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A estas alturas querrás saber cómo es tu fe y de qué manera juzgar si es auténtica. Hay dos direcciones que puedes seguir en tu búsqueda: una, preguntándote cómo genera el Espíritu la fe en el alma; y la otra, indagando cuáles son las características de dicha fe.

 
1.- Cómo genera el Espíritu la fe en el alma

La fe es la mayor obra que el Espíritu de Cristo hace en el espíritu humano. El apóstol la llama “la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos” (Ef. 1:19). Observa las expresiones que se utilizan para describir esta obra del Espíritu: “poder”, “grandeza de poder”, “supereminente grandeza” y “la supereminente grandeza de su poder”. ¿Qué ángel del Cielo puede comprender la fuerza del poder de la fe en el espíritu humano?

Dios emplea todo su ser en esta obra. Se compara la misma con “la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder” (Ef. 1:19-21). Resucitar a un muerto es una obra poderosa; pero levantar a Cristo de la muerte implica más autoridad que resucitar a ningún otro. La lápida que lo mantenía abajo era más pesada: la carga del pecado del mundo que llevaba sobre sí. Pero a pesar de esto, el Espíritu lo resucitó con poder, no solo sacándolo del sepulcro sino elevándolo a la Gloria. El poder que Dios dispensa al obrar la fe en el alma es como la resurrección de Cristo, porque el alma del pecador está tan muerta en pecado como el cuerpo de Cristo en la tumba a causa del mismo.

Muchos que buscan la verdadera fe descubren que no la tienen. Han dado por sentado que recibir a Cristo en su alma es tan fácil como meterse un trozo de pan en la boca. Como nunca han experimentado el poder de Dios humillándolos por su pecado personal, nunca le han entregado sus vidas vacías a él. No han sido efectivamente atraídos a Cristo por el Espíritu Santo. Si se les cuestiona acerca de la experiencia del arrepentimiento y la fe salvadora, tendrán que dar la misma respuesta que oyó Pablo al preguntar a los efesios si habían recibido el Espíritu Santo: “Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo” (Hch. 19:2). De igual manera, estas personas podrían decir: “Ni siquiera sabíamos que hacía falta tal poder para que obrara la fe”.

Para entender cómo Dios genera la fe en el alma, hay que considerar dos aspectos particulares de la obra del Espíritu Santo: la condición del alma cuando el Espíritu de Cristo empieza su obra de gracia, y la manera como él termina esta obra.

a.- La condición del alma cuando el Espíritu empieza su obra de gracia

El Espíritu halla al pecador tan espiritualmente desamparado que no quiere ni puede contribuir nada a esa obra. Igual que “el príncipe de este mundo” no encontró ninguna cosa en Cristo que favoreciera su propósito al tentarle, el Espíritu de Cristo tampoco halla cooperación alguna por parte del pecador. Al contrario, la respuesta frecuente a la suave llamada de Dios es: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:11). Ningún baluarte militar ha peleado contra baterías enemigas con más fiereza que el corazón carnal se resiste a los esfuerzos de Dios por someterlo a la obediencia. Ya que aun las operaciones más nobles del alma son “terrenales, animales, diabólicas” (Stg. 3:15), si el Cielo y la tierra no se unen (Dios y el diablo concuerdan), no hay esperanza de que un pecador sea ganado para Cristo por sus propios esfuerzos.

b.- Cómo se acerca el Espíritu al alma y completa su obra

El Espíritu se dirige a varias facultades del alma, las más importantes de las cuales son el entendimiento, la conciencia y la voluntad. Estos atributos son como tres fortalezas, una dentro de otra, que deben tomarse todas antes de conquistarse la ciudad, sometiendo al pecador a la obediencia de la fe. El Espíritu tiene que demostrar por lo menos tres actos de omnipotencia sobre cada una de ellas.

c.- El Espíritu ilumina el entendimiento.

El Espíritu Santo no trabaja en un taller oscuro: lo primero que hace para producir la fe es abrir una ventana en el alma y dejar entrar la luz del Cielo. Las Escrituras nos mandan: “Renovaos en el espíritu de vuestra mente” (Ef. 4:23). Por la naturaleza humana sabemos poco de Dios y nada de Cristo, o del camino de salvación que hay en él. Por tanto, es necesario abrir los ojos de la criatura humana para que vea el camino de la vida y pueda emprenderlo por la fe. Dios no transporta las almas al Cielo como pasajeros de un barco encerrados bajo la cubierta, sin que puedan ver nada durante todo el viaje hasta llegar a puerto.

Igual que la fe no es simplemente un consentimiento ciego sin apoyarse en Cristo, tampoco es un asenso sin algo de conocimiento. Si prefieres tu propia ignorancia y no sabes quién es Cristo, ni lo que ha hecho por tu salvación, estás lejos de creer. A menos que esta luz del día haya despuntado en tu alma, tampoco el sol de justicia habrá amanecido por fe para llevar a tu espíritu la salvación sanadora.

d.- El Espíritu de Dios convence de pecado.

Cuando venga el Consolador, “convencerá al mundo de pecado” (Jn. 16:8). Esta convicción de la conciencia no es más que el reflejo de la luz en el entendimiento. Por ello, el pecador siente el peso y la fuerza de aquellas cosas de su vida que sabe que están mal. La mayoría de los que oyen el evangelio perciben que la incredulidad es un pecado condenatorio y que no hay otro nombre mediante el cual pueden salvarse que el nombre de Cristo, pero ¿cuántos se convencen de ello hasta aplicar el arrepentimiento a su conciencia?

Según la ley, alguien es un delincuente convicto si un claro testimonio y la autoridad legal competente lo declaran así. Igualmente, se es un pecador convicto cuando, por la clara evidencia de la Palabra alegada en su contra por el Espíritu, es declarado como tal por su propia conciencia, que es el representante de Dios en su corazón.

¿Ha venido el Espíritu de Dios para probarte de esta forma? Hay por lo menos cuatro maneras de determinar si eres o no un pecador convicto.

Primera, el pecador convicto está convencido no solamente de un pecado en particular, sino de la maldad de todo pecado. Es mala señal cuando se condena apasionadamente un pecado, pero se pasa por alto otro. Una conciencia medio endurecida (blanda en un área y dura en otro), no está bien. El Espíritu de Dios es uniforme en su obra.

Segunda, el pecador convicto está convencido del estado pecaminoso tanto como de los actos de pecado. Le afecta no solamente lo que ha hecho (una norma transgredida, un don mal utilizado) sino su condición presente. Pedro conduce a Simón el Mago desde el hecho vil que había cometido, hasta el reconocimiento de algo mucho peor: su peligrosa situación. “En hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás”, le dice (Hch. 8:23). Mientras muchos están dispuestos a admitir que han pecado, no se les ocurriría admitir que viven en un estado de pecado y de muerte. Sin embargo, el alma convencida de pecado acepta libremente su sentencia de muerte y admite su condición: “Soy un vástago de Satanás, lleno de pecado. Toda mi naturaleza está sumida en la maldad como un cadáver podrido en la inmundicia y la corrupción. Por ser un hijo de ira, la única herencia que merezco es un Infierno de fuego; y si Dios me manda allá, no hay argumento justo contra su decisión. Aun estando condenada, mi conciencia reconoce que Dios no me ha hecho mal alguno”.

Tercera, el pecador convicto no solamente se condena por lo que ha hecho y lo que es, sino que se da cuenta de su impotencia para salvarse a sí mismo. Aunque muchos condenados estarán dispuestos hasta a confesar su pecado y su maldad, aún esperan cortar la soga de su cuello en el último momento con el arrepentimiento y las buenas obras. Quieren recuperar su crédito con Dios, y el favor divino. Esta actitud aparece porque el arado de la convicción no ha profundizado lo suficiente para arrancar las raíces secretas de confianza que atenazan el corazón de todo pecador.

Por el contrario, el pecador plenamente convencido por el Espíritu se considera un reo sujeto con tantas cadenas que cualquier escapatoria resulta imposible. Lo que mata a los pecadores no es su mal, sino su médico: piensan curarse ellos solos; y ese engaño los hace incurables. Si te aferras a la confianza en ti mismo para el arrepentimiento y la reforma, estas cosas te traicionarán entregándote en manos de la justicia y la ira de Dios. Pero si te has apartado de esa autoconfianza religiosa, has escapado de uno de los ardides más refinados que pueda tejer la astucia infernal.

Cuarta, el pecador convicto no solamente está convencido de su desamparo, sino que acoge de buen grado la plena provisión de Cristo para él. Esta actitud es un antecedente tan necesario para la fe como las otras tres. Sin ella, el alma convencida de pecado es más probable que vaya al cadalso con Judas, o que se tire sobre la espada de la ley, en vez de ir corriendo a Cristo. 3. El Espíritu renueva poderosa, pero dulcemente, la voluntad rebelde para que pueda escoger deliberadamente a Cristo como Señor y Salvador. Durante una tormenta, alguien puede optar por cobijarse en el refugio de su enemigo, en el que ni siquiera repararía durante el buen tiempo. ¿Te agrada escoger a Cristo? ¿Acudes a él no solo por seguridad sino también por deleite? La enamorada dijo de su esposo: “Bajo la sombra del deseado me senté” (Cnt. 2:3). Debe haber una decisión deliberada, en la cual el alma sopesa seriamente el pacto que Cristo le ofrece para luego escogerlo. Aun cuando Noemí habló negativamente para desanimar a su nuera, Rut disfrutaba demasiado de la compañía de su suegra como para abandonarla, a pesar de las privaciones que pudiera acarrearle su decisión.

¿Ha puesto el Espíritu de Dios su llave dorada en el cerrojo de tu voluntad para que le abras la puerta de tu corazón a Cristo, el Rey de la gloria, y le dejes entrar? ¿Ha abierto los ojos de tu entendimiento, como despertó a Pedro en la cárcel, haciendo que las cadenas de la torpeza caigan de tu conciencia? ¿Ha abierto la puerta de hierro de tu voluntad para sacarte de la prisión de impenitencia que te encerraba? ¿Has llamado a la puerta del Cielo como hizo Pedro en casa de María, donde estaba reunida la Iglesia? Consuélate, Dios no ha enviado a su ángel sino a su propio Espíritu para librarte de la mano del pecado, de Satanás y de la justicia implacable.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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