En ARTÍCULOS

“…el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios.” Heb. 9:14.

La obra del Espíritu Santo en la Persona de Cristo no se agotó en la Encarnación, sino que aparece claramente en la obra del Mediador. Analizaremos esta obra en el desarrollo de Su naturaleza humana; en la consagración a Su oficio; y en Su humillación hasta la muerte; en Su resurrección, exaltación, y regreso en gloria.

En primer lugar: La obra del Espíritu Santo en el desarrollo de la naturaleza humana en Jesús.

Se ha dicho previamente, y ahora se reitera, que consideramos el esfuerzo de escribir la “Vida de Jesús” como ilegítimo, o que su título lleva un nombre inapropiado: lleva un nombre inapropiado cuando, pretendiendo escribir una biografía de Jesús, el escritor simplemente omite explicar los hechos psicológicos de Su vida; y es ilegítimo, cuando explica estos hechos a partir de la naturaleza humana de Jesús.

Nunca existió una vida de Jesús en el sentido de una existencia humana y personal; y la tendencia a sustituir las diversas biografías de Jesús de Nazaret por las simples narraciones del Evangelio no apunta realmente a nada más que posicionar a la única persona del Dios-hombre en el mismo nivel que los genios y grandes hombres del mundo, a humanizarlo; y por tanto, a aniquilar al Mesías en Él. En otras palabras, a secularizarlo. Y frente a esto levantamos con todas nuestras fuerzas nuestro más serio reclamo.

La Persona Dios-hombre del Señor Jesús no vivió una vida, sino que se entregó a un poderoso acto de obediencia al humillarse a Sí mismo hasta la muerte; y de esa humillación Él no ascendió por poderes desarrollados a partir de Su naturaleza humana, sino por un poderoso y extraordinario acto del poder de Dios. Cualquiera que se haya comprometido con éxito a escribir la vida de Cristo, no pudo haber hecho más que extraer el cuadro de Su naturaleza humana. Pues la naturaleza divina no tiene historia; no opera a través de un proceso de tiempo, sino que sigue siendo la misma hasta el fin de los tiempos.

Sin embargo, esto no nos impide indagar, conforme a la necesidad de nuestras limitaciones, de qué manera se desarrolló la naturaleza humana de Cristo. Y luego, las Escrituras nos enseñan que ciertamente hubo crecimiento en Su naturaleza humana. San Lucas relata que Jesús creció en sabiduría, en estatura, y en gracia para con Dios y con los hombres. Por lo tanto, hubo un crecimiento y un desarrollo en Su naturaleza humana, el cual lo llevó de lo menor hacia lo mayor. Esto habría sido imposible si la naturaleza divina del Mesías hubiera tomado el lugar del ego humano, pues entonces la Majestad de la Divinidad habría llenado siempre y por completo la naturaleza humana. Pero eso no fue lo que sucedió. La naturaleza humana en el Mediador fue real, es decir, existió en cuerpo y en alma tal como existe en nosotros; y todas las obras internas de la vida, luz, y poder divinos, pudieron manifestarse sólo mediante un proceso de adaptación a las singularidades y limitaciones de la naturaleza humana.

Cuando se sostiene la opinión equivocada de que el desarrollo de un Adán libre de pecado se habría logrado sin la ayuda del Espíritu Santo, es natural suponer que la naturaleza sin pecado de Cristo se desarrolló igualmente por Sí misma, sin la ayuda del Espíritu de Dios. Pero sabiendo, a través de las Escrituras, que no sólo los dones, poderes, y facultades del hombre son resultado de la obra del Espíritu Santo, sino también su funcionamiento y ejercicio, vemos el desarrollo de la naturaleza humana de Jesús bajo una luz diferente, y comprendemos el significado de aquellas palabras que dicen que Él recibió el Espíritu Santo sin medida. Pues esto indica que Su naturaleza humana también recibió el Espíritu Santo; y que esto no sólo ocurrió después de que viviera durante años sin Él, sino en cada momento de Su existencia, en función de la medida de Sus capacidades. Incluso en Su concepción y nacimiento, el Espíritu Santo no sólo efectuó una separación del pecado, sino que también dotó Su naturaleza humana con los gloriosos dones, poderes y facultades a los cuales esa naturaleza es susceptible. Por consiguiente, Su naturaleza humana no recibió estos dones, poderes y facultades por parte del Hijo, por comunicación desde la naturaleza divina; sino por parte del Espíritu Santo, por comunicación hacia la naturaleza humana; y esto debería ser comprendido de forma cabal.

Sin embargo, Su naturaleza humana no recibió estos dones, poderes y facultades en pleno funcionamiento, sino totalmente inoperantes: Tal como en todo bebé existen poderes y facultades que permanecerán latentes, algunos de ellos por muchos años, de igual manera, en la naturaleza humana de Cristo existieron poderes y facultades que por un tiempo permanecieron adormecidos. El Espíritu Santo impartió estas dotaciones a Su naturaleza humana sin medida: Juan 3:34. Esto se relaciona con un contraste entre los demás, a quienes el Espíritu Santo no dotó sin medida, sino en un grado limitado de acuerdo a su llamado o destino individual; y Cristo, en quien no existe una distinción ni individualidad de este tipo, a quien, por lo tanto, dones, poderes y facultades se imparten en tal medida, que Él nunca podría sentir la falta de ningún don del Espíritu Santo. Él no carecía de nada, lo poseía todo; no por causa de Su naturaleza divina, la cual siendo la plenitud eterna en Sí misma, no puede recibir nada; sino en virtud de Su naturaleza humana, la cual fue capacitada por el Espíritu Santo con tales dones gloriosos.

Sin embargo, esto no fue todo. El Espíritu Santo no sólo adornó la naturaleza humana de Cristo con estas capacidades, sino que también provocó que ellas fueran ejercidas poco a poco hasta llegar a una plena actividad. Esto estuvo sujeto a la sucesión de los días y los años del tiempo de Su humillación. Aun cuando Su corazón contenía el origen de toda sabiduría, siendo un niño de un año, por ejemplo, Él no podría conocer las Escrituras por medio de Su comprensión humana. Como Hijo Eterno las conocía, porque Él mismo las había dado a Su Iglesia. Pero Su conocimiento humano no tenía libre acceso a Su conocimiento divino. Por el contrario, mientras que el segundo nunca aumentó, pues conocía todas las cosas desde la eternidad, el primero debía aprenderlo todo; no tenía nada de sí mismo. Este es el aumento en sabiduría del cual habla San Lucas, no fue un aumento de la facultad, sino de su ejercicio. Y esto nos permite obtener una idea de la magnitud de Su humillación. Él, que sabía todas las cosas en virtud de Su naturaleza divina, comenzó como hombre, no sabiendo nada; y lo que Él supo como hombre, lo adquirió mediante el aprendizaje bajo la influencia del Espíritu Santo.

Y lo mismo se aplica a Su aumento en estatura y en gracia para con Dios y los hombres. Estatura se refiere a Su crecimiento físico, incluido todo lo que en la naturaleza humana depende de ello. No fue creado adulto como Adán, sino que nació como un niño, tal como cada uno de nosotros; Jesús tuvo que crecer y desarrollarse físicamente: no por arte de magia, sino en la realidad. Cuando estaba en el regazo de María, o cuando como chiquillo miraba a Su alrededor en la tienda de su padrastro, Él era un niño; no sólo en Su apariencia, ni con la sabiduría de un hombre respetable y de cabellos blancos; sino como un niño real, cuyas impresiones, sentimientos, sensaciones y pensamientos iban acorde con Su edad.

No cabe duda que Su desarrollo fue rápido y hermoso, superando todo lo