“El espíritu de Dios me hizo, Y el soplo del Omnipotente me dio vida”.- Job 33:4
El Dios Eterno y siempre Bendito entra en contacto vital con la criatura, a través de un acto que no procede del Padre ni del Hijo, sino del Espíritu Santo.
Traspasados de la muerte hacia la vida, por la gracia soberana, los hijos de Dios son conscientes de esta comunión divina; ellos saben que no consiste en un acuerdo íntimo de predisposición o inclinación, sino en el contacto misterioso de Dios sobre su ser espiritual. Pero también saben que ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu Santo, es Quien ha hecho de sus corazones Su templo. Es cierto que Cristo viene a nosotros a través del Espíritu Santo, y que a través del Hijo tenemos comunión con el Padre, de acuerdo a Su palabra, “Yo y el Padre vendremos, y haremos Nuestra morada en vosotros”; pero todo estudiante inteligente de la Biblia, sabe que es especialmente el Espíritu Santo quien entra en su persona y toca su más íntimo ser.
El hecho que el Hijo encarnado haya entrado en un estrecho contacto con nosotros, no prueba nada en contra de esto. Cristo nunca ha entrado en una persona humana. Él tomó sobre Sí mismo nuestra naturaleza humana, con la que Se unió mucho más estrechamente de lo que lo hace el Espíritu Santo; pero no tocó el hombre íntimo y su personalidad oculta. Por el contrario, dijo que era conveniente para los discípulos que Él se fuera; “…porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn. 16:7). Más aun, la Encarnación no fue llevada a cabo sin el Espíritu Santo, quien vino sobre María; y las bendiciones que Cristo impartió a todos alrededor de Él, fueron en gran parte debido al don del Espíritu Santo que Le fue dado sin medida.
Por lo tanto, la idea principal permanece indemne: Cuando Dios entra en contacto directo con la criatura, es la obra del Espíritu Santo la que efectúa dicho contacto. En el mundo visible, esta acción consiste en encender y avivar la chispa de la vida; por lo tanto, es muy natural y está en plena armonía con el tenor general de la enseñanza de las Escrituras, que el Espíritu de Dios se mueva sobre la superficie de las aguas, y que traiga a existencia las huestes de los cielos y la tierra, ordenadas, con aliento, y resplandecientes.
Además de esta creación visible, existe también una invisible, la cual, en lo que a nuestro mundo se refiere, se concentra a sí misma en el corazón del hombre; por lo tanto, en segundo lugar, debemos ver en qué medida la obra del Espíritu Santo puede ser rastreada en la creación del hombre.
No hablamos del mundo animal. No porque el Espíritu Santo no tenga nada que ver con su creación. A través del Salmo 104:30, hemos demostrado lo contrario. Más aun, nadie puede negar los admirables rasgos de astucia, amor, fidelidad y gratitud que se encuentran en muchos animales. Aunque no seríamos tan necios como para basarnos en ello para decir que el perro es mitad humano; pues evidentemente, estas propiedades de animal superior no son sino preformaciones instintivas, bocetos del Espíritu Santo, llevados a su destino correcto únicamente en el hombre. Y aun así, aunque estos rasgos puedan resultar impactantes, en el animal no encontramos una persona. El animal procede del mundo de la materia, y regresa a él; sólo en el hombre aparece lo que es nuevo, invisible y espiritual, dándonos la justificación para que busquemos una obra especial del Espíritu Santo en su creación.
De sí mismo, esto es, de un hombre, Job declara: “El espíritu de Dios me hizo, Y el soplo del Omnipotente me dio vida” (Job 33:4). El Espíritu de Dios me ha hecho. Aquello que soy como una personalidad humana, es la obra del Espíritu Santo. A Él debo lo humano y lo personal que me constituyen como el ser que soy. Y añade: “Y el soplo del Omnipotente me dio vida”, lo que, evidentemente, hace eco de las palabras: “Entonces Jehová Dios…sopló en su nariz aliento de vida” (Gn. 2: 7).
Al igual que Job, tu y yo deberíamos sentir y reconocer que somos creados en Adán; cuando Dios creó a Adán, Él nos creó a nosotros; en la naturaleza de Adán, Él llamó a existencia la naturaleza en la que ahora vivimos. Gn. 1 y 2 no es el registro de extranjeros, sino de nosotros mismos– en cuanto a la carne y la sangre que llevamos con nosotros- la naturaleza humana en la que nos sentamos a leer la Palabra de Dios.
Aquél que lee su Biblia sin esta aplicación personal, lee fuera de propósito. Le deja frío e indiferente. Puede encantarlo durante su infancia, cuando uno es aficionado a cuentos e historias, pero no tiene ningún control sobre él en los días de conflicto, cuando se encuentra con los hechos y realidades más duros de la vida. Pero, si nos acostumbramos a ver en este registro, la historia de nuestra propia carne y sangre, de nuestra propia naturaleza y vida humanas, y reconocemos que por generación humana brotamos de Adán y, por lo tanto, estábamos en Adán cuando él fue creado- entonces sabremos que cuando Dios formó a Adán del polvo, también nos formó a nosotros; que también estábamos en el Paraíso; que la caída de Adán fue también la nuestra. En una palabra, la primera página de Génesis no se relaciona a la historia de un extranjero, sino a la de nuestros auténticos propios seres. El aliento del Todopoderoso nos dio vida, cuando el Señor formó al hombre del polvo, y sopló en su nariz y lo hizo un alma viviente. La raíz de nuestra vida se encuentra en nuestros padres, pero a través y más allá de ellos, la tierna fibra de esa raíz se remonta a través de la larga línea de generaciones, y recibió sus primeros comienzos cuando Adán respiró por primera vez el aire puro de Dios, en el Paraíso.
Y, sin embargo, aunque en el paraíso recibimos el primer inicio de nuestro ser, también existe un segundo inicio de nuestra vida, es decir, cuando cada uno de nosotros fue llamado individualmente a ser, a través de la raza, por la concepción y el nacimiento. Y sobre esto, Job también testifica: “El espíritu de Dios… me dio vida”. (Job 33:4)
Y nuevamente, en la vida del hombre pecador, existe un tercero inicio, cuando a Dios le agrada convertir a los malvados; y de esto también testifica el alma dentro de nosotros: “El espíritu de Dios… me dio vida”.
Dejando este nuevo nacimiento fuera de cuestión, el testimonio de Job nos muestra que él estaba consciente del hecho que debía a Dios tanto su existencia como hombre, como persona, como un yo- y por lo tanto- su creación en Adán, así como su ser personal. ¿Y qué nos enseñan las Escrituras acerca de la creación del hombre? Lo siguiente: que el polvo de la tierra de la cual Adán fue formado, fue tan trabajado, que se convirtió en un alma viviente, lo que señala el ser humano. El resultado no fue una mera criatura que se mueve, gatea, come, bebe y duerme, sino un alma viviente que vino a existencia en el momento en que el aliento de vida fue soplado hacia el polvo. No vino primero el polvo y, a continuación, la vida humana al interior del polvo, y después de eso, el alma con todas sus facultades superiores dentro de esa vida humana; no, sino que tan pronto como se manifestó la vida en Adán, él fue un hombre, y todos sus preciosos dones fueron su dote natural.
El Hombre pecador que nace de lo alto, recibe dones que están por encima de la naturaleza. Por esta razón, el Espíritu Santo solamente mora en el pecador viviente. Pero en el cielo esto no será así, pues en la muerte, la naturaleza humana resulta cambiada en forma total, de modo que el impulso de pecar desaparece completamente; es por esto que en el cielo, el Espíritu Santo obrará en la misma naturaleza humana para siempre y eternamente. En el estado actual de humillación, la naturaleza del regenerado sigue siendo la naturaleza de Adán. El gran misterio de la obra del Espíritu Santo en él, es el siguiente: que en y por esa naturaleza corrupta y rota, Él obra las obras santas de Dios. Es como la luz que brilla a través de los paneles de nuestra ventana, que de ninguna manera puede mantenerse invariable bajo el efecto del vidrio.
En el Paraíso, sin embargo, la naturaleza del hombre estaba completa, intacta; todo acerca de él era santo. Debemos evitar el peligroso error de que el recientemente creado hombre tenía un grado inferior de santidad. Dios hizo al hombre recto, sin nada de él o en él que estuviera torcido. Todas sus inclinaciones y facultades eran puras y santas, en todo su funcionamiento. Dios se deleitaba en Adán, vio que él era bueno; con seguridad, no se podría desear nada más. En este sentido, Adán difería del hijo de Dios por gracia, en que aquél no tenía vida eterna; debía alcanzarla como recompensa por las obras santas. Por otro lado, Abraham, el padre de los fieles, comienza con vida eterna, de la que las obras santas debían proceder. Así pues, un contraste perfecto. Adán debía alcanzar la vida eterna a través de las obras.
Abraham, tiene vida eterna a través de la cual obtiene las obras santas. De este modo, para Adán, no puede haber morada interior del Espíritu Santo. No existía ningún antagonismo entre él y el Espíritu. Entonces, el Espíritu podía impregnarlo, y no solamente morar en él. La naturaleza del hombre pecador rechaza al Espíritu Santo, pero la naturaleza de Adán lo atraía, lo recibía libremente, y lo dejaba inspirar su ser.
