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La esperanza tranquiliza el alma del cristiano cuando Dios tarda en cumplir la promesa. Ya he dicho que la paciencia es la espalda sobre la cual el santo lleva las cargas, y la esperanza la almohadilla que hay entre la espalda y la carga. La paciencia tiene dos hombros: uno para llevar el mal presente y otro para esperar el bien futuro prometido, pero aún no cumplido. Y a medida que la esperanza aligera la carga del sufrimiento presente, también hace parecer corto el más largo retraso del bien prometido.

Donde falta la esperanza, falta la fuerza: “Perecieron mis fuerzas, y mi esperanza en Jehová” (Lm. 3:18). Dios protegió a Israel y proveyó para ella en el desierto, pero al agotarse los víveres traídos de Egipto, los israelitas se enojaron contra Moisés y contra Dios. ¿Por qué? Porque su esperanza se basaba en la ayuda humana.

Moisés subió al monte y estuvo pocos días fuera de la vista de los israelitas, pero estos sintieron la necesidad de hacer el becerro de oro. Pensaban que no volverían a verle, y lo dieron por perdido. Dios quiere que sus siervos aguarden aquello que él desea darles; pero pocos lo esperan, porque la mayoría tiene poco ánimo.

Noemí dijo a sus nueras: “Y aunque dijese: Esperanza tengo, y esta noche estuviese con marido, y aun diese a luz hijos, ¿habíais vosotras de esperarlos hasta que fuesen grandes?” (Rut 1:12-13).

La promesa lleva la salvación en el vientre, ¿pero aguardará el incrédulo hasta que esa promesa madure y crezca la felicidad? No, él prefiere juntarse con cualquier vil pasión que le pague con placer presente a esperar mucho tiempo, aunque sea el Cielo mismo.

Tamar hizo de ramera porque no se le entregó el marido prometido en cuanto ella quiso (c f. Gn. 38). Actualmente, muchas almas se lanzan a los brazos del mundo adúltero porque el consuelo y el gozo de la promesa se les retienen temporalmente, y Dios quiere que aguarden su recompensa. “Demas me ha desamparado, amando este mundo”, dice Pablo (2 Ti. 4:10). Solo el alma que tiene esta esperanza divina aguarda con paciencia el bien de la promesa. Al tratar este servicio de la esperanza, quiero mostrarte tres cosas: primera, que Dios a menudo tarda bastante antes de cumplir la promesa; segunda, que es nuestro deber esperar; y tercera, que la esperanza nos ayuda a perseverar.

1.- Dios a menudo demora el cumplimiento de la promesa

Esperar sin que medie alguna promesa es como reclamar una deuda que no existe. Las cosas buenas de la promesa no se reciben de golpe; si así fuera, las promesas no tendrían sentido. Dios le prometió un hijo a Abraham, pero este lo esperó durante muchos años después de que se le hiciera la promesa. También prometió la tierra de Canaán a Abraham y sus descendientes, pero pasaron siglos entre la promesa y su cumplimiento. Todos los patriarcas, hasta la tercera generación después de Abraham, “murieron […] sin haber recibido lo prometido” (He. 11:13). Simeón recibió la promesa de que “no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor” (Lc. 2:26), y esto no ocurrió hasta casi el final de su vida.

Entonces, estas promesas, que son la porción de todo creyente y por tanto las puede reclamar, tienen una fecha exacta en la agenda de los propósitos de Dios. En su promesa, sin embargo, Dios no hace constar la fecha de cumplimiento, sino solo el compromiso de que “cumplirá el deseo de los que le temen” (Sal. 145:19). A menudo viene un largo y duro invierno entre la siembra en oración y la cosecha prometida. Dios nos oye en cuanto oramos: las oraciones no tardan en llegar al Cielo, sino en volver de allá con una respuesta completa. Aun Cristo, en el Cielo mismo, no tiene todavía la respuesta plena a algunas de las oraciones que hizo en la tierra. Aún está “esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies” (He. 11:13).

Tenemos promesas de que el pecado y Satanás serán sometidos bajo nuestros pies, pero esos enemigos aún nos acosan: nos quedan muchas escaramuzas antes de desterrarlos de nuestro corazón. A veces el cristiano, heredero de todo gozo y consuelo, no tiene ni un céntimo de ese tesoro celestial en el bolsillo. Y ya que no confían en los caminos de Dios, los hay que caen en la tentación de cuestionarlo: “Algunos tendrán sus promesas —se dicen—, pero no me las da a mí. No responde mis oraciones. Otros cristianos vencen sus deseos, pero yo soy víctima de los míos. Aquí estoy, a las puertas del Infierno, sumido en el temor”. Todo esto se podría evitar si el creyente tuviera fe para creer este principio verdadero de que Dios no cumple todas sus promesas de golpe, y que el cumplimiento deseado está en camino.

2.- El creyente a veces tiene que esperar mucho tiempo el cumplimiento de la promesa

Cuando Dios tarda en cumplir su promesa, es deber del cristiano el esperar a que suceda: “Aunque tardare, espéralo” (Hab. 2:3). Dios lo cumplirá en su momento. Es difícil esperar cuando no se divisa la llegada del Señor después de días de oración y noches de vigilia. Es duro para la carne y la sangre. La fe débil se desalienta y puede volverse atrás después de recorrer un largo camino para encontrarse con Dios en la respuesta misericordiosa. Por eso el apóstol anuncia este deber con una oración llena de afecto: “Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo” (2 Ts. 3:5).

En el capítulo anterior, Pablo había puesto una buena base de consolación para los cristianos: ellos fueron “escogidos desde el principio para salvación […], a lo cual os llamó —dice— mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 2:13,14). Y añade: “Fiel es el Señor,    que os afirmará y guardará del mal” (2 Ts. 3:3). Pablo no quería que los creyentes se quedaran a poca distancia de la gloria prometida, pero al mismo tiempo tenían que saber que les sería difícil mantener su esperanza hasta el final a causa de su propia debilidad, de la apostasía de otros y de los ataques de Satanás. Es como si dijera: “Nunca podrás hacerlo solo, así que espera con paciencia hasta que Cristo venga y traiga la plena recompensa; que el Señor encamine tu corazón”.

3.- La esperanza facilita la perseverancia

“Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová” (Lm. 3:26). La esperanza gime, pero no se queja cuando la misericordia prometida no llega enseguida. Los gemidos de la esperanza brotan del espíritu en oración y alivian la carga de temor en el alma. Pero los gemidos del alma desesperada expresan ira contra Dios: son como un fuerte viento que aviva el fuego.

Donde hay esperanza, el corazón se tranquiliza pronto. La esperanza es el pañuelo que Dios utiliza para secar las lágrimas de su pueblo: “Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo, dice Jehová, y volverán de la tierra del enemigo” (Jer. 31:16). Las promesas de Dios en la visión dada a Jeremías llenaron su corazón de gozo y lo consolaron como el descanso al enfermo: “En esto me desperté, y vi, y mi sueño me fue agradable” (v. 26).

Cuando la promesa parece tardar demasiado, la esperanza alienta al cristiano de tres maneras: primera, le recuerda al alma que aunque Dios espere antes de cumplir la promesa, no tardará en hacerlo; segunda, que cuando él venga, nos recompensará abundantemente la espera; y tercera, que aunque espere para cumplir una promesa, nos consolará con otra.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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