El apóstol nos da la clave para comprender esta pieza de la armadura: “La esperanza de salvación como yelmo” (1 Ts. 5:8).
Hay tres lámparas en la entrada a los varios aposentos de esta virtud: primera, en qué consiste esta esperanza; segunda, por qué se la llama “la esperanza de salvación”; y tercera, por qué se la compara con un yelmo.
La naturaleza de la esperanza que forma este yelmo
La esperanza es una virtud sobrenatural y divina por la cual el creyente en Cristo aguarda todo lo bueno de la promesa que aún no ha recibido en su plenitud.
1.- El autor de la esperanza
Se le llama “el Dios de toda gracia” (1 P. 5:10); esto es, el dador y obrador de toda virtud, tanto en su simiente como en su crecimiento. El ser humano no puede crear ni una brizna de hierba, ni hacerla crecer. Es igualmente imposible que produzca la menor semilla de virtud en el corazón o que la haga madurar. Dios es el Creador, y como es el Padre de la lluvia que hace brotar la hierba del campo, también lo es del rocío espiritual y de las influencias que hacen florecer toda virtud.
La esperanza divina es sobrenatural, y la distinguimos de la esperanza de los impíos que, junto con sus otras virtudes —de tener alguna—, realmente se originan en Dios. Todo aquel que entra en el mundo está en deuda con Dios por el grado de la luz que tenga. Es el remanente del don puro de Dios: como la torre derruida que se ve en medio de un palacio en ruinas. Solo sirve para ayudarnos a visualizar el bello edificio que antes se levantaba en aquel solar.
2.- La meta de la esperanza
La verdadera esperanza es una joya que solo puede llevar la esposa de Cristo, porque los que no tienen a Cristo no tienen esperanza (Ef. 2:12). Ya que la fe y la esperanza son hermanas, miremos ahora a la relación entre ellas. La una no precede a la otra en lo temporal, pero la fe tiene precedencia por su naturaleza y operación.
La fe se aferra a la verdad y fiabilidad de la promesa; entonces la esperanza estimula al alma a aguardar su cumplimiento. ¿Quién sale afuera corriendo a recibir a alguien que no cree que haya de venir? La promesa es una carta divina de amor para la Esposa, en la que Dios derrama su corazón y le dice todo lo que hará por ella. La fe lee esa carta y la acoge con gozo, mientras la esperanza mira por la ventana anhelando la llegada del Esposo.
3.- El objeto de la esperanza
Huimos de lo malo, pero esperamos lo bueno. La fe y la esperanza proceden de esta misma fuente de la promesa, con una importante diferencia: la fe cree lo malo juntamente con lo bueno, pero la esperanza solo quiere hablar de lo bueno. La esperanza sin una promesa es como un ancla sin tierra que la sujete; lleva la promesa en su nombre. David muestra donde amarraba su barco y echaba el ancla: “Espero en tu palabra” (Sal. 119:81). El plan de Dios colma las más altas esperanzas del cristiano: “No quitará el bien a los que andan en integridad” (Sal. 84:11).
Así como Dios ha encerrado todo bien en la promesa, él también promete únicamente lo bueno. El objeto de la esperanza es todo aquello que una promesa contiene. Dios mismo es el sumo Bien, y se promete su plenitud como gozo supremo del creyente. Por tanto, la verdadera esperanza mira a Dios y acerca el alma a él, “esperanza de Israel” y “manantial de aguas vivas.” (Jer. 17:13).
El objeto de la esperanza no solo es el bien prometido, sino el futuro cumplimiento de la promesa: “La esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?”(Rom. 8:24). El futuro es la base del objeto de la esperanza y la distingue de la fe, que da forma actual a la promesa y es “la certeza de lo que se espera” (He. 11:1). A causa de la fe, la vitalidad de la promesa existe, y en cierta manera une al cristiano con el Cielo como si ya hubiera llegado allá. Aquí, por la fe abraza la promesa (cf. He. 11:13). La fe habla en tiempo presente: “Somos más que vencedores”. Pero la esperanza es para el futuro. Dios dice: “Lo haré”.
La esperanza extiende la mano hacia el cumplimiento de la promesa, pero cuando obtiene todo lo prometido, se sumerge en gozo y amor. El cumplimiento de la promesa, o la ejecución del juicio, excluye toda esperanza. En el Cielo, se entrega lo prometido y se desvanece la esperanza, porque tenemos lo esperado; en el Infierno se cumple el juicio y ya no cabe más esperanza de liberación.
Jesucristo ayuda a la esperanza, porque esta espera obtener todo lo prometido en él y por él. Se le llama “nuestra esperanza” (1 Ti. 1:1) porque por medio de Jesucristo, en ambos casos como comprador, esperamos lo que se ha prometido: por su muerte el recibir libremente el bien de Dios; y por su Espíritu la capacidad de esperar. Entonces, la esperanza es nuestra por la autoridad de la sangre de Cristo y por el poder de su Espíritu en nosotros.
Por qué se llama “la esperanza de salvación”
Hay dos razones obvias para llamar a la esperanza del cristiano “la esperanza de salvación”.
1.- La salvación abarca todo el objeto de la esperanza.
La palabra “salvación” implica un estado de bienaventuranza en que se unen las misericordias y los goces de todas las promesas. En la creación, primero la luz se difundió por el firmamento, y luego esta fue unida con el sol. Suma las cantidades respectivas de todo lo bueno prometido en el pacto, y el total de ello es la salvación. Luego la salvación es la meta final de la esperanza del cristiano, y abarca todo lo demás.
2.- La esperanza de salvación se distingue de la esperanza mundana
La esperanza del hombre natural es para la vida presente. El hombre está tan aferrado a este mundo que desea que Dios nunca lo saque de aquí. Aun cuando afirma que espera salvarse, su conciencia le dice que prefiere quedarse aquí abajo. Desea la salvación más por temor al Infierno que por esperar el Cielo. Por supuesto que no está tan loco como para preferir la condenación del Infierno a la vida celestial, pero la verdad es que le gusta más este mundo que ninguna de las dos cosas.
Por qué la esperanza se compara con un yelmo
1.- El yelmo defiende el alma
Como el yelmo protege la cabeza, parte principal del cuerpo, esta “esperanza de salvación” resguarda el alma, parte principal del ser humano. El yelmo protege al ser humano de las impresiones peligrosas y mortales provenientes del pecado y de Satanás. Defiende al cristiano porque es difícil que la tentación atrape aquel que se satisface con el favor del Rey y se queda en la escalera de la esperanza, esperando a que él lo llame al puesto más alto que le pueda dar.
Por otra parte, las armas de la rebelión suelen forjarse en el descontento. Cuando los súbditos creen que su príncipe les ha abandonado, son más propensos a recibir la marca de la deslealtad de manos del enemigo. Una vez que el alma teme que Dios no tiene herencia para él, cometerá cualquier pecado, grande o pequeño, a instancias del tentador.
2.- El yelmo alienta el alma
Como el yelmo defiende la cabeza del soldado contra las heridas, también protege el corazón del cristiano contra el desaliento. El que tenga este yelmo nunca se avergonzará de hablar de su Dios. Dios mismo le permite hacerlo y confirma el gozo de su esperanza: “Conocerás que yo soy Jehová, que no se avergonzarán los que esperan en mí” (Is. 49:23). La confianza en Dios dio valor a David ante sus enemigos: “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón” (Sal. 27:3). Tenía puesto el yelmo de la salvación, y podía declarar: “Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean” (v. 6).
Uno no puede ahogarse con la cabeza fuera del agua. La esperanza sostiene al cristiano en el peligro: “Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca (Lc. 21:28). Solo Cristo puede mandar a sus discípulos que levanten la cabeza, al ver “desfalleciendo [a] los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra” (v. 26). Pero sol de ellos amanece cuando el de los demás se pone y los cubren las tinieblas. Dos cosas hacen que se agache la cabeza: el temor y la vergüenza. La esperanza libera al cristiano de ambos, y le prohíbe mostrar cualquier signo de abatimiento por su rostro decaído.
Esta explicación del significado del yelmo de la salvación nos lleva a un punto general de doctrina del cual sacamos todo el estudio de esta pieza de la armadura.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall