Podemos saber cómo es la fe generada por el Espíritu, y cómo juzgarla, al examinar varias características. Consideraremos tres de ellas: primera, la fe verdadera es obediente; segunda, es proclive a la oración; tercera, es uniforme en su acción.
a.- La verdadera fe en la promesa obra en obediencia al mandamiento
Abraham es famoso por su obediencia. No desobedeció ningún mandamiento, por difícil que fuera ¿Qué causó esta obediencia de Abraham hacia Dios? “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba” (He. 11:8). Igual que es imposible agradar a Dios sin la fe, es imposible desear agradarle si no se tiene fe. En cuanto Cristo sanó a la suegra de Pedro de la fiebre, “ella se levantó, y les servía” (Mt. 8:15). Así el alma creyente se levanta y sirve a Cristo con gratitud y obediencia.
La fe no es perezosa; no adormece el alma, sino que la estimula a trabajar; no envía al creyente a la cama, sino al campo. La noche de ignorancia e incredulidad fue el tiempo de dormir; pero cuando amanece el sol de justicia en el alma, el creyente se levanta para trabajar. Las primeras palabras de la fe son las de Saulo en su conversión: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hch. 9:6). No finjas tener fe si no te humillas voluntariamente bajo el yugo de la obediencia. El diablo mismo se puede hacer pasar por un creyente tanto como el alma desobediente.
b.- La fe verdadera se entrega a la oración
La oración es hija de la fe. La oración es la respiración natural de la fe, y los dos elementos de la oración son la súplica y la gratitud. Con la súplica, el creyente absorbe la misericordia de Dios y la exhala con alabanza. Sin fe, esto no puede hacerlo. No puede absorber la misericordia divina, “porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6). Tampoco podrá dar alabanza a Dios si no tiene fe. La acción de gracias es un acto de abnegación, y solo la fe nos ayuda a salir de nuestro egoísmo. Por tanto, igual que el cristiano no puede orar aceptablemente sin fe, con fe no puede evitar el orar.
La nueva criatura, como todo recién nacido natural, entra en el mundo llorando; por tanto, Cristo le dijo a Ananías acerca del recién convertido Saulo: “He aquí, él ora” (Hch. 9:11). ¿Tan extraño es que uno educado a los pies de Gamaliel, fariseo estricto, se arrodillara en oración? No, su secta se jactaba del ayuno, la oración y las buenas obras; pero nunca tuvo el espíritu de oración hasta que el Espíritu de la gracia le hizo creer en Jesucristo.
Si quieres probar tu fe, tienes que hacer algo más que orar. También debes comprender cómo la fe infunde su poder en la oración. Para entender esto, analicemos tres relaciones entre la fe y la oración.
1.- La fe aviva el deseo de orar del creyente. Para provocar la oración en el alma, la fe revela a esta su condición desamparada y la plenitud de la provisión divina en Cristo. Los leprosos se preguntaron por qué debían sentarse a esperar la muerte. La fe los despertó a la oración. Si te quedas en la puerta de tu propia alma, seguramente morirás de hambre. ¿Qué ves en ti mismo más que hambre y necesidad? No tienes pan, ni dinero para comprarlo. Levántate, y acude a Dios. Tu alma vivirá.
¿Te sientes desanimado por tu debilidad? Acude al trono de la gracia como única fuente de fuerza espiritual. La fe es el orden de la nueva vida; Pablo dice: “Vivo en la fe del Hijo de Dios” (Gál. 2:20).
También, la fe despierta a la persona para orar por un deleite interior que proviene de la comunión con Dios. El Salmista dice: “El acercarme a Dios es el bien” (Sal. 73:28). Y observa como sigue: “He puesto en Jehová el Señor mi esperanza”. Es un placer mirar a menudo el lugar donde hemos guardado nuestro tesoro. Por la fe David confió su alma y todos sus bienes a Dios, para que se los guardara con seguridad; y ahora se goza en estar con el Padre. Por la fe el alma se une a Cristo. Estando casada con él, no es asombroso que desee esta comunión. Ya que la oración es el lugar de encuentro del alma con Cristo en este lado del Cielo, el creyente a menudo acude allí. ¿Te puede satisfacer alguna cosa más, o menos? Ciertamente, Dios valora tu fe; de otra manera no podrías darle tan libremente tu amor y deleitarte en él.
