En BOLETÍN SEMANAL

“Y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca”.- Salmo 33:6

Los teólogos rigurosos y lúcidos de los períodos más florecientes de la Iglesia, solían distinguir entre las obras que moran al interior de Dios y las obras externas de Dios. La misma distinción existe, en cierta medida, dentro de la naturaleza. El león que observa a su presa, difiere ampliamente del león que está descansando entre sus cachorros. Se pueden observar los ojos centelleantes, la cabeza levantada, los músculos tensos y la respiración jadeante. Se puede ver que el león está al acecho, esforzándose intensamente. Sin embargo, el acto se encuentra sólo en fase de contemplación. El calor, la agitación y la tensión nerviosa, ocurren todos por dentro. Una acción terrible está a punto de ocurrir, pero está aún bajo control, hasta que él se abalanza con un rugido estrepitoso sobre su víctima desprevenida, enterrando sus colmillos profundamente en la carne temblorosa.

Encontramos la misma diferencia entre los hombres, aunque de una forma más sutil. Cuando una tormenta ha causado estragos en el mar, y el destino de los barcos de pesca que se espera que regresen con la marea, es aún incierto, la esposa de un pescador, atemorizada, se sienta en la cima de una duna observando y esperando, enmudecida y en suspenso. Mientras espera, su corazón y su alma se esfuerzan arduamente, elevando una oración; los nervios están tensos, la sangre corre rápido, y la respiración se encuentra casi suspendida. Sin embargo, no ocurre ningún acto externo, sino sólo un arduo trabajo en su interior. Pero después del regreso seguro de los barcos de pesca, cuando ella distingue el suyo, emite un grito de gozo que alivia su sobrecargado corazón.

O bien, tomando ejemplos de las más comunes condiciones de la vida, compare al estudiante; el becario; el inventor, ideando su nuevo invento; el arquitecto, creando sus planes; el general, estudiando sus oportunidades; el fornido marinero, escalando ágilmente el mástil de su embarcación; o aquel herrero, elevando el mazo para golpear el hierro encendido sobre el yunque, con concentrada fuerza muscular. Al juzgar superficialmente, se podría decir que el herrero y el marinero están trabajando, pero que los hombres eruditos se encuentran ociosos.

Sin embargo, aquel que mira bajo la superficie, conoce que la situación no es lo que parece. Pues, aunque esos hombres no realizan ningún trabajo manual aparente, trabajan con el cerebro, los nervios y la sangre; sin embargo, dado que esos órganos son más delicados que una mano o un pie, su obra interna, invisible, es mucho más agotadora. Con todo su esfuerzo, el herrero y el marinero son imágenes de salud; mientras que los hombres que están haciendo trabajo mental, aunque aparentemente ociosos entre sus pliegos de papel, están pálidos de agotamiento, y su vitalidad está siendo casi consumida por su uso intenso.

Al aplicar esta distinción a las obras del Señor, sin sus limitaciones humanas, nos encontramos con que las obras externas de Dios tuvieron su comienzo cuando Dios creó los cielos y la tierra, y que antes de ese momento, que marca el nacimiento del tiempo, no existía nada, sino sólo Dios trabajando dentro de Sí mismo. De aquí esta doble operación: La primera, manifiesta externamente, conocida para nosotros en los actos de crear, sostener, y dirigir todas las cosas- actos que, en comparación con los de la eternidad, no parecen haber comenzado sino ayer, pues, ¿qué son miles de años en la presencia de eras eternas? La segunda, tras y bajo la primera, una operación no iniciada ni terminada, pero eterna como Él mismo; más profunda, más rica, más completa; sin embargo, no manifiesta, oculta en Su interior, y que por tanto se denomina Su obra interna.

A pesar de que apenas se puede separar ambas operaciones- pues nunca hubo una manifiesta sin que primero se completara internamente, aun así la diferencia es fuertemente marcada y fácilmente reconocible. Las obras que moran al interior de Dios provienen de la eternidad, mientras que las obras externas pertenecen al tiempo. Las primeras preceden, las últimas, siguen. Los fundamentos de lo que se vuelve visible, yace en aquello que permanece invisible. La luz misma está oculta, es sólo la radiación la que aparece.

En relación a las obras que moran al interior de Dios, las Escrituras dicen: “El consejo de Jehová permanecerá para siempre; Los pensamientos de su corazón por todas las generaciones”. (Salmo 33:11). Dado que en Dios, el corazón y el pensamiento no tienen existencia por separado, sino que Su Esencia íntegra piensa, siente, y desea, de este importante pasaje se aprende que el Ser de Dios obra en Sí mismo desde toda la eternidad. Esto responde a la tan reiterada y necia pregunta, “¿Qué hizo Dios antes de que creara el universo?”, ¡la cual es tan irracional como preguntar qué hizo el pensador antes de que expresara sus pensamientos, o el arquitecto antes de que construyera la casa!

Las obras que moran al interior de Dios, las cuales provienen de lo eterno y van hacia lo eterno, no son insignificantes, sino que superan Sus obras externas en profundidad y fuerza, así como el pensamiento del estudiante y la angustia del que sufre superan en intensidad sus expresiones más fuertes. “Si pudiera llorar”, dice el afligido, “¡cuánto más fácilmente podría soportar mi dolor!” ¿Y qué son las lágrimas, sino la expresión exterior del dolor, que alivia la pena y la tensión del corazón? O se podría pensar en la maternidad de una madre antes del parto. Se dice que el decreto ha “tenido efecto” (Sof. 2:2); lo que significa que el fenómeno es sólo el resultado de una preparación que ha sido oculta a la vista, pero más real que la producción, y sin la cual no habría nada para dar a luz.

Así pues, la expresión de nuestros primeros teólogos está justificada, y la diferencia entre las obras que moran al interior y las obras externas, es patente.

En consecuencia, las obras que moran al interior de Dios, son las actividades de Su Ser sin distinción de las Personas, mientras que Sus obras externas, admiten, y en cierta medida exigen la distinción: por ejemplo, que la común y bien conocida distinción de la obra del Padre, como la de creación, la del Hijo, como la de redención, y la del Espíritu Santo, como la de santificación; se refiere únicamente a las obras externas de Dios. Aunque estas acciones- creación, redención y santificación- se ocultan en los pensamientos de Su corazón, Su consejo y Su Ser. Padre, Hijo y Espíritu Santo es quien crea, Padre, Hijo y Espíritu Santo es quien redime.  Padre, Hijo y Espíritu Santo es quien santifica; sin ningún tipo de división ni distinción de actividades. Los rayos de luz que se encuentran ocultos en el sol, son indivisibles e indistinguibles hasta que irradian; asimismo, el obrar interno del Ser de Dios, es uno y un todo; Sus glorias personales permanecen invisibles hasta que son reveladas en Sus obras externas. Una corriente de agua es un todo, hasta que cae sobre el precipicio y se divide en múltiples gotas. Así es la vida de Dios, única e indivisible mientras se encuentra oculta dentro de Sí mismo; pero cuando se derrama en las cosas creadas, sus colores se muestran revelados. Cómo entonces, las obras que moran al interior del Espíritu Santo son comunes a las tres Personas de la Divinidad, no lo discutiremos, sino sólo trataremos aquellas acciones que lleven las marcas personales de Sus obras externas.

Sin embargo, no se pretende enseñar que la distinción de los atributos personales de Padre, Hijo y Espíritu Santo, no existían en el Ser divino, sino que se originaban sólo en Sus actividades hacia el exterior.

La distinción de Padre, Hijo y Espíritu Santo es la característica divina del Ser Eterno, Su modo de subsistencia, Sus fundamentos más profundos; sería absurdo pensar en Él sin esa distinción. De hecho, en la economía divina y eterna del Padre, Hijo y Espíritu Santo, cada una de las Personas divinas vive, ama y alaba según Sus propias características personales, de modo que el Padre permanece siendo Padre hacia el Hijo, y el Hijo permanece siendo Hijo hacia el Padre, y el Espíritu Santo procede de ambos.

Es correcto preguntar de qué manera esto concuerda con la declaración hecha anteriormente, en relación a que las obras que moran al interior de Dios pertenecen, sin distinción de Personas, al Padre, Hijo y Espíritu Santo; y son, por lo tanto, las obras del Ser divino. La respuesta se encuentra en la cuidadosa distinción de la doble naturaleza de las obras que moran al interior de Dios.

En el Ser divino, algunas acciones están destinadas a ser reveladas en el tiempo; otras, permanecerán para siempre no reveladas. Las primeras son concernientes a la creación; las últimas, son sólo concernientes a las relaciones de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se puede tomar, por ejemplo, la elección y la creación eterna. Ambas son obras que moran en el interior de Dios, pero con marcada diferencia. La creación eterna del Hijo realizada por el Padre, jamás podrá ser revelada, sino que será el misterio eterno de la Divinidad; mientras que la elección pertenece como decreto a las obras que moran en el interior de Dios; sin embargo, está destinada a hacerse manifiesta en la plenitud de los tiempos, en el llamado de los escogidos.

En cuanto a las obras que moran permanentemente al interior de Dios, que no se relacionan con la criatura, sino que fluyen de la relación mutua del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; se debe mantener la atención en las características distintivas de las tres Personas. Pero con las que han de hacerse manifiestas, en relación con la criatura, esta distinción desaparece. Aquí se aplica la regla de que todas las obras que moran en el interior, son actividades del Ser Divino, sin distinción de Personas. A fin de ilustrar: En el hogar existen dos tipos de actividades, una se deriva de la relación mutua de los padres y los hijos, y la otra es relativa a la vida social. En la primera, nunca se ignora la distinción entre padres e hijos; en la última, y si la relación es normal, ni el padre ni sus hijos actúan de forma separada, sino que actúa la familia como un todo. Aún así, en la santa y misteriosa economía del Ser divino, cada acción del Padre sobre el Hijo, y de ambos sobre el Espíritu Santo, es distinta; pero en todo acto externo se trata siempre del único Ser divino, de quien los pensamientos de Su corazón son para todas Sus criaturas. Por esa razón, el hombre natural no conoce más, sino sólo que tiene que ver con un Dios. Los Unitarios, negando la Santísima Trinidad, nunca han alcanzado algo más elevado que aquello que puede ser visto por la luz del oscurecido entendimiento humano. A menudo se descubre que muchos bautizados con agua, pero no con el Espíritu Santo, hablan del Dios Trino sólo porque otros lo hacen. Sólo saben que Él es Dios. Esta es la razón por la cual el conocimiento discriminatorio del Dios Trino no puede iluminar el alma hasta que la luz de la redención brille por dentro, y la Estrella de la mañana se levante en el corazón del hombre. Nuestra Confesión lo expresa correctamente, diciendo: “Todo esto lo sabemos tanto por el testimonio de la Sagrada Escritura como por sus acciones, y principalmente por aquellos que sentimos en nuestro interior,” (art. IX).

Extracto del libro: La Obra del Espíritu Santo.

Autor: Abraham Kuyper (1837–1920) fue una de las figuras más influyentes del calvinismo holandés del siglo XIX y principios del XX. Fue simultáneamente pastor, teólogo, periodista, profesor universitario, dirigente político y primer ministro de los Países Bajos.

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