—, sino que se entrega totalmente a la fe de cada creyente. Perteneces al Redentor, y él te pertenece a ti.

 

La fe se opone a la desesperación

El mayor mandamiento de toda la Escritura es creer. Cuando los judíos preguntaron al Señor Jesucristo: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Jn. 6:28-9). Como si dijera: “Recíbeme en tu corazón por la fe. Si haces esto, lo has hecho todo”. Eso es la suma de todo. Todo lo que hagas es inútil hasta completar este asunto; pero cuando has creído, Dios lo aprecia tanto como si guardaras toda la ley. De hecho, se acepta la fe en lugar de la ley: “Al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Rom. 4:5).

La fe en Cristo se acepta como justicia; esto es: que en el Juicio la persona evitará la sentencia como si no se hubiera desviado ni un paso del sendero de la ley. Si la fe es la obra de Dios por excelencia, la incredulidad es la del diablo. Este se esfuerza más para volvernos incrédulos que borrachos o asesinos. La desesperación es la peor forma de incredulidad. Entre los pecados, la incredulidad es como la peste, la más peligrosa de las enfermedades; pero cuando llega hasta la desesperación, trae muerte segura. La incredulidad es el pimpollo de la desesperación, la flor plenamente formada.

Cada pecado hiere a la ley y al Nombre de Dios. Esta herida se sana cuando el pecador arrepentido acude por fe a Cristo y se une con él. Por medio de Cristo, Dios recibe al pecador en plenitud de justicia y reivindica su Nombre de la deshonra de nuestras iniquidades. Es una obra completa y gloriosa de la misericordia de Dios. ¿Qué opinas del pecador que no está dispuesto a ver sanadas las heridas de la ley, y que ha deshonrado a Dios? El desesperado no permite que Cristo satisfaga el agravio de sus propios pecados contra Dios.

Como los sanguinarios judíos y los soldados romanos que ejercieron su crueldad sobre todo el cuerpo de Cristo, poniéndole la corona de espinas, clavándole la lanza en el costado y los clavos en manos y pies, así el pecador desesperado maltrata el Nombre entero de Dios. Ese pecador pone una falsa corona a la sabiduría de Dios, y clava las manos de su inmenso poder, pensando mientras tanto que sus pecados le han puesto fuera del alcance del poder que Dios posee para salvarlo. Este hombre atraviesa la tierna misericordia del Dios, que no solo tiene compasión y ternura, sino que es la misericordia y el amor mismos.

¿Cuál es la suma de toda esta desesperación? Seguramente representa el mayor cargo de intentar asesinar a Dios mismo. Porque la plenitud del amor, el poder, la sabiduría y la misericordia de Dios son más intrínsecos a su Ser, que la sangre lo es a la vida de un hombre. Tiembla y arrepiéntete, porque están pecando igual que los moradores del Infierno.

Es significativo que la desesperación aparezca claramente en el mismo diablo, quien sabe que no puede obtener perdón y, por tanto, peca con tanta rabia que llega hasta el Cielo. Este pecado tiene el mismo efecto en el hombre que en Satanás: “Y dijeron: Es en vano; porque en pos de nuestros ídolos iremos” (Jer. 18:12). A veces un mendigo frustrado empieza a maldecir al dueño de una casa que se niega a abrirle la puerta. Igualmente, la desesperación enseña al pecador a jurar con blasfemias ante el Dios de los cielos. Una vez que la desesperación ha entrado, es casi imposible evitar la entrada de la blasfemia.

Tú que pasas la vida llorando y suspirando por tus terribles crímenes, ¿por qué sigues luchando contra Dios? ¿Encuentras algún amor hacia él en tu corazón, aunque no sientas ahora ningún soplo de amor que venga de él hacia ti? ¿Eres tierno, y temes pecar contra él aun cuando no parece haber esperanza de su misericordia? De ser así, consuélate: tu fe será débil, pero estás lejos de hallarte sujeto al poder de la desesperación.

Judas no fue condenado solamente por su traición y asesinato, ya que otros que participaron en estos pecados fueron perdonados por la fe en aquella sangre que habían derramado cruelmente. La muerte comenzó su dominio eterno en él cuando la desesperación y la impenitencia final llenaron su corazón. Siendo así la desesperación, ¡alejémonos de ese abismo maldito!

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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