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Algunos dicen que la victoria de la fe sobre el mundo no es mayor que la de algunos paganos bien intencionados. Estos han dejado los placeres mundanos y resistido a la tentación de engañar a sus coetáneos, pero están tan aventajados por la victoria de la fe como ellos superan el triste ejemplo de algunos cristianos indignos; y esto de las siguientes maneras…

1.- La uniformidad de la victoria de la fe

La Escritura habla del “cuerpo del pecado” (Rom. 6:6), compuesto por muchos miembros, y formado por tantas tropas y regimientos como las fuerzas militares. Una cosa es derrotar a una división y otra muy distinta vencer al ejército entero. Los principios morales de los paganos pueden ganar alguna victoria menor y derrotar a algún pecado superficial, pero son vencidos estrepitosamente por otra ala de las huestes del pecado. Cuando parecen triunfar sobre los deseos “de la carne” y “de los ojos” (el provecho y el placer mundanos), se hacen esclavos de “la vanagloria de la vida”: son encadenados por el renombre y los aplausos del mundo.

Así como se dice que el mar pierde tanta arena en una orilla como la gana en otra, los principios morales de los paganos obtienen una supuesta victoria sobre un pecado, pero pierden de nuevo al hacerse esclavos de otro. Sin embargo, la fe es uniforme, y vence a todo el cuerpo del pecado para que ninguna concupiscencia permanezca inexpugnable.

“El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Rom. 6.14). Esto es: ningún pecado te gobernará. El pecado puede retorcerse como un soldado herido de rodillas, y muchos de ellos pueden reagruparse como una tropa dispersada, pero nunca conquistarán el campo de batalla donde se mueve la verdadera fe.

2.- La seguridad de la victoria de la fe

Muchos dicen creer, y dan gracias a Dios porque no son impíos. ¿Pero qué puede hacer tu fe? ¿Es capaz de defenderte en la batalla y proteger tu alma cuando los dardos de Satanás vuelan a tu alrededor? ¿O es un escudo frágil, que deja pasar toda saeta de tentación para que hiera tu corazón?

Si Satanás te manda mentir o engañar en los negocios, y tu fe pasivamente no ofrece resistencia, no solo pecas contra tu prójimo sino contra ti mismo. Quiera Dios que no creas que esa clase de fe te salvará. ¿Te llevará al Cielo la fe que no te puede sacar del Infierno? No te aventures por la vida con semejante escudo de papel; para conseguir una fe fuerte y segura, acude al Hacedor de la Fe; esto es, a Dios.

No es la posesión del escudo lo que defiende al cristiano; tienes que levantarlo y utilizarlo en la batalla contra los dardos de fuego de Satanás. No dejes que el diablo te sorprenda cuando no tienes la fe a mano, como le sucedió a Saúl aquella vez que David lo encontró desarmado en la cueva, con la lanza en tierra cuando debería haberla estado empuñando.

Cómo utilizar el escudo de la fe para apagar las tentaciones agradables

Tu fe puede pedirle a Dios que venga y te defienda contra los dardos de fuego de Satanás. Hay tres actos particulares de la fe que demandan la ayuda de Dios (dicho con reverencia) porque Él se ha comprometido a hacerlo.

1.- La oración de fe

Exponle a Dios tu caso en oración y pide la ayuda del Cielo: como el comandante de un destacamento que se ve atacado manda mensajes secretos para informar a su general de la gravedad de su situación. Santiago dice: “Combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2). Cualquier victoria nuestra vendrá del Cielo, pero se quedará allá hasta que la oración sincera vaya a buscarla.

Aunque Dios quería sacar Israel de Egipto, no hubo señal de su intervención hasta que el gemido de su pueblo llegó a sus oídos. Esto alertó al Cielo: “Subió a Dios el clamor de ellos […]. Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto” (Éx. 2:23-24). Para prevalecer en este acto de fe, aplica los siguientes principios bíblicos a tu oración.

a.- Recuérdale a Dios su promesa

La oración es simplemente una promesa al revés: la Palabra de Dios hecha petición y devuelta con fe a él. Muéstrale a Dios su propia mano en promesas como estas: “El pecado no se enseñoreará de vosotros” (Ro. 6:14); “Sepultará [Dios] nuestras iniquidades” (Mi. 7.19). Un hombre bueno cumple su palabra, ¿y no lo hará Dios?

b.- Clama a Dios como hijo suyo al orar contra el pecado ¿Te ha aceptado Dios en su familia? ¿Lo has escogido a él como tu Señor? ¿Quién cuida del hijo sino el Padre? Dios no recibe gloria cuando un hijo suyo es esclavo del pecado: “Ordena mis pasos con tu palabra, y ninguna iniquidad se enseñoree de mí” (Sal.119:133).

c.- Reclama ante Dios la sangre de Jesús para liberarte de tus pasiones

Cristo murió “para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio” (Tit. 2:14). ¿No obtendrá él pleno provecho del pago efectuado con su sangre y de lo adquirido por su muerte? En resumen, ¿por qué ora Cristo en el Cielo? Por lo mismo que pidió estando en la tierra: que su Padre nos santificara y guardara del mal en este mundo. Acudes en el momento oportuno para pedirle a Dios algo que Cristo ya le ha pedido para ti en el Cielo.

2.- La expectación de la fe

Cuando has estado con Dios, espera algo bueno de Él: “De mañana me presentaré delante de ti, y esperaré” (Sal. 5:3). Si no crees, ¿por qué oras? Y si crees, ¿por qué no esperas resultados? Al orar pareces depender de Dios; pero al no esperar nada, vuelves a renunciar a esa confianza y deshaces tu oración. ¿Qué es esto, sino tomar en vano su nombre y jugar con Dios? Es como cuando alguien llama a tu puerta y se marcha antes que puedas abrir.

El que entra en tu casa a pesar de estar la puerta cerrada es un atrevido; pero si lo invitas a refugiarse contigo de la tormenta, no lo es. Así es la gracia. Si Dios no abre la puerta de su promesa como refugio para el pecador humillado que huye de la ira por su pecado, no conozco a ninguno en este mundo que pueda esperar ser acogido. Dios ha prometido ser el Rey de su pueblo; y no es ningún atrevimiento que los súbditos se cobijen bajo la sombra de su príncipe esperando su protección. Dios dice que “será Jehová para con nosotros fuerte, lugar de ríos, de arroyos muy anchos, por el cual no andará galera de remos, ni por él pasará gran nave” (Is. 33:21).

Los creyentes antiguos te sirven de precedente. En el combate contra la corrupción ellos actuaron con fe y esperaron que Dios desbaratara a aquellos enemigos que los invadían. Cuando estos parecían estarlos venciendo, la fe de ellos veía a Dios destruyéndolos.

David no hablaba solo de su propia fe sino de la de todo creyente; y supongo que tú eres uno de ellos: “Mas nuestras rebeliones tú las perdonarás” (Sal. 65:3). Fíjate en la razón de su confianza: “Bienaventurado el que tú escogieres y atrajeres a ti, para que habite en tus atrios” (v. 4). Es como si dijera: “Ciertamente el Padre no dejará a sus más allegados morir bajo el poder del pecado sin la ayuda de su gracia”. Este es el argumento de Cristo contra Satanás a favor de su pueblo: “Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda” (Zac. 3:2).

Este esperanzado acto de fe debe estimularte a reconocer aquello para lo que Dios ya te ha dotado. Si eres creyente, el pecado no tiene la misma fuerza en tu alma que antes de conocer a Cristo, su Palabra y sus caminos. Aunque no seas lo que quieres ser, ya no eres como antes.

Antes el pecado hacía las veces de rey en tu corazón. Acudías a él como la nave al mar antes del viento y la marea; desplegabas tus sentimientos para recibir el viento de la tentación. Ahora la marea ha cambiado y encuentras una fuerza secreta para luchar contra la tentación. Dios mismo te ayuda, y Satanás no puede hacer su voluntad en ti. Este es un buen comienzo, y promete una disposición por parte de Dios a perfeccionar la victoria. Pero él quiere que tu fe mejore, convirtiéndose en confianza de liberación total.

El creyente dice: “Dios quebrantó mi corazón cuando era como pedernal, y me trajo a casa mientras andaba en el orgullo de mi corazón en oposición a él, ¿pero podrá dar pan para alimentar mi débil virtud? He salido de Egipto; ¿pero podrá Dios someter a los gigantes con carros de hierro que me cortan el camino a Canaán? Me ayudó en una tentación, ¿pero qué haré en la próxima?”. No entristezcas al buen Dios con estas preguntas tan ingratas. Tienes la “lluvia temprana”, ¿por qué cuestionar “la tardía?”. La gracia que Dios te ha dado es promesa segura de la llegada de más bendición.

3.-  La fe confía en Dios

Después de que Josafat hubo orado y anclado su fe en la palabra de la promesa, partió bajo este estandarte victorioso contra sus enemigos (2 Cr. 20). Cristiano, haz lo mismo; apresúrate como él. Te doy el mismo consejo que David le diera a su hijo Salomón: “Levántate, y manos a la obra; y Jehová esté contigo” (1 Cr. 22:16). La misma fe que hizo que actuaras contra tus pecados como enemigos de Dios, sin duda lo moverá a él para obrar a tu favor en contra de ellos.

Aquellos leprosos del evangelio se sanaron, no quedándose sentados, sino a medida que iban andando. Encontraron sanidad en la obediencia al mandamiento de Cristo. La promesa dice: “El pecado no se enseñoreará de vosotros” (Ro. 6:14). Adelante, entonces, y esfuérzate valerosamente contra tus concupiscencias; cumpliendo con tu deber descubrirás que Dios es fiel a la promesa.

La razón por que tantos creyentes se quejan de la fuerza de sus corrupciones estriba en una de dos raíces: o bien intentan vencer el pecado sin actuar sobre las promesas, o solo fingen creer. Utilizan la fe como ojo, pero no como mano; esperan que la victoria baje del Cielo sobre ellos, pero no luchan en oración para conseguirla. Para ellos, la fe es una ficción; pero aquel que cree que Dios hará que algo ocurra, también creerá que él prosperará la forma que ha elegido para ello.

Por tanto, cristiano, no te quedes sentado diciendo que tu pecado caerá. Sé realista, y vístete la armadura; empuña las armas para derrotarlo. Dios, que te ha prometido la victoria, piensa utilizar tus manos en la batalla: “Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?” (Jos. 7:10). Dios recibió su oración, pero antes de poder vencer a los amorreos, Josué tuvo que hacer algo más que orar y llorar. Dios quiere que tú también hagas algo más con tu fe que orar y esperar que tus pasiones se desvanezcan sin más. Examina con cuidado tu corazón para ver si hay algún pecado oculto que pueda hacerte huir ante cada nueva tentación.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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