Algunas cosas son de tan poco valor que no valen las molestias que tomamos para conseguirlas. Pero otras cosas valen tanto que solo un necio se arriesgaría a perderlas. Supongamos que un enfermo terminal solo puede salvar la vida tomando una medicina muy escasa. ¿Cuánto se esforzaría en obtenerla? ¿Prefieres suplir tu necesidad con las drogas mortíferas del diablo, cuando Dios mismo te ofrece una rica medicina que te sanará del todo? El apóstol llama a este don vivificante “la fe de los escogidos de Dios” (Tit. 1:1).
Cuando uno compra ropa, busca la mejor calidad. En el mercado espera conseguir la mejor carne; del abogado, el mejor consejo; del médico, el mejor cuidado para la salud. ¿Buscas lo mejor para todo menos para tu alma? Si alguien acepta dinero falso, ¿a quién estafa, sino a sí mismo? Si te dejas engañar por una fe falsa, tú pierdes.
Cuando llegues al lugar del Juicio, Dios exigirá que pagues la deuda que le debes o te enviará a la dolorosa prisión del Infierno. Si tienes una fe falsa en el corazón, no aceptará tu pago, aunque digas creer en Cristo. Te entregará al tormento no solo por no creer, sino por falsificar la moneda del Rey Celestial acuñando su nombre en tu falsa divisa. La idea misma del Juicio debe bastar para alentar en todos la seria determinación de obtener una fe real. Hay tres importantes razones por las que el cristiano debe ser sensato en la prueba de su fe.
1.- Según sea tu fe, así serán tus demás virtudes
Como es un matrimonio, así serán los hijos, ya sean legítimos o ilegítimos. De la misma manera, según sea nuestro matrimonio con Cristo, así serán nuestras virtudes. Estamos unidos a Cristo por la fe: “Os he desposado con un solo esposo”, dijo Pablo a los corintios (2 Co. 11:2). Por la fe el alma acepta a Cristo por Esposo. Si nuestra fe es falsa, entonces también lo es nuestro matrimonio con Cristo; y si el matrimonio es ilícito, todas nuestras presuntas virtudes también lo son.
Por muy hermoso que sea el rostro de un bastardo, ilegítimo es. Nuestra humildad, paciencia y dominio propio son todos ilegítimos. Igual que “no entrará bastardo en la congregación de Jehová” (Dt. 23:2), ninguna virtud bastarda llegará a formar parte de la congregación de los redimidos en el Cielo. Alguien que tenga hijos propios no pondrá al bastardo de otro por heredero. Dios tiene hijos propios para heredar la gloria celestial. Por su Espíritu ha engendrado virtudes celestiales en los corazones de ellos, que se asemejan a su naturaleza santa. Ciertamente Él nunca dará su gloria a extraños: creyentes falsos que son rapazuelos del diablo.
2.- La excelencia de la verdadera fe hace más repulsiva la fe falsa
Ya que el hijo de un rey tiene una posición única, es un delito grave que uno de la plebe se haga pasar por él. Es por fe como podemos “ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Entonces, aquel que finge ser hijo de Dios sin tener sangre celestial en sus venas blasfema. Tal persona es de la estirpe de Satanás y debe esperar reunirse con los suyos en el Infierno. Ya que un falso amigo es peor que un enemigo declarado, Dios aborrece al Judas hipócrita más que al sanguinario Pilato.
El mono tiene cara de humano, pero no su alma, y por ende nos parece el más ridículo de los animales. De todos los pecadores, ninguno será más avergonzado en el último día que quien haya imitado a los creyentes en su profesión pero sin hacer ningún acto de fe. En cuanto a los soberbios que aparentan piedad, el Salmista nos dice que Dios menospreciará su apariencia (cf. Sal. 73:20).
Pero hay otra clase de persona cuya apariencia Dios aborrece aún más que estos, y es el creyente temporal que tiene una fe imaginaria, la cual alza como un ídolo en su propia imaginación. En su momento ese ídolo complaciente será quebrantado, y sus adoradores hundidos en el Infierno.
3.- La fe falsa y halagadora estorba la obra de la fe verdadera
“¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él” (Pr. 26:12). De todos los necios, el arrogante es el peor, ya que la soberbia le hace incapaz de recibir consejo. El espíritu de Nabucodonosor “se endureció en su orgullo” (Dn. 5:20). Un soberbio se encastilla en la opinión que tiene de sí mismo y allí se encierra para defenderse contra todo razonamiento. Da gracias a Dios porque no tiene que buscar la fe, y se recrea con la falsa esperanza de hallarse en estado de gracia. Dios sabe que este hombre “de ceniza se alimenta; su corazón engañado le desvía, para que no libre su alma” (Is. 44:20).
No es difícil que el pecador ignorante admita que no merece más que el Infierno, pero aquel que finge tener fe, vive una mentira. Satanás se deleita en estorbar su búsqueda de realización, haciéndolo errar el camino con una fe falsa. Los israelitas anhelaban el verdadero culto a Dios en Jerusalén, pero Jeroboam les impidió que fueran allá estableciendo algo parecido al culto religioso en su territorio. Lo sustituyó por becerros de oro, y contentó a muchos israelitas hasta tal punto que nunca dieron el primer paso para ir a Jerusalén.
Cuidado que Satanás no os engañe con una falsa fe. Sé que todos preferimos tener por nuestro el niño vivo y no el muerto, como ocurrió en el juicio de Salomón. Todos queremos fe verdadera. Pero no seáis vuestros propios jueces; apelad al Espíritu de Dios y que él decida la controversia utilizando la espada de su Palabra. Dices que tienes fe, ¿pero de qué clase? ¿verdadera o falsa?
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall