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La esperanza es una virtud que los cristianos necesitan continuamente, mientras dure la guerra contra el pecado y Satanás. No se nos manda tomar el yelmo de la salvación para una ocasión especial, colgándolo luego hasta que haya otra emergencia, sino tomarlo y no soltarlo hasta que Dios nos quite el yelmo y nos ponga una corona en su lugar. Ciertas armas solo se utilizan de vez en cuando: después se guardan y no se echan en falta. Pero el consejo de Pedro es: “Sed sobrios, y esperad por completo…” (1 P. 1:13).

El cristiano tiene esperanza mientras tenga vida, y no estará por encima de ella hasta que se encuentre en el Cielo. Una vez que entre por las puertas de aquella ciudad gloriosa, podrá decir: “La armadura para la tierra; el manto para el Cielo”. La esperanza sale a combatir y espera al cristiano hasta que termine la última batalla. Entonces la esperanza y la fe juntas lo entregan en manos del amor y del gozo, listos para llevarlo a la presencia de Dios. Para reflexionar con mayor profundidad en cuanto al servicio que la esperanza le presta al cristiano, consideraré cinco temas en particular: primero, la esperanza y las obras excelentes; segundo, la esperanza y la diligencia en todo servicio; tercero, la esperanza y la paciencia en el sufrimiento; cuarto, la influencia de la esperanza en el cristiano afligido; y quinto, la esperanza y el consuelo cuando Dios tarda en cumplir la promesa.

La esperanza y las obras excelentes

La esperanza de salvación capacita al cristiano para obras dignas y excelentes. Es una virtud concebida para efectuar hazañas. Así como la esperanza carnal mueve a los hombres carnales a proezas que les proporcionan gran reputación en el mundo, esta esperanza celestial influye en las obras del cristiano.

¿Qué es lo que hace que el intrépido soldado corra a la misma boca de la muerte? Espera rescatar el honor de las fauces de esta. La esperanza es el yelmo y la protección que tranquilizan a ese soldado ante cualquier peligro. ¿Qué es lo que le hace a un hombre destrozarse las manos trepando por una montaña, para llegar a un lugar inhóspito y sin hermosura? Allá arriba lo envuelven las nubes y puede mirar por encima de las cabezas de los demás, viendo más lejos que ellos. Si estas esperanzas, motivadas por la ambición y la imaginación humanas, impulsan tales proezas, ¡cuánto más la esperanza de la vida eterna impulsará al creyente a nobles hazañas! Miremos algunos ejemplos de ello…

1.- La esperanza libera de los malos deseos

Cuando Moisés fue a llevar a Israel la esperanza de la próxima salvación de Dios, su pueblo experimentó un gran cambio. Habían temblado bajo la opresión egipcia sin intentar sacudirse el yugo; pero ahora lo rompieron y marcharon hacia el reposo prometido. No parecía importarles que el Faraón los persiguiera con rabiosa determinación; los fortalecía la esperanza.

¡Qué desamparado está aquel que no tiene esta esperanza celestial! Satanás lo esclaviza y sujeta a toda vil pasión. El diablo lo lleva adonde y cuándo quiere. Ningún charco es demasiado sucio para que Satanás lo arrastre por él. El desgraciado le sigue porque no conoce mejor amo, ni mejor paga que los placeres sensuales de sus concupiscencias.

Una vez que esta persona haya oído las nuevas de la salvación y pueda ver la gloria trascendente de Dios, con el ofrecimiento de la esperanza que heredará si cambia a Satanás por Cristo, hará un holocausto con sus concupiscencias. Inmediatamente buscará la forma de darles muerte: “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3). Como un príncipe cautivo, considera sus malas pasiones como viles secuestradores. ¡Ah, si pudiera escapar para disfrutar de su corona y su reino! Por tanto, planea la venganza suprema contra sus raptores.

¿Tienes algún pecado que se niegue a humillarse? ¿Te ha atrapado la pasión por el dinero? ¡Sea tu esperanza del Cielo lo bastante fuerte como para expulsar a este demonio! ¿Podrá el oro controlarte ahora que esperas heredar una ciudad donde el oro no vale nada? Esa ciudad está pavimentada con oro; Dios dice que andaremos sobre él. ¿Ocupa el oro un lugar en tu corazón ahora, cuando algún día estará bajo tus pies?

2.- La esperanza causa el rechazo de los placeres mundanos

El materialismo mundano esclaviza a los seres humanos y los sujeta como una cadena. Pero cuando la fe descubre la herencia del cristiano en el Cielo, y la esperanza le dice lo pronto que abandonará esta tierra, el valor de los bienes mundanos decae rápidamente. El creyente puede renunciar a los bienes terrenales que tiene cuando Dios se lo ordene, porque su esperanza del Cielo hace que los valore tan poco como Saúl, una vez ungido, apreciaba las asnas de su padre.

Aquellos que han tenido una visión de la Gloria no temen a la muerte. Simeón no quería vivir ni un día más después de haber visto la salvación de Dios. Abraham también tenía esta esperanza de salvación, por ello “habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena […], porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (He. 11:9-10). Canaán podría haberle agradado, si Dios no le hubiera hablado del paraíso que pensaba darle. En comparación con este, la tierra Prometida parecía un desierto. El que mira hacia al Cielo quita los ojos del mundo: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil. 3:20).

Uno invierte allí donde cree que tendrá mayor beneficio. El publicano se sentaba a recaudar impuestos. El aristócrata permanece cerca del trono de su príncipe. El empresario trabaja en su almacén. Pero la esperanza del cristiano le hace dar todo esto de lado. “Mi esperanza no está aquí, y este no es mi hogar”, se dice. “Mi esperanza se encuentra en el Cielo, y espero la llegada del Salvador. Mi salvación está en él. Ahí vivo, ando y espero”.

Nada excepto la firme esperanza de salvación es capaz de reemplazar la esperanza mundana. Uno no puede vivir sin esperanza alguna. Si no tiene esperanza del Cielo, tendrá que adoptar una terrenal. ¿Qué mejor para el corazón carnal que la esperanza mundana? No es fácil abandonar la esperanza, por parca que sea. El que se está ahogando se aferra a un débil junco, y morirá agarrado a él con tal de no soltarlo.

Félix es un buen ejemplo de esto. Pablo le predicó un gran sermón, y aunque el predicador estaba preso y Félix hacía de juez, Dios armó la Palabra de forma que el segundo temblaba al oír al apóstol hablar acerca de la justicia, la templanza y el Juicio venidero. Aunque su conciencia luchaba con el temor del Juicio, Félix aún perseguía algún soborno. Lo cual no le salió bien; la vana esperanza de dinero le hizo negarle la libertad a Pablo, pero la bendita esperanza del Cielo que este tenía le llevó a rechazar la compra de su libertad con el soborno.

3.- La esperanza da valor al cristiano

Pedro la llama “una esperanza viva” (1 P. 1:3), y los que la poseen son valientes. Se puede esperar más de ellos que de muchos otros. ¿Por qué son algunos torpes y lentos en el servicio de Dios? Porque su esperanza también está aletargada. La falta de esperanza y la falta de vida van juntas.

El que cree que trabaja gratis, no trabaja con ganas. El vendedor atiende primero y mejor al cliente que paga bien. Si tratáramos a Dios de esta misma manera, dejaríamos todo lo demás por sus intereses. Esta idea le hizo a Pablo entregarse tanto al evangelio que perdió sus amigos mundanos y dio la vida “por la esperanza de la promesa” (Hch. 26:6).

4.- La esperanza fomenta deseos santos

Mientras más crece nuestra esperanza de salvación, más anhela nuestro corazón los deseos santos: “Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:23). La esperanza espera y no deja descansar al alma hasta que toda la mies en el campo de la promesa haya sido cosechada y guardada. Mientras más plazos de pago recibe el cristiano, más clama su alma por la herencia completa.

a) Estas muestras dan a conocer al cristiano los gozos celestiales

A medida que aumenta la percepción del Cielo, crecen los deseos del cristiano que se expresan en su anhelo por el dulce festín que disfrutan los creyentes en la Gloria. Aquí abajo, solo puede gustar lo suficiente para despertar su sed sin saciarla. Es más difícil vivir a este lado del Cielo ahora, que antes de haberlo vislumbrado. Pasa lo mismo que con aquel que halla a la puerta y oye la gran fiesta que se está celebrando dentro. Por el ojo de la cerradura puede ver la gran abundancia de que disfrutan los comensales. Huele la comida deliciosa y degusta las sobras de la mesa. Nadie anhela más el Cielo que aquellos que más lo disfrutarán. Su clamor continuo es: “¿Por qué tarda tanto en venir?”.

El cristiano nunca podrá perder del todo la esperanza. Tal vez esta se vea recortada y retrasada por los días invernales que aparecen en medio de la primavera, los cuales resultan más dañinos porque el sol ha hecho ya brotar las flores. De la misma manera, la tardanza de Dios impresiona tristemente a quienes, por encima de los demás, han avanzado en sus expectativas hasta llegar a gozarse en la esperanza de gloria. La espera puede ser una gran prueba para el alma.

b) La gracia y el consuelo actuales alientan al cristiano a esperar más

“Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré” (Sal. 63:7). La gracia presente de Dios hace que David se goce en la esperanza de lo que está por venir, y esta esperanza le hace anhelarlo más aún: “Está mi alma apegada a ti” (v. 8). Dios da a su pueblo experiencias con el fin de aumentar las expectativas de este de mayor misericordia de su mano: “Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza” (Os. 2:15). Dios nos dice las bendiciones que dará al alma que entra en pacto con él y se une a Cristo. Habla de su trato con Israel, la cual salió del desierto donde había vagado y sufrido privaciones indecibles durante cuarenta años, para entrar en la tierra agradable y fértil donde se encontraba Acor.

Acor era un territorio de poco valor, porque Dios no quiso que los israelitas se deleitasen en la tierra en sí, sino solo como puerta de entrada a la posesión de su gloriosa herencia. Josué creyó a Dios, y adelantó el estandarte de Israel con gran valor contra sus peores enemigos, sabiendo que el hombre no puede cerrar la puerta que Dios ha abierto.

Toda ayuda específica de Dios al cristiano contra una tentación en particular es como un Acor: una puerta de esperanza desde donde el creyente puede esperar la derrota total de esa semilla maldita que hay en su corazón. Y cuando Dios añade un mínimo grado de fortaleza a su gracia y su consuelo, nos está dando un Acor, una puerta de esperanza en cuanto a que consumará ambas cosas en la Gloria.

Pablo tenía muchos enemigos en Éfeso, pero al contar con el estímulo de una puerta abierta siguió sirviendo a Dios con valentía. Una vez abiertas las puertas de cualquier ciudad sitiada, los atacantes entran en ella gritando. De la misma manera, cuando después de haber buscado en Dios el perdón del pecado o la fuerza para resistir a este, se abre la puerta de la promesa y Dios entra por ella con su presencia consoladora, la esperanza se aviva y hace que el alma se apresure hacia su recompensa con mayor celo.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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