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¿Cuál es peor, el pecador que oculta y niega su pecado, o el cristiano que oculta y niega su fe? El primero parece peor, si consideramos su intención: porque el pecador oculta su pecado con un mal fin. El alma insegura es bienintencionada: tiene miedo de ser hipócrita y mentirosa al decir que posee algo que sospecha no posee. Pero si consideramos la consecuencia de que un creyente no reconozca la gracia de Dios, y cómo Satanás aprovecha esto para llevarle a otros pecados, no es tan fácil saber cuál de las dos situaciones es peor.

La intención de José fue pura al decidir divorciarse de su esposa María, pensando que esta había caído en un pecado de infidelidad sexual. Pero hubiera sido trágico que persistiera en esa idea, especialmente después de que el ángel le informó de que ella había concebido por el Espíritu Santo.

Podría ser que estuvieras pensando en abandonar tu fe como si esta fuera una virtud falsificada y vil, concebida en tu corazón hipócrita por el padre de la mentira. ¿No has tenido una visión (no necesariamente de un ángel o de revelación inmediata, sino del Espíritu Santo) que te anima a aceptar y reconocer tu fe como algo concebido en ti por el Espíritu? Ciertamente esa fe no es ningún bastardo creado por la ilusión de Satanás en el vientre de tu propia imaginación; no te defraudes a ti mismo retrayéndote de esta virtud cuando en realidad puedes sacar una provisión inagotable de tu rico tesoro en Cristo.

Sospechas que llevan a una persona a negar su fe

Nuestro bendito Salvador dice a sus discípulos las maravillas que harán si creen y no dudan (cf. Mt. 21:21); y la fe sin duda mencionada en Mateo, es la fe “como un grano de mostaza” a que se refiere Lucas (cf. Lc. 17:6). La duda contra la que Cristo previno a sus discípulos es de la clase que intenta robar a estos la seguridad en cuanto a lo auténtico de su fe.

Puedes tener paz interior sin gozo, y esta aparente paradoja es susceptible de hacerte dudar de tu fe. El día puede ser tranquilo aunque no brille un sol glorioso. Y a pesar de que el Consolador no venga con consolaciones emotivas, ya ha calmado la tempestad de tu alma perturbada. La verdadera paz, tanto como el gozo, es prueba de “la fe no fingida” (2 Ti. 1:5).

Otra manera como la duda intenta engañar al cristiano y aguijonearlo para que niegue su fe, es por la misma ausencia de paz. Tenemos paz con Dios en cuanto creemos en Cristo, pero no siempre la tenemos con nosotros mismos. El indulto puede estar aprobado y sellado por el príncipe, sin haber llegado aún a manos del preso. ¿No consideras temerarios a los que acusaron a Pablo de ser un asesino porque la serpiente se había aferrado a su mano? Entonces, ¿por qué te condenas por incrédulo cuando las aflicciones y angustias interiores se aferran al alma de un hijo tan apreciado por Dios en la tierra como tú?

Las Escrituras relacionan la duda con la fuerza de la fe, no con su existencia. “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mt. 14:31), le dijo Cristo a Pedro cuando este se hundía; reprendiendo la duda a la vez que reconocía la realidad de la fe, por débil que fuera. Toda duda es mala por naturaleza; pero algunas dudas, aunque sean malas en sí mismas, evidencian la gracia en la persona que duda.

La irritabilidad en un enfermo que antes estaba inconsciente, es señal segura de su recuperación. Es bueno que el alma sepa que sus dudas le pueden decir si su fe es real, aunque débil, o si está ausente. Por ello, indicaré cuatro características de las dudas que pueden acompañar a la verdadera fe.

Características de las dudas que pueden acompañar a la verdadera fe

1.- El creyente verdadero siente vergüenza y pena ante la duda

Cuando consideras lo mucho que realmente desconfías de Dios en lugar de creerle, ¿no te dan ganas de llorar? ¿De dónde procede esta pena? ¿Llora la incredulidad por sí misma? No, sino que demuestra la fe de tu alma que llora porque la incredulidad mancilla el nombre de Dios.

Igual que la ley absolvía a la mujer que daba voces en el campo (cf. Dt. 22:27), el evangelio te absuelve cuando te arrepientes de la incredulidad. El Salmista se vio casi consumido por la duda: “¿Podrá poner mesa en el desierto?” (Sal. 78:19). A menudo esta clase de incredulidad pone en tela de juicio la fidelidad de Dios. ¡Como si cuestionara la existencia de Dios! Pero al final admite su necedad: “Dije: Enfermedad mía es esta” (Sal. 77:10). Como si dijera: “¡Gracias, incredulidad! Eres mi enemiga y la de Dios; y quieres asustarme. Pero lo que has conseguido es probar la existencia de la fe en el fondo de mi incredulidad”.

2.- Un creyente sincero anhela la bondad de Dios a pesar de las dudas

El creyente débil puede cuestionar el amor de Dios para con él, pero lo anhela más que la duda. Así habla el alma suplicante: “Mejor es tu misericordia que la vida” (Sal. 63:3). Duda si Cristo le pertenece; pero si le preguntas lo que vale Cristo, y lo que daría por tenerlo, dirá que no hay precio demasiado alto: “Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso” (1 P. 2:7). En resumen, duda si es santo o falsificado; pero su alma anhela y busca aquellas virtudes que apenas ve.

Este deseo da buen testimonio de virtud en el corazón. Las palabras de David evidencian esta virtud al decir: “Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo. Sumamente pura es tu palabra, y la ama tu siervo” (Sal. 119:20,140). ¿Puedes realmente dejar que tu corazón vaya tras Cristo y su gracia, sin observar tu interés en ambos? Anímate, porque tus dudas no provienen de una falta total de fe sino de tu insatisfacción con la calidad débil de tu fe.

El amor excesivo suele producir un temor exagerado. La esposa que ama grandemente a su marido teme en su ausencia que no vuelva a verlo. Una duda le dice que estará enfermo y otra, que ha muerto; así su amor la atormenta sin causa, porque su marido está bien y va camino a casa. Si no encontramos cierto anillo costoso, tememos que se haya perdido. Las pasiones fuertes por naturaleza perturban la razón y ocultan cosas que normalmente vemos claramente. Así, muchas almas inseguras buscan aquella fe que ya tienen en el corazón: les ha estado oculta por su fuerte deseo de ella. Rode “de gozo no abrió la puerta” a Pedro, porque su gozo la hizo olvidar lo que habían estado pidiendo (Hch. 12:14). Entonces, el alto valor que el cristiano inseguro atribuye a la fe, junto con su excesivo anhelo, no le dejan ver que ya tiene la joya que tanto ansia.

3.-  Las dudas motivan al creyente a buscar en Dios lo que teme que le falta

El cristiano inseguro tiene tanto tumulto en el alma que no puede descansar hasta que deja que la Palabra de Dios decida las cuestiones por él. Igual que Asuero no era capaz de dormir y pidió las crónicas de su reino, el alma insegura acude a las crónicas del Cielo. Rebusca en la Palabra y en su propio corazón algo que corresponda a la descripción de la fe bíblica, como la imagen del espejo corresponde al rostro humano.

Cuando las dudas de David asfixiaban su fe, no se rendía dejando que el barco navegara a la deriva. En lugar de dudar del amor de Dios para con él, meditaba en su corazón y su alma indagaba con diligencia: “Al Señor busqué en el día de mi angustia” (Sal. 77:2). Uno no debe conformarse con su duda sin resolver, como no lo haría aquel que oliendo humo en la casa se acostara a dormir. Más bien buscará en todas las habitaciones y rincones hasta quedar satisfecho de su seguridad.

El alma insegura teme despertarse rodeado de las llamas del Infierno; pero la que está presa de la incredulidad siente una seguridad falsa y se descuida. El mundo antiguo no creía en la inminencia del Diluvio, y los hombres en su letargo se negaban a considerar el aviso de Dios. El agua entró por sus ventanas antes de que pudieran escapar.

4.- A pesar de las dudas, el verdadero creyente se apoya en Cristo y aún desea aferrarse a él

Mientras Pedro se hundía en el agua, clamaba a Cristo; y esto probaba la realidad de su fe. Aunque Jonás sufrió muchos temores, en medio de ellos su fe se aferraba secretamente a Dios: “Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; mas aún veré tu santo templo” (Jon. 2:4); “Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová” (v. 7). También David, aunque no se podía deshacer de todos los temores que entraban por su débil fe como un barco que hace aguas, levantó firmemente su mano para cortar con ellos: “En el día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56:3).

La duda del cristiano débil es como el vaivén del barco anclado: se mueve, pero no deja de aferrarse a Cristo; las dudas del incrédulo, en cambio, son como el movimiento de las olas que no tienen ancla y están a merced del viento: “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (Stg. 1:6).

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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