“… que también nos dio su Espíritu Santo”.- 1 Ts. 4: 8
No hay mayor necesidad de orientación divina para una persona, que cuando se compromete a enseñar acerca de la obra del Espíritu Santo: el tema es tan indescriptiblemente sensible, que toca los secretos íntimos de Dios y los misterios más profundos del alma.
Instintivamente, protegemos las intimidades de nuestra familia y amigos, de la observación entrometida; y nada hiere más al corazón sensible, que la exposición grosera de aquello que no debiera ser revelado, y que sólo resulta bello en el retiro del círculo familiar. Aun mayor delicadeza es apropiada para el acercamiento al santo misterio de la intimidad de nuestra alma con el Dios viviente. De hecho, apenas es posible encontrar palabras para expresarla, pues toca un ámbito que se encuentra muy por debajo de la vida social donde el lenguaje se forma y el uso determina el significado de las palabras.
Destellos de esta vida han sido revelados, pero la mayor parte se ha mantenido oculta. Es como la vida de Aquel que no gritó, ni se alzó, ni causó que Su voz fuera oída en la calle. Y aquello que se escuchó fue más bien susurrado, no hablado. Un aliento del alma, suave pero sin voz, o más bien, una radiación del santo calor del alma misma. A veces, un clamor o un grito arrebatado rompen la quietud; pero, principalmente, ha sido un trabajo silencioso, la administración de un reproche severo o dulce consuelo, dada por ese maravilloso Ser de la Santísima Trinidad a quien con lengua tartamuda adoramos bajo el nombre de Espíritu Santo.
La experiencia espiritual no puede proporcionar base alguna para la enseñanza, debido a que tal experiencia se basa en lo que tuvo lugar en nuestra propia alma. Ciertamente, tiene valor, influencia y voz en el asunto. Pero, ¿qué garantiza exactitud y fidelidad en la interpretación de dicha experiencia? Y nuevamente, ¿cómo podemos distinguir sus diversas fuentes- de nosotros mismos, desde fuera, o del Espíritu Santo? La doble interrogante siempre sostendrá: ¿Comparten otros nuestra experiencia, y puede ésta no ser afectada negativamente por lo que es pecaminoso y espiritualmente anormal en nosotros?
Aunque no existe una materia, en cuyo trato más se incline el alma a recurrir a su propia experiencia, no existe ninguna que exija más que ésta, que nuestra única fuente de conocimiento sea la Palabra que nos fue dada por el Espíritu Santo. Después, la experiencia humana puede ser tomada en cuenta, dando fe de lo que los labios han confesado; incluso permitiendo vislumbres de los santos misterios del Espíritu, los que son indescriptibles, y por lo tanto de los cuales, las Escrituras no hablan. Pero esto no puede ser el terreno de enseñanza a otros.
Ciertamente, la Iglesia de Cristo presenta abundante expresión espiritual en relación a himnos y canciones espirituales, a homilías, exhortación y consolación; a confesión moderada de los estallidos de almas casi abrumadas por las avalanchas de persecución y martirio. Pero aun nada de esto puede ser la base del conocimiento sobre la obra del Espíritu Santo. Las siguientes razones harán esto evidente:
En primer lugar, se presenta la dificultad de discriminar entre los hombres y mujeres cuya experiencia se considera pura y saludable, y aquellos cuyos testimonios son dejados de lado, por considerarse tensos y poco saludables. Lutero, a menudo habló de su experiencia, al igual como lo hizo Caspar Schwenkfeld, el peligroso fanático. Pero, ¿cuál es nuestra garantía para aprobar las declaraciones del gran Reformador, y alertar en contra de las del noble Silesiano?
Pues evidentemente, no puede ser igualmente verdadero el testimonio de ambos hombres. Lutero condenó como mentira, lo que Schwenkfeld elogió como un gran logro espiritual.
En segundo lugar, el testimonio de los creyentes presenta sólo un tenue esbozo de la obra del Espíritu Santo. Sus voces son débiles como si procedieran de un ámbito desconocido, y su destrozado discurso es sólo inteligible cuando nosotros, iniciados por el Espíritu Santo, podemos interpretarlo desde nuestra propia experiencia. De otro modo, oímos, pero no logramos entender; escuchamos, pero no recibimos información. Sólo el que tiene oídos puede oír lo que el Espíritu ha hablado secretamente a los hijos de Dios.
