“Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Hab. 2:3).
1.- La esperanza afirma que aunque Dios se demore en cumplir la promesa, no tardará
¿Cómo reconciliamos esto de que aunque tardare, no tardará? “Pero cuando se acercaba el tiempo de la promesa, que Dios había jurado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto” (Hch. 7:17). La raíz de las hierbas y flores duerme escondida bajo tierra todo el invierno, pero brota al llegar la primavera. La promesa se cumplirá en su momento.
Cada promesa tiene fecha, pero no la podemos leer; y dado que no comprendemos la cronología de Dios, creemos que Él nos ha olvidado. Es como aquel que fija la hora del reloj según el hambre que siente, en lugar de por el sol, diciendo que es mediodía y quejándose por no tener comida. Anhelamos el consuelo y esperamos que la promesa se cumpla según nuestro impaciente deseo. El sol no corre más aprisa porque adelantemos el reloj, ni la promesa se cumplirá antes porque le pongamos una fecha anterior.
Es muy cierto que, aunque Dios pocas veces acude según nuestro horario —ya que no calculamos bien—, nunca falta en su día. El apóstol exhortó a la iglesia en Tesalónica: “No os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis […] en el sentido de que el día del Señor está cerca” (2 Ts. 2:2). ¿Pero por qué necesitaban tal exhortación cuando su mayor gozo iba a llegar con aquel día? No era la llegada de ese día lo que los alarmaba, sino el hecho de que algunos querían persuadirlos de que lo esperaran antes de cumplirse muchas de las profecías. “No vendrá —dice Pablo— sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición” (v. 3). La promesa tenía que esperar hasta se cumplieran aquellas verdades intermedias más inmediatas; entonces nada podría estorbar su cumplimiento.
Puede ser que tu alma herida esté sangrando, sumida en lágrimas a causa de tu pecado. La promesa te dice que Dios se encuentra cerca para reavivarte a ti, personalmente (Is. 57:15). Pero terminas la oración o el sermón sin verlo, ni oír otra palabra de seguridad más que esa promesa. Ten cuidado de no medir las distancias de Dios por tu propia escala, ya que su “cerca” puede ser “lejos” para ti. Bien podría Dios haber dado a su pueblo la fecha exacta en que se cumpliría cada promesa. Pero la ha ocultado para edificar nuestra fe, y para que podamos expresar plena confianza esperando recibir lo que él está dispuesto a darnos.
La fe de Abraham era lo bastante fuerte como para seguir a Dios aun sin saber adonde le llevaba. Se necesita gran fe para descansar satisfecho con la promesa, no sabiendo cuándo esta se cumplirá. Pero al considerar en Quién confiamos, no hay razón para temer que él vaya a fallar ni a tardar un minuto más que el tiempo justo.
2.- La esperanza afirma que cuando Dios venga, recompensará con creces la espera
Los impíos no se benefician en nada de la paciencia de Dios mientras él no cumple sus amenazas, salvo para almacenar más ira para sí mismos. Los creyentes no pierden nada no viendo de inmediato el cumplimiento de la promesa, sino que, por su paciencia en la espera, hacen acopio de gozo para aquel día: “Vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad” (Rom. 2:7). No basta con hacer el bien, hay que perseverar en ello con paciencia mientras Dios aguarda su momento.
Arar el campo da mucho apetito, pero a causa de la esperanza de obtener una buena cosecha de alimentos, el agricultor no flaquea. La esperanza dice: “Aunque quieras comer ahora mismo, aguanta un poco y a la tarde tendrás comida y cena juntas”. Una vez que el creyente se sienta para disfrutar del festín, se olvida del dolor y la debilidad pasados en el campo: “La esperanza que se demora es tormento del corazón; pero árbol de vida es el deseo cumplido” (Pr. 13:12).
Dios ha marcado el tiempo de maduración de los frutos de la tierra; igualmente, hay un plazo para el cumplimiento de las promesas, y debemos esperar y no recogerlas a destiempo, como si fueran manzanas verdes. Muchos que no tienen fe ni esperanza para acallar el alma roban antes de tiempo lo que, en el momento de Dios, caería maduro en su regazo. ¿Qué consiguen estos impulsivos? Una cosecha parca y dura, como el trigo cortado antes de granar. Debemos esperar: “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor” (Stg. 5:7).
Espera en Dios el tiempo necesario, hasta que venga según la promesa y te saque de tu sufrimiento. No corras para salir del apuro:
Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca (vv. 7-8).
Aunque el labrador anhela ya la cosecha, espera a que madure según la providencia de Dios. Se alegra con la lluvia temprana, pero también desea la tardía, y la espera con paciencia aunque tarde en llegar. ¿No sabes que la lluvia cercana a la cosecha hace engordar la espiga? Las misericordias mayores son las que más tardan. Jesús no dio enseguida el vino en las bodas de Caná, como había pedido su madre, sino que tuvieron mayor cantidad por haber esperado.
3.- La esperanza afirma que mientras Dios se demora en cumplir una promesa, proporciona otra
Este consuelo basta para acallar el alma de aquel que comprende la dulzura de los caminos de Dios. El creyente no está privado ni por un instante de consuelo. Siempre hay alguna promesa para ministrarle hasta que llegue otra. El enfermo no se queja si sus amigos no le visitan todos juntos, si vienen en turnos para no dejarlo solo.
Leemos acerca de un árbol “que produce doce frutos, dando cada mes su fruto” (Ap. 22:2). Este árbol es Cristo mismo, que da toda clase de frutos en sus promesas, y consolaciones para cada momento y situación. El creyente nunca acudirá a él sin hallar alguna promesa que le dé fuerzas hasta que otra madure.
Cuando Jesús volvió al Cielo, consoló a sus discípulos diciendo que volvería de nuevo para llevarlos consigo a la casa de su Padre, en donde ahora mora en gloria. Esto sí que es hermoso. Pero, entre tanto, ¿cómo podrían soportar las muchas tormentas que seguramente se interpondrían entre esta promesa y su cumplimiento? Nuestro Salvador también pensó en esto, y les dijo que no los dejaría sin consuelo, sino que les daría otra promesa para sustentarlos: la compañía de su Espíritu en la tierra hasta que se los llevara consigo al Cielo.
El cristiano nunca está tan desamparado como para que la esperanza no lo ayude:
Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto (Jer. 17:7-8).
Estas aguas son las promesas que dan consuelo continuo al creyente. Como el árbol plantado junto al río florece, sin importar el tiempo que haga, así le sucederá a él. Posiblemente estará afligido, y la liberación prometida no llegará. Entonces, su esperanza lo sustentará con otra promesa. Aunque Dios no lo libere ahora de la aflicción, lo sustentará en medio de la prueba.
Si el dolor del creyente no permite que la promesa le libre de la impaciencia y la desconfianza, la esperanza le ofrecerá la gracia del perdón divino: “Los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve” (Mal 3:17); “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia” (Miq. 7:18). Dios no hubiera permitido que Job expresara tal impaciencia, si su misericordia perdonadora no hubiese estado segura de durar hasta el final de la aflicción de este. Y durante todo el tiempo él había estado preparando un testimonio amoroso de Job para darlo ante sus severos amigos.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall