La incredulidad merece tan alto puesto entre los pecados como la fe entre las virtudes. La incredulidad es el Belcebú, el príncipe de los pecados, que hace pecado a los demás. Dios marcó a Jeroboam como quien “pecó, y ha hecho pecar a Israel” (1 R. 14:16). La incredulidad es un pecado que fomenta el pecado.
El primer hálito venenoso que Eva recibió del tentador le llegó con estas palabras: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Gn. 3:1). Es como si dijera: “Piénsalo bien: ¿Crees realmente que Dios te privaría del mejor fruto de todo el huerto?”. Esta fue la puerta del traidor por donde los demás pecados se precipitaron adentro del corazón de Eva; y aún hoy Satanás mantiene esa puerta abierta de par en par.
El diablo pone una cortina de incredulidad entre el pecador y Dios para que aquel no tema el aviso y la disciplina del Padre, los cuales intentan tocar su corazón. Una vez alzada la barricada entre él y esas balas de misericordia, el pecador puede ser osado con sus concupiscencias. La incredulidad no solamente desvía las balas airadas que salen de la boca ardiente de la ley, sino que también retarda la función de la gracia que proviene del evangelio. Todo ofrecimiento de amor divino al corazón incrédulo cae como chispas al río; se apagan en cuanto lo tocan. “No les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron” (Heb. 4:2). El secreto de la fortaleza del pecado en la persona es la incredulidad. No hay forma de controlar a un pecador mientras la incredulidad lo tenga en su poder. Este pecado echará abajo todo razonamiento tan fácilmente como Sansón derribó las puertas de la ciudad de Gaza y sus pilares, con su cerrojo y todo (Jue. 16:3).
Es el último pecado que se rinde en el campo de batalla, del que menos conciencia tiene el pecador y, normalmente, el último en ser vencido por el creyente. Constituye una de las principales fortalezas a las cuales se retira el diablo cuando los demás pecados han sido derrotados.
¡Con cuánta frecuencia el pobre pecador confiesa otros pecados en su vida, pero no acepta la misericordia de Cristo! Le rogamos que crea en Cristo y se salve, según la doctrina predicada por Pablo y Silas al pobre carcelero temeroso (cf. Hch. 16:31). Pero es difícil persuadirle a que lo haga cuando el diablo ya ha conquistado esta ciudad con puertas y cerrojos, y monta guardia en ella. Para mantener a los pecadores cautivos, Satanás utiliza el pecado que superficialmente parece más plausible: el temor de pecar con fe presuntuosa. El diablo pretende emplear este pecado para calumniar a Dios y desplegar de golpe toda su enfermiza malicia contra Él.
Es por la fe como todos los creyentes han alcanzado “buen testimonio” (He. 11:39). Por la fe de los creyentes, Dios mantiene el buen testimonio ante el mundo. Pero por la incredulidad, el diablo hace lo peor que puede para levantar calumnias contra Dios. En resumen: el Infierno abre la boca bien grande para engullir el pecado de la incredulidad.
Hay dos pecados que reclaman la preeminencia en el Infierno: la hipocresía y la incredulidad. Por tanto, se amonesta a los pecadores a que no tengan “su parte con los hipócritas” (Mt. 24:51) ni “con los incrédulos” (Lc. 12:46). Parece que las mansiones infernales se reservan principalmente para los pecados de la hipocresía y la incredulidad, y que los demás son presos de rango inferior. De estos dos, el mayor es la incredulidad, porque es el pecado que condena: «El que no cree, ya ha sido condenado” (Jn. 3:18). El incrédulo lleva su propia orden de arresto a la cárcel; en cierto sentido ya está preso, porque ha sido marcado como reo. El apóstol dijo que los judíos habían sido encerrados “en incredulidad” (Ro. 11:32), y seguramente no hay cárcel más cerrada que esa para los presos del diablo.
Por otra parte, la fe encierra al alma en la promesa de vida y felicidad como Dios encerró a Noé en el arca: “Y Jehová le cerró la puerta” (Gn. 7:16). Así la fe encierra al alma en Cristo y en el arca de su pacto, a salvo de todo temor de peligro de Cielo o Infierno.
Por el contrario, la incredulidad encierra el alma en la culpa y la ira. Una vez esclavo de la incredulidad, no es posible que el incrédulo escape de la condenación, como tampoco alguien encerrado en un alto horno se puede librar de morir abrasado. No hay ayuda para el pecador mientras la incredulidad mantenga cerrado con llave su corazón.
Igual que nuestra salvación se atribuye a la fe y no a otras virtudes, aunque no falte ninguna de ellas en la persona salvada, la condenación del pecador se achaca a la incredulidad, si bien se hallan otros pecados en el condenado. El Espíritu de Dios pasa por alto la hipocresía, la murmuración y la rebelión de los judíos, atribuyendo su destrucción a este pecado de incredulidad. Supongamos que un juez ofrece la vida a un condenado con la condición de que este lea un salmo de misericordia. Si el reo se niega a ello, será ahorcado por su rechazo. La promesa del evangelio es ese salmo de misericordia, que Dios les ofrece en su Elijo a los pecadores condenados bajo la ley. Creer es leer este Salmo de misericordia. Si te niegas a creer y eres condenado, vas al Infierno por tu incredulidad, no por otro pecado. Se te ofrece la libertad si recibes a Cristo y crees en él. ¡Que esto nos haga a todos levantarnos contra este pecado como los filisteos contra Sansón, a quien llamaron el “destruidor de nuestra tierra”! (Jue. 16:24). La incredulidad es el destruidor de las almas, y lo que es peor, las destruye con mano más sanguinaria que los otros pecados.
Hallamos dos acusaciones principales que condenarán a los pecadores en el gran Día del Juicio. Los que caen bajo la sentencia condenatoria de Cristo son “los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8). La incredulidad ignorante de los paganos ante el evangelio no será utilizada en contra suya, ya que nunca se les predicó. Serán enviados al Infierno por no conocer a Dios, escapando así con menor castigo que los judíos y gentiles que sí han oído el evangelio.
El cargo solemne contra estos será el de no haber obedecido al evangelio de Jesucristo. Debe haber un tormento más severo en el Infierno para los que rechazan el evangelio que para aquellos a quienes nunca se ofreció la gracia. Estos incrédulos rechazan la mayor medida de gracia de Dios y, por tanto, deben esperar mayor medida de su ira. Ya que su incredulidad avergüenza a Cristo y su gracia divina, es justo que Dios los envíe con su incredulidad a la mayor vergüenza delante de hombres y de ángeles.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall