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 Si no quieres tener un camino pesado y melancólico al Cielo, esfuérzate por aumentar tu fe. Puede que quieras saber con seguridad si tu fe es fuerte o débil. Las siguientes características te mostrarán la diferencia.

1.- Mientras más plenamente puede el cristiano confiar en las promesas de Dios, más fuerte es su fe

Cuando confiamos en Dios simplemente por su promesa, y confiamos en Él a causa de su carácter; esto sí que es fe. El que anda sin muletas es más fuerte que aquel que las necesita. La promesa es el terreno que pisa la fe, pero el sentimiento y la razón son las muletas que necesita la fe débil.

a.- ¿Puedes creer sin la muleta del sentimiento y la emoción? Tal vez en el pasado te hayas solazado en el amor de Dios y en su favor: mientras brillaba el sol en tu ventana, tu corazón se gozaba. Pensabas que nunca podrías desconfiar de Dios ni escuchar ideas incrédulas. ¿Pero cómo anda tu corazón ahora que las manifestaciones de su favor se han desvanecido? Cuando ya no ves su amor, ¿pierde tu fe de vista su misericordia y la verdad de la promesa?

Un niño pequeño cree que su madre se ha perdido si sale de la habitación donde él se encuentra; pero a medida que crece y aprende, se da cuenta de que no es así. Este es el caso del creyente. Cristiano, bendice a Dios por las experiencias que te dieron a probar su amor; pero has de saber que no podemos juzgar la fe, sea fuerte o débil, por ellas. Dice Parisiensis1 que las experiencias son como las muletas del cojo: le ayudan a andar, pero no le hacen fuerte ni sano. Para ello se requiere comida y ejercicio. Esfuérzate entonces por apoyarte más en la promesa, y menos en las expresiones tangibles del amor de Dios.

Aunque el hombre fuerte no necesita descansar siempre en su bastón como el cojo en su muleta, puede utilizarlo de vez en cuando para defenderse de un ladrón o perro en el camino. El  cristiano maduro puede echar mano de sus experiencias en algunas tentaciones, aunque no descanse todo el peso de su fe en ellas, sino en la promesa.

b.-  ¿Puedes creer cuando la razón falla? ¿Cae a tierra tu fe con la muleta rota de la razón? Fuerte es la fe que puede pisar sobre las improbabilidades e imposibilidades que adelanta la razón en contra de la promesa. Noé se esforzó en construir el arca porque creía que Dios hablaba en serio, y nunca se molestó en aclarar el asunto razonando cómo aquellas cosas extrañas podrían ocurrir.

Los buenos nadadores no temen saltar al agua profunda, mientras los principiantes quieren hacer pie y permanecen cerca de la orilla. La fe fuerte no teme cuando Dios lleva a la criatura a una profundidad mayor que aquella de la razón. Josafat dijo: “No sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos” (2 Cr. 20:12). Es como si dijera: “Estamos hundidos en el mar. No sabemos cómo salir de este problema, pero fijamos los ojos en Ti. No nos rendiremos mientras haya fuerza en tu brazo, ternura en tu corazón y verdad en tu promesa”.

La fe débil, que busca algún apoyo para la razón, intenta desesperadamente reconciliar la promesa de Dios con la razón humana. La fe débil cuestiona mucho. Cuando Cristo dice: “Dadles vosotros de comer”, sus discípulos le preguntan: “¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios?” (Mr. 6:37). ¡Como si la mera palabra de Cristo no bastara para ahorrarles ese gasto y ese trabajo! Zacarías le dijo al ángel: “¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo” (Lc. 1.18). Su fe era demasiado débil para aceptar la buena noticia.

2.- Mientras más se conforma el corazón del cristiano con los cambios que la Providencia hace en su situación en este  mundo, más fuerte es su fe

El cuerpo débil no soporta los cambios de tiempo como el fuerte. El calor y el frío, el buen tiempo y el malo, no cambian mucho la situación del hombre fuerte, pero el débil se queja de ellos. La fe fuerte puede vivir en cualquier clima, viajar con cualquier tiempo, y afrontar cualquier situación inesperada. Pablo dice: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Fil. 4:11). Desafortunadamente, no todo seguidor de Cristo se parece a Pablo en esto; y la fe débil no ha aprendido esta dura lección.

Cuando Dios vuelve tu salud en enfermedad, tu abundancia en pobreza, y tu honra en desprecio, ¿cómo le hablas? ¿Está tu espíritu amargado y descontento? ¿Te desahogas murmurando y quejándote? ¿O te conformas con la soberanía de Dios en tu situación actual, no por ignorancia de la aflicción, sino seguro de que él está obrando estas cosas para tu bien porque te ha llamado y lo amas?

a.- El que está contento demuestra que Dios reina en  tu corazón

Reverencias la autoridad de Dios y confías en su soberanía, o no obedecerías sus órdenes: “Enmudecí, no abrí mi boca, porque tú lo hiciste” (Sal. 39:9). Si el golpe hubiera venido de otra mano, David no lo habría aceptado tan calladamente. Cuando un criado abofetea a un niño, este corre para decirlo enseguida a su padre; pero aunque el padre mismo castiga a su hijo con mayor severidad que el criado, el niño no se queja por respeto a la autoridad paterna. Igualmente, tu consuelo solo proviene de Dios: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46:10). Hay que conocer a Dios por la fe antes de que el corazón pueda “estar quieto”.

b.- Un corazón rendido confía en la misericordia y la bondad de Dios en los problemas. Crees que Dios puede obrar en tu prueba para bien; de otra manera, no serías capaz de sacrificar tan fácilmente tus placeres inmediatos. El niño se acuesta de buen grado mientras los demás acuden a cenar si la madre promete dejarle algo para el día siguiente. El niño cree en la promesa y se conforma con obedecer a su madre.

El ojo de la fe ve algo que recompensará tus pérdidas presentes, y esto te dispone a ayunar mientras los demás festejan, o a sufrir la enfermedad mientras otros gozan de buena salud. Pablo nos dice por qué él y sus hermanos afligidos no desmayaban: veían cómo se les acercaba el Cielo a medida que la tierra se alejaba: “Por tanto, no desmayamos […]. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:16-7).

3.-  Mientras más puede esperar el cristiano las respuestas, más fuerte es su fe

Solo un mercader pobre exige el pago en metálico en cada venta. La fe débil es para el presente; si no puede ver cubiertos sus deseos de inmediato, se llena de celos y llega a tristes conclusiones como que la oración no ha sido oída, o bien que Dios no ama al que ora. Pero la fe que es lo bastante fuerte para tratar con Dios, sabe esperar: “El que creyere, no se apresure” (Is. 28:16). Su inversión está en buenas manos, y no ansia demandar los intereses, sabiendo que los viajes más largos tienen mejores ganancias.

4.- Mientras más sufre el cristiano de buen grado por la promesa, más fuerte es su fe

Si alguien renuncia a una buena herencia, abandona su familia y sigue a un amigo en peligrosas y extrañas aventuras, damos por sentado que lo ama mucho. Pero si renuncia a todas sus posesiones presentes por un amigo a quien nunca ha visto, basándose en una invitación escrita que le promete grandes cosas en el futuro, su confianza nos asombra aún más.

Pero no es tan fantástico como parece. En las Escrituras leemos acerca de este Amigo “a quien amáis —nos dice Pedro— sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis” (1 P. 1:8). El contexto de este pasaje es “en diversas pruebas” (v. 6), pero ya que el camino del creyente atraviesa el escabroso desierto para llegar a disfrutar de Cristo, este creyente pasará con gozo por las tentaciones más profundas. Esta sí que es una fe gloriosa. No se trata de alabar el Cielo y desear estar allá, sino de abandonar placeres predilectos y aceptar grandes sufrimientos cuando Dios nos llama a ello. Esto prueba que la fe es verdadera y fuerte.

5.- Mientras más fácilmente se resiste el creyente  a la tentación, más fuerte es su fe

Un gran pez rompe fácilmente la misma red que captura a uno pequeño. La fe del cristiano es fuerte o débil según le sea fácil o difícil romper con la tentación. Cuando una tentación normal te atrapa como una telaraña a una mosca, tu fe es muy débil. La fe de Pedro era débil cuando la voz de una muchacha lo llevó a negar a Cristo; pero se fortaleció al resistir y refutar las amenazas de todo el Concilio (Hch. 4:20). Hasta cuando la fe no tiene manos para derribar al enemigo, las tiene para defenderse, y una voz para pedir ayuda al Cielo. La fe verdadera siempre encuentra la manera de combatir el pecado.

Cristiano, compárate contigo mismo. ¿Atrapan las concupiscencias tu corazón y lo apartan de Dios con la misma fuerza que hace unos meses? ¿O puedes decir honradamente que tu corazón las va venciendo? Ahora que sabes más de Cristo y has vislumbrado sus glorias espirituales, ¿puedes pasar por la puerta de dichas concupiscencias sin mirar adentro? Cuando la tentación llama a tu puerta, ¿eres capaz de cerrársela en la cara? Si el poder del pecado muere, puedes estar seguro que tu fe está viva y vigorosa. Mientras más fuerte sea el golpe, más fuerte es el brazo que lo da. Un niño no puede hacer una herida tan grave como un hombre. Aunque la fe débil no es capaz de dar el golpe mortal al pecado, la fuerte está dispuesta y capacitada para hacerlo.

6.- Mientras más obediente y compasivo es el cristiano en su vida, más fuerte es su fe

La fe obra por el amor; por tanto, su fuerza o su debilidad puede juzgarse por la fuerza o la debilidad del amor expresado en el comportamiento del creyente. La potencia del brazo que tensa el arco se prueba por la fuerza con que vuela la flecha. Ciertamente la fuerza de nuestra fe se conoce por el impulso con que nuestro amor sube a Dios. Es imposible que una fe débil, incapaz de tensar la promesa como la fuerte, impresione tanto al corazón para que ame a Dios como la más fuerte.

Por tanto, si tu amor a Dios te hace abandonar el pecado, cumplir con el deber y obedecer los mandamientos del Señor, estás graduado en el arte de la fe. El amor del cristiano avanza a la par que su fe, como el calor aumenta con la fuerza del sol; mientras más sube el sol hacia el meridiano, más calor hace. Igualmente, mientras más exalta la fe a Cristo en el cristiano, más intenso es su amor de Cristo.

Al principio, cuando el cristiano deploraba sus pecados, el temor lo conmovía y su rostro se desfiguraba por el remordimiento, como aquel que toma una medicina amarga. Pero ahora su arrepentimiento no le es tan desagradable, ya que la fe ha hallado la realidad personal de la misericordia de Dios. Ya no odia la palabra “arrepentimiento” como hacía Lutero en otros tiempos, sino que echa mano de la obra del arrepentimiento con dulce actitud hacia el buen Dios que le aguarda con una esponja empapada en la misericordia de Cristo para borrar sus pecados en cuanto los confiese.

Lo mismo se puede decir de otro aspecto de la fe y del amor. La fe fuerte libera el alma. No cumple con su deber como el súbdito oprimido ha de pagar sus impuestos, con pena, pensando en lo mucho que pierde. Da con la misma liberalidad con que un niño presenta a su padre una manzana del huerto familiar. En su niñez, obedecía y servía a su padre más por temor al castigo que por amor. Pero al desarrollarse la relación con él, con plena conciencia de que su padre espera la obediencia de su parte, su egoísmo se desvanece y su afecto natural prevalece  para agradar a su progenitor. Así es el cristiano cuya fe crece y madura.

7.-  Mientras más templada es la actitud del cristiano antes de la muerte, más fuerte es su fe.

Las comidas picantes o agrias requieren mucho azúcar para suavizarlas. La muerte es algo que deja mal gusto en el alma. Solo la fe fuerte puede hacer que los pensamientos graves sobre este tema sean dulces y deseables. Algunos, cuando se cansan de su situación actual, dicen querer morir. Pero el que conoce la inmutabilidad de la muerte, sea para gozo o para desdicha, nunca la llama hasta comprender lo que puede esperar de Dios al llegar al otro mundo. La fe débil nunca será capaz de hacerlo sin un aluvión de dudas y temores.

Sin embargo, a veces el cristiano de fe débil afronta la muerte con tan poco temor como el que tiene una fe mucho más fuerte, y hasta con más gozo que este, porque lo sostiene una especial medida de consolación divina. Pero si Dios la retirara, volverían los temores del moribundo y de nuevo sentiría la tristeza, como un enfermo temporalmente fortalecido por un fuerte brebaje.

Pero la forma normal de que los corazones de los cristianos se eleven por encima del temor para desear ardientemente la muerte, es alcanzando una fe fuerte. Dios puede hacer un festín con pocos panes, multiplicando al instante la parca fe del creyente para poner una mesa abundante con variedad de consolaciones, pero me temo que no hará este milagro por aquel que se contenta con la poca fe que ya tiene sin intentar aumentar su acopio para el momento de la necesidad.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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