En ARTÍCULOS

1.- La esperanza tranquiliza al cristiano afligido

El alma desesperada clama de ansiedad, pero la esperanza conserva la paz del Rey en el corazón. La desesperación no puede descansar porque no tiene esperanza que la arrulle. Pero la esperanza apacigua el espíritu turbado como ninguna otra cosa: como la madre acalla al niño dándole el pecho. Cuando el alma de David se turbó por la prueba, él se abrazó a la promesa: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios” (Sal. 43:5). Su alma durmió tan tranquila como un niño saciado.

El alma de Moisés se entristeció cuando Aarón y Miriam lo censuraron con palabras duras. Pero él calló y esperó que Dios demostrara su inocencia. Sin duda su paciencia hizo que él se enojara aún más viendo a uno tan manso maltratado por su causa. Por ello se apresuró a quitar el barro que le habían tirado al rostro, antes de este que pudiera manchar su buen nombre en la mente de los demás. Esperar la liberación de Dios en la prueba está estrechamente ligado al silencio santo: “En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación” (Sal. 62:1). El original hebreo dice literalmente: “Mi alma guarda silencio”.

2.- La esperanza llena el alma de gozo

La esperanza proporciona tal consuelo que el alma afligida puede sonreír aun entre las lágrimas. Esto es “gloriarnos en la esperanza” (He. 3:6). La esperanza produce mayor gozo en la aflicción. El sol da bellos colores al arco iris sobre un fondo de nubes. “Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones” (Ro. 5:2-3). Gloriarse es gozarse de forma incontenible; es una expresión externa que da a conocer a los demás la fiesta que el cristiano lleva dentro. Los manantiales del consuelo rebosan cuando el gozo fluye de la boca del creyente. Todo el gozo que sostiene al cristiano en la prueba proviene de la esperanza que adquirió para nosotros Cristo, quien nos ha preparado una gloria inefable en el Cielo. ¿Vamos a lamentarnos por las pruebas que pasamos por el camino que nos lleva a la Gloria celestial?

Cuando las dificultades opresoras nos asaltan, las promesas misericordiosas nos ungen con su bendición. La esperanza rompe el frasco de alabastro de las promesas sobre la cabeza del cristiano, y envía consolaciones a toda el alma. Como óleo precioso estas consolaciones alientan y refrescan el alma, sanan las heridas y quitan el dolor: “La esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom. 5:5).

La fe y la esperanza son las dos virtudes que Cristo utiliza más para llenar el alma de gozo, porque ambas salen afuera a obtener su vino. La fe le cuenta al alma lo que Cristo ha hecho, y la esperanza la aviva con la noticia de lo que hará en el futuro. Pero ambas sacan el dulce vino de la misma fuente: Cristo y su promesa.

Hay otras fuentes de “consuelo” que le dicen al cristiano lo mucho que ha sufrido por Cristo, en lugar de lo que este hizo por él. Pero ni agrada a Cristo, ni es seguro para el creyente que beba el gozo de esas vasijas. ¿Acaso se pone el siervo la corona del rey? ¿Por qué gritar “Hosanna” a esa virtud de Cristo que hay en nosotros, cuando solo existe por la misericordia de Dios? La alabanza es para Aquel que nos da el gozo; por ello “nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Fil. 3:3). Es engañoso confiar en la carne, por la inestabilidad del corazón y la inconsecuencia de nuestras virtudes, que bajan y suben como la marea. El gozo humano no puede ser constante, porque no lo son ni nuestras virtudes ni nuestros dones: como sube y baja un manantial natural, así sube y baja el nivel de estos. Inevitablemente beberíamos más agua que vino; nos faltaría el gozo más veces que lo tendríamos.

La copa del cristiano no tiene por qué estar vacía, porque él saca el vino de una Fuente inagotable que nunca aleja a nadie avergonzándolo, como lo haría tarde o temprano el arroyo de nuestra propia virtud inherente.

3.-  La esperanza alienta al alma afligida

Hay tres ingredientes de la esperanza que hacen esto posible:

a.-  La esperanza trae noticias del final feliz, sanando las heridas del sufrimiento presente

A veces, cuando Dios viene para liberar a sus siervos afligidos, los sorprende antes de que ellos le busquen: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jeho- vá, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 29:11).

La esperanza es una virtud indagadora: mira más allá de los actos exteriores de Dios. Con la ayuda de la promesa, puede ver el mismo corazón divino y leer los propósitos allí escritos acerca de las circunstancias particulares del cristiano. Luego, transmite el mensaje que estimula a este a no turbarse cuando Dios habla palabras duras en el lenguaje de su providencia. La esperanza le asegura al creyente: “Dios quiere bendecirte, por extraño que parezca. Igual que la ley, que vino siglos después de la promesa hecha a Abraham, no pudo anular aquella promesa, tampoco las aflicciones podrán destruir los pensamientos de amor que llevan tanto tiempo en el corazón de Dios para tu liberación y salvación”.

Durante un aguacero, el viajero espera pacientemente bajo un árbol mientras llueve, ya que espera que se trate solo de un chubasco pasajero; y ve cómo una parte del cielo se va aclarando mientras las nubes siguen en otra. La Providencia nunca está demasiado nublada, para que la esperanza pueda ver la bonanza de la promesa: “Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Lc. 21:28).

Cuando las cosas van peor para el cristiano, este puede no tardar en encontrarse con un cambio feliz. Porque el gozo de aquel día bendito vendrá “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta […], y nosotros seremos transformados” (1 Co. 15:52). En un momento estamos vestidos con los harapos de la carne mortal, y al siguiente nos revestimos del manto de la inmortalidad, bordado con una gloria mil veces mayor que la del sol. Un mártir dijo a su compañero cuando iba camino de la hoguera: “En un instante terminará nuestro dolor”.

La esperanza es un ungüento que sana a distancia. La esperanza del cristiano está en el Cielo, pero cura todas las heridas recibidas en la tierra. Eso no es todo. La esperanza profetiza el final feliz de la aflicción del creyente, y le asegura que se le cuidará en medio de la prueba. Si Cristo envía a sus discípulos al mar, estará con ellos en su necesidad: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo” (Is. 43:2).

La esperanza es el mensajero divino que habla a aquel que ha llegado a la conclusión de que no podrá sobrevivir a la aflicción severa. La esperanza levanta su cabeza por encima de las olas, y dice: “Ve, pues tu Dios estará contigo. ¿No es Cristo tu Esposo? Él te enseñará a sufrir, ya que fue educado en el sufrimiento desde la cuna hasta la cruz. Hasta viene a tu encuentro, se alegra de verte y está dispuesto a comunicarte algo de su sabiduría en el sufrimiento”. Por cuanto la esperanza sana el corazón, el sufrimiento es inofensivo, no peligroso.

b.-  La esperanza asegura al cristiano que el sufrimiento presente no es comparable con el gozo venidero de la salvación

Esta seguridad evitó la desesperación de los antiguos creyentes cuando sus enemigos derramaban su sangre. El perfume de esta esperanza reavivó sus almas: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Co. 4:16). ¿No es extraño que su valentía creciera mientras perdían la vida? Aceptaban el fuerte vino de la esperanza: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (v. 17).

Aquel que compra la reluciente esperanza del mundo a expensas de su conciencia, paga demasiado. Pero el Cielo se gana a bajo precio, aunque tengamos que perder todos nuestros intereses carnales o aun la vida misma. ¿Quién renuncia de mala gana la explotación de una finca alquilada de poco valor, a pocos días del término del contrato —pues así es la vida temporal—, para recibir la herencia eterna de los santos en luz? Esta esperanza ha hecho que los fieles siervos de Dios llevaran su propia vida en sus manos, dispuestos a entregarla: “No mirando nosotros las cosas que se ven —dice Pablo—, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (v. 8).

c.-  La esperanza enseña la necesidad del sufrimiento mientras avanzamos hacia la salvación

“¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?” (Lc. 24:26). Es como si Cristo dijera: “¿Por qué lloras la muerte del Maestro como si tu esperanza se desvaneciera? ¿Acaso había otra manera de volver al Cielo y tomar posesión de la gloria que le aguardaba allí?”.

El verdadero camino a la salvación es el mismo que siguió Cristo: “Si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Ro. 8:17). Pero este camino sería imposible de seguir si Cristo no nos lo hubiera abierto de antemano. Si comprendemos la necesidad de las aflicciones para llevarnos a la gloria como las aguas que llevan el barco a puerto, podemos reconciliarnos con ellas y deleitarnos en viajar por ese camino.

Algunos filósofos dicen que Dios nos bendice con el sol de la prosperidad, y nos maldice cuando nuestro cielo se nubla con adversidades. Pero la esperanza ve el Cielo en el día nublado; espera el bien que resulta del mal. Los judíos abrían sus ventanas cuando había rayos y truenos, esperando la venida del Mesías. Y ciertamente la esperanza abre la ventana de par en par en la tempestad. “Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre —dice Dios—, el cual confiará en el nombre de Jehová” (Sof. 3:12); “Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá” (Miq. 7:7).

Dios no toma el hacha de su soberanía para hacer astillas: cuando ha podado con severidad y cortado profundamente, su pueblo puede esperar una bella obra al final.

Es dulce meditar en Romanos 8:28: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Si te levantas por la mañana y oyes a unos obreros derribando el tejado con picos y mazos, bien podrías pensar que ha llegado un grupo de enemigos para destruir tu casa. Pero en cuanto comprendes que son obreros enviados por tu Padre para reformar esa misma casa, soportas de buen grado el ruido y los problemas, y agradeces a tu Padre su cuidado y sus gastos. La esperanza del bien resultante de la reparación te dispone para soportar por un tiempo los escombros de la antigua casa.

La promesa asegura al creyente que su Padre celestial no le quiere hacer mal, sino bien, al reformar su alma maltrecha para que sea un templo glorioso. Y las aflicciones ayudan en esta obra. Esta idea te libera para orar: “Señor, ¡pódame y moldéame como quieras, según el patrón que tu amor tiene para mí!”. Algunas personas ignorantes temen que la lejía les estropee la ropa, pero el que comprende lo que es la limpieza no temerá.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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