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Los dardos de Satanás, que el cristiano puede apagar por la fe, es posible describirlos según dos de sus características: los que seducen con falsas promesas de satisfacción, y los que conllevan temor y terror.

A.-  Los dardos de fuego de las tentaciones agradables

Los dardos de Satanás que lanza con tentaciones fascinantes producen ampollas. Cada corazón tiene tendencia al pecado. Las tentaciones no nos caen como bolas de fuego sobre la nieve helada, sino como chispas y relámpagos sobre un tejado de paja, que pronto arde en llamas. Satanás tienta, pero el pecado nos afecta a nosotros: “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Stg. 1:14). El diablo tienta, pero es nuestra concupiscencia la que nos atrae. El cazador pone la red, sin embargo, el deseo de la propia ave la lleva a caer en la trampa.

El corazón humano es vulnerable al fuego de los dardos de Satanás: “Sin leña se apaga el fuego” (Pr. 26:20). Ya que Cristo extinguió los dardos de fuego, estos no pudieron dañarle. Satanás no encontró combustible de corrupción en Él. Pero nuestros corazones se quemaron una vez en Adán, y desde entonces el fuego no se ha extinguido. El Antiguo Testamento compara el corazón del pecador con un horno: “Todos ellos son adúlteros; son como horno encendido por el hornero” (Os. 7.4). El corazón humano es el horno, el diablo es el hornero, y la tentación es el fuego que lo calienta.

David dice: “Estoy echado entre hijos de hombres que vomitan llamas” (Sal. 57:4). ¿Y quién las enciende? Santiago resuelve la cuestión diciendo que “el infierno” (Stg. 3:6). Cuando el corazón arde con la tentación, es difícil apagar ese fuego, aun en un hijo de la gracia. David mismo, bajo el poder de una tentación tan evidente para la simple vista carnal, fue responsable de la muerte de 70 000 hombres. Un solo pecado tuvo un alto precio. Si el Infierno ruge así en un David, ¿qué daños no hará cuando no hay gracia en el corazón para apagarlo? El alma poseída por las llamas de la tentación corre a la boca de la muerte y el Infierno, y no se frena fácilmente.

Debemos temer el abrazo de la tentación cuando es tan seductora. Algunos se confían demasiado, como si tal enfermedad no pudiera infectarlos, y respiran cualquier aire que se presenta. A veces Dios permite que les llegue un dardo diabólico, para que conozcan su propio corazón. ¿Quién se compadece del hombre cuya casa estalla, si guarda la pólvora cerca de la chimenea?

¡Apártate de la diana del diablo si no quieres que te clave una de sus flechas! Aléjate en lo posible de los blancos de la  tentación. Si Satanás logra cautivarte, pronto te sentirás aturdido; y un pecado enciende otro, como la broza la leña.

Ya que esto es así, no debemos dejar que Satanás utilice un pecado como combustible para prender fuego a otra persona. Los idólatras decoran sus templos y altares con cuadros de oro y plata para atraer las miradas. Están embelesados con sus ídolos como el amante con su amada. El borracho contagia al prójimo dándole de beber (cf. Hab. 2:15). Es ilegal prender fuego a la casa del vecino, pero… ¿qué de aquel que incendia un alma con fuego infernal?

Algunos son pirómanos, pero es posible causar un incendio por error. Un niño tonto que juega con cerillas incendia una casa, la cual no son capaces de apagar muchos hombres sabios. Satanás puede utilizar tu negligencia para encender la tentación en el corazón de otro. Tal vez sea mediante una palabra ociosa, que para ti carece de peligro; pero una ráfaga de tentación puede llevar esa chispa al corazón de tu amigo, prendiendo en él un fuego mortal. O quizá lo hagas por un atuendo inconveniente que, aunque lo lleves con corazón puro, solo porque es la moda, se convierte en un lazo para otra persona. Seguro que el alma de tu hermano es más importante para ti que la moda.

La Escritura nos amonesta a que no seamos orgullosos en nuestras decisiones para vencer la tentación: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co. 10:12). Cualquier tentación que resistimos es común a todos; “pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida” (v. 13). Dios abre esa salida por el poder de la fe.

B.-  El poder de la fe para apagar las tentaciones agradables

La fe capacita al alma para apagar las tentaciones placenteras del maligno. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4). La fe planta su estandarte triunfal en la cabeza del mundo. Juan nos explica lo que quiere decir aquí “el mundo”: “No améis al mundo […]. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (2:15-16). Todo lo que hay en el mundo alimenta y enciende las pasiones. La fe capacita al alma para apagar los dardos que Satanás moja en el veneno de las concupiscencias mundanas.

1.- “Los deseos de la carne”

Esta tentación promete un placer carnal. Es tan ardiente que cuando halla un corazón carnal, pronto lo enciende con pasiones desenfrenadas y burdos afectos. El adúltero arde de lujuria y el borracho con su vino.

Ninguna tentación obra con mayor afán que las que prometen deleite carnal. Se dice que los pecadores “comete[n] con avidez toda clase de impureza”; esta “avidez” es una especie de codicia, porque la Palabra sugiere que ellos nunca se saciarán (Ef. 4:19). Ninguna bebida sacia la sed del hombre envenenado. Solo la fe puede ayudar al alma que arde con tales llamas. En el Infierno el rico se quema sin una gota de agua para refrescar su lengua. El pecador incrédulo está en un Infierno terrenal; arde en sus concupiscencias, por falta de fe, sin agua alguna que apague ese fuego.

Por fe los mártires “apagaron fuegos impetuosos” (Heb. 11:34).

Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos […]. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó (Tit. 3:3-5).

Nadie puede deshacerse de los antiguos acompañantes de la concupiscencia hasta que, mediante la fe, llega a intimar con la gracia de Dios revelada en el evangelio.

2.- Cómo la fe apaga “los deseos de la carne”

La fe descorre el velo de los ojos del cristiano, para que vea el pecado al desnudo antes de que Satanás lo disfrace con atuendo halagador. El ojo avizor de la fe tiene “la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1); penetra la cortina de los sentidos y ve El cristiano con toda la armadura de Dios el pecado antes de que se vista para salir al escenario: un engendro del Infierno que lleva oculto el tormento. Que venga Satanás y presente una concupiscencia seductora; el cristiano responderá: “No me dejo engañar por un espíritu mentiroso. Te enseña una hermosa Raquel, pero pretende entregarte una Lea miope; promete gozo, pero paga con tristeza”.

Los disfraces que hacen tan atractivos a estos deseos no son suyos. La mujer de Endor dijo: “¿Por qué me has engañado? Pues tú eres Saúl” (1 S. 28:12). La fe también puede reconocer al pecado y a Satanás por sus nombres aunque vayan disfrazados. La fe dice: “Tú eres Satanás, ¿por qué intentas engañarme? Dios ha dicho que el pecado es amargo como hiel y ajenjo. ¡No puedes hacerme creer que recogeré frutos dulces de tus raíces de amargura, ni uvas de tus espinos!”.

La fe capacita al alma para reconocer, no solo la naturaleza del pecado, vacío de todo placer, sino la calidad temporal de su frívola exaltación. La fe nos persuade de que no abandonemos las seguras misericordias de Dios por la excitación efímera de Satanás. Esta persuasión hizo que Moisés huyera de los encantos de la corte egipcia al fuego de la “aflicción” porque los reconocía como “deleites temporales” (He. 11:25). Si vieras a alguien saltar al mar desde un barco, al principio lo tomarías por loco; pero luego, si lo ves de pie en la orilla y el barco hundido, sabrías que había hecho bien.

La fe ve cómo el mundo y todo atractivo del pecado se hunden; tienen una fuga que la sabiduría humana no puede reparar. ¿No es mejor nadar por la fe en el océano de las pruebas, para arribar a salvo al Cielo, que sentarse en el regazo del placer pecaminoso hasta hundirse en el lago de fuego?

El deleite del pecado no puede durar, porque no es natural. Lo artificial pronto se corrompe. El azúcar es dulce por naturaleza y, por tanto, mantiene su dulzura; pero el vino edulcorado artificialmente pierde el buen sabor en pocos días. El deleite del pecado es extraño a su naturaleza y corrompe la vida que toca. Nada de la dulzura que ahora satisface a los pecadores se saboreará en el Infierno: allá la copa del pecador se sazonará con amargura.

Otra razón por que la excitación del pecado es breve es que la vida misma es corta, y ambas terminan juntas. Muchas veces el placer del pecado muere antes que su víctima. Los pecadores sobreviven a su deleite mundano. El gusano se cría en su conciencia antes que en su carne con la muerte. Puedes estar seguro que las ventajas del pecado nunca sobreviven a este mundo. Dios ha proferido la palabra: “Dios en su ira les reparte dolores” (Job 21:17). El clima del Infierno es demasiado caluroso para que sobrevivan los deleites malignos.

La fe es la sabia virtud que hace al alma considerar cómo pasará la eternidad. El corazón carnal vive en el presente: hunde el morro en la pocilga y, mientras se revuelca, cree que aquello no acabará nunca. Pero la fe anda a pasos agigantados: con un zanco pasa por toda una vida y ve el final desde el principio. David dice: “A toda perfección he visto fin” (Sal. 119:96). Se imagina a los malvados, mientras aún se revuelcan en sus lechos sensuales, cortados y ardiendo en el horno de Dios como si ya estuviera hecho (Sal. 37:2). Según su fuerza, la fe agudizará la vista de todo cristiano. ¿Quién envidia el festín del reo que va camino al patíbulo?

Finalmente, la fe no se deja engañar por las “gangas” de Satanás y le muestra al alma dónde puede disfrutar de goces de calidad a un precio mucho menor. Los clientes compran allí donde encuentran lo mejor. Este principio es verdad también para los pecadores. El borracho acude a la mejor cerveza, el glotón al plato más lleno. Pero la fe premia el alma con galardones sin parangón. Abre el camino a la promesa y entretiene allá al creyente a cuenta de Cristo con todos los manjares del evangelio.

La fe deja al cristiano gustar el banquete que disfrutará plenamente en el Cielo. Aun este pequeño bocado se deshace en “gozo inefable y glorioso” (1 P. 1:8). Esta verdad de seguro apagará el apetito de la tentación. Cuando Satanás invita al cristiano a su deslumbrante orgía, el alma puede decir: “¿Dejaré estos placeres que sacian todo deseo, para corromperme con el mohoso pan del pecado? Entonces sería como Judas, que se levantó de la mesa de su Maestro para sentarse a aquella del diablo”.

3.-  “Los deseos de los ojos”

Aquí el apóstol hace referencia a las tentaciones extraídas del tesoro del mundo. El ojo primero adultera con ellas. Como el ojo impuro mira a la esposa de su prójimo, el ojo codicioso se fija en los bienes de otro y los desea. Considera los efectos trágicos de esta tentación en Acab, cuando codició la viña de Nabot. Compró aquellas hectáreas, que no añadían gran cosa a la renta del rey, al precio de la sangre de su dueño legítimo. Solo la fe puede cerrar permanentemente los ojos codiciosos y dar una percepción clara de la suficiencia de la gracia de Dios.

4.- Cómo la fe apaga “los deseos de los ojos”

Satanás atrae al alma para que se aventure en la mentira y tome el lingote de oro como la zanahoria que se le tiende al burro; pero la fe simplemente convence el alma del cuidado paternal de Dios. Así la fe enseña el alma a responder: “Ya estoy abastecida, Satanás; no me hace falta lo tuyo; ¿por qué robar algo que Dios ha prometido darme?”. “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). ¿Cómo te faltará alguna cosa cuando la promesa de Dios manda sobre sus riquezas? Aquel que está sin Dios en el mundo lucha por sobrevivir haciendo la vil voluntad de Satanás; pero tú, cristiano, eres libre para vivir de la herencia de tu fe.

Otra manera como la fe apaga los deseos de los ojos es enseñándonos que nuestro consuelo estriba en la bendición de Dios, no en la abundancia material: “El hombre de verdad tendrá muchas bendiciones; mas el que se apresura a enriquecerse no será sin culpa” (Pr. 28.20). La fe amonesta: “Si amasas fortuna mundana de mala manera, nunca te contentará en la medida que esperabas”. Es imposible robar algo y luego pedir la bendición de Dios. Satanás no te dará posesión tranquila de las ganancias del pecado, ni tampoco te absolverá de los cargos judiciales que seguramente Dios presentará contra ti.

Finalmente, la fe estimula al cristiano a buscar metas más altas que todo lo que el mundo ofrece: descubre que la mercancía de la fe se halla más allá de los cielos y deja el barro de esta tierra para conseguir gracia y gloria. La fe puede traer sus tesoros desde muy lejos.

David considera necio a aquel que se preocupa tanto por nada. Dice así: “Ciertamente en vano se afana; amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá” (Sal. 39:6). Luego, da las espaldas al mundo como algo indigno de esfuerzo, y expresa: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?” (v. 7). Se pregunta: “¿Es este mi premio? ¿Acumular más riquezas que mi vecino?”. Y añade:  “Mi esperanza está en ti. Líbrame de todas mis transgresiones” (vv. 7-8). Su actitud es: “Los que aman el mundo, que tomen el mundo; Señor, no me des paga en oro y plata, sino en perdón de pecados”.

5.-  “La vanagloria de la vida”

Hay un lugar en el corazón humano que anhela la honra del mundo; y el diablo se esfuerza por irritar la carne orgullosa con sus fascinantes ofertas. Cuando por fin se unen la tentación y el deseo, Satanás logra sus fines.

Aun después de que los judíos se convencieran de la verdad de la doctrina de Cristo, se apartaron de él y permanecieron esclavos de su orgullo: “Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Jn. 12:43). La fe apaga esta tentación al orgullo y, con santo desdén, se aparta de todo lo que el mundo ofrece como soborno por el pecado.

