La fe es una virtud preciosa. ¿Acaso puedes conocer esta perla sin quererla para ti? ¿Por qué ha hablado el Espíritu cosas tan gloriosas en la Palabra acerca de la fe, si no es para hacerla más deseable a tus ojos?
¿Hay forma de tener a Cristo aparte de la fe? Existe una generación de hombres en el mundo que casi nos haría pensar que sí. Su estilo de vida corrupto y profano se ha decorado con las flores de la moralidad, dejando así una amable reputación entre sus vecinos. ¿Pero por qué pasan por alto continuamente el evangelio de Cristo? Ciertamente no es porque estén más dispuestos a ir al Infierno que los demás, sino porque creen que su “moralidad” los llevará al Cielo. Están engañados.
¿Vino Cristo solo para ayudar a los pecadores sensuales y mancillados a encontrar el Cielo? ¿Los borrachos, los mentirosos o las prostitutas? ¿Dejó a los hombres cultos y morales que anduviesen como mejor pudieran? La Palabra de Dios abre un solo camino al Cielo: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). Ya que Cristo es el único puente sobre el abismo entre la tierra y el Cielo, juzga lo que le pasará al hombre hipócrita y a su vida perfumada, si se queda sin este puente único.
El que cree que para aceptar el ofrecimiento de la salvación en Cristo no necesita tanta fe como el asesino más sanguinario o el peor sodomita del mundo, anda en un engaño sin esperanza. Si un grupo de hombres y niños estuvieran vadeando un río no más profundo que la altura de un hombre, los hombres tendrían clara ventaja sobre los niños. Pero al intentar cruzar el océano, tanto hombres como niños necesitan un barco que los lleve. Solo un loco intentaría vadearlo sin la ayuda de una nave, simplemente por ser un poco más alto de lo normal.
Nada merece la precedencia sobre la fe en tus pensamientos. David decidió: “No daré sueño a mis ojos, ni a mis párpados adormecimiento, hasta que halle lugar para Jehová, morada para el Fuerte de Jacob” (Sal. 132:4,5). La morada que más complace a Dios es tu corazón, pero debe ser un corazón creyente: “Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Ef. 3:17).
¿Cómo puedes dormir de noche en esa casa donde no mora Dios? Él no mora en ti si tienes un corazón incrédulo. Cada vez que oyes un sermón del evangelio, Dios está a la puerta para que le dejes entrar. Ya que la incredulidad sigue cerrando la puerta cuando Cristo llama, ¿cómo puedes estar seguro que Dios no te encerrará de repente en una incredulidad definitiva?
Instrucciones a los incrédulos para obtener la fe
Te preguntarás cómo puedes obtener este precioso don de la fe para ti. Te daré cinco instrucciones para encontrarla.
1.- Deja que tu corazón quede convicto de incredulidad
Hasta que no hayas hecho esto, tus esfuerzos por tener fe serán torpes e impotentes. Cuando un borracho se convence de que lo es y se aparta de las borracheras, siente alivio. Disfruta de la mejoría, porque ese pecado era lo único que turbaba su conciencia. Cuando el Espíritu de Dios convence al pecador de su incredulidad, se interpone entre él y todo escondrijo justificador de fabricación humana. Su alma no descansa con los esfuerzos de reforma que antes lo tranquilizaban y evitaban que acudiera a Cristo.
Muchos intentan cambiar sus hábitos para parchear la paz en su conciencia, como aquel que arregla una casa desvencijada tapando agujeros con una loseta acá y una piedra allá, hasta que viene un fuerte viento y derriba toda la casa. Cuando el espíritu del ser humano está cargado de incredulidad, no le ayuda nada el recordar que ya no es un borracho. El Espíritu de Dios le dice: “Tu estado presente es tan condenatorio como si siguieras borracho, porque eres un incrédulo”. Lo que eras, lo sigues siendo; y en el Día del Juicio te hallarán borracho y ateo, sin contar la reforma, a no ser que la fe te haya hecho adoptar un nuevo nombre. ¿Y qué, si no te emborrachas más? La culpa te sigue manchando hasta que la fe la lave con la sangre de Jesús. No te engañes: Dios se cobrará, ya sea de ti, o de Cristo por ti. Pero Cristo no paga el precio de los incrédulos.
Si sigues incrédulo, tu culpa permanece mientras dure el poder de tus concupiscencias, aunque exteriormente estas hayan desaparecido. En tal caso, tu corazón no se vacía de un solo pecado, sino que la salida queda taponada por la gracia restrictiva.
¿Cómo es posible que hieras mortalmente a una concupiscencia en particular, permitiéndola ser la única victoria válida en el mundo, si sigues sin fe? En resumen, si quedas convicto de incredulidad, hallarás mayor mal en este pecado que en todos los demás.
¿Has sido mentiroso? Es un pecado grave. El Infierno se abre de par en par para todo aquel que ama y dice mentira (cf. Ap. 22:15). Pero la mentira más grave que puedes contar es lo que tu incredulidad dice. Aquí das falso testimonio contra Dios mismo y mientes, no al Espíritu Santo, como Ananías y Safira, sino acerca del Espíritu Santo. La incredulidad actúa como si ninguna palabra de lo que él promete en el evangelio fuera verdad.
¿Has sido un asesino? Por supuesto que también es un pecado grave. Pero la incredulidad te declara un asesino aún más sanguinario, porque la sangre de Cristo es más preciosa que la de meros hombres. Por tu incredulidad, matas de nuevo a Cristo y pisoteas su sangre; aún peor: la echas a los pies de Satanás.
2.- No te resistas al Espíritu Santo cuando te ofrece su ayuda.
Nunca podrás creer si el Espíritu Santo no te da el poder de hacerlo. Ya que el Maestro no quiere ser controlado ni manipulado, es importante que veamos dos maneras como podemos estar oponiéndonos al Espíritu de Dios.
a.- No te opongas al Espíritu negándote a prestar atención a la manera como obra por la fe
Normalmente, las ovejas de Cristo conciben mientras están bebiendo el agua de vida, el ministerio de la Palabra. Al oír el evangelio se le llama “el oír con fe” (Gá. 3:2), porque cuando oímos la doctrina de la fe, el Espíritu obra en nosotros la virtud de la fe. Con voz queda, él habla al alma de los pecadores “Tus ojos verán a tus maestros —dice Isaías—. Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él” (Is. 30:20-21). Aquí enseñan juntos Dios y el hombre; si descuidas la enseñanza humana, también resistes a la instrucción del Espíritu. En cuanto a esta indiferencia el apóstol amonesta: “No apaguéis al Espíritu”; y añade: “No menospreciéis las profecías” (1 Ts. 5:19-20).
La forma más grave de menospreciar las profecías o la predicación es dándoles la espalda. Cuando Dios levanta el ministerio de la Palabra en un lugar, su Espíritu abre su escuela y espera que acudan a ella los que quieren aprender. ¿Es más apropiado que el alumno espere a su maestro en la escuela, o que el maestro corra tras su alumno remolón en el patio? Juzga tú.
b.- Cuídate de estorbar al Espíritu Santo cuando produce la fe en tu alma
No hay nada que podamos hacer para ganar la gracia, pero el Espíritu Santo tiene su manera de preparar al alma para esta virtud. Es extremadamente importante que te sometas al acercamiento gradual del Espíritu a tu alma desde la Palabra, ya que la resistencia a su obra puede resultar en su alejamiento temporal o permanente.
Leemos acerca de Moisés que “le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel” (Hch. 7:23). Empezó a mostrar su celo por ellos matando al egipcio que había maltratado a un israelita. Por eso, “pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya” (v. 25). Pero, en lugar de cooperar con él, se le opusieron; por tanto, se apartó y no supieron más de Moisés ni de su liberación durante 40 años. De la misma manera, el Espíritu de Dios puede dirigir una palabra a tu situación específica, para que comprendas que está dispuesto a ayudarte a salir de tu esclavitud. Tu parte en su obra es escuchar su consejo y obedecer. Pero si te rebelas, puede que nunca lo escuches llamar de nuevo a la puerta.
Dios termina pronto con algunos de sus procesos judiciales: “Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena” (Lc. 14:24). Estos invitados fueron notificados una sola vez, pero por su negativa Dios los castigó con una terrible maldición. No dijo que nunca acudirían a la cena, sino que no la probarían. Muchos oyen las preciosas verdades del evangelio pero, por tener el corazón cerrado por la incredulidad, nunca gustan al Cristo presentado ante ellos.
Hay una clase de enfermedad mental cuya víctima habla de forma racional hasta que se menciona el tema que causó su trastorno original; entonces pierde la razón y no puede seguir con una conversación coherente. ¡Cuántos que asisten regularmente a los cultos pueden hablar sensatamente de cualquier tema del mundo; pero en cuanto les hablas de Dios, Cristo y el Cielo, de repente parecen sordomudos! Algunos que han oído el evangelio y han sido atraídos por el Espíritu llevan esta carga como consecuencia de una maldición por haber rechazado las formas de obrar del Espíritu Santo.
Te aviso de nuevo: cuidado con oponerte al Espíritu. ¿Está iluminando su Palabra tu entendimiento? Cuidado con lo que haces con esa lámpara del Señor; no te enorgullezcas de este nuevo discernimiento, o puede apagarse al instante. Si el Espíritu Santo está confirmando esta luz en tu entendimiento, de forma que tu conciencia arde con la convicción del pecado, no le resistas. Por su misericordia prende el fuego en tu alma para salvarte del fuego infernal. Pero es de esperar que Satanás, cuya casa arde sobre su cabeza, haga todo lo posible por apagarlo; tu mayor peligro estriba en escucharle a él. En su lugar, extrae agua abundante de la Palabra de Dios para controlar las llamas.
Satanás quiere que apagues el Espíritu intentando calmar tu propia conciencia. Hay más esperanza para un enfermo al descubrirse su enfermedad que cuando está oculta en el corazón y no se ve exteriormente. Satanás teme tanto perder su dominio sobre ti, que intenta ahogar tu conciencia con tibieza carnal, apagando así la obra de convicción del Espíritu Santo. Pero la bondad de Dios envía estas convicciones para liberar tu espíritu, y debes acogerlas como la mujer acepta los dolores al dar a luz. Sin ellos, nunca tendrá a su hijo; y tampoco hará Dios que nazca la nueva criatura en tu alma sin el arrepentimiento.
A veces el Espíritu de Dios no solamente alumbra la mente y enciende fuego en la conciencia, sino que también trae el fuego celestial a tus sentimientos. La Palabra da a conocer a Cristo en sus excelencias y suficiencia para todas tus necesidades, de forma que empieces a buscarlo. Estos reflejos de Jesús y su misericordia divina son tan deliciosos que comienzas a gustar la dulzura cuando los captas, lo cual fomenta un mayor anhelo en tu corazón, y clamas: “¡Necesito a Cristo!”. Posiblemente la vehemencia de tus sentimientos te hará renunciar a tus pasiones y a Satanás, que son los obstáculos que tanto tiempo te han apartado de Cristo.
Ahora el Reino de Dios está realmente cerca. Solo te hallas a un paso de la nueva vida en Cristo; pero ten cuidado de no desviarte. Si estos deseos maduran en una decisión deliberada por Cristo, y esos propósitos se afirman en la decisión permanente de renunciar a tus pecados y a la carne para unirte a Cristo, entonces saludo con gozo el nacimiento en tu alma de ese infante de la gracia que es la fe.
3.- Clama en oración a Dios por la fe
¿Puede orar un incrédulo? Algunos piensan que no. Richard Baxter explica que “la oración es el movimiento del alma hacia Dios”, y prohibir a un incrédulo orar es decir al hombre perdido en la maldad que no debe obedecer la instrucción divina de “buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano” (Is. 55:6). Baxter sigue diciendo: “El deseo es el alma de la oración. ¿Y quién se atreve a decir al impío: No desees la fe, ni desees a Cristo ni a Dios?”.
