Job. 4:6 ¿No es tu temor a Dios tu confianza? ¿No es tu esperanza la integridad de tus caminos?
Dios coloca a algunos en altos puestos terrenales y les presenta retos emocionantes. Pero a otros les manda poner sus tiendas en tierras bajas y no avergonzarse de su tarea, por inferior que parezca. A fin de estimular a todo cristiano a la fidelidad en su puesto, Dios ha hecho promesas que son para todos. Y sus promesas, como los rayos del sol, brillan tanto en la ventana del pobre como en el palacio del rey.
Las promesas divinas fortalecen manos y corazones contra el desaliento que nos debilita en su servicio. Nos apoyan y guardan contra la furiosa oposición de un mundo airado. “No te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente” (Jos. 1:5,6). Esta fue la promesa de Dios para el juez de Israel; y la promesa para el ministro del evangelio concuerda con ella, enfrentándose este como lo hace a pruebas, enemigos y desalientos parecidos: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones […], y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:19-20).
La tentación que suele turbar a los que tienen llamamientos más humildes es la de la envidia, viéndose en lo bajo y a sus hermanos elevados a puestos superiores. A veces esta tentación produce desaliento, cuando el creyente se siente como un eunuco que no da gloria a Dios, como un árbol seco que no es provechoso para su Reino.
A fin de equipar al cristiano contra el descontento y el desánimo, Dios promete igual galardón por la fidelidad en el servicio más humilde que por el servicio más valorado. ¿Hay algo más degradante que ser esclavo? Sin embargo, al siervo fiel no se le promete nada menos que el Cielo: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Col. 3:23).
Dios honra el trabajo del siervo humilde, porque sirve al Señor Jesucristo. Es como si el Señor le dijera: “No dejes de amar tu tosca tarea, hijo mío. Aunque tu trabajo ahora no sea el mismo que el de aquel que tiene un oficio superior, tu aceptación es igual, y también lo será tu recompensa”.
Donde se eleva la esperanza, el cristiano no puede menos que gozarse. Jacob sirvió con esperanza y aguardando su galardón de un mejor amo que Labán; esto lo hizo fiel a un hombre ingrato. José no quiso engañar a su amo, aunque su ama le incitó a hacerlo. Optó por soportar la ira injusta en lugar de aceptar un amor ilícito. La evidencia de esta virtud en un siervo es el mayor aval de su fidelidad.
La esperanza apoya al cristiano afligido
La esperanza de salvación apoya al creyente en la peor aflicción. La paciencia del cristiano es lo que le ayuda a soportar las cargas: algunas aflicciones son tan pesadas que se necesitan buenas espaldas para llevarlas. Pero si la esperanza no pone la almohadilla de la promesa entre su espalda y la carga, la más pequeña cruz será demasiado onerosa para el que la lleva. Por tanto, a esta virtud se la llama “constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts. 1:3).
Algunos se obligan a la resignación en medio de la prueba por falta de alternativa; no ven esperanza alguna. Esto es una especie de paciencia desesperada, y puede durar por algún tiempo. Pero si la desesperación fuera una cura para las pruebas, los condenados podrían relajarse. Otro tipo de paciencia muy común en el mundo es la paciencia del necio, que como el gozo de Nabal no dura más que la borrachera. En cuanto la persona se da cuenta de su verdadera situación, su corazón desfallece.
Pero la “constancia en la esperanza” es una virtud sobria que permanece mientras hay esperanza; cuando la esperanza está sana, flota y hasta baila sobre las aguas de la aflicción como un barco sólido y fuerte que navega en mares tempestuosos. Si la esperanza hace agua, las olas rompen sobre el corazón del cristiano y este se hunde hasta que la esperanza, con gran trabajo por parte de la bomba de la promesa, lo saca de nuevo a flote. Este fue el caso de David: “Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma” (Sal. 69:1). Y observa de donde surgió esta prueba, y por donde entraron las aguas: “Dios, tú conoces mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos” (v. 5). La culpa de David lo incomodó en su aflicción, porque vio su pecado y reconoció el desagrado de Dios. Pero al humillarse y confesar su transgresión, pudo discernir el camino abierto hacia el Cielo; fue capaz de cantar de nuevo en la aflicción.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall