En ARTÍCULOS

La fe se opone al pecado al vislumbrar la grandeza de Dios

1.     La fe ve la grandeza de Dios

La razón de que el pecador presuntuoso tenga tan poco temor, y que el alma desesperada tema tanto, es que no conocen la grandeza de Dios. La Escritura tiene curación para ambos: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46:10). El Padre dice aquí: “Conoce que yo soy Dios, y que puedo perdonar el peor pecado; deja de deshonrarme con tus pensamientos incrédulos”. La fe demuestra que Dios es Dios.

Para poder conocer a Dios tal como es, hay que concebir su infinitud: él no solo es sabio, sino inconmensurablemente sabio; no solo es poderoso, sino todopoderoso. Unicamente la fe puede establecer este principio en el corazón de una persona para que sus actos empiecen a concordar con la grandeza de Dios.

Algunos dicen creer en la infinita misericordia de Dios, pero si siguen llevando el fuego infernal en sus desesperados corazones, es que no han visto a Dios en la grandeza de su misericordia. La desesperación de la criatura estriba en decir que su pecado es infinito, pero Dios no lo es. Entonces se vuelve como los israelitas incrédulos, que “no se acordaron de la muchedumbre de tus misericordias [de Dios], sino que se rebelaron junto al mar, el Mar Rojo” (Sal. 106:7). No vieron la suficiencia divina para ayudarles en semejante crisis. Solo divisaban una multitud de egipcios que venían para matarlos y la inmensidad de las aguas que los ahogaría. De la misma manera, las almas desesperadas ven la multitud de pecados que las condenan, sin considerar la inmensidad de la misericordia de Dios.

La razón es bajita, como Zaqueo, y no encuentra a la misericordia entre una multitud de pecados desbocados. Solo la fe puede ascender hasta la promesa; y solo entonces el alma verá a Jesús. La fe adscribe misericordia sobreabundante a Dios: “Al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:7); “El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Mi. 7:19). Este es el lenguaje de la fe: Dios perdona con misericordia sobreabundante. Una piedra lanzada al mar no sobresale, sino que cae en las profundidades. Dios perdonará tus mayores pecados —dice la fe—, como el mar engulle la piedrecilla tirada al agua. Unos cuantos pecados volcados en la conciencia, como un cubo de agua derramada en tierra, parecen una gran inundación, pero el mayor pecado echado a la mar de la misericordia de Dios no se volverá a ver jamás. Así dicen las Escrituras que “en aquellos días y en aquel tiempo […] la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán” (Jer. 50:20).

Sin embargo, a veces la persona puede estar plenamente convencida de la misericordia de Dios y aún temer que la santidad de Dios le corte su perdón por tales pecados graves.

2.     La fe ve la santidad de Dios y su perdón

La santidad de Dios le hace fiel en todas sus promesas. Cuando el inseguro lee las preciosas promesas dadas a los pecadores arrepentidos, ¿por qué no se puede consolar con ellas? Sin duda será porque no está seguro de la fidelidad de Dios para cumplirlas.

El mayor argumento de la fe para eliminar esta duda, haciendo que el pecador acepte la promesa como verídica, descansa en la santidad de Dios, Hacedor de promesas. Dios persuade amablemente a la persona a confiar en él, precediendo sus promesas con el atributo de la santidad: “Yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor” (Is. 41:14). La palabra hebrea para “misericordia” a menudo se traduce por “cosas santas”, y dado que la misericordia de Dios se fundamenta en su santidad, es una misericordia segura (cf. Is. 55:3). ¿Cuántas veces cambió Labán la paga de Jacob después de haberle dado su palabra? Pero el pacto de Dios con Jacob se guardó siempre, aunque Jacob no fuera fiel por su parte. ¿Por qué? Por tratarse del Dios Santo.

Otro atributo de Dios que enciende el temor en el pecador sensibilizado, es la justicia. El alma no ve otra manera de que Dios reivindique su justicia sino con el Infierno. Pero la fe da poder al alma para entrar en ese ardiente atributo sin que su consuelo se queme, igual que aquellos hebreos no recibieron daño en el horno de fuego (cf. Dn. 3).

La fe alivia el alma que teme la justicia de Dios

Cabe preguntar si Dios puede ser a la vez justo y recto al perdonar al pecador. La fe muestra que Dios es capaz de perdonar el pecado por grave que sea, y salvaguardar su justicia. Esta cuestión la decidió Dios mismo en un concilio celestial y él ha expresado su decisión en forma de una preciosa promesa: “Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia” (Os. 2:19).

¿Con quién se desposará Dios? Con una que ha hecho de ramera. ¿Qué significa “desposar?”. Que Dios perdonará nuestros pecados y nos recibirá en los brazos de su amor y favor personal. ¿Cómo un Dios justo puede desposarse con una novia ramera? Dice que lo hará en juicio y justicia. Es como si Dios nos amonestara: “No intentes absolver a mi justicia; eso lo haré Yo. Es mi santa voluntad hacerlo así”.

Cuando Satanás viene contra el creyente y cuestiona cómo un hombre tan vil puede hallar favor con Dios, la fe responde confiadamente: “Sí, Satanás, Dios puede ser tan justo al perdonarme como lo es al condenarte a ti. Me dice que es “en juicio y justicia”. Disputa tú con Dios, que él bien puede justificar sus propios actos”.

Mayor evidencia de la vindicación del juicio y la justicia de Dios al perdonar se halla en la plena satisfacción de Cristo por todos los pecados del creyente. Fue el gran propósito de Cristo llevar la justicia a que besara a la misericordia. Por tanto, antes de que Cristo exponga el caso del pecador ante Dios, asegura la satisfacción de su justicia por su propio sacrificio. Paga y luego intercede por lo pagado: presenta su petición por los pecadores creyentes, escrita con su propia sangre, para que la justicia pueda leerla con atención y aceptarla.

Dios confiere así nuestra salvación para que aun los débiles podamos justificarlo, al justificarnos él, ante el demonio más malicioso del Infierno.

Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Ro. 3:24-26).

Obrando diestramente con las verdades de este pasaje, la fe edifica una torre de absoluta seguridad alrededor del creyente.

1.- La propiciación de Cristo alude a la misericordia de Dios. Él prometió encontrarse y hablar con su pueblo de forma que el terror de su majestad no cayera sobre ellos. Igual que el propiciatorio cubría totalmente la santa ley de Dios dentro del Arca, la propiciación de Cristo cubre toda la ley que, de otra manera, acusaría al creyente. Ninguna amenaza puede ahora detener al creyente, mientras la fe sea capaz de interponer esa cortina entre la ira de Dios y el alma. Dios no puede ver al pecador porque Cristo lo oculta; y la justicia no puede condenar al creyente que acude a Cristo y se refugia en su satisfacción por el pecado. La cuerda escarlata en la ventana de Rahab alejó la espada destructora de su casa; y por la fe, la sangre de Cristo mantiene al creyente siempre fuera del alcance de la ira divina. La satisfacción de Cristo, de la que nos ataviamos por la fe, es la señal que distingue a los amigos de Dios de sus enemigos.

2.- Dios sella la propiciación de Cristo. Cristo es Aquel “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Rom. 3:25); Aquel que el Padre ha sellado y separado de entre todos los demás como el Elegido para expiar los pecados de todos, como el cordero apartado para la Pascua.

Por tanto, cuando Satanás alinea los pecados contra el creyente y lo enfrenta con la gravedad de los mismos, la fe corre a refugiarse en esa Roca, y dice: “Estoy segura de que mi Salvador es infinitamente mayor que mis peores pecados. Al dudar, estaría rechazando la sabiduría de la elección de Dios”. Él sabía la pesada carga que iba a poner sobre hombros de Cristo, pero estaba persuadido de la fuerza que tenía su Hijo para llevarla. La fe débil puede salvar, pero un Salvador débil no puede hacerlo. La fe cuenta con la intercesión de Cristo, pero Cristo no tuvo quien intercediera por él. La fe se apoya en el brazo de Cristo, pero Cristo estuvo solo. Si la carga de nuestros pecados hubiera prevalecido contra él, ninguno en el Cielo ni en la tierra podría haberlo ayudado a mantenerse en pie.

3.- La misericordia de Dios declara su justicia. Todos creen que Dios es misericordioso para perdonar; pero es más difícil creer que pueda ser justo al perdonar a los pecadores. “Con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 5:26). Dios estaba diciendo con esto: “Sé que parece increíble que perdone todas tus iniquidades. Crees que ya que soy Dios Justo, prefiero condenar a mil mundos de pecadores antes que poner mi Nombre bajo la más leve sospecha de injusticia. Sí, los condenaría una y otra vez, en lugar de mancillar el honor de mi Justicia, que soy Yo mismo. Pero te mando a ti y a los peores pecadores de la tierra que lo creáis; puedo ser Justo y Justificador de aquellos pecadores que creen en Jesús”.

¿Qué testimonio más sólido de su justicia puede dar un juez, que condenar a su propio hijo y absolver a un extraño? Cuando Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos, declaró su supremo odio al pecado y su amor inflexible por la justicia.

4.- La propiciación de Cristo paga toda la deuda del pecado. Si uno intentara pagar su propio pecado, gastaría toda la vida y la eternidad trabajando en vano para cancelar la deuda. Pero Dios recibe toda la paga de Cristo de una vez, a fin de poder decir verdaderamente: “Consumado es” (Jn. 19.30). Con esto, Jesús estaba diciendo: “En pocos minutos se terminará la obra de la redención. Ahora tengo en la mano toda la cantidad necesaria para pagar a Dios; en cuanto baje la cabeza, y el aliento salga de mi cuerpo, todo estará hecho”.

La prueba de la conciliación de Cristo con la justicia procede de la triunfante Palabra en boca de Dios mismo: “Cercano está de mí el que me salva; ¿quién contenderá conmigo?” (Is. 50:8). Pero la muerte expiatoria de Cristo hizo algo más que borrar nuestra antigua deuda. Por la misma sangre él ha hecho una nueva adquisición para sus elegidos. Así que Dios —antes el acreedor— ahora es deudor a su criatura por nada menos que la vida eterna, la cual Cristo ha pagado, y ha dado a todo creyente la humilde autoridad de reclamarla en su nombre. Así vemos la deuda pagada y la nueva adquisición de la vida en el mismo Salvador.

Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb. 10:12).

No solo borró la deuda de los creyentes, sino que los perfeccionó para siempre. Ha provisto tan ciertamente su perfección en la Gloria como su salvación del castigo en el Infierno. Desde este refugio de su obra consumada, nos llama a acercarnos “en plena certidumbre de fe” (He. 10:22). Esta seguridad proviene del atributo de Dios que temíamos antiguamente: su justicia. Pero la Escritura dice: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). No dice “misericordioso”, sino “justo”. La misericordia de Dios hace la promesa, pero su justicia cumple lo prometido por la misericordia.

5.- La justicia solo se glorifica pasivamente en la condenación de los pecadores. La justicia y la misericordia se encontraron en el sufrimiento de  Cristo. La justicia nunca es más radiante en Dios o en el hombre que en conjunto con la misericordia. En la muerte del Señor Jesucristo, ambas brillaron en toda su gloria y se complementaron mutuamente. Aquí lo blanco y lo rojo, como rosas y lirios, florecieron en tal unidad que es difícil decir cuál presenta más hermosamente el rostro de la justicia: si la ira de Dios sobre Cristo por nosotros, o su misericordia hacia nosotros en él.

Dios exige su gloria de los demonios y almas condenadas que no pagan este tributo voluntariamente. Reconocen la justicia divina solo por obligación, pero a la vez odian a Aquel a quien revindican.

En la satisfacción de Cristo, la justicia se glorifica activamente. Cristo no fue arrastrado a la cruz, sino que “se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios” (Ef. 5:2). Padeció por nosotros tan libremente como nosotros pecamos contra él. Las almas creyentes ahora cantan las alabanzas de la justicia y la misericordia de Aquel que las redimió, y las cantarán por siempre. ¡Cuánto mejor son los sufrimientos voluntarios de Cristo que los tormentos impuestos a los condenados! ¡Y las melodiosas alabanzas de los santos en el Cielo que el reconocimiento forzado de las almas en el Infierno!

  • – – – –

Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

Al continuar utilizando nuestro sitio web, usted acepta el uso de cookies. Más información

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra POLÍTICA DE COOKIES, pinche el enlace para mayor información. Además puede consultar nuestro AVISO LEGAL y nuestra página de POLÍTICA DE PRIVACIDAD.

Cerrar