Satanás emplea el dardo de la blasfemia para incordiar al cristiano. En sentido general, todo pecado es blasfemia; cuando uno hace, habla o piensa cualquier cosa contra la naturaleza y las obras santas de Dios con intento de reprocharle, es blasfemia. La esposa de Job era el agente del diablo para provocar a su marido a este pecado: “Maldice a Dios, y muérete” (Job 2:9).
El diablo incitó a Cristo mismo a la blasfemia, al invitarlo a postrarse y adorarlo a él. Pero solo pudo ofender el santo oído del Hijo de Dios con tales impertinencias: la santidad de Cristo no le permitía acercarse más. Le es más fácil a Satanás aproximarse al cristiano, así que dispara este dardo ardiente contra la imaginación del creyente y aviva en él pensamientos indignos acerca de Dios; aunque normalmente sean tan mal acogidos por el cristiano como lo fueron las ranas que entraron en la alcoba del faraón.
Cómo la fe apaga el dardo de la blasfemia
Satanás intenta difamar a Dios apuntando a la tendencia natural del impío de blasfemarlo. El diablo estaba tan seguro de la hipocresía de Job, que se esforzó mucho en urdir esta mentira: “Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia” (Job 1:11). Cuando el pecador se ve provocado, la frustración interior de su corazón enciende pensamientos groseros acerca de Dios, y en su conjunto estos aparecen en la obscenidad del lenguaje que emplea: “Ciertamente este mal de Jehová viene. ¿Para qué he de esperar más a Jehová?” (2 R. 6:33). Esa es una grave blasfemia, y la semilla de la misma se halla en todo inconverso.
Hay un espíritu de maldad en los pecadores, igual que hay un espíritu de gracia en los creyentes. Todo inconverso tiene un espíritu amargado contra Dios y todo lo que lleva su Nombre. Si el león se escapa de la jaula, pronto reluce su naturaleza salvaje. El inconverso no tiene más poder para apagar esa tentación que la madera seca para apagar el fuego que se le acerca. Veamos lo que puede hacer la fe para extinguir este dardo.
a.- La fe pone a Dios ante la vista y el oído del cristiano Esto mantiene al alma tan embelesada que no puede albergar secretamente pensamientos impuros contra Dios. David dice por qué los malos son tan descarados: “No te pusieron delante de sí” (Sal. 86:14). Los que difaman a otros lo hacen a las espaldas de estos, y el pecado pocas veces blasfema contra Dios en su cara; ese es el lenguaje del Infierno. El ateísmo se mezclará con la blasfemia mientras haya pecadores en la tierra. Le dan a Dios el mismo trato que aquellos cobardes dieron a Cristo: cubriendo su rostro antes de azotarlo.
b.- La fe ve cómo Dios vigila al alma para protegerla: Ni aun en tu pensamiento digas mal del rey, ni en lo secreto de tu cámara digas mal del rico; porque las aves del cielo llevarán la voz, y las que tienen alas harán saber la palabra (Ec. 10:20).
La fe advierte: “No blasfemes al Santo Dios; no podrás bajar bastante la voz como para que no te oiga. Está más cerca de ti que tú mismo”. Así rompe la fe los cepos del diablo. Cuando Dios se presentó a Job en su majestad, todos los discursos de este se desvanecieron y el santo cubrió su rostro humillado ante el Señor: “Mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42.5-6).
c.- La fe no acepta informes acerca de Dios si estos no vienen de su propia boca. Aquel cuya comprensión de Dios viene únicamente de su Palabra, no puede pensar profanamente acerca de Él. Ese el único espejo que lo refleja fielmente, porque solo ella lo presenta como es: en toda su gloria.
La fe adquiere todo su concepto de Dios de la Palabra; resuelve cualquier caso de conciencia, e interpreta los misterios, por esa misma Palabra. Ya que la astucia de Satanás no puede hacer esto, el diablo lleva al que está pasando por apuros a albergar ideas equivocadas acerca de Dios. Así, critica la justicia de Dios cuando no se juzga con prontitud a los pecadores flagrantes; o dice que no está dispuesto a servir a un Dios que permite que sus siervos vayan en harapos. Estos son los espejos rotos en que Satanás refleja a Dios, para poder distorsionar su bondad ante el ojo inseguro. Si juzgamos a Dios por el aspecto que presenta en los fragmentos desiguales de los engaños del diablo, bien podríamos condenar al Santo y vernos atrapados en una peligrosa vorágine de tentaciones.
d.- La fe alaba a Dios aun en condiciones penosas. La bendición y la blasfemia son melodías contrarias. No se pueden tocar en un mismo instrumento sin cambiarle todas las cuerdas. Es imposible que Satanás propine el golpe rudo de la blasfemia a un alma afinada para la alabanza: “Mi corazón está dispuesto —dice David, mostrando su fe—. Cantaré, y trovaré salmos” (Sal. 57:7). La fe había afinado su espíritu y preparado sus sentimientos para la alabanza.
