El apóstol compara la fe con un escudo por el doble parecido entre este don y esa pieza de la armadura. La primera semejanza es que el escudo, a diferencia de las otras piezas, no es para defensa de una sola parte del cuerpo. El yelmo está hecho para la cabeza, y la coraza diseñada para el torso, pero el escudo es para la defensa del cuerpo entero. Por tanto, era grande y se le llamaba “la puerta”, ya que era tan largo y ancho que cubría todo el cuerpo. El Salmista alude a este significado cuando dice: “Porque tú, oh Jehová, bendecirás al justo; como con un escudo lo rodearás de tu favor” (Sal. 5:12). Si el escudo no bastaba para cubrir todo el cuerpo a la vez, el soldado hábil lo movía de un lado a otro, para detener la espada o las flechas de donde vinieran. Esta semejanza nos recuerda la importancia de la fe en la vida del cristiano: defiende al hombre entero y preserva cada parte del creyente.
A veces la tentación se dirige contra la cabeza, o el razonamiento del cristiano. Satanás disputa la verdad, y si puede hará que el creyente cuestione la validez de la fe solo porque su entendimiento no la abarca. A veces prevalece en ello, borrando la creencia de la persona en la divinidad de Cristo y en otras grandes y profundas verdades del evangelio. Pero la fe se coloca entre el creyente y ese dardo, acudiendo en defensa del débil entendimiento del cristiano.
Abraham “no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto” (Rom. 4:19). Si el razonamiento se llevaba la palma en este asunto, si aquel santo varón hubiera puesto a prueba la promesa por los sentidos y la razón, habría estado en peligro de cuestionar su veracidad, aun siendo Dios mismo el mensajero. Pero la fe lo sacó de la prueba. El creyente dice: “Confiaré en la Palabra de Dios, y no en mi ciego razonamiento”.
El tentador también puede asaltar la conciencia. A menudo Satanás dispara sus dardos de terror contra ella. Pero la fe puede aguantar el golpe: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová”, dijo David (Sal. 27:13). Cuando se presentaron contra él testigos falsos con palabras crueles, la fe fue su mejor defensa contra las acusaciones humanas. También lo es contra los cargos que presenta Satanás, y aun la conciencia misma.
No hay nadie más desgraciado que aquel carcelero filipense. Lo único que evitó que se suicidara fue la fuerte determinación de los presos. Al verlo caer a los pies de Pablo y Silas preguntado: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hch. 16:30), quién hubiera pensado que aquella profunda herida de su conciencia se sanaría tan pronto. El terremoto de terror que había sacudido su conciencia se calmó, y su temblor se volvió regocijo. Obsérvese la causa de esta bendita calma: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo […], y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios” (vv. 31,34). La fe calmó la tempestad levantada por el pecado. La fe cambió su lamento en gozo y alegría.
¿Y si la tentación se dirige contra la voluntad? Algunos mandamientos no se pueden obedecer sin abnegación, porque nos llevan la contraria en circunstancias donde la voluntad desea con vehemencia gobernar. Por tanto, hay que negar la voluntad propia antes de poder ejecutar la de Dios. Una tentación se hace muy fuerte cuando va con la corriente de la voluntad humana. Satanás te dirá: “¿Qué, no sirves a un Dios que te fastidia en todo?”. Parece que Dios siempre te pide que rindas aquello que más amas.
Ningún cordero de todo el redil servía para el sacrificio, solo Isaac, el único hijo de Abraham. Dios no se contentó hasta que Abraham fue a servirle a un país lejano. Satanás se burlaba: “¿Cederás a condiciones tan duras?”. La fe es el don que sirve admirablemente al alma durante tales crisis. Puede acallar el tumulto que la tentación remueve en el alma, y finalmente desechará todo pensamiento de rebeldía. Además, la fe puede mantener tan dulcemente la paz del Rey de los cielos en el corazón del cristiano, que cuando llegue tal tentación, no encontrará acogida: “Por la fe Abraham […] obedeció […], y salió sin saber a dónde iba” (He. 11:8). No leemos que mirara ni una vez hacia su tierra natal con nostalgia, ya que la fe le satisfizo.
Fue duro para Moisés despojarse del manto de juez y dejar que otro asumiera ese puesto cosechando el honor de plantar la bandera de Israel en Canaán, después de todo el esfuerzo que él había hecho por llevarlos hasta allí. Pero la fe lo dispuso: vio mejores mantos en el Cielo que los que tuvo que dejar aquí en la tierra. El lugar más bajo en la gloria es sin duda mucho más alto que el mayor puesto en la tierra. Para Moisés, estar ante el Trono y ministrar a Dios en el Cielo era más deseable que un trono terrenal y el homenaje del mundo.
El segundo parecido entre la fe y el escudo es este: el escudo no solo protege el cuerpo entero, sino también el resto de la armadura. Protege el yelmo de las flechas, además de la cabeza, y protege el pecho con su coraza. Entonces, la fe es una armadura sobre la armadura, una virtud que preserva a las demás.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall