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El diablo tiene que esforzarse aún más cuando Cristo toma el castillo y lo guarda por el poder de su gracia. Es obvio que todos los dardos disparados contra Job eran de esta clase. Cuando Dios le permitió al diablo practicar su habilidad, ¿por qué no tentó este a Job con alguna manzana dorada de provecho o de placer? Seguramente el alto testimonio que Dios había dado de su siervo decidió a Satanás en contra de este método; sin duda ya había probado el valor de Job encontrándolo inexpugnable. No le quedaba otra salida que esta. Estudiemos ahora tres ejemplos de esta clase de dardo de fuego, y veamos cómo la fe puede apagarlos todos: las tentaciones al ateísmo, la blasfemia y la desesperación.

1.- El dardo de fuego del ateísmo

La primera tentación temible de Satanás es su dardo del ateísmo: una flecha que él apunta con atrevimiento al Ser del propio Dios. Es verdad que el diablo, que no puede volverse ateo él mismo, tampoco es capaz de convertir en ateo a un hijo de Dios, porque este no solo tiene, al igual que otros hombres, el sello indeleble de la Deidad en su conciencia, sino también una imagen de la naturaleza divina en su corazón que irresistiblemente le muestra a un Dios Santo. Es imposible que el corazón santificado sea completamente vencido por esta tentación, ya que la imagen de Dios en él prueba que fue creado “según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:24).

Los impíos no son absueltos del ateísmo por una seca profesión de creencia en Dios mientras sus débiles pensamientos no produzcan obediencia a él. “La iniquidad del impío me dice al corazón: No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Sal. 36:1). David atribuye la maldad de la vida del pecador a su corazón ateo. Al contrario, la vida santa del creyente salvado por la gracia dice que el temor de Dios está delante de sus ojos y su fe en Dios es evidente. Aunque el cristiano nunca morirá por la tentación al ateísmo, esta puede perseguirle. Ahora te mostraré cómo es posible para la fe del cristiano apagar este dardo de fuego.

2.- Cómo la fe apaga el dardo del ateísmo

¿Por qué nos hace falta fe para ello? ¿No bloqueará la razón estas mentiras diabólicas? ¿Acaso verá a Dios el ojo de la razón sin mirar por la lente de la fe?

La razón es en sí un don de Dios que puede demostrar su existencia. Hasta allí donde la Escritura nunca ha llegado, el pueblo reconoce alguna deidad: “Todos los pueblos anden cada uno en el nombre de su dios” (Mi. 4:5). Pero bajo el furioso asalto de la tentación, solo la fe podrá apagar el fuego de este dardo.

La razón es vaga y hace poco más que demostrar la existencia de Dios; nunca demostrará quién ni cómo es este Dios. Hasta que Pablo dio a conocer al Dios verdadero a los atenienses, estos tenían poca luz, aunque su ciudad era el centro mundial de la sabiduría. Las Escrituras enseñan el plan divino para conocerlo, no por cultura avanzada ni conocimientos mundanos, sino por la verdad: “Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay” (He. 11:6). La fe cuenta plenamente con el aval de la Palabra y acepta todo bajo su autoridad. Debe “creer que le hay”, no solo sabiendo que Dios existe, sino que es Dios, un paso que la razón nunca podrá dar por sí misma.

La naturaleza humana es tan ciega que hemos deformado nuestro concepto de Dios, hasta que podemos ver su rostro en el espejo de la Palabra. Con la excepción de Jesús, todos son ateos por naturaleza, porque a la vez que reconocen un Dios niegan su poder, presencia y justicia. Solo le permiten ser lo que les agrade a ellos: “Pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21).

Aun si la razón pudiera demostrar todo lo que es Dios, sería peligroso disputarlo con Satanás. Él razona con mayor astucia que tú. Hay más diferencia entre tú y Satanás que entre el idiota más incompetente y el mejor teólogo del mundo. Pero en la Palabra hay una gran autoridad divina que levanta un trono hasta en la conciencia del diablo mismo.

Aunque Cristo puede asombrar al diablo con su razonamiento, elige vencerlo de la misma manera que debemos emplear nosotros en las escaramuzas con Satanás. Lo repelió sencillamente levantando el escudo de la Palabra: “Escrito está” (Mt. 4:4,7,10). No se puede negar el poder de las Escrituras que Cristo utilizó para dejar a Satanás aturdido; el enemigo astuto no tenía respuesta para la Palabra, sino que su mera mención lo calló.

Si Eva se hubiera mantenido firme en su primera respuesta: “Dios ha dicho” (Gn. 3:3), también ella habría callado a Satanás. El cristiano debe soportar el ardor de la tentación poniendo la Palabra de Dios entre él mismo y los golpes de Satanás: “Creo que Dios existe, aunque no comprenda su naturaleza; creo la Palabra”. Entonces, Satanás podrá molestarlo, pero no dañarlo; y probablemente ni siquiera lo moleste por mucho tiempo. El diablo odia tanto la Palabra que no quiere oírla. Pero si tiras este escudo de la Palabra e intentas cortar la tentación a fuerza de razonamientos, pronto te verás cercado por tu sutil adversario.

Entre los que reclaman ser ateos, la mayoría han dado de lado la Palabra, dejando que su propio entendimiento soberbio, junto con el juicio justo de Dios, los lleven al ateísmo. Han dado la espalda a Dios y a su Palabra, hurgando en los secretos de la naturaleza, para ser admirados por sus conocimientos. Pero como los mineros que llevan una luz bajo tierra hasta que se apague, los juicios secretos de Dios apagan la luz que llevan consigo: “¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?” (1 Cor. 1:20).

Ciertamente el don divino del razonamiento puede confirmar ese otro don de Dios que es la verdad. Pero si el razonamiento no se queda en su lugar, mantiene la incredulidad del hombre. La fe no depende del razonamiento, sino este de la fe. No debo creer la Palabra meramente porque concuerde con mi razonamiento, sino que debo confiar en mi razonamiento si concuerda con la Palabra. Un carpintero pone la regla en una tabla para ver si es recta o torcida; pero la regla, que no el ojo, lo determina. Siempre puede confiar en su regla.

Por tanto, deja que la Palabra, como la piedra de David en la onda de la fe, venza la tentación, y luego, igual que aquel utilizó la espada de Goliat para cortarle la cabeza al gigante, podrás emplear el razonamiento para redondear la victoria contra los ataques ateos de Satanás.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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