Nuestras facultades e inclinaciones se encuentran dañadas, nuestros poderes están debilitados, las pasiones de nuestros corazones, corrompidas: por lo tanto, el Espíritu Santo debe venir a nosotros desde fuera. Sin embargo, como todas las facultades de Adán estaban intactas, y toda la expresión de su vida interior, imperturbable, entonces, el Espíritu Santo podía obrar a través de los poderes y acciones comunes de su naturaleza. Para Adán, las cosas espirituales no eran bienes sobrenaturales, sino naturales- excepto por la vida eterna, que él debía ganar por el cumplimiento de la ley. Las Escrituras expresan esta unidad entre la vida natural de Adán y los poderes espirituales, mediante la identificación de ambas expresiones:
“Respirar el aliento de vida” y “convertirse en un alma viviente” (Gn. 2:7).
Otros pasajes muestran que esta “inhalación” divina indica, especialmente, la obra del Espíritu.
Jesús sopló sobre Sus discípulos y dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20:22). Él compara el Espíritu Santo con el viento. En ambos idiomas bíblicos, el hebreo y el griego, la palabra espíritu significa viento, respiración o soplido. Y tal como la Iglesia confiesa que el Hijo es eternamente generado por el Padre, entonces confiesa que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como por la respiración. Por lo tanto, se concluye que el pasaje “…y sopló en su nariz aliento de vida” (Gn. 2:7)- en relación con: “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gn. 1:2) y las palabras de Job: “El espíritu de Dios…me dio vida (Job 33:4)- apuntan a una obra especial del Espíritu Santo.
Antes de que Dios soplara el aliento de vida sobre el polvo inerte, se produjo una conferencia en la economía del Ser divino: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza” (Gn. 1:26) Esto demuestra –
En primer lugar, que cada Persona divina tenía un trabajo bien definido en la creación del hombre- “Hagamos al hombre”. Antes de esto se utiliza el singular de Dios, “Él habló”, “Él vio”; pero ahora se utiliza el plural “Hagamos al hombre”, lo que implica que, aquí especialmente y con mayor claridad que en cualquier pasaje que le precede, las acciones de las Personas se han de diferenciar.
En segundo lugar, que el hombre no fue creado vacío, para luego ser dotado de mayores facultades y poderes espirituales, sino que el propio acto de la creación lo hizo a la imagen de Dios, sin ninguna posterior adición a su ser. Porque leemos: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza”. Esto nos asegura que el hombre recibió, por creación inmediata, la impresión de la imagen divina; que en la creación, cada una de las Personas divinas realizó una obra definida; y por último, que la creación del hombre en relación con su destino superior, fue efectuada por aliento de Dios.
Esta es la base para nuestra declaración, respecto de que la obra creativa del Espíritu estaba haciendo de todos los poderes y dones del hombre, instrumentos para Su propio uso, conectándolos en forma vital e inmediata con los poderes de Dios. Esto concuerda con las enseñanzas bíblicas acerca de la obra regeneradora del Espíritu Santo, que aunque en forma diferente, también hace que el poder y la santidad de Dios entren en contacto inmediato con los poderes humanos.
Por lo tanto, negamos la frecuente afirmación de teólogos éticos, que dice que el Espíritu Santo creó la personalidad del hombre, ya que esto se opone a toda la economía de las Escrituras. Porque, ¿qué es nuestra personalidad, sino la realización del plan de Dios en relación con nosotros? Tal como desde la eternidad, Dios nos ha ideado a cada uno como distinto de los otros hombres, con nuestro propio sello, historia de vida, vocación y destino- y como tal, cada uno debe desarrollarse y mostrarse para llegar a ser una persona. Sólo de esa manera, cada uno obtiene carácter; cualquier otra cosa así llamada es orgullo y arbitrariedad.
Si nuestra personalidad es consecuencia directa del plan de Dios, entonces ella y todo lo que tenemos en común con todas las demás criaturas no puede provenir del Espíritu Santo, sino del Padre; como todas las otras cosas, recibe su disposición del Hijo, y el Espíritu Santo actúa sobre ella como sobre cualquier otra criatura, encendiendo la chispa e impartiendo el resplandor de la vida.
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Extracto del libro: La Obra del Espíritu Santo.
Autor: Abraham Kuyper (1837–1920) fue una de las figuras más influyentes del calvinismo holandés del siglo XIX y principios del XX. Fue simultáneamente pastor, teólogo, periodista, profesor universitario, dirigente político y primer ministro de los Países Bajos.