En BOLETÍN SEMANAL

No hay familia que pueda ser feliz si carece del afecto que debe existir entre los hermanos y las hermanas. Nada puede tomar el lugar de este afecto cuando falta y es importante que expliquemos el asunto de forma adecuada a todas las personas jóvenes. Muchos hogares se encuentran en un estado de confusión constante, son un campo de batalla perpetuo y un triste espectáculo de miseria por las peleas y la mala voluntad entre quienes solamente debería existir un sentimiento de amor, por ser de la misma sangre. Entre tales personas sólo deberían usarse palabras de bondad…

Los principios generales que deben regir el desempeño de estos deberes y que, de hecho, forman el fundamento sobre el cual se apoyan, son los mismos en cada etapa de la vida. El amor, por ejemplo, es igualmente necesario cuando los hermanos y las hermanas juegan juntos en su etapa infantil, cuando viven juntos bajo el techo de sus padres como hombres y mujeres jóvenes y cuando en el ocaso de la vida, se encuentran a la cabeza de sus propios hogares y familias… A los que son hijos de los mismos padres y aun así carecen de amor, les falta la primera virtud que es propia de un hermano y una hermana como tal…

Promover la felicidad mutua

Los hermanos y las hermanas deben examinar el tema de cómo promover la felicidad mutua. Deben encontrar placer al tratar de agradarse los unos a los otros, en vez de ocuparse cada uno de forma egoísta en promover su propia alegría por separado… Es muy probable que la envidia de un niño llegue a ser una actitud maligna y funesta. Un hermano no debe quitarle lo que le pertenece al otro. Cada cual debe estar siempre dispuesto a prestar lo que no se pueda dividir y a compartir lo que se pueda repartir. Cada uno debe hacer todo los que está a su alcance para promover la felicidad de todos. Un hermano nunca debe ser indiferente a la aflicción del otro y mucho menos reírse de sus lágrimas y sus penas ni ridiculizarlas. Es algo hermoso ver a un hermano llorar por la aflicción del otro…

Los hermanos nunca deben culparse los unos a los otros delante de los padres ni disfrutar cuando uno de ellos es castigado. El chismoso es un personaje odioso y detestable, pero un informador en contra de su hermano es el espía más infame de todos. A pesar de esto, si un hermano ve que otro hace algo malo y que es contrario a la voluntad de los padres, primero debe señalarle de forma amable y gentil lo que está mal e indicarle a su hermano que, si continúa actuando de esa manera, estará obligado a hacer mención del asunto. Si el hermano no presta atención a la advertencia, entonces queda claro que debe informar a los padres sobre el hecho.

Los hermanos no deben fastidiarse ni atormentarse entre sí. ¡Cuánta inquietud doméstica tiene a veces su origen aquí! Tal vez uno de los hermanos tiene alguna flaqueza, un punto débil en su temperamento, alguna torpeza en su modo de ser o una malformación personal y los demás, en lugar de mostrar compasión hacia el infeliz, lo molestan y lo atormentan… ¿Promueve esto el bienestar mutuo? En cuanto a las peleas, las contiendas o el llamarse por apodos, son tan deplorables que traen una profunda vergüenza sobre aquellos hermanos que viven donde se practican tales cosas…

Una familia de hermanos adultos debe ser un cuadro de armonía continua. El amor, guiado por la inteligencia, debe hacer todo lo que esté a su alcance para complacer a los demás por medio de esos favores bondadosos y pequeñas obras de bondad que se pueden llevar a cabo en las oportunidades que se presentan a diario. Aunque estas obras cuesten poco en cuanto a dinero o labor, aun así, contribuyen mucho a la felicidad hogareña. Uno de los cuadros más bellos en nuestro mundo… es un círculo familiar en el cual los padres están rodeados por sus hijos: Las hijas ocupadas con algún trabajo útil o elegante mientras que el hermano mayor lee un tomo instructivo y beneficioso para el bien y el solaz de todos.

Hermanos, buscad vuestra felicidad en la compañía mutua. ¿Qué puede encontrar el hermano en el ámbito de la disipación o entre los devotos a la intemperancia que se compare con esto? ¿Qué puede encontrar la hermana en medio de algún concierto de melodiosos sonidos que tenga una música para el alma que sea superior a la armonía familiar? ¿O qué puede encontrar en medio del brillo, la confusión refinada y el desorden de la danza en un salón de baile que se compare con los gozos [privados] de pureza y tranquilidad que se encuentran en el ámbito hogareño de una familia feliz? ¿Puede el teatro ofrecerle algo semejante?…

Cultivar el temperamento

Si los hermanos han de sostener una relación agradable, es muy importante que cada cual le preste una atención especial al asunto de cultivar el temperamento. He conocido a familias cuya tranquilidad ha sido destrozada por completo por la influencia de uno que tenía un temperamento hosco y fogoso. Cuando por desgracia existe esta actitud, el que la posee debe esforzarse por mejorarla. Las otras partes de la familia, en lugar de burlarse de él o de irritarlo y provocarlo, deben ejercitar toda la paciencia que les sea posible. Con una amabilidad noble, deben ayudar a su pariente desafortunado con el asunto dificultoso del dominio propio.

Los hermanos deben mostrarse un respeto mutuo. Deben evitar toda palabra y forma de hablar que sea áspera, vulgar y degradante. No deben hacer ni decir nada que no sea cortés… La amabilidad de los buenos modales, mezclada con toda la ternura del amor, debe distinguir la relación entre los miembros de la familia. Además, es muy importante que, así como se lleva a cabo en el hogar, tampoco se descuide irrespetuosamente en la compañía de otras personas. Es doloroso para una hermana el ser ignorada como si no fuera más que una desconocida y de esta forma quedar expuesta a la opinión de los demás como alguien que no tiene importancia alguna ante los ojos de su hermano.

Los hermanos no deben ser tiranos con sus hermanas, aun en los asuntos de menor importancia. No deben esperar que ellas se comporten con la sumisión temblorosa de un esclavo. Tristemente, a veces las pobres muchachas son maltratadas y llegan a ser infelices por los caprichos, los antojos y el yugo de hierro de algún muchacho insolente y arrogante: el que se comporta como un tirano con su hermana con seguridad también lo hará con su esposa…

Los hermanos mayores

Los hermanos mayores, especialmente el primogénito, en realidad tienen una gran responsabilidad. Los miembros más jóvenes de la familia los respetan como un ejemplo a seguir y su ejemplo ejerce una gran influencia —que, en algunos casos, puede ser mayor que la de los padres—. Es el ejemplo de quienes están más a la par con ellos, que es más cercano y que se presenta ante ellos con mayor frecuencia que el de los padres. Por lo tanto, es más influyente y, como resultado, su comportamiento es de suma importancia para los más jóvenes. Si son malos, es probable que lleven a todos los demás por el mal camino. Si son buenos, pueden ejercer una gran influencia para encaminarlos bien. Le presentan a los demás amigos, libros y entretenimientos que son buenos o malos, según la naturaleza de su propio gusto.

El ver a un hermano o a una hermana mayor que arrastra a los más jóvenes por su propia conducta y precepto en los senderos de la maldad es un espectáculo muy alarmante. Tal joven es un personaje terrible; como Satanás, busca a quién devorar con sus tentaciones (1 P. 5:8), pero lo que es peor, en algunos aspectos es más malvado y cruel que su prototipo porque elige a su propio hermano como la víctima de su crueldad y como el incauto que busca atrapar con sus artimañas. Hay familias enteras que, en algunos casos, han sido instruidas en la iniquidad por un varón primogénito sin principios. ¡Tal hermano tendrá mucho por lo que dar cuenta en el Día del Juicio! ¡Cuál será su tormento en el infierno cuando las almas de aquellos que él ha arruinado estén a su lado y por medio de reproches sin fin lleguen a ser sus atormentadores por toda la eternidad!

En otros casos, ¡que bendición ha sido para una familia el tener a un hermano o a una hermana mayor que es fiel, virtuoso y piadoso! Muchas madres débiles y enfermizas han dado gracias a Dios diariamente por hijas cuyas atenciones fueron como las de una segunda madre para con los miembros más pequeños de la familia, hacia quienes hicieron todo lo posible, a fin de formarlos según sus propios hábitos de utilidad y santidad. Muchos padres han sentido la misma gratitud por la bendición de tener un hijo primogénito que, no solamente es una ayuda en los asuntos de los negocios, sino que también lo es en el trabajo de la educación — un hijo que aporta todo el poder de un ejemplo afable y piadoso para formar el carácter de sus hermanos menores—.

Que las personas jóvenes consideren su responsabilidad. Al mismo tiempo, que los menores en la familia también consideren su deber. Si tienen hermanos y hermanas mayores que son un buen ejemplo, deben esforzarse para que este modelo no sea solamente el objeto de su atención y admiración, sino de su imitación. Por otra parte, si tristemente, la conducta de sus mayores es mala, entonces que no sigan su mal camino. Que ninguna amenaza, soborno ni argumento los insten a ceder a la tentación de hacer el mal.

Participar de la religión verdadera

Ahora supondré que existe un caso en el que una o más partes de la familia han sido conducidas por la gracia divina a participar de la religión verdadera. Voy a indicar cuál es su deber hacia los demás y cuál es el deber de los demás hacia ellos. En cuanto a lo primero, es evidente que su obligación solemne e irrevocable es el buscar, con todo esfuerzo amoroso, bíblico y sensato, la conversión verdadera de aquellos en la familia que aún viven sin la religión de corazón. Con cuanta frecuencia la levadura de la piedad, al llegar, por la misericordia y el poder divino, al corazón de alguno en la familia, se ha propagado a través de casi todos en el hogar. Con cuanta frecuencia el amor fraternal, al elevarse a las alturas más sublimes —junto con una ambición celestial que tiene como su blanco el objeto más elevado que la benevolencia puede procurar jamás al buscar la salvación del alma de un hermano— ha alcanzado el premio y recibido su gran recompensa.

Joven, cuyo corazón está bajo la influencia de la piedad, pero que también te afliges por causa de aquellos que son hijos de los mismos padres terrenales, pero que no son hijos de tu Padre en el cielo, te insto, por todo el amor que sientes por tus hermanos y hermanas, por todo el afecto que tienes por tus padres —por el amor más sublime que tienes para con Dios y Cristo— que busques, por medio del uso de todos los medios apropiados, la conversión de aquellos con los cuales estás unido por los lazos de la naturaleza, pero con los cuales aún no estás unido por el vínculo de la gracia. Que tu objetivo sea el ganar sus almas. Que ésta sea tu oración continua. Exhibe por medio de tu ejemplo toda la belleza de la santidad. Esfuérzate por demostrarles la coherencia más constante posible porque una sola carencia con respecto a este asunto sirve para fortalecer el prejuicio que con ansias deseas atenuar. Que ellos vean tu fe en Cristo por medio de tu esmero, gozo, humildad, mansedumbre y amor.

En todos los deberes generales de la vida, sé más escrupuloso de lo ordinario. Gánate su afecto con una conducta que sea en extremo amable y llena de conciliación. Evita cualquier sentimiento de superioridad. Trata de no regañarlos como si así pudieras sacarlos del pecado. Evita el lenguaje del reproche y atráelos con las cuerdas de amor porque son las únicas que pueden unir a los hombres. De vez en cuando, les puedes recomendar la lectura de algún buen libro. Cuando no estén presentes, escríbeles sobre el tema de la fe en Cristo, pero al mismo tiempo, no seas causa de rechazo, aburriéndolos. Busca oportunidades favorables y aprovéchalas con sabiduría. Muéstrales el ejemplo de cristianos que son eminentemente felices, coherentes y útiles. Cumple todos sus deseos si son legítimos, pero no cedas ni un átomo de tu coherencia. La maleabilidad que muestres a la hora de cumplir con sus gustos y actividades, aun cuando estos se oponen a la Palabra de Dios, solamente los indignará, pero por medio de la firmeza templada obtendrás su respeto. Y a todo esto añade la corona de la oración vehemente sin la cual ningún medio puede tener éxito. ¿Cómo sabes que no te ganarás a tu hermano? ¡Y qué gran conquista!

Tomado de A Help to Domestic Happiness (Una ayuda para la felicidad en el hogar), reeditado por Soli Deo Gloria, un ministerio de Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org.

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John Angell James (1785-1859): Predicador inglés congregacionalista; nació en Blandford Forum, Dorset, Inglaterra.


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