Pero el orgullo no ha cautivado a todos a lo largo de los siglos. “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón” (He. 11.24). Aunque su adopción le hacía heredero de la corona, la rechazó. Los honores se acercaban a él como la marea; y fue admirable que resistiera este diluvio de privilegios. No rechazó un puesto en la corte por otro, sino que lo hizo por unirse a un remanente de gente pobre y vituperada. Al rechazar el favor real, incurrió en la ira del rey; pero la fe lo llevó por las alturas y profundidades de la desgracia y el favor, de la honra y la deshonra. Y hoy, donde esta gracia de la fe se halle, en fortaleza o debilidad, sucede lo mismo.

También se han visto tentados los creyentes más modernos. A punto ya de sufrir, se les ofrecieron a estos hombres y mujeres alternativas atractivas para doblegarlos según los tiempos y hacer que se retractaran de su valerosa profesión de fe; pero escogieron las llamas del martirio en lugar del favor principesco bajo los términos de Satanás. ¿Cómo puede la fe apagar tentaciones tan fuertes?

6.-  Cómo la fe apaga “la vanagloria de la vida”

Hay varias maneras características como la fe apaga la vanagloria de la vida: quitando el combustible que alimenta la tentación; haciendo que el cristiano espere toda honra de la mano de Cristo; revelando el peligro de negociar la gloria mundana con Satanás; y mostrando a los creyentes los precedentes.

a.- La fe quita el combustible que alimenta la tentación. El orgullo es ese combustible. Si se retira el aceite, la lámpara se apaga. Donde se encuentre vigoroso este deseo, los ojos de la criatura se cegarán al ver algo que complace los deseos del corazón. Con esta tentación, el diablo da salida a lo que está llenando el corazón. Simón el Mago tenía un espíritu soberbio; cuando vio la primera oportunidad de quitarle protagonismo al apóstol, se encendió su deseo de tener el don de milagros. Por el contrario, un hombre humilde ama el asiento de menor importancia; no ambiciona destacar por encima de las ideas de otros. Y cuando se rebaja en su propia opinión, por encima de su cabeza vuela la misma bala que impacta en el pecho del soberbio. La fe sosiega el corazón. El orgullo y la fe son opuestos; como los platillos de una balanza, si el uno sube, el otro ha de bajar: “He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4).

b.- La fe es la favorita de Cristo y hace que el cristiano espere toda honra de su mano

Cuando la tentación se presenta, la fe echa al alma sobre Cristo como suficiente para proporcionarle la felicidad. Si la tentación te promete honra por permitirte un pecado, la fe detiene la bala. Recuerda a quién perteneces. Los príncipes no consienten que sus súbditos contraigan deudas con otro príncipe, y menos con uno hostil. La fe declara que la honra o los aplausos que provienen del pecado te hacen súbdito del mismo diablo: el mayor enemigo de Dios.

c.- La fe revela el peligro de negociar con Satanás la gloria del mundo por un pecado

d.- La fe te insta a comprender que la gloria mundana jamás podrá satisfacerte. Puede darte sed, pero no la saciará; provoca mil temores, pero no los tranquiliza. El pecado que compra estas glorias tiene poder para atormentar a tu alma eternamente.

e.- La fe recuerda al cristiano las hazañas de los antiguos creyentes, que renunciaron a los honores del mundo

Aquellos creyentes se negaron a prostituir su alma vendiéndola al pecado. La fe repasa la lista bíblica de aquellos creyentes y las hazañas de su propia fe, para alentar al cristiano. Este era el claro propósito del apóstol al recordar las decisiones de aquellos santos junto con los trofeos de su fe (cf. Heb. 11). “Por tanto —dice luego—, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia” (Heb. 12:1).

¡Cómo alienta al soldado ver que su compañero se lanza a la batalla! Eliseo, habiendo visto los milagros de Dios efectuados por Elias, golpea las aguas del Jordán con su manto, diciendo: “¿Dónde está Jehová, el Dios de Elias?” (2 R. 2.14). La fe utiliza las hazañas de los creyentes de la antigüedad para estimularnos a orar.

“Oh Señor, Tú eres el Dios de los valles —de los santos más pequeños— tanto como de las montañas: de los héroes más famosos. ¿No corre la misma sangre por las venas de todo creyente? Ellos fueron victoriosos, ¿y seré yo el único esclavo que se encoja bajo la carga de corrupción sin liberarme de ella? ¡Ayúdame, Dios mío!” La fe dice: “¡Despierta, cristiano! Demuestra el parentesco que tienes con aquellos santos, que has nacido de Dios igual que ellos, mediante tu victoria sobre el mundo”.

Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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