En tercer lugar, de entre aquellos héroes Cristianos cuyos testimonios recibimos, algunos hablan con claridad, con sinceridad y en forma contundente; otros hablan confusamente, como si se encontraran a tientas en la oscuridad. ¿De dónde viene la diferencia? Un examen más minucioso revela que los primeros han tomado todo su discurso de la Palabra de Dios, mientras que los otros, trataron de añadirle algo novedoso que prometía ser importante, pero que demostró ser sólo burbujas, que se revientan rápidamente, sin dejar rastros.
Por último, cuando en esta antología del testimonio Cristiano, encontramos en cambio alguna verdad mejor desarrollada, más claramente expresada o más acertadamente ilustrada que en las Escrituras; o, en otras palabras, cuando el mineral de la Sagrada Escritura ha sido fundido en el crisol de la angustia mortal de la Iglesia de Dios, y se ha moldeado en formas más permanentes, entonces siempre se descubren determinados tipos rígidos en esas formas. La vida espiritual se expresa a sí misma de modo distinto entre los vehementes Samis y los nativos de Finlandia, que entre los desenfadados franceses. El fuerte escocés derrama su corazón desbordante de una manera diferente a la del emocional alemán.
Sí, en forma aun más sorprendente, cierto predicador ha tenido una marcada influencia sobre las almas de los hombres de una determinada localidad; un exhortador se ha aferrado de los corazones de la gente; o una madre en Israel ha arrojado su palabra entre sus vecinos; y ¿qué descubrimos? Que en toda esa región no encontramos otras expresiones de vida espiritual más allá de las acuñadas por ese predicador, ese exhortador, esa madre en Israel. Esto demuestra que el lenguaje, las propias palabras y formas en las que el alma se expresa a sí misma son, en gran medida, adoptadas; y rara vez surgen de la propia conciencia espiritual y, por lo tanto, no aseguran la exactitud con que interpretan la experiencia del alma.
Y cuando héroes tales como San Agustín, Thomas, Lutero, Calvino y otros, nos presentan algo sorprendentemente original, nos vemos en dificultades para comprender sus firmes y vigorosos testimonios. Pues la particularidad de estas selectas vasijas es tan marcada, que a menos que sean escudriñadas y examinadas, no podemos comprenderlas plenamente.
Todo esto, demuestra que la provisión de conocimiento concerniente a la obra del Espíritu Santo, que cuando es juzgada superficialmente parece indicar que brotaría indefinidamente de los profundos pozos de la experiencia Cristiana, no entrega más que unas pocas gotas.
Por lo tanto, para el conocimiento del tema debemos volver a la maravillosa Palabra de Dios, que como misterio de misterios, yace aun incomprendida en la Iglesia, aparentemente muerta como una piedra, pero una piedra que enciende el fuego. ¿Quién no ha visto sus brillantes chispas? ¿Dónde está el hijo de Dios cuyo corazón no ha sido encendido por el fuego de esa Palabra?
Pero la Escritura arroja escasa luz sobre la obra del Espíritu Santo. Como prueba, observa cuánto dice el Antiguo Testamento sobre el Mesías y, comparativamente, cuán poco sobre el Espíritu Santo. El pequeño círculo de los santos, María, Simeón, Ana, Juan, quienes, desde el umbral del Nuevo Testamento pudieron explorar, con una sola mirada, el horizonte de la revelación del Antiguo Testamento – cuánto sabían sobre la Persona del Libertador Prometido, ¡y cuán poco sobre el Espíritu Santo! Aun considerando todas las enseñanzas del Nuevo Testamento, ¡cuán escasa es la luz sobre la obra del Espíritu Santo, en comparación con la que existe sobre la obra de Cristo!
Y esto resulta muy natural, y no podría ser de otra manera, pues Cristo es el Verbo hecho Carne y tiene forma visible, bien definida, en la que reconocemos la nuestra, la del hombre, cuyo perfil sigue la dirección de nuestro propio ser. Cristo puede ser visto y oído; hubo una vez, cuando las manos de los hombres pudieron incluso tocar la Palabra de Vida. Pero el Espíritu Santo es totalmente diferente. Nada de lo Suyo aparece en forma visible; Él nunca se asoma fuera del vacío intangible. Suspendido, indefinido, incomprensible, permanece como un misterio. ¡Él es como el viento! Oímos su sonido, pero no podemos decir de dónde viene ni hacia dónde va. El ojo no puede verlo, el oído no puede oírlo, y mucho menos, la mano puede tocarlo. Existen, ciertamente, señales y apariencias simbólicas: una paloma, lenguas de fuego, el sonido de una ráfaga de viento poderosa, la respiración de los santos labios de Jesús, una imposición de manos, un hablar en otras lenguas. Pero de todo esto nada queda, nada perdura, ni siquiera el rastro de una huella. Y luego de que las señales han desaparecido, Su Ser sigue siendo tan extraño, misterioso y distante como siempre. Por lo tanto, casi toda la enseñanza divina relativa al Espíritu Santo es, de igual modo, poco clara; sólo inteligible en la medida en que Él la hace clara frente al ojo del alma favorecida.
Sabemos que lo mismo puede decirse de la obra de Cristo, cuya verdadera importancia es comprendida únicamente por los espiritualmente preparados, los que contemplan las maravillas eternas de la Cruz. Y, sin embargo, cuán maravillosa fascinación existe, incluso, para un pequeño niño, en la historia del pesebre en Belén, la de la Transfiguración, la de Gábata y el Gólgota. Cuán fácilmente podemos interesarlo contándole sobre el Padre celestial, Quien enumera los cabellos de su cabeza, engalana los lirios del campo y alimenta los gorriones sobre el tejado. Pero, ¿resulta entonces posible, llamar su atención hacia la Persona del Espíritu Santo? Lo mismo puede decirse de aquellos no renovados espiritualmente: no se oponen a hablar sobre el Padre celestial; muchos hablan con honda emoción sobre el Pesebre y la Cruz. Pero, ¿hablan alguna vez del Espíritu Santo? No pueden hacerlo, pues este tema no tiene control sobre ellos. El Espíritu de Dios es tan sagradamente sensible, que se retrae naturalmente de la irreverente mirada de quienes lo desconocen.
Cristo se ha revelado plenamente a sí mismo. Ese fue el amor y la compasión divina del Hijo. Pero el Espíritu Santo no lo ha hecho. Es Su fidelidad salvadora reunirse con nosotros sólo en el lugar secreto de Su amor.
Esto causa una nueva dificultad. Debido a Su carácter no revelado, la Iglesia ha enseñado y estudiado la obra del Espíritu mucho menos que la de Cristo, y ha alcanzado mucha menor claridad en su discusión teológica. Podríamos decir, debido a que Él ha entregado la Palabra e iluminado a la Iglesia, que habló mucho más acerca del Padre y del Hijo, que de Sí mismo; no como si hubiera resultado egoísta hablar más sobre Sí mismo- pues el egoísmo pecaminoso resulta inconcebible en relación a Él- sino que debía revelar al Padre y al Hijo antes de que pudiera guiarnos hacia una comunión más íntima con Él.
Esta es la razón por la que se predica tan poco sobre el tema, por la que los libros de texto sobre Teología Sistemática raramente lo tratan por separado; por la que Pentecostés (la fiesta del Espíritu Santo) atrae y anima a las iglesias mucho menos que la Navidad o la Pascua; por la que lamentablemente muchos ministros, que de otro modo serían fieles, promueven muchas visiones erróneas sobre este tema – un hecho del cual ellos y las iglesias parecen ser inconscientes.
Por lo tanto, merece nuestra atención llevar a cabo una discusión especial sobre el tema. No es necesario decir que requiere gran cautela y trato delicado. Es nuestra oración que la discusión pueda poner de manifiesto el gran nivel de cuidado y cautela que se requiere, y que nuestros lectores Cristianos puedan recibir nuestros débiles esfuerzos con ese amor que es paciente.
Abraham Kuyper (1837–1920) fue una de las figuras más influyentes del calvinismo neerlandés del siglo XIX y principios del XX. Fue simultáneamente pastor, teólogo, periodista, profesor universitario, dirigente político y primer ministro de los Países Bajos.