Es verdad que un incrédulo peca cada vez que ora. Su pecado no estriba en la oración, sino en orar sin creer. Por tanto, peca menos al orar que al no hacerlo. Cuando ora, su pecado está en la manera de hacerlo; pero cuando no ora, rechaza el deber que Dios le ha mandado y el camino de Dios para hallar la gracia. Pobre pecador, te urjo a que continúes orando; pero sigue consciente de tu condición. Solo el más malvado de los pecadores se acerca al trono de la gracia decidido a seguir pecando.
Tal vez no puedes ver cómo un pecador como tú es capaz de llegar a creer en Cristo. No es el amor a algún pecado presente en tu corazón, sino el temor de tus pecados pasados sobre tu conciencia, lo que te impide creer. Déjame reunir los mejores estímulos que puedo encontrar en la Palabra de Dios, para abrirte camino al trono de la gracia.
Pobre pecador, no temas orar por la fe. Dios no me reñirá por enviarle tales clientes. Tienes un Amigo en el mismo seno de Dios que asegura tu acogida. El que envió a Cristo antes de que nadie orara está más que dispuesto a darte la fe si se la pides. Recuerda que lo que tú pides que Dios te dé, él te lo manda hacer: “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado” (1 Jn. 3:23). Dios se complace mucho en responder la oración que cumple su mejor propósito para ti.
A estas alturas, ya puedes esperar una respuesta gozosa a tu oración. Para alentarte aún más, recuerda que esta virtud que tanto anhelas y pides a Dios, es esencial en la transacción de Cristo. Su sangre, el precio del perdón, es también el precio de la fe. No solamente ha cancelado él la deuda humana del pecado, sino que también ha abierto el camino para que nos lleguemos al banco de la gracia de Cristo abierto a aquellos pecadores que reconocen su necesidad: “Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres, y también para los rebeldes, para que habite entre ellos Jehová Dios” (Sal. 68:18).
Las Escrituras nos da la razón de estos dones: “Para que habite entre ellos Jehová Dios”. Solo la fe puede hacer de un alma rebelde una morada aceptable para el Dios Santo. Este es el don para conceder el cual él recibió todos los demás dones. Que esto te dé el valor de humillarte y pedirle a Dios lo que Cristo ya ha comprado: “Señor, he sido rebelde, ¿pero no recibió Cristo nada para los tales? Poseo un corazón incrédulo, pero tengo oído que la fe está pagada en tu pacto. Cristo derramó su sangre para que Tú derramaras tu Espíritu sobre un pecador como yo”.
Cuando clamas así a Dios y empleas el nombre de su Hijo en la oración, Cristo mismo oye, está de acuerdo y favorece tu oración. Si pides fe a causa de la muerte de Cristo, él intercederá por ti: subió al Cielo para que tuvieras allí un Amigo que pudiera recibir y comprender tu oración (cf. He. 7:25).
4.- Medita a menudo en la promesa
Afianzar tu alma en la promesa y vivificar su Palabra por la fe en tu corazón es únicamente obra del Espíritu. Tú no puedes hacerlo. Igual que el fuego bajó del Cielo sobre el sacrificio de Elias, el Espíritu de Dios vendrá para avivar la promesa en tu corazón después de haberla meditado diligentemente. Porque cuando Elias terminó de prepararlo todo oró, esperando que Dios actuara por él (1 R. 18:36). No conozco manera más digna de solicitar la ayuda del Espíritu de Dios.
Igual que aquel que cede a las concupiscencias invita la tentación, aquel que fija sus pensamientos en temas celestiales invita la perfecta paz del Espíritu Santo. El Espíritu de Dios está tan dispuesto a fomentar cualquier buen motivo como el maligno lo está a alimentar las malas intenciones.
Vemos a la esposa sentada a la sombra de su Amado, como bajo un manzano, y pronto dice: “Su fruto fue dulce a mi paladar” (Cnt. 2:3). El hecho de sentarse a su sombra representa a un alma descansando bajo los pensamientos de Cristo y de sus preciosas promesas, simbolizadas por las ramas del árbol. Cristiano, quédate ahí por algún tiempo, y ve si el Espíritu no sacude sobre tu regazo algún fruto de las mencionadas ramas. Igual que Isaac encontró a su esposa al salir al campo para meditar, tú también podrás encontrar a tu Amado paseando en este jardín de promesas.
5.- Apremia a tu alma con la fuerte obligación de creer Muchos pecadores humillados tiemblan por una conciencia sensible ante otros pecados, pero expresan poca o ninguna tristeza por su incredulidad. Creen que ofenden a Dios con dichos pecados, pero que solo se dañan a sí mismos no creyendo. Si este es tu caso, tus pensamientos te engañan sobremanera; ¡porque se deshonra más a Dios con la incredulidad que con todos los demás pecados juntos!
Posiblemente preferirías conservar tus pecados y disfrutar también de Cristo. ¿Te parece demasiado difícil dejar esas concupiscencias y tenerlo a él? Dios mismo no podría obviar este requisito y amarte de verdad. Poco valora el oro quien se queja de que el trabajo para conseguirlo es excesivo, igual que aquel que no está dispuesto a dejar sus concupiscencias para hacer de Cristo su tesoro. Ciertamente puedes confiar que Cristo recompensará con creces lo que dejes por él.
¿Prefieres perder la presencia de Dios y de Cristo en el Infierno, adonde indudablemente te llevarán tus concupiscencias, o no tener la compañía de tus pasiones en el Cielo, adonde la fe en Cristo tan ciertamente te llevará? Escoge entonces; pero si escoges mal, de nada te servirá el arrepentimiento una vez que estés en el Infierno.
Pero tal vez no sea la elección entre Cristo y el Infierno lo que te impide creer. Aunque asientes a los términos del pacto de Cristo, no te parece posible que Dios cumpla su promesa para una persona tan indigna como tú. De las dos opciones, es mejor que el obstáculo para ir a Cristo sea la dificultad concebida en tu entendimiento, y no la negativa de tu voluntad a recibir aquello que Dios te ofrece en él. La consideración cuidadosa de dos obras especiales en tu alma, apaciguará tus dudas y disipará tus temores en cuanto a esta piedra de tropiezo para ir a Cristo.
a.- Esfuérzate por conseguir un conocimiento correcto de Dios
Cuando esto ocurra, no te parecerá extraño en absoluto que un Dios grande haga grandes cosas por los pecadores. Si un pordiosero te promete un millón de dólares, echarás en saco roto su oferta y le preguntas de dónde sacaría semejante suma. Pero si un príncipe te garantiza una suma mayor, no dudas en creerle, ya que tiene riquezas proporcionadas a la promesa. Dios nunca promete nada que su misericordia, su poder y su fidelidad infinitos no puedan cumplir: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46:10). En momentos de gran confusión en la Iglesia, Martín Lutero dijo acerca de este Salmo: “Cantemos el Salmo 46, a pesar del diablo y de sus instrumentos”. El cristiano humillado también puede cantar consolado, a pesar de Satanás y el pecado: “Estate quieta, alma mía, y entiende que el que te ofrece misericordia es Dios”.
b.- Estudia las garantías que Dios da al creyente en cuanto al cumplimiento de sus promesas
Esas garantías son muchas, aunque su sola Palabra merece valorarse más que nuestras almas. ¿No te satisface que el Dios verdadero y fiel dé su Palabra como aval? Su verdad es tan inmutable que es más posible que la luz proporcione oscuridad, que el que una mentira salga de sus benditos labios. Hago ahora una doble exhortación a los creyentes. Primero, ya que la fe es una virtud tan especial, anímate a conservarla; segundo, si la tienes, no niegues lo que Dios ha hecho por ti.
La fe debe conservarse con esmero por su preeminencia sobre las demás virtudes
Guarda tu fe, y ella te guardará a ti y tus demás virtudes. La fe te sostiene; si falla, caerás. Entonces, estarás bajo los pies de tus enemigos. Ten presentes los peligros potenciales que hay para tu fe, como aquel capitán griego que, al ser derribado en la batalla, buscó su escudo en cuanto recuperó el conocimiento.
La fe es la virtud principal por la que Dios quiere que nos valoremos, ya que existe menor peligro de orgullo en esta cualidad abnegada:
Digo, pues, por la gracia [de Dios] que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Rom. 12:3).
Los romanos habían recibido diversos dones de Dios, pero él quería que se juzgaran por su fe, para que pensaran “con cordura” acerca de sí mismos.
Las demás virtudes se deben medir por nuestra fe: si no son fruto de esta, no tienen un valor real. Esa es la diferencia entre el cristiano y el pagano honrado. El pagano se valora a sí mismo por su paciencia, templanza, liberalidad y otras virtudes morales. Mientras viva, se jactará de su moralidad; y espera que Dios lo encomie y le garantice la felicidad después de morir. Pero el cristiano ha hallado Cristo, cuya justicia y santidad son ahora suyas por la fe; y se valora a sí mismo por estas más que por ninguna propiedad inherente suya.
Lo ejemplificaré con dos hombres: uno un cortesano, el otro un aldeano extraño a la corte. Ambos tienen bienes considerables, pero el cortesano muchos más. Pregúntale al aldeano, sin relación alguna con la corte ni lugar en el favor del príncipe, lo que él vale, y te responderá con la suma de sus tierras y su dinero. Se valora a sí mismo por estas cosas. Pero si preguntas al cortesano lo que vale, aunque tiene más propiedades y dinero que el primero, te dirá que se valora a sí mismo por el favor del príncipe más que por sus demás bienes. Dice: “Los bienes de mi príncipe míos son, exceptuando su corona y su realeza; y su tesoro es mío para cuidarme, su amor para acogerme y su poder para defenderme”.
El pobre pagano, extraño a Dios y a su favor en Cristo, se bendice solo con sus recursos naturales y el cúmulo de valores morales que reúne con gran esfuerzo. Pero el creyente, teniendo acceso por la fe a esta gracia, porque goza de alto favor con Dios por Jesucristo, se valora por su fe en lugar de por otra virtud. Atesora esta virtud divina en sí mismo más que todo el tesoro y el placer mundanos; prefiere ser un santo en harapos que un pecador bien vestido. Antepone la seguridad de su vida espiritual a su estabilidad en la vida natural, la cual está dispuesto a perder sin considerarse damnificado.
No solamente participa el creyente de la naturaleza divina por la santidad infundida en él; también es heredero de todas las gloriosas perfecciones de Dios mismo. Puede llamar suyo propio todo lo que Dios es, hace y tiene. Él se complace en llamarse Dios de su pueblo: “el Dios de Israel” (2 S. 23:3). Igual que casa y tierras llevan el nombre de su dueño, Dios se agrada en que su pueblo lleve su nombre, para que el mundo lo sepa. Dios no ha retenido nada de su pueblo más que su propia corona y su gloria. Estas no se las dará a ningún otro (Is. 42:8).
Si el cristiano necesita fuerza, Dios quiere que utilice la suya; y puede hacerlo con valor y confianza, porque el Señor se llama a sí mismo la fuerza o gloria de su pueblo: “El que es la Gloria de Israel no mentirá” (1 S. 15:29). Si al creyente le falta justicia y santidad, las puede conseguir, ya que “Cristo Jesús […] nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Cor. 1:30). ¿Necesita amor y misericordia? Toda la misericordia divina está a su servicio: “Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen” (Sal. 31.19). Subraya esta frase: “Que has guardado para los que te temen”. La misericordia y la bondad de Dios son para sus escogidos, de la misma manera que un padre guarda dinero, escribiendo en el sobre, “Para mi hijo”.
Lo que hace hijo al creyente, también le hace heredero. La fe es aquello que lo convierte en hijo de Dios: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall