Un entendimiento claro de la maldad del pecado
Primeramente, trata de obtener un entendimiento claro de la maldad del pecado. Joven, si supieras lo que es el pecado y lo que ha hecho, no pensarías que es extraño que te exhorte de esta manera. No percibes su verdadera esencia. Tus ojos están, por naturaleza, cegados en cuanto a su culpa y peligro, y por esta razón no puedes entender por qué estoy tan preocupado por ti. ¡Oh, no permitas que el diablo triunfe al persuadirte de que el pecado es un asunto menor!
Piensa por un momento en lo que la Biblia dice acerca del pecado; que mora naturalmente en el corazón de todo hombre y mujer viviente (Ec. 7:20; Rom. 3:23); continuamente corrompe nuestros pensamientos, palabras y acciones (Gn. 6:5; Mt. 15:19); hace que todos seamos culpables y abominables en la presencia de un Dios santo (Is. 64:6; Hab. 1:13); nos deja completamente desprovistos de la esperanza de la salvación cuando intentamos confiar en nosotros mismos (Sal. 143:2; Rom. 3:20); que su fruto en este mundo es vergüenza y su paga en el mundo venidero es la muerte (Rom. 6:21-23). Medita con calma sobre todas estas cosas.
Piensa en el cambio terrible que el pecado ha obrado en la naturaleza de todos nosotros. El hombre ya no es lo que era cuando Dios lo formó del polvo de la tierra. Salió de la mano de Dios íntegro y sin pecado (Ec. 7:29). En el día de su creación era, como todo lo demás, “bueno en gran manera” (Gn. 1:31). Pero, ¿qué es el hombre ahora? Una criatura caída, una ruina, un ser que muestra las marcas de la corrupción por todos lados: Su corazón es como el de Nabucodonosor, degenerado y terrenal, mira hacia abajo y no hacia arriba; sus afectos son como un hogar desorganizado, que no tiene a ningún hombre por amo y que está lleno de toda extravagancia y confusión; su entendimiento es como una lámpara que centellea en su recipiente, impotente para guiarlo, sin habilidad para distinguir entre el bien y el mal; su voluntad es como un barco sin timón, que es sacudido de aquí para allá por todo deseo y que solamente muestra coherencia en escoger siempre cualquier camino menos el de Dios. ¡Ay, qué gran ruina es el hombre en comparación con lo que pudo haber sido! Bien podemos entender el que se utilicen la ceguera, la sordera, la enfermedad, el dormir y la muerte como ilustraciones cuando el Espíritu va a darnos una idea del estado del hombre. Y recuerda que el hombre es como es por el pecado.
Piensa también lo que ha costado el hacer expiación por el pecado y el proveer el perdón a los pecadores. El mismo hijo de Dios tuvo que venir al mundo y tomar sobre sí nuestra naturaleza para pagar el precio de nuestra redención y librarnos de la maldición de una Ley que se había quebrantado. Él, que era en el principio con el Padre y por quien todas las cosas fueron hechas, tuvo que sufrir por el pecado —el justo por los injustos— tuvo que morir la muerte de un malhechor antes de que el camino al cielo pudiera ser abierto para cualquier alma. Mira como el Señor Jesucristo es despreciado y desechado entre los hombres, azotado, escarnecido e insultado; observa como sangra en la cruz del Calvario; escucha su grito de agonía: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46); fíjate en como el sol se oscurece y las rocas se parten ante lo ocurrido. Entonces medita, joven, en qué consiste la maldad y la culpa del pecado.
Piensa también, sobre lo que el pecado ya ha hecho en la tierra. Piensa en como echó a Adán y a Eva del Edén, trajo el diluvio al mundo antiguo, hizo que bajara fuego del cielo sobre Sodoma y Gomorra, hundió a Faraón y a sus huestes en el Mar Rojo, destruyó a las siete naciones malvadas de Canaán, dispersó a las doce tribus de Israel sobre la superficie de la tierra. El pecado fue lo único que hizo todo esto.
Piensa también, sobre toda la miseria y la tristeza que el pecado ha causado y que está provocando en este mismo día. El dolor, la enfermedad y la muerte; la contienda, las peleas y las divisiones; la envidia, el celo y la malicia; el engaño, el fraude y la trampa; la violencia, la opresión y el robo; el egoísmo, la malignidad y la ingratitud; todas estas cosas son los frutos del pecado. El pecado es el padre de todas. De esta manera, el pecado ha marcado y dañado el rostro de la creación de Dios.
Joven, medita en estas cosas y no te preguntarás por qué predicamos como lo hacemos. Seguramente, si tan solo pensaras en estas cosas, romperías con el pecado para siempre. ¿Jugarás con el veneno? ¿Te tomarás el infierno en broma? ¿Tomarás fuego en las manos? ¿Ampararás al peor enemigo en tu pecho? ¿Seguirás viviendo como si para nada importara el que tus pecados sean perdonados o no, como si no importara si el pecado ejerciera su dominio sobre ti o tú lo ejercieras sobre el pecado? Oh, ¡despierta para que puedas obtener un sentido de la pecaminosidad del pecado y de su peligro! Recuerda las palabras de Salomón: “Los necios —son necios todos lo que así hacen— se mofan del pecado” (Pr. 14:9).
Escucha entonces, la petición que te hago en este día: Ora y pídele a Dios que te instruya sobre la verdadera maldad del pecado. Si anhelas la salvación de tu alma, levántate y ora.
Busca conocer a nuestro Señor Jesucristo
Por otro lado, busca conocer a nuestro Señor Jesucristo. En realidad, esto es lo principal en nuestra fe. Es la piedra angular del cristianismo. Hasta que no entiendas esto, mis advertencias y consejos serán inútiles; y todos tus esfuerzos, sin importar cuales sean, serán en vano. Un reloj sin un muelle es así de inservible como la religión sin Cristo.
Pero no quiero que me malentiendas. No me refiero a un mero conocimiento del nombre de Cristo, sino al conocimiento de su misericordia, gracia y poder; conocerle, no de oídas, sino por la experiencia del corazón. Mi deseo es que llegues a conocerle a Él por medio de la fe. Quiero, como dice Pablo, que conozcas “el poder de su resurrección… llegando a ser semejante a él en su muerte” (Fil. 3:10). Quiero que puedas decir: “Él es mi paz y mi fortaleza, mi vida y mi consolación, mi Médico y mi Pastor, mi Salvador y mi Dios”.
¿Por qué enfatizo tanto este punto? Lo hago porque solamente en Cristo “[habita]toda plenitud” (Col. 1:19), porque solamente en Él hay toda plenitud de todo lo que necesitamos para las carencias del alma. En cuanto a nosotros mismos, somos todos pobres criaturas vacías, sin nada de justicia y paz, fortaleza y consuelo, valor y paciencia, sin poder para perseverar ni para seguir adelante ni para progresar en este mundo malvado. Es solamente en Cristo que podemos encontrar todas estas cosas: Gracia, paz, sabiduría, justicia, santificación y redención. Somos cristianos firmes solamente según dependamos de Él. Es sólo cuando el yo es nada y Cristo es toda nuestra confianza, es solamente entonces cuando nos esforzaremos y actuaremos. Solamente entonces estaremos listos para la batalla de la vida y venceremos. Solamente entonces estaremos preparados para el trayecto de la vida y progresaremos. El vivir en dependencia de Cristo, el obtener todo de Cristo, hacerlo todo por medio de su fortaleza, esperar siempre en Él, éste es el verdadero secreto de la prosperidad espiritual. “Todo lo puedo —dice Pablo— en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).
Joven, en este día pongo a Jesucristo delante de ti como el tesoro de tu alma. Te invito a que comiences por ir a Él, si has de correr de tal manera que lo obtengas. Que sea éste tu primer paso: Ir a Cristo. ¿Quieres consultar a tus amigos? Él es el mejor amigo: “Amigo… más unido que un hermano” (Pr. 18:24). ¿Te sientes indigno por tus pecados? No temas, su sangre limpia todo pecado. Él dice: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is. 1:18). ¿Te sientes débil e incapaz de seguirle? No temas, Él te dará potestad para que seas hecho hijo de Dios. Él te dará el Espíritu Santo para que more en ti y te sellará como posesión suya; te dará un nuevo corazón y pondrá un nuevo espíritu en ti. ¿Estás turbado o acosado por debilidades peculiares? No temas, no hay espíritu maligno que Jesús no pueda echar fuera; no existe enfermedad del alma que Él no pueda curar. ¿Estás lleno de dudas y temores? Deséchalos: “Venid a mí”, dice Él (Mt. 11:28). “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37). Él conoce bien el corazón del joven. Conoce tus pruebas y tentaciones, tus dificultades y tus enemigos… Puede compadecerse de tus debilidades (He. 4:15); pues Él mismo padeció siendo tentado. Ciertamente, no tendrías excusa al rechazar a un Salvador y a un Amigo como éste. Escucha la petición que te hago hoy: Si amas la vida, busca conocer a Jesucristo.
Nada es tan importante como tu alma
Por otra parte, nunca olvides que nada es tan importante como tu alma. Tu alma es eterna. Vivirá para siempre. El mundo y todo lo que éste contiene pasará —sin importar su firmeza, solidez, hermosura y orden; el mundo llegará a su fin—. “Y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas” (2 P. 3:10). Las obras de los hombres de Estado, de escritores, pintores y arquitectos, son todas transitorias, tu alma vivirá más que todas ellas. Un día la voz del ángel proclamará que: “El tiempo no [será] más” (Ap. 10:6). Pero esto nunca se dirá de tu alma.
Te suplico que trates de comprender el hecho de que tu alma es lo único por lo que vale la pena vivir. Es la parte de ti que siempre debe tener el primer lugar. Ningún lugar ni empleo que sea dañino para tu alma es bueno para ti. Ningún amigo ni compañero que se burle de lo que concierne a tu alma se merece tu confianza. El hombre que le hace daño a tu persona, tu propiedad o tu carácter, solamente te hace un daño pasajero. Él verdadero enemigo es aquel que busca perjudicar tu alma.
Piensa por un momento en la razón por la cual has sido enviado al mundo. No meramente para comer, beber y satisfacer los deseos de la carne; no sólo para vestir el cuerpo y seguir la carne dondequiera que esta te lleve; no sólo para trabajar, dormir, reír, hablar, disfrutar y pensar en nada más allá de lo temporal. ¡No! Tienes un propósito más alto y mejor que éste. Fuiste colocado en este mundo para que te entrenaras para la eternidad. El único propósito de tu cuerpo es el ser una morada para tu espíritu inmortal. Es oponerse abiertamente a los propósitos de Dios, el hacer como hacen muchos: Convertir el alma en la sierva del cuerpo y no el cuerpo en el siervo del alma.
Joven, Dios no hace acepción de personas (Hch. 10:34). Él no se fija en el abrigo, la cartera, el rango o la posición de ningún hombre. Él no mira lo que mira el hombre. El santo más pobre que jamás haya muerto en un asilo para pobres es más noble en su presencia que el pecador más rico que jamás haya muerto en un palacio. Dios no mira las riquezas, los títulos, el conocimiento, la belleza, ni nada por el estilo. Hay una sola cosa que Dios mira y ésta es el alma inmortal. Él mide a todos los hombres de acuerdo a un solo estándar, una medida, una prueba, un criterio, y éste es el estado de sus almas.
No olvides esto. Mantén los intereses de tu alma siempre en mente: Mañana, tarde y noche. Levántate cada día con el deseo de verla prosperar. Al acostarte cada noche, pregúntate a ti mismo si en verdad has avanzado… que tu alma inmortal esté siempre en tu mente y que cuando los hombres te pregunten por qué vives así como lo haces, que tu respuesta siga esta línea: “Yo vivo para mi alma”. Créeme, pronto vendrá el día cuando el alma será lo único en lo cual los hombres pensarán y en el cual la única pregunta importante será la siguiente: “¿Está mi alma perdida o salvada?”.
Haz de la Biblia tu guía
Por otra parte, que tu determinación sea el hacer de la Biblia tu guía y consejera mientras vivas. La Biblia es la provisión misericordiosa de Dios para el alma pecaminosa del hombre, el mapa que debe usar para determinar el curso de su vida si su objetivo es la vida eterna. Todo lo que necesitamos saber para tener paz y ser santos o felices, ella lo contiene en abundancia. Si el joven quiere saber cómo empezar bien en su vida, que escuche lo que dice David: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Sal. 119:9).
Joven, te exhorto a que cultives el hábito de la lectura de la Biblia y que no lo abandones. No permitas que la risa de tus compañeros, ni las malas costumbres de la familia en la que vives, ni que ninguna de estas cosas sean un impedimento para que cumplas con él. Haz la decisión de que, no sólo tendrás una Biblia, sino que también sacarás el tiempo para leerla… Éste es el libro del cual el Rey David obtuvo sabiduría y entendimiento. Es el libro que el joven Timoteo conoció desde su niñez. Nunca te avergüences de leerlo. No desprecies la Palabra (Pr. 13:13).
Léela con oración, pidiendo la gracia del Espíritu para que puedas entenderla… Léela con reverencia, como Palabra de Dios, no de hombre, con una convicción implícita de que aquello que ésta aprueba es bueno y lo que condena es malo. Puedes estar muy seguro que toda doctrina que no pasa la prueba de las Escrituras es falsa. Esto te guardará de ser llevado por doquiera por las opiniones peligrosas de estos últimos días. Puedes estar muy seguro de que toda práctica en tu vida que sea contraria a las Escrituras es pecaminosa y debe ser abandonada. Esto resolverá muchos asuntos de conciencia y cortará el nudo de muchas dudas. Recuerda la forma tan diferente en que dos reyes de Judá leyeron la Palabra de Dios: Joacim la leyó e inmediatamente cortó el rollo en pedazos y lo quemó en el fuego (Jer. 36:23). ¿Por qué? Porque su corazón se rebeló en contra de la Palabra y él estaba determinado a no obedecerla. Josías la leyó e inmediatamente rasgó sus vestidos y clamó con voz potente al Señor (2 Cr. 34:19). ¿Por qué? Porque su corazón era tierno y obediente. Él estaba dispuesto a cumplir con todo lo que la Escritura le enseñaba que era su deber. ¡Oh, espero que imites al último de estos dos y no al primero!
Además, léela con regularidad. Es la única forma de llegar a ser “poderoso en las Escrituras”(Hch. 18:24). Darle un vistazo rápido a la Biblia de vez en cuando no hace mucho bien. A ese ritmo nunca te familiarizarás con sus tesoros, ni sentirás que la espada del Espíritu se ajusta a tu mano en la hora del conflicto. Sin embargo, llena tu mente de las Escrituras por medio de la lectura diligente y pronto descubrirás su valor y su poder; los textos hablarán a tu corazón en el momento de la tentación; los mandatos vendrán a tus pensamientos en la hora de la duda; las promesas acudirán a tu mente en tiempos de desaliento. De esta manera, probarás la verdad de las palabras de David: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal. 119:11); y de las palabras de Salomón: “Te guiarán cuando andes; cuando duermas te guardarán; hablarán contigo cuando despiertes” (Pr. 6:22).
Insisto en estas cosas más porque vivimos en una época de lectura. Parece que nunca se terminará la producción de libros en grandes cantidades, aunque pocos son verdaderamente provechosos. Parece que el imprimir y editar de forma barata es muy popular. Abundan los periódicos de toda clase; el tono de algunos de los que tienen mayor tirada habla mal del gusto de la época. En medio del diluvio de lectura peligrosa, abogo por el libro de mi Maestro; te exhorto a no olvidar el libro del alma. No permitas que la lectura de periódicos, novelas y romances te haga dejar a un lado a los apóstoles y profetas. No permitas que tu atención sea cautivada por aquello que es emocionante y licencioso, mientras que, al mismo tiempo, nada de lo que edifica y santifica encuentra lugar en tus pensamientos.
Joven, dale a la Biblia el honor que merece todos los días de tu vida. En todas tus lecturas, lee la Biblia primero. Además, cuídate de los libros malos. Hay muchos en estos días. Ten cuidado con lo que lees. Sospecho que de esta forma se le hace un daño a las almas que es más grave de lo que piensa la mayoría de las personas. Valora los libros según estos sean conforme a las Escrituras. Los mejores son aquellos que más se asemejan a ella y los peores, los que más lejos se encuentran de ella y más se oponen a ésta.
Los amigos íntimos
Por otra parte, nunca hagas un amigo íntimo de alguien que no es un amigo de Dios. Entiéndeme, no me refiero a conocidos. No quiero decir que no debes tener nada que ver con nadie excepto los verdaderos cristianos. El adoptar tal posición no es posible ni tampoco deseable en este mundo. El cristianismo no le exige a ningún hombre que sea descortés. Sin embargo, sí te aconsejo que seas muy cuidadoso al escoger tus amigos… Nunca estés satisfecho con la amistad de alguien que no sea útil para tu alma.
Créeme, la importancia de este consejo no se puede sobrevalorar. Es imposible estimar el daño que produce el asociarse con compañeros y amigos impíos. Existen pocas cosas que ayuden al diablo más en su tarea de arruinar el alma de una persona. Si le concedes esta ayuda, le importará poco toda la armadura con la cual te puedas proteger en contra de él. La buena educación, los hábitos precoces de moralidad, los sermones, los libros, el hogar organizado, las cartas de los padres —él conoce que todas estas cosas no te ayudarán mucho si te aferras a amigos impíos—. Podrás resistir muchas tentaciones directas y rechazar muchas trampas evidentes, pero desde que te juntes con un mal compañero, el diablo estará contento. El capítulo terrible que describe la conducta malvada de Amnón en referencia a Tamar casi comienza con estas palabras: “Y Amnón tenía un amigo… era hombre muy astuto” (2 S. 13:3).
Debes recordar que todos somos criaturas con una tendencia a la imitación: El precepto nos puede instruir, pero el ejemplo es lo que nos atrae. Hay algo en nosotros que hace que siempre estemos dispuestos a adoptar las costumbres de aquellos con los que vivimos. Mientras más nos agradan, más fuerte se vuelve esta inclinación. Sin darnos cuenta, ejercen una influencia sobre nuestros gustos y opiniones; poco a poco desechamos aquello que les desagrada y adoptamos lo que es conforme a sus gustos para hacernos amigos más íntimos de ellos. Y lo peor de todo es que adoptamos sus costumbres en las cosas que son malas mucho más rápidamente que en lo bueno. La salud, desafortunadamente, no es contagiosa, pero la enfermedad sí lo es. Es mucho más fácil coger un resfriado que impartir un color saludable —hacer que la fe del otro disminuya, en vez de hacerla crecer y prosperar—.
Joven, te pido que tomes estas cosas en serio. Antes de permitir que alguien se convierta en tu compañero constante, antes de asumir el hábito de contárselo todo, de acudir a él en medio de todos tus problemas y todos tus placeres, antes de llegar a ese punto, simplemente piensa en lo que he dicho. Pregúntate a ti mismo: “¿Esta amistad será útil para mí o no?”.
“Las malas conversaciones [en verdad] corrompen las buenas costumbres” (1 Cor. 15:33). Quisiera que ese versículo se escribiera en los corazones con la misma frecuencia que se escribe en los cuadernos de copiar. Los buenos amigos son parte de nuestras más grandes bendiciones: Pueden guardarnos de mucha maldad, animarnos en el camino, hablar palabras al cansado, orientarnos hacia arriba y hacia delante, pero un amigo malo es una desgracia definitiva, un peso que nos arrastra continuamente hacia abajo y nos mantiene encadenados a la tierra. Cultiva la compañía de un hombre irreligioso y es más que probable que, al final, terminarás siendo igual que él. Ésta es la consecuencia general de este tipo de amistad. El bueno desciende al nivel del malo, pero el malo no sube al nivel del bueno…
Insisto en este punto porque tiene más que ver con tus posibilidades en la vida que lo que pueda aparentar a primera vista. Si algún día te casas, es muy probable que escojas una esposa entre las conexiones de tus amigos. Si Joram, el hijo de Josafat, no hubiera formado una amistad con la familia de Acab, entonces es muy probable que no se hubiera casado con la hija de Acab. ¿Quién puede valorar la importancia de hacer una buena elección en el matrimonio? Es un paso que, como dice el viejo refrán, edifica o destruye al hombre. Tu felicidad en ambas vidas puede depender de él. Tu esposa será una ayuda para tu alma o la perjudicará; no hay punto intermedio. Ella aumentará la llama de la piedad cristiana en tu corazón o le echará agua fría y hará que su luz sea muy débil… El que encuentra una buena esposa, en verdad “halla el bien” (Pr. 18:22), pero si tienes algún deseo de encontrarla, ten mucho cuidado de cómo escoges a tus amigos.
¿Quieres saber qué tipo de amigos debes escoger? Escoge aquellos que beneficiarán tu alma, amigos que realmente puedas respetar; amigos que quisieras tener cerca en tu lecho de muerte; amigos que amen la Biblia y no tengan temor de hablarte sobre ella; aquellos que no tendrás vergüenza de admitir que son tus amigos cuando regrese Cristo y en el Día del Juicio. Sigue el ejemplo de David; él dice: “Compañero soy yo de todos los que te temen y guardan tus mandamientos” (Sal. 119:63). Recuerda las palabras de Salomón: “El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado” (Pr. 13:20). Pero puedes estar seguro de lo siguiente: Las malas compañías en la vida presente son una manera segura de procurar una compañía aún peor en la vida venidera.
Tomado de Thoughts for Young Men (Pensamientos para jóvenes), disponible en Chapel Library.
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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo anglicano, que nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.