La fe puede alabar a Dios porque ve su misericordia en la mayor aflicción. Job apagó este dardo que Satanás le disparó a través de la lengua de su esposa: “¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10). ¿Dejaremos que unos pocos problemas presentes se conviertan en una tumba para enterrar la memoria de todas sus misericordias pasadas? Lo que Dios nos quita es mucho menos de lo que le debemos; pero lo que nos deja es más de lo que debiera.
La fe tiene buena memoria y puede relatarle muchas misericordias al cristiano. Cuando su actual comida es parca, entretiene al alma con un plato de sobras y no se queja de ello:
Enfermedad mía es esta; traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas (Sal. 77:10-11).
Por tanto, cristiano, cuando estés en profunda aflicción y Satanás te tiente a maldecir a Dios como si Él te hubiera olvidado, no le dejes hablar: “No, Satanás, Dios no ha olvidado mis necesidades; yo soy el que ha olvidado su misericordia pasada; si no, ¿cómo podría cuestionar su cuidado paternal ahora?”. Repasa tus antiguas lecciones, cristiano. Alaba a Dios por su misericordia pasada y él no tardará en darte un cántico nuevo.
Igual que la fe ve la misericordia divina en toda aflicción, también espera siempre mayor misericordia. Esta confianza hace que el creyente alabe a Dios como si dicha misericordia fuera ya presente. Cuando Daniel estaba en la mismísima sombra de muerte, “se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios” (Dn. 6:10).
La misericordia es a la promesa lo que la manzana a la semilla: la fe la ve crecer y madurar. El alma que espera liberación pronto desprecia los pensamientos blasfemos. Cuando un destacamento sitiado sabe que la ayuda viene de camino, esta confianza alienta su esperanza y así rechazan la tentación a ser traidores. Pero cuando la incredulidad es el comandante, el alma duda de las intenciones del corazón de Dios, y Satanás encuentra las puertas abiertas.
La fe mantiene al creyente en espera, pero la incredulidad urge al pecador a culpar a Dios y al hombre. Nadie queda exento de la maldición del blasfemo, ni siquiera Dios. Se hallan ejemplos de ambos extremos en la misma cita bíblica. La fe puede esperar en Dios pacientemente, aun estando en apuros: “Esperaré, pues, a Jehová, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob, y en él confiaré” (Is. 8:17). Pero la incredulidad blasfema contra el Creador con igual fervor: “Acontecerá que teniendo hambre, se enojarán y maldecirán a su rey y a su Dios, levantando el rostro en alto” (v. 21).
e.- La fe enseña al cristiano a distinguir entre las tentaciones de Satanás y el pecado personal. Aunque Satanás no encuentre un cristiano que acoja estas tentaciones blasfemas y les dé cobijo por su causa, él sabe que perturbará el descanso del alma haciendo que las mismas llamen continuamente a la puerta. Cuando no puede desalentar al cristiano haciéndole dar su consentimiento a estas tentaciones, aun entonces espera acusarle del pecado que se niega a cometer. Satanás quería hacer el papel principal del corruptor, pero tiene que contentarse con dos papeles inferiores: el de acusador falso e infamador.
Igual que los judíos obligaron a Simón de Cirene a llevar la cruz de Cristo, Satanás obliga al cristiano tentado a llevar por él la culpa de su pecado. A menudo se la pasa tan hábilmente a los hombros del cristiano, que la pobre criatura lucha bajo la vileza de su propio corazón. El cristiano humilde con frecuencia teme lo peor de sí mismo, aun cuando es inocente. Cuando se encontró la copa en el saco de Benjamín, los patriarcas asumieron la culpa aunque eran inocentes: los pensamientos del cristiano lo culpan por los pecados que pertenecen a Satanás.
Cuando alguien se convierte de su antiguo camino pecaminoso para abrazar a Cristo, y declara a favor de este contra el pecado y Satanás, entonces empiezan a surgir las insinuaciones blasfemas. Son como enviados de Satanás para vengarse del alma que le rechaza. El diablo trata con el nuevo cristiano de la misma forma que las brujas expresan su perfidia contra quien las haya insultado. Pero la fe puede localizar esa perfidia como el origen del problema, y no el descuido del cristiano.
En resumen, ¿no es extraño que cuando el cristiano era enemigo de Dios no se atreviera a este pecado por su naturaleza monstruosa, pero ahora, que empieza a amarle, esas blasfemias —que antes eran demasiado grandes y horribles— pudieran llenar su boca?
La entrada violenta de estas tentaciones blasfemas en la mente del cristiano delata su origen en Satanás, no en el corazón de la persona. Son como rayos que entran en los pensamientos antes de que uno sepa lo que está pasando. Por otra parte, la concupiscencia que rebosa del corazón es normalmente más gradual en su manera de persuadir.
No es solo su repentina violencia, sino también su incoherencia con los pensamientos anteriores del cristiano, lo que resalta la probabilidad de sean dardos lanzados por el arco del diablo. A Pedro lo reconocieron como miembro de la compañía de Cristo por su forma de hablar: “Tu manera de hablar es semejante a la de ellos” (Mr. 14:70). Hablaba igual que ellos, y lo juzgaron igual a ellos. Por el contrario, podemos decir de estos pensamientos blasfemos: “No son del cristiano. Su lenguaje los delata como eructos de un demonio, no como el habla de un creyente. Si pertenecieran al alma, habría un parecido familiar con ella”. Normalmente hay cierta continuidad en los pensamientos, como las ondas que surgen una dentro de otra en el agua removida.
A veces, cuando el cristiano está adorando a Dios, un pensamiento blasfemo se cuela como un intruso grosero. El inquilino nunca invitaría a un ladrón. Si un pensamiento santo nos sorprende cuando estamos lejos de la meditación celestial, podemos tomarlo como un movimiento puro del Espíritu de Cristo. ¿Quién más podría aparecer tan repentinamente en medio del alma estando la puerta cerrada, aun antes de que podamos desviar nuestros pensamientos para abrírsela?
Las blasfemias que acosan a tu alma mientras oras y alabas a Dios provienen del maligno, y son enviadas para interrumpirte en la obra que él más teme y odia.
f.- La fe ayuda al cristiano cuando las ideas blasfemas estriban en su propio pecado. Aun cuando estos pensamientos blasfemos tengan su origen en el corazón de la persona misma, y no en las falsas acusaciones de Satanás, la fe confirmará al alma, por la sólida autoridad de la Palabra, que su pecado tiene perdón: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada” (Mt. 12:31). El perdón se halla en el tribunal de la misericordia, por perjudiciales que sean las pruebas. Si la criatura lo cree, se apaga el dardo de Satanás, porque su designio es que estas tentaciones sean como una trampilla por la cual poder arrojar a tu alma a una fosa insondable de desesperación.
La blasfemia de blasfemias (esto es, el pecado contra el Espíritu Santo) nunca tocará al verdadero creyente. Aunque el cristiano no tenga inmunidad ni protección absoluta contra otro pecado excepto este, todo el cuerpo del pecado está debilitado en cada creyente, y la gracia divina ha herido fatalmente su naturaleza corrupta, la cual acabará muriendo.
Un árbol moribundo puede dar cierto fruto, y el hombre agonizante aún es capaz de mover sus extremidades, si bien no con la fuerza de uno sano. El pecado que queda en el creyente manifestará su fruto, aunque inmaduro y de mala calidad. Pero no te desanimes cuando se agite. ¡Da gracias de que no pueda hacer mucho más! Aunque Satanás está listo para caer en su tumba, aún levanta la mano contra ti para mostrarte su odio permanente, hasta cuando su poder no cumple su deseo.
La fe revela claramente al alma que el cristiano experimenta más culpa por unos pocos pensamientos soberbios o codiciosos que por muchas ideas blasfemas. Los dardos de la blasfemia pueden asustar al cristiano, pero las pasiones ardientes le hieren antes y con mayor profundidad. El calor del sol hace que el viandante se desabroche el abrigo, pero el fuerte viento le mueve a abrochárselo rápidamente. Las tentaciones al placer seducen el corazón para que las reciba, mientras que la terrible naturaleza de las tentaciones temibles obliga al cristiano a resistirlas con valor.
Las concupiscencias son como el veneno mezclado con vino dulce, que el cristiano se traga sin darse cuenta, envenenando así su alma. Pero las tentaciones a la blasfemia se parecen al veneno muy amargo: o se escupen antes de tragarlas, o el cristiano las vomita sin que lleguen a contaminar su voluntad. El pecado es grande o pequeño según la participación de la voluntad en ejecutarlo. Los pensamientos blasfemos suelen tener menos parte de la voluntad del cristiano que las concupiscencias, así que no son un pecado mayor que estas.
La fe le dice al alma que existe una razón para su sufrimiento con estas tentaciones; de otra manera Dios no permitiría que Satanás las enviara. Posiblemente él vea otro pecado más peligroso, de forma que permite a Satanás molestarte para que no te pueda vencer con tentaciones más graves. Es mejor temblar ante los pensamientos blasfemos que jactarte con soberbia de tus dones espirituales. Lo primero te hará considerarte tan vil como el propio diablo; pero lo segundo te hará malvado y como el diablo mismo a los ojos de Dios.
Finalmente, la fe asigna al cristiano algunas nobles hazañas por Dios que desestiman los cargos del diablo. Esta es la mayor venganza que puede tomar el cristiano: contra Satanás por molestarlo; o contra su propio corazón por producir ríos tan impuros. Cuando David se refugió en la cueva prefirió preservar la vida de Saúl a apoderarse del reino —lo cual se hubiera asegurado con un buen golpe—, y demostró que todos sus acusadores eran unos mentirosos. Cristiano, prefiere entonces la honra de Dios, si está compitiendo con el pecado y el ego, y le taparás la boca al diablo. Estos actos heroicos de celo y abnegación hablarán más a favor de tu santidad delante de Dios y de tu conciencia, que los repentinos pensamientos blasfemos en tu contra.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall