​Spurgeon se opuso resueltamente al arminianismo porque sus enseñanzas tienden a fomentar una peligrosa superficialidad religiosa. El arminianismo, al pasar por alto, como hemos visto, la punzante verdad de que toda experiencia de salvación debe empezar por la regeneración, y debido a que implica que los hombres llegan a la fe y el arrepentimiento sin la obra directa y previa del Espíritu Santo, establece un plan de conversión que está por debajo del bíblico.

Según la predicación arminiana, el pecador es instruido para que empiece la obra llegando a ofrecerse voluntariamente, y Dios la completará; ha de hacer lo que pueda, y Dios hará el resto. De modo que si se toma una firme «decisión por Cristo», se le aconseja en seguida que confíe en que la obra Divina también ha sido hecha, y que considere textos como Juan 1:12 como descripción de su propio caso. Pero el hecho solemne es que el arminianismo ha establecido un sistema de conversión que es sub biblico y que puede aplicarse a hombres no nacidos de nuevo. Al presentar el arrepentimiento y la fe como algo que está al alcance de personas no regeneradas, abre la puerta a una experiencia en que la voluntad humana del pecador puede ser la característica principal en lugar del poder de Dios.

La Escritura muestra en todas sus partes que, en la salvación, la voluntad y el poder de Dios ocupan el primer lugar, y no el segundo; y una enseñanza que promete que la voluntad de Dios ha de seguir a nuestra voluntad puede tener el efecto de hacer que los hombres confíen en una ilusión engañosa, en una experiencia que no es la salvación en modo alguno. La Escritura nos advierte solemnemente y con frecuencia contra semejante trampa. Y lo urgente de esta advertencia procede en parte del hecho de que hay una «fe» que pueden ejercer los hombres no regenerados, y cuya experiencia puede incluso llevarles al gozo y a la paz. Pero el arminianismo, en vez de prevenir a los hombres en contra de este peligro, lo alienta de modo inevitable, pues lanza a los hombres, no en brazos de Dios, sino en brazos de sus propios actos. Se da al oyente del Evangelio la clara impresión de que no es de Dios el escoger, sino de él, y que en aquel lugar y hora puede decidir el momento de su regeneración. Por ejemplo, un folleto muy distribuido actualmente para el evangelismo entre estudiantes presenta «Tres pasos sencillos» a dar para llegar a ser cristiano: primeramente, reconocimiento personal del pecado, y en segundo lugar, fe personal en la obra sustitutiva de Cristo. A estos dos pasos se les llama preliminares, pero «el tercero es tan definitivo que el darlo hará de mi un cristiano… Debo acudir a Cristo y reclamar mi participación personal en lo que Él hizo por todo el mundo.» Este fundamental tercer paso depende de mi, Cristo «espera pacientemente hasta que abra la puerta. Entonces Él entrará…» Una vez hecho esto, puedo inmediatamente considerarme como cristiano. Sigue el consejo: «Di hoy a alguien lo que has hecho.»

Sobre esta base, una persona puede hacer profesión de fe sin haber tenido jamás la experiencia del derrumbamiento de la confianza en sus propias capacidades; nada en absoluto se le ha dicho de su necesidad de un cambio de naturaleza que no está en su poder producir, y por consiguiente, si no experimenta tan radical cambio, no se desalienta. Nunca se le dijo que era esencial, de modo que no ve razón alguna para dudar de que es cristiano. De hecho, la enseñanza bajo la cual ha venido a parar milita constantemente contra la aparición de tales dudas. Se dice a menudo que un hombre que ha tomado una decisión y tiene pocas pruebas de un cambio de vida puede ser un cristiano «carnal» que necesita instrucción en la santidad, o, si el individuo perdiera gradualmente su reciente interés, se suele echar la culpa a la falta de «obra personal» o de oración, o alguna otra deficiencia por parte de la Iglesia. La posibilidad de que estos síntomas de mundanalidad y apostasía sean debidos a la ausencia de una experiencia salvadora al principio, es rara vez tenida en cuenta; si se estudiara este punto, el sistema entero de los llamamientos, las decisiones y la obra personal se derrumbaría, porque pondría de relieve el hecho de que el cambio de naturaleza no está en manos del hombre, y que se necesitan mucho más que unas cuantas horas o días para determinar si una profesión de fe en respuesta al Evangelio es genuina. Pero, en lugar de enfrentarse con ello, se afirma que el dudar de que un hombre que «ha aceptado a Cristo» sea cristiano equivale a dudar de la Palabra de Dios, y que abandonar los «llamamientos» y su secuela es renunciar totalmente al evangelismo. El hecho de que puedan decirse tales cosas es una trágica prueba de cómo el modelo arminiano de conversión ha llegado a ser considerado como el bíblico. Tanto es así, que si alguno objetase al empleo de expresiones tan poco bíblicas como «aceptar a Cristo», «abrir el corazón a Cristo», «dejar que el Espíritu Santo te salve», seria considerado generalmente como poco menos que teorizar acerca de las palabras.

Spurgeon vio que el arminianismo era un alojamiento de la pureza del evangelismo neotestamentario, y, al afirmar que la superficialidad religiosa era una de sus consecuencias inevitables, reconoció lo que ha llegado a ser característico del evangelicismo moderno. No era tanto el advenimiento de los acompañamientos musicales y la obra personal lo que le alarmaba (aunque estas cosas le inquietaban y no tenía tiempo que concederles), como la desaparición del énfasis en la necesidad de la obra del Espíritu, y, la transformación de la conversión en un negocio acelerado: «¿Sabéis», preguntaba en un sermón titulado Sembrando Entre Espinos predicado poco antes de su muerte, «por qué tantos que profesan ser cristianos se parecen al terreno espinoso? Porque se han omitido ciertos procesos que habrían ido lejos alterando el estado de cosas. La obligación del labrador era arrancar las espinas, o quemarlas allí mismo. Años atrás, cuando había conversiones, solían ir acompañadas de lo que se llama convicción de pecado. Ese gran arado del subsuelo que es la angustia del alma era usado para penetrar hasta lo profundo de ella. Asimismo el fuego ardía en la mente con mucho calor: al ver los hombres el pecado, y sentir sus tremendos resultados, el amor al mismo quedaba abrasado. Pero ahora nos aturden los alardes de las salvaciones rápidas. En cuanto a mí, creo en las conversiones instantáneas, y me alegro de verlas; pero aún me alegro más cuando veo una profunda obra de la gracia, un hondo sentido del pecado, y una herida eficaz causada por la ley. Nunca nos libraremos de los espinos si usamos arados que solamente rascan la superficie…».

Con el nivel inferior de las conversiones, vino también un inferior concepto de la verdadera naturaleza de la auténtica experiencia cristiana, y Spurgeon observaba con desaliento que no se aplicaban las pruebas escrutadoras de la Biblia a los que profesaban conversión. «He oído a jóvenes decir: «Sé que soy salvo porque soy muy feliz.,» No estéis tan seguros de esto. Muchos se consideran felices, y sin embargo no son salvos». Asimismo, no creía que una experiencia de paz fuese señal segura de conversión verdadera. Comentando el texto «Jehová mata, y Él da vida; Él hiere, y sus manos curan», pregunta: «Pero, ¿cómo puede dar vida a los que nunca fueron muertos? TÚ, que nunca has sido herido; tu que esta noche has estado aquí sentado y sonriendo a tus anchas, ¿qué es lo que la misericordia puede hacer por ti? No os felicitéis por disfrutar de vuestra paz». Hay una paz del diablo como hay la paz de Dios. En todo su ministerio, Spurgeon advirtió a los hombres de este peligro, pero en algunos de sus últimos sermones esta nota de alarma es cada vez más apremiante. En uno de éstos, de titulo ¿Sanado o Engañado?, predicado en 1882, Spurgeon habla de los muchos que son engañados por una falsa sanidad. Esto puede ocurrir, según demuestra, aun en aquellos que han pasado por un periodo de ansiedad espiritual: «Convencidos de que desean la curación, y en cierta medida hechos afanosos de hallarla, el peligro de los así despertados es el de contentarse con una sanidad aparente, quedándose sin la verdadera obra de la gracia. Es peligrosamente probable que nos contentemos con una curación superficial, y así quedarnos sin la grande y completa salvación que viene de Dios sólo. Deseo hablar muy en serio sobre este tema a todos los presentes, pues he sentido su poder en mi propia alma. Para dar este mensaje he hecho un esfuerzo desesperado, abandonando mi lecho de enfermo sin el debido permiso, movido por el inquieto anhelo de preveniros contra las falsificaciones que circulan en nuestros días”.

Dondequiera que el arminianismo se convierte en la teología predominante, la verdadera religión está destinada a degenerar, y la falsa seguridad a ser fomentada. Separando la necesidad que el creyente tiene de creer en su necesidad de regeneración, el arminianismo coloca en segundo término el hecho de que «el cambio de corazón es el mismísimo centro y esencia de la salvación». Es inevitable que no dé prominencia a la segunda de estas verdades, porque nadie puede hacer que su naturaleza humana quede para siempre divorciada del amor y dominio del pecado, y la regeneración significa esto precisamente. En su lugar, el arminianismo pinta la regeneración como algo que está al alcance de la elección del hombre, o algo que seguirá a su decisión, y al hacerlo, su tendencia es a hacer que los hombres se imaginen que el nuevo nacimiento es menos de lo que de hecho es. «Tu regeneración», diría Spurgeon, «no fue de voluntad de hombre, ni de voluntad de sangre, ni de nacimiento; si así fuera, permíteme que te diga que cuanto antes te deshagas de ella, mejor. La única regeneración auténtica es de la voluntad de Dios y por la operación del Espíritu Santo». El arminianismo no hace a los hombres esta advertencia, y su silencio es peligroso porque no aclara la verdad que preserva a los hombres de la falsa seguridad, a saber, que Dios nunca perdona el pecado sin que al mismo tiempo cambie la naturaleza del pecador.

«Os hablo adrede», declara Spurgeon, «cuando digo que la doctrina de «cree y vive» sería muy peligrosa si no fuera acompañada por la doctrina de la regeneración». Enfatizando que «la fe salva» sin insistir también en que dondequiera que existe fe verdadera hay una vida nueva, creada a semejanza del carácter de Dios y manifestándose en un odio a todo lo que es pecado, el arminianismo abre la puerta a un «creyentismo» que quita a la conversión su base y no da a esta palabra su pleno contenido. Si bien la santificación nunca es la base de nuestra justificación, lo cierto es que la Escritura nada sabe de la posibilidad de un hombre justificado que no haya experimentado «el lavamiento de la regeneración» (Tito 3:5). El arminianismo ha separado las dos cosas porque ha perdido la verdad de que la fe es efecto de la regeneración; pero una vez se ha captado la verdadera doctrina, significa que nadie puede ser un auténtico creyente si no posee una nueva vida «creada en justicia y santidad verdaderas». Según las Escrituras, es completamente imposible ser justificado por la fe y no ser santificado, porque es la regeneración la que implanta simultáneamente la fe y la santidad en aquellos a quienes Dios llama. Por enseñar esto, las doctrinas de la gracia son una barrera frente a la indiferencia y la superficialidad. El mismísimo sistema que ha sido acusado de atenuar la responsabilidad del hombre, ha producido, dondequiera que ha llegado a prevalecer, generaciones de personas serias, temerosas de Dios, santas, pues el calvinismo siempre ha hecho énfasis en que es por la obediencia y la santidad que cumplimos el mandato apostólico de hacer firme nuestra vocación y elección. «Si el llamamiento divino ha producido en nosotros el fruto de la obediencia, podemos creer con toda certeza que fuimos apartados para Dios antes del principio de los tiempos, y que esta elección fue de acuerdo con el propósito y la voluntad eternos de Dios». Por otra parte, el arminianismo, que afirma ser el protector de la doctrina de la responsabilidad humana, tiene en sus enseñanzas la inevitable tendencia a menoscabar el nivel bíblico de verdadera experiencia cristiana. En este as¬pecto es significativo que el moderno evangelicismo haya popularizado la frase «1a seguridad eterna de los creyentes», mientras que el calvinismo histórico sostenía la perseverancia final de los santos: «Creemos en la perseverancia de los santos, pero muchos no son santos, y por lo tanto no perseveran».

Es cierto que el arminianismo ha producido muchas reuniones y convenciones de «santidad», pero este hecho, en vez de refutar el cargo que antes se ha hecho, más bien lo confirma, porque antes que el arminianismo empezara a prevalecer en el evangelismo, no había necesidad de enseñanzas especiales sobre la santificación. El calvinismo sostenía que el mismo mensaje que salva a los hombres los hace santos, y que una fe que no está unida a la santidad no tiene nada de la fe que salva. Fue porque sabía esto que Spurgeon no tomó parte en convenciones de santidad, pero de haber sido llamado a dirigirse a «creyentes carnales” que necesitaban ser santificados, no hay duda que habría tenido que decir: «Aquellas personas cuya fe les permite pensar con ligereza en el pecado pasado, tienen la fe de los demonios, y no la fe de los elegidos de Dios. Los que creen que el pecado es algo sin importancia y nunca han sentido pesar por él, que sepan que su fe no es genuina. Los hombres cuya fe les permite vivir con indiferencia en la actualidad, que dicen: «Bien, soy salvo mediante una fe sencilla», y disfrutan de los placeres carnales y las concupiscencias de la carne, son mentirosos; no tienen la fe que salvará el alma. ¡Oh!, si alguno de vosotros tiene una fe así, ruego a Dios que se la quite por completo».

Esta superficialidad que acompaña al arminianismo tiene su origen en el propio centro de su sistema. «Si crees que todo gira en torno al libre albedrío del hombre», dice Spurgeon, «tendrás naturalmente al hombre como figura principal del paisaje». En vista de ello, inevitablemente hay la tendencia a considerar la verdad divina como medio para pescar hombres, y cualquier verdad que no nos parezca eficaz para tal fin, o cualquier verdad que parezca un obstáculo para el evangelismo más amplio posible, es por consiguiente recomendable dejarla de lado. Es preciso que el fin sea mayor que los medios. Pero lo que aquí se olvida es que el fin del Evangelio no es la conversión de los hombres sino la gloria de Dios. Lo supremo no es la necesidad de salvación del hombre, y una vez se ha comprendido esto, la actitud que piensa «es preciso que convirtamos a los hombres» y no pregunta si los medios son conformes a la Escritura, se aprecia en su verdadera luz. «En la iglesia de la época actual hay deseo de hacer algo para Dios, pero pocos son los que preguntan que es lo que Él quiere que hagan. Se hacen muchas cosas para la evangelización del pueblo, cosas que nunca fueron ordenadas por el gran Cabeza de la Iglesia, y que Él no puede aprobar». Conocemos Su Voluntad tan sólo por medio de Su Palabra, y a menos que la Verdad reciba lugar preferente a los resultados, pronto se considerará que las conversiones son más importantes que la gloria de Dios. Spurgeon denunció el tipo de evangelismo en que se observa «una lamentable disminución de la verdad en muchos puntos con objeto de alentar a los hombres»; vio que terminaría en «el más absoluto fracaso» y que no reportaría gloria a Dios ni bendición duradera a la Iglesia. Deploraba el hecho de que se estuviese permitiendo a los hombres «meterse en la religión como quien se mete en el baño por la mañana, y luego salir de nuevo, con la misma presteza, convertidos por docenas, y desconvertidos uno por uno hasta que las docenas se han esfumado». En contraste con esto, declaró solemnemente en una ocasión: «No deseo tener éxito en el ministerio si Dios no me lo da; y ruego que vosotros, que sois obreros de Dios, no deseéis tener ningún éxito sino el que procede de Dios mismo en los caminos propios de Dios; pues aunque pudierais amontonar, como si fuera la arena del mar, convertidos obtemperados mediante métodos extravagantes y poco cristianos, desaparecerían como la arena del mar tan pronto viniese otra marca».

La mejor manera de concluir esta sección quizá sea reproduciendo las que Spurgeon consideraba como señales de una verdadera conversión:

•    «Cuando la Palabra de Dios convierte a un hombre, le quita la desesperación, pero no le quita el arrepentimiento.

•    La verdadera conversión da al hombre el perdón, pero no le hace presuntuoso.

•    La verdadera conversión da al hombre perfecto reposo, pero no detiene su desarrollo.

•    La verdadera conversión da al hombre seguridad, pero no le permite dejar de estar alerta.

•    La verdadera conversión da al hombre fortaleza y santidad, pero nunca le permite jactarse.

•    La verdadera conversión armoniza todos los deberes de la vida cristiana; equilibra todos los deberes, emociones, esperanzas y gozos.

La verdadera conversión conduce al hombre a vivir para Dios. Todo lo hace a la gloria de Dios: comer, beber o cualquier otra cosa. La verdadera conversión hace vivir al hombre delante de Dios. Desea vivir en todo momento como aquel a quien Dios está mirando, y se alegra de que sea así, Y ahora este hombre viene a vivir con Dios. Tiene con Él bendita comunión; habla con Él como quien habla con su amigo».

Por Iain Murray, pastor de Grove Chapel de Londres, y fundador y director de THE BANNER OF TRUTH TRUST.

Extracto del libro: «Un principe olvidado»

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