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Sal.73:28:  Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras.

1.- Estudia la Palabra de Dios con diligencia

El cristiano crece por la Palabra y debe alimentarse de ella, o su virtud se marchitará y morirá. El niño de pecho come muy a menudo. Dios ha provisto en su Palabra el alimento para cada virtud, y la Escritura criará una esperanza sólida y fuerte: “A fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Rom. 15:4). El diablo lo sabe tan bien que se esfuerza por privar al cristiano de la ayuda almacenada en la Palabra. Tiene razón, porque mientras fluya libremente ese río que alegra la Ciudad de Dios con el consuelo de sus preciosas promesas, nunca podrá poner sitio a la Ciudad.

El diablo priva a algunos de este alivio bíblico por la mera pereza de ellos. Se quejan de dudas y temores como los holgazanes que lloran su pobreza, tendidos en la cama. Pero no se levantan para escudriñar la Palabra y satisfacer su necesidad. Estos, más que ninguno, venden barato su consuelo. ¿Quién se compadece del hambriento que tiene el pan delante pero se niega a levantar la mano para tomarlo?

Satanás presenta a algunos cristianos aplicaciones falsas de la Palabra para turbar su alma. El diablo es un estudioso de la teología excepcionalmente inteligente, y solo emplea su conocimiento de la Escritura para atraer al creyente al pecado, o a la desesperación por haber caído en él. Es como un abogado deshonesto que utiliza su habilidad legal únicamente para poner en apuros a los hombres honrados con el enmarañado pleito que presenta contra ellos.

Si Satanás manipula con tanta eficacia la Palabra para debilitar tu esperanza y privarte de tu herencia, has de adquirir una santa destreza para mantener el derecho y defender tu esperanza. Por tanto, en tu estudio de la Palabra de Dios, debes perseguir con ahínco dos metas hasta que las alcances:

a). El conocimiento de las condiciones para la salvación y vida eterna explicadas en la Palabra.

Porque hay ciertas condiciones; si no, la salvación sería gratis para todos, fueran creyentes o no. Si Dios no hubiera puesto límites en el Sinaí, especificando quién debía subir al monte, todos hubiesen podido acompañar a Moisés. Si Dios no pone condiciones, el pecador más abominable, al igual que el creyente más humilde, podrá tocar el santo monte de Dios. En cuanto a la salvación, la Palabra pone dos condiciones, según los dos pactos.

1.- El pacto de la naturaleza o pacto de la ley. Dios hizo este pacto con Adán con la condición de una obediencia perfecta. Esto no se requiere ya, y aquel que se detenga ante esa puerta con la esperanza de encontrar vida, la encontrará cerrada a cal y canto. A la vez, se privará de la verdadera puerta que está abierta: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gál. 5:4). Por tanto, hemos de descubrir el otro pacto.

2.- El pacto de gracia. La condición del nuevo pacto son el arrepentimiento y la fe. En el mismo Dios y el hombre vuelven a ser amigos; como si Dios hubiera querido impedir que sus amigos se alejaran nunca de él. Intenta creer estas promesas y aferrarte, como a principio inmutable, a la verdad de que aquel que se arrepiente de veras de sus pecados, y recibe a Cristo como Señor y Salvador con “fe no fingida”, tiene la Palabra y el juramento de Dios garantizándole el perdón de sus pecados y la salvación de su alma.

El peso de toda la casa del cristiano descansa tan completamente sobre el arrepentimiento y la fe, que el Espíritu de Dios ha borrado toda duda en cuanto a su certeza: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Is. 53:4). No hay duda: fue él quien pagó nuestra deuda. ¿Por qué si no, el Hijo de Dios habría sufrido hasta la muerte? ¿Para darnos un modelo de paciencia? Ciertamente sí, pero esa no es la única razón, porque algunos cristianos han sido grandes ejemplos de paciencia. Había algo más: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (v. 5). Esta empresa era tan enorme que ningún santo hubiera podido llevarla a cabo por nosotros; solo el Hijo de Dios: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Ti. 1:15). “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). ¿Qué temerá, pues, el arrepentido? “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento” (Heb. 6:17).

No podemos pedir mayor seguridad que la que, en su fidelidad, nos da nuestro Dios por voluntad propia. El gobierno romano no exigía juramento a sus magistrados, dando por sentado que el honor de estos era garantía suficiente de su justicia. La Palabra de Dios merece, por tanto, la más absoluta confianza, ya que él se rebajó a hacernos un juramento que penetrara en nuestras mentes como una verdad indiscutible.

b).  Asegúrate de ser un pecador arrepentido y creyente

En la Biblia leemos acerca de una seguridad triple: primeramente, la seguridad del entendimiento (Col. 2:2); en segundo lugar, la certidumbre de la fe (Heb. 10:22); y en tercer lugar, la certeza de la esperanza (Heb. 6:11). El conocimiento plantea la hipótesis, la fe formula la proposición, y la esperanza llega a la conclusión.

Entonces, el cristiano puede decir: “Sé por la Palabra que el pecador arrepentido y fiel se salvará; mi conciencia me muestra que yo estoy arrepentido y creo. Aunque sea indigno, tengo certeza de la salvación”. En la misma medida que el creyente concuerda con la verdad de Dios y se arrepiente, así de fuerte o débil es su esperanza. Si su asentimiento a la verdad de la promesa es débil, o vacilantes sus pruebas de poseer la fe y el arrepentimiento, la esperanza que nacerá de ellos heredará las debilidades de sus progenitores.

2.- Mantén pura la conciencia

La vida santa en este mundo presente va unida a la búsqueda de “la esperanza bienaventurada” (Tit. 2:12-13). Un alma sin santificar está privada de toda esperanza verdadera, y el creyente negligente en su andar cristiano pronto verá vacilar su esperanza.

Todo pecado trae consigo temores y temblor de corazón al pecador. Pero los pecados deliberados son un veneno mortal para la esperanza del cristiano, y tarde o temprano la destruirán. El pecado consume la vida del cristiano, y hace que este tenga miedo de pensar en Dios: “Me acordaba de Dios, y me conmovía” (Sal. 77:3). Teme mirar al Dios de justicia. A fin de cuentas, ¿qué criado quiere que su amo lo encuentre borracho?

Cuando los amigos de Calvino intentaron hacerle dejar sus estudios nocturnos, les preguntó si querían que su Señor lo encontrara ocioso. ¡Ojalá que la muerte no te sobrevenga cuando estés tirado en el charco de algún pecado sin confesar o del que no te hayas arrepentido! En esas condiciones, ¿te llevará tu esperanza a la eternidad con gozo? ¿Puede volar un pájaro con un ala rota? La fe y la buena conciencia son las dos alas de la esperanza. Si el pecado ha herido tu conciencia, renueva el arrepentimiento para poder recibir el perdón con fe y recuperar la esperanza.

Si un israelita empeñaba su vestido, Dios en su misericordia proveía para su devolución antes del anochecer: “Porque sólo eso es su cubierta […]. ¿En qué dormirá?” (Éx. 22:27). La esperanza es el abrigo del cristiano, que envuelve su cuerpo cuando lo acuesta a dormir en la tumba. David dice: “Mi carne también reposará confiadamente” (Sal. 16:9). Cristiano, recupera tu esperanza antes del anochecer de tu vida, o ciertamente te dormirás con dolor. El que no tiene esperanza de resucitar a la vida lo pasa mal al acostarse en la tumba.

3.-  Pide a Dios una esperanza más fuerte

Así alentaba Pablo a los cristianos de Roma: “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Rom. 15:13). Dios es el Dios de la esperanza, no solo de la primera semilla, sino de todo el crecimiento y la cosecha de la misma en nosotros. Él no entrega al creyente la primera gracia de la conversión para dejar la conclusión de esta enteramente en manos de su habilidad humana.

Asegúrate de reconocer humildemente a Dios esperando constantemente de él tu crecimiento espiritual: “Los leoncillos [buscan] de Dios su comida” (Sal. 104:21). Dios les ha enseñado a expresar su necesidad cuando tienen hambre, y así aprenden que su Creador también es su Sustentador. Al principio, el niño solo expresa su necesidad con el llanto, pero en cuanto reconozca a su madre, dirigirá a ella sus reclamaciones.

Cristiano, el Padre siempre puede encontrarte. Sabe lo que quieres; pero espera hasta que clames a él para dártelo. ¿No cuida Dios de los animales del campo? Entonces, ciertamente cuidará de ti, el hijo de su casa. Puede que veas negada la petición de mayores riquezas, pero el que pide mayor gracia pronto obtendrá respuesta.

4. Aumenta el amor

El amor tiene una fuerte influencia secreta sobre la esperanza. Moisés mostró su hermandad con aquel israelita al matar al egipcio que había luchado con él. El amor mata el temor servil (uno de los peores enemigos de la esperanza), fortaleciendo así las manos de esta. El que arranca las malas hierbas ayuda a crecer al trigo. El temor oprime el espíritu del creyente impidiéndole que actúe o espere con vigor: “El perfecto amor echa fuera el temor” (1 Jn. 4:18). La libre echará fuera a la esclava. El temor es de la raza de Agar, esclavizando a todos los que participan de él.

El amor no tolera el temor. El alma amorosa dice: “¿Tendré temor de que me haga daño Aquel que más me ama? ¡Fuera, temor y duda! No hay lugar para vosotros en mi corazón”.

Mientras más ames a Cristo, más fuerte será tu esperanza en él y lo esperarás con mayor tranquilidad. Estas dos virtudes a menudo van unidas en la Palabra: “Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios y a la paciencia de Cristo” (2 Ts. 3:5). Si lo amas, esperarás en él: “Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Jud. 21).

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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