2.- La fe ayuda activamente en la oración. Lo hace de dos maneras. Primera, ayuda al alma con persistencia. La fe es una virtud luchadora. Se acerca a Dios, le tiende la mano, y no acepta fácilmente la negativa. La fe es el ojo del alma con el cual esta ve la basura y el Infierno en cada pecado. Este discernimiento entristece el corazón al extender el alma sus abominaciones ante el Señor. Las lágrimas fluyen como un manantial cuando la fe halla a Jesús con su amor y gracia, reflejado en el espejo de la promesa.
Nunca antes había podido saber el cristiano qué hacer con una promesa en oración, hasta que la fe le enseñó a acercarse más a Dios con ella, humilde pero valiente. El fiel Josué preguntó: “¿Qué harás tú a tu grande nombre?” (Jos. 7:9). Es como si dijera: “Estás tan inseparablemente vinculado a tu pueblo por la promesa, que no podrás dejarlos morir sin que tu nombre sufra con ellos”.
La segunda manera como la fe ayuda en oración, es dando poder al alma para perseverar. Así como la rueda se gasta hasta romperse girando, también el hipócrita ora hasta que se cansa. Tarde o temprano algo le hará abandonar el deber que nunca le gustó. Pero es imposible que el creyente sincero deje de orar sin dejar también de creer. La oración es el hálito mismo de la fe. Si le cortas la respiración a un ser humano, ¿qué pasará?
¿Te ves constreñido a orar? Al igual que un bebé no puede dejar de llorar cuando tiene dolor o necesidad, como única manera de conseguir ayuda, así el cristiano no puede menos que orar por las necesidades, los pecados y las tentaciones que lo abruman. “Desde el cabo de la tierra clamaré a ti”, dice David (Sal. 61:2). Decía en efecto: “Donde yo esté te encontraré. Aunque me encarceles o destierres, nunca te desharás de mí”. “Yo habitaré en tu tabernáculo para siempre” (v. 4). ¿Cómo podría hacer esto David si fuera desterrado? Seguramente habla de la oración, porque el cristiano que ora lleva su “tabernáculo” consigo. Mientras David pueda acudir al Tabernáculo, no lo abandonará; pero cuando no pueda ir allá, adorará a Dios tan devotamente en los campos abiertos como si estuviera en el Templo: “Suba mi oración delante de ti como el incienso, el don de mis manos como la ofrenda de la tarde” (Sal. 141:2).
3.- La fe estimula al alma a esperar una respuesta de gracia. “Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré” (Sal. 5:3). La fe llena el alma de expectación. Un mercader que tasa sus bienes suma lo que ha enviado a ultramar a lo que tiene en casa; de la misma manera, el creyente reclama aquello que ha enviado al Cielo en oración sin haberlo recibido, junto con las misericordias que tiene en la mano. Además, la fe aviva la expectación con el poder de tranquilizar el alma hasta que el barco de la oración vuelva a casa con su rico cargamento.
El descanso depende de la fuerza de la fe. A veces la fe sale triunfante de la oración gritando: “¡Victoria!”. Concede tanta sustancia a la respuesta antes de que esta aparezca a los sentidos y la razón, que el cristiano acalla todas sus dudas con esta esperanza. Ana oró así y “no estuvo más triste” (1 S. 1:18). La fe hace que el cristiano pague su deuda de alabanza antes de recibir la misericordia pedida. Esta fe obraba eficazmente en el corazón de David, quien confesó: “En el día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56:3). David alabó a Dios por su promesa, cuando esta solo existía en la fidelidad de Dios y en su propia fe.
Aunque no lleguemos al nivel heroico de la fe de David, podemos ser soldados fieles de Cristo y ejercer la medida de fe que tenemos. Hay un acto menor de fe que no alivia al alma inmediatamente de todo pensamiento molesto, como hizo la fe de David, pero que mantiene su cabeza por encima de las olas de la ansiedad hasta que la marea de la prueba baja. Cuando Dios retiró el Diluvio de la tierra, no lo hizo en un momento: “Y las aguas decrecían gradualmente de sobre la tierra” (Gn. 8:3). Esto es, el agua fue bajando día a día hasta desaparecer del todo. ¿No encuentras paz al enviar tus pensamientos molestos por el canal de la oración, vaciando tu corazón triste en el de Dios? Mientras la oración no siempre hará que se evaporen todos tus temores, evitará que te ahogues.
Un alma completamente carente de fe ora sin dejar nada de su carga con Dios; sino que vuelve a recoger todos sus problemas. Clamar a Dios no le alivia más a tal persona que un ancla sin garras ayuda a un barco que se hunde. Si echas el ancla de tu fe en oración y esta se aferra tanto a Cristo en la promesa que evita que la furia de las tentaciones de Satanás, o tus propios pensamientos desesperados, te arrastren, bendice a Dios por ello. Aunque el barco anclado pueda verse zarandeado a veces, sin embargo, estará a salvo. No te desanimes si tu fe no tiene suficiente fuerza para librarte de todo temor. Recuerda que te salvará del Infierno.
c.- Además de su naturaleza obediente y dispuesta a la oración, la fe verdadera respeta todos los preceptos divinos por igual Así como la obediencia sincera no acepta un mandamiento para dar a otro de lado, sino que respeta todo precepto de Dios, también la fe respeta todas las verdades divinas. Cree en una promesa tanto como en otra. Dios ha comprometido su honor tan profundamente en cumplir una promesa como otra. Igual que la transgresión de un mandamiento nos haría culpables de toda la ley, si Dios dejara de cumplir una promesa —consideración asaz blasfema— también él quebrantaría todo su pacto. Las promesas, como los mandamientos, se funden en el Ser divino: Dios no puede cumplir una sin cumplir las demás. Tampoco nosotros podemos creer una sin creerlas todas. Dios ha dado estas promesas neotestamentarias igual que dio los preceptos del Antiguo Testamento: su sello figura en todas ellas, y él espera que recibamos cada una con fe.
Observa cómo David testifica de toda la verdad de Dios: “La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia” (Sal. 119:160). Prueba tu fe a la luz de este pasaje. Puedes creer la promesa de Dios de perdón, y disfrutar meditando en ella, ¿pero cuánta fe pones en su promesa de que va a obrar la santificación en tu vida diaria?
David hizo más que asentir a toda la verdad de Dios: oró fervientemente y esperó que Dios cumpliera su promesa: “Ordena mis pasos con tu palabra, y ninguna iniquidad se enseñoree de mí” (v. 133). David estaba decidido a no perder ningún privilegio de los que Dios ha prometido para sus hijos: “Mírame, y ten misericordia de mí como acostumbras con los que aman tu nombre” (v. 132). Esto es como una conversación familiar: “Haz lo que has prometido a todos los que amas; y no me dejes peor vestido que a mis hermanos”.
Puedes tener fe para la salvación eterna, ¿pero tienes suficiente para depender de Dios en las circunstancias cotidianas de la vida? Extraño creyente aquel que vive por fe para el Cielo, pero urde con su propia astucia el éxito mundano. Cristo reprendió a los judíos incrédulos por negarse a confiar en él para sus problemas terrenales (cf. Jn. 5:44). Si no podemos confiar en él para las cosas pequeñas, ¿cómo lo haremos para las cosas grandes?
Hasta el cristiano con fe suficiente para el Cielo a veces tropieza y halla que su fe se frustra en cuanto a una promesa temporal. No debemos juzgar esta prueba como un indicador exacto de la salud espiritual del creyente, porque Dios deja aun a sus hijos más estables en dificultades durante algún tiempo para humillarlos y fortalecerlos. Aunque en cierta ocasión Abraham fingió para salvar la vida, otras veces sus actos demostraron que confiaba en Dios tanto para las situaciones temporales como para la salvación eterna. Así que no cuestiones la verdad de tu fe cada vez que veas asomarse la debilidad. En la guerra, el poder del enemigo puede desposeer de parte de su propiedad a alguien durante un tiempo, y en ese período su dueño no sacar provecho de ella; pero sigue sabiendo que es suya. Y aunque su pérdida presente le moleste, intentará recuperarla cuanto antes de mano del enemigo. Cuando Satanás envía tentaciones y Dios aparta su ayuda, el creyente puede sentir poco apoyo en cierta promesa; pero aun así la considera porción suya y busca consolidarla con nuevas fuerzas celestiales para vivir en ella y utilizarla para su consuelo.
Por otra parte, es aún más trágico pretender que se confía en Dios para las cosas de esta vida, y no recibir a Cristo como Señor y Salvador. ¿Cómo tendrá una mujer derecho legal a los bienes de su marido si no es por el pacto matrimonial? ¿Qué opción verdadera tiene la criatura a estas promesas, o a alguna otra en el pacto de gracia, sino por su unión con Cristo? El primer acto del amor divino hacia el pecador es escogerlo como propio y apartarlo, en su propósito inmutable, como objeto de su especial amor en Cristo. Por tanto, a esta elección de Dios se le llama “el fundamento” sobre el cual edifica todas sus otras misericordias: “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Tim. 2:19).
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall