1.- La Palabra de Dios es vital para producir y conservar la fe
Así como fue la semilla de tu conversión, ahora la Palabra de Dios es la leche que conserva tu fe. Aliméntate frecuentemente de ese pecho. Los niños no pueden mamar largamente ni digerir gran cantidad de comida a la vez; necesitan alimentarse con frecuencia: “Renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá” (Is. 28:10).
El que enseñó a los creyentes a orar por su pan de cada día sabía que ellos lo necesitaban; y seguramente no se refería solamente al pan natural. En el mismo capítulo dice: “Buscad primeramente el reino de Dios” (Mt. 6:33). Atesora la Palabra, cristiano, aliméntate de ella, ya sea mediante un sermón, una charla privada con un amigo o en tu tiempo de meditación personal.
¡Ojalá los creyentes que se quejan de su débil fe investigaran la causa de esa debilidad! Es porque la fe no se ha alimentado de la Palabra. Antes soportabas muchas presiones por mantenerte en la comunión de la Palabra de Dios, y siempre te beneficiaba el quitar el tiempo de otras cosas. Pero ahora que gradualmente has dejado de acudir a Dios en su Palabra, hay un triste cambio: no te es fácil confiar en él; y tienes poca autoridad sobre tu incredulidad.
El mejor consejo que puedo darte es lo que los médicos recomendaban para tener un cuerpo sano: averiguaban dónde había nacido el paciente y lo enviaban allí. Te pregunto: Si alguna vez tuviste fe, ¿dónde nació y creció esta? ¿No fue en el dulce ambiente del oír, meditar y orar sobre la Palabra? Corre cuanto antes adonde primero cobraste vida, donde tu fe prosperó y creció en un principio.
2.- Examina tu conciencia
La buena conciencia es el barco en que navega la fe. Si la conciencia se va a pique, ¿cómo estará la fe segura? Tú sabes cuáles son los pecados que destruyen la conciencia: los pecados deliberados o repetidos sin arrepentimiento. ¡Guárdate de estos pecados deliberados! Cual piedra lanzada a un claro arroyo, enturbiarán la conciencia hasta que no puedas ver el reflejo de la promesa.
Pero aunque hayas caído en la fosa del pecado, no te quedes allí. La oveja puede caer a una zanja, pero solo el cerdo se revuelca en ella. Por tanto, será muy difícil fomentar la fe en la promesa si tu manto está sucio y tu rostro embarrado de pecado. Es peligroso beber veneno, pero mucho más letal es dejarlo permanecer en el cuerpo por mucho tiempo. Aunque seas creyente, no puedes actuar con fe hasta que limpies tu corazón con el arrepentimiento.
3.- Practica tu fe
Vivimos por la fe, y la fe vive por el ejercicio. Algunas personas fuertes no están contentas si no tienen mucho trabajo. Si las obligas a quedarse sentadas, las matarás. Igualmente, si estorbas la obra de tu fe, estás amenazando su vida.
No experimentamos las gloriosas victorias en oración porque a menudo no permitimos que ore la fe. Si un niño ve muy poco a sus padres, no se emocionará mucho al verlos. ¿Por qué somos incapaces de vivir de una promesa durante una crisis? Seguramente porque no vivimos de esa promesa todos los días. Mientras más consultemos la promesa, mayor confianza le concederemos. No confiamos en los extraños tanto como en un buen amigo.
¡Cuántas aventuras se emprenden sin invitar siquiera a la fe, ni considerar la promesa desde el principio hasta el fin del asunto! Por tanto, cuando nos hace falta la fe en una emergencia determinada, nuestra fe no aparece. Es como aquel siervo que se escapa porque su amo pocas veces le da trabajo. Cuando su dueño lo llama en alguna situación extrema, no lo encuentra. Cristiano, que tu fe no se quede mucho tiempo inactiva. Si no la utilizas cuando debieras, puede que te falle cuando más falta te haga.
4.- Enfréntate a cualquier incredulidad residual
El arrepentimiento recupera aquello que la fe pierde por la incredulidad. David se avergonzó sobremanera de su incredulidad, y confesó: “Tan torpe era yo […]. Era como una bestia delante de ti” (Sal. 73:22). Por esta humilde confesión, la fe de David recuperó el control y afirmó: “Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria” (vv. 23,24).
Tienes un juez en el corazón al que Dios mismo ha comisionado para reprenderte y avergonzarte cuando pecas. No hay pecado que más deshonre a Dios que la incredulidad; y esa espada desgarra su Nombre más profundamente cuando la maneja un creyente. La herida en casa de sus amigos afecta dolorosamente al corazón tierno de Dios. Comprenderemos mejor por qué el pecado de la incredulidad lastima el corazón de Dios, si consideramos los estrechos lazos de familia que existen entre el creyente y el Señor.
Piénsalo una y otra vez, cristiano: con la incredulidad testificas falsamente acerca de Dios. Cuando el mundo te oye hablar mal de tu Padre, ello puede endurecer la opinión que tiene de Dios, hasta llegar a la incredulidad final y a la impenitencia. La manera de degradar al máximo la reputación de alguien es decir: “Ni siquiera sus hijos confían en él, ni hablan bien de él”. Pregúntate a ti mismo si estás dispuesto a ser un instrumento para mancillar el buen nombre de Dios ante el mundo. Tu corazón debe estremecerse ante esa mera idea; y la incredulidad que te llevó a hacer esto tan a menudo herirá tu corazón. Así no volverás a empuñar esa espada contra Dios.
5.- Esfuérzate por aumentar tu fe
Ninguno corre más peligro de perder la fe que aquel que se conforma con la que ya tiene. Una chispa se apaga antes que una llama, una gota se seca más fácilmente que un río. Mientras más fuerte sea tu fe, más segura estará contra los ataques enemigos. Cuando el espionaje descubre una fortaleza mal protegida, normalmente el enemigo la ataca enseguida. El diablo es cobarde, y le encanta pelear en el punto donde tiene más ventaja; y no hay ventaja mayor que la fe débil de un cristiano.
Si supieras las muchas ventajas de la fe fuerte sobre la débil, no descansarías hasta poseerla. La fe fuerte vence aquellas tentaciones que pueden apresar a la débil. Cuando la fe de David prevaleció, se enfrentó a la muerte sin temor: “El pueblo hablaba de apedrearlo […], mas David se fortaleció en Jehová su Dios” (1 S. 30:6). Pero cuando su fe se debilitó, estuvo dispuesto a huir y esconderse para salvarse (1 S. 21:13).
La fe fuerte libera al cristiano de aquellos pensamientos que oprimen a la débil: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera” (Is. 26:3). Mientras mayor sea la fe, mayor será la quietud y paz interior; con poca fe, hay poca paz y serenidad en las tormentas que seguramente atraerán los temores incrédulos.
La fe débil llevará al cristiano al Cielo tan seguramente como la fuerte, porque es imposible que perezca el menor vestigio de verdadera virtud, siendo esta una simiente incorruptible. Pero el cristiano inseguro no tendrá un viaje tan placentero como el fuerte. Aunque todos los pasajeros del barco llegarán a salvo a puerto, el que se marea en el mar no disfrutará tanto de la travesía como el sano. El enfermo se pierde las agradables sorpresas que deparan las gratas etapas del viaje. El fuerte lo juzga todo con gran expectación, y mientras anhela de corazón llegar a casa, su gozo acorta y endulza el camino.
Así que, cristiano, hay muchos deleites que los creyentes encuentran en el camino al Cielo, además de aquello que Dios tiene para ellos al final. El cristiano cuya fe es fuerte para actuar basándose en la promesa, encuentra y posee estos placeres. El que ve las glorias espirituales de la promesa canta durante todo el camino; pero el ojo de la fe del cristiano inseguro está tan cegado por el temor incrédulo que no ve nada que le produzca gozo, sino que suspira a causa de sus pensamientos apesadumbrados y perturbados.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall