“Y tomad el yelmo de la salvación…” (Ef. 6:17).
Estas palabras nos presentan otra pieza de la armadura del cristiano: el yelmo de la salvación, que cubre su cabeza en el día de la batalla. Este yelmo, en conjunto con la mayoría de la armadura, es un arma defensiva, que protege al cristiano del pecado, pero no evita el sufrimiento.
Solo una pieza de la armadura es para el ataque: la espada. La Escritura indica que la guerra del cristiano es principalmente defensiva y, por tanto, requiere armas también defensivas. Dios ha depositado un rico tesoro de gracia en el corazón de cada creyente que el diablo intenta robarle en guerra sangrienta. El creyente vence a su adversario sin ser vencido. Gana cuando no pierde su virtud, siendo su tarea mantener lo que tiene en lugar de conseguir lo del adversario. Ya que la guerra del creyente es principalmente defensiva, debemos instruirle para combatir contra Satanás y sus armas.
Como soldado cristiano, siempre debes estar en postura defensiva, vestido de la armadura, listo para defender el tesoro que Dios te ha confiado y repeler los asaltos del diablo. Pero no traspases los límites que Dios ha puesto a tu llamamiento: deja que Satanás sea el atacante, y que venga a tentarte, pero no salgas a tentarlo tú a él.
Aun cuando las armas de guerra diabólicas ataquen al creyente, el evangelio no le permite a este utilizarlas para devolver golpe por golpe:
Sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo (1 P. 3:8-9).
Tienes el cinturón y la coraza para defenderte de sus dardos; esto es, el consuelo de tu propia integridad y santidad. Con estas cosas puedes repeler el sórdido arsenal empleado contra ti, pero no hay arma para la venganza. Tienes el escudo para apagar estos dardos de fuego, pero no debes replicar con palabras amargas. Estás “calzado de paz”, para poder andar seguro aun con las heridas que te causen, sin dolor en el alma, pero también sin orgullo para pisotear a los que te hieren.
La mayor parte de la armadura es para defenderte en el sufrimiento, no para protegerte de él. Debes prepararte para un sufrimiento aun mayor, porque Dios te ha dado armadura suficiente para soportarlo. No se lleva la armadura para estar por casa, sino en la batalla. ¿Cómo alabaremos al fabricante si no se ponen a prueba sus armas? ¿Dónde las probaremos sino entre espadas y balas? El que quiera vivir en una isla de placer donde siempre es verano, nunca será un buen cristiano. Prepárate para privaciones, o depón tus armas. Por eso tan pocos acuden a la llamada de Cristo para izar su bandera, y muchos alistados con promesa de palabra lo abandonan: no quieren sufrir. Muchos son más compasivos con su carne que con su conciencia. Desean que el evangelio les proporcione la armadura para proteger su cuerpo del peligro y de la muerte, en lugar de su alma del pecado y de Satanás.
Después de observar la palabra “y”, que vincula el yelmo de la salvación al resto de la armadura, seguimos considerando tres aspectos de este yelmo: primero, la pieza en sí; segundo, su uso; y tercero, las aplicaciones de la doctrina de este yelmo de la salvación.
La conexión del yelmo con el escudo y las demás piezas de la armadura
Observa la palabra “y”: “Y tomad el yelmo de la salvación…”. Cada pieza se une a su compañera, y todas forman un traje, como muchos eslabones forman una cadena. Los dones santificadores y salvadores del Espíritu de Dios están vinculados de forma inseparable unos con otros; se conectan entre sí en su nacimiento, crecimiento y deterioro.
1.- La conexión entre las virtudes santificadoras en su nacimiento
Donde hay una virtud santificadora, las demás también están presentes. Esto no es así con las virtudes y los dones comunes, que se distribuyen como los dones que Abraham entregó a los hijos que engendró con sus concubinas (Gn. 25:6). Ellos tuvieron varios dones, pero ninguno los recibió todos. Las virtudes santificadoras son como la herencia que Dios le dio a Isaac: cada creyente verdadero las tiene todas. “De modo que si alguno está en Cristo —dice Pablo—, nueva criatura es […]; he aquí, todas [las cosas] son hechas nuevas” (2 Co. 5:17).
Igual que la corrupción natural es un principio universal de pecado que amarga la naturaleza humana, la gracia santificadora es un principio universal que endulza y renueva todo su ser, aunque no enteramente. La gracia entra en el alma como el alma en el cuerpo. Crece paso a paso, pero nace de una vez. Todas las partes de la nueva criatura se forman juntas, pero no en el mismo grado. Una parte del mundo se descubrió bastante tiempo después que las otras; pero todo el mundo fue creado a la vez. Así, el cristiano puede notar que una virtud se mueve en su vida antes que otra. Esta conexión de las virtudes en su nacimiento tiene un doble propósito.
a.- Aliviar al cristiano íntegro de la duda
Tal vez hayas buscado la fe sin encontrarla. No te desanimes; envía espías en busca de otra virtud, como por ejemplo tu amor por Cristo. ¿No has visto cómo tu amor hacia él repelía la tentación de la misma forma que José rechazó a la esposa de Potifar? “¿Cómo, pues, haría yo este gran mal —expresó aquel—, y pecaría contra Dios?” (Gn. 39:9).
¿Tienes el sincero deseo de agradar a Jesucristo, o una profunda tristeza cuando has hecho algo para entristecerlo? Estas son dos venas llenas de la sangre vital del amor de Cristo. Tu amor podrá darte noticias de tu fe. Dice Cristo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). Si has visto tu amor por Cristo, también has visto la fe en el aspecto de este amor.
¿Y si tu amor hacia Cristo está oculto en una nube? Entonces, busca algún arrepentimiento, despreciándote a ti mismo a la vista de tus pecados y avivando el odio que sientes hacia ellos como los enemigos que te han llevado a la rebelión contra Dios. Ellos son el arma sanguinaria que hirió el Nombre de Dios y asesinó a su Hijo. Tienes delante de ti la virtud que buscabas: ¿qué es el amor a Dios sino la pasión contra el pecado como enemigo suyo?
A veces no puedes ver el amor a causa del celo, ni el fuego a causa de las llamas. Al tirar de un eslabón, se puede sacar toda una cadena que está sumergida en el agua; igualmente, al descubrir una virtud, se pueden encontrar todas las demás. Mientras esta gracia santificadora alivia la duda del cristiano íntegro, avergüenza al hipócrita que se aferra a una virtud rechazando otra.
b.- Avergonzar al hipócrita
El Espíritu de Dios no viene al alma con la mitad de sus virtudes santificadoras, sino con todas ellas. Si tu corazón se opone a una virtud, eso prueba que eres un extraño para las demás. El amor y el odio pertenecen a todas. El que ama u odia a un cristiano los ama o aborrece a todos; el que abraza una virtud considerara preciosas al resto; porque todas están tan relacionadas como un rayo de sol con otro.
2.- La conexión entre las virtudes santificadoras en su crecimiento y deterioro
Si se aumenta una virtud, se refuerzan todas; si se impide alguna, todas pierden; porque han de ayudarse recíprocamente. Cuando se enfría el amor, la obediencia tropieza, porque le falta la unción del amor. Cuando la obediencia tropieza, la fe se debilita: ¿cómo puede haber mucha fe con poca fidelidad? A su vez, la fe débil hace vacilar la esperanza, porque esta depende del buen informe de la fe para esperar el bien de la mano de Dios. Al vacilar la fe, la paciencia se quebranta y ya no puede mantenerse, porque depende de la fuerza que le presta la esperanza.
El cuerpo consta de muchos miembros, pero todos forman un único cuerpo; y cada miembro es el apoyo de los demás. En el creyente hay muchas virtudes, pero solo una nueva criatura. El ojo del conocimiento no puede decir a la mano de la fe: “No te necesito”, ni puede la mano de la fe decir lo mismo al pie de la obediencia; sino que todos ellos se conservan por el cuidado mutuo.
Así como una ciudad puede caer por una pequeña brecha en su muralla, y la herida infligida a un miembro es capaz de ocasionar la muerte de todo el cuerpo, también la ruina de todas las virtudes puede ser consecuencia de la ruina de una de ellas. Hay un vínculo de necesidad entre las virtudes del alma aún más fuerte que entre los miembros del cuerpo físico. Es posible cortarse una mano sin que muera todo el cuerpo; porque no todos los miembros son vitales. Pero cada virtud es parte vital de la nueva criatura, y tan esencial que su ausencia no se puede suplir con otra. En el cuerpo físico la otra mano puede asumir el trabajo de la amputada, pero es imposible que la fe sustituya al amor, ni este a la obediencia. Si falla un engranaje, el reloj ya no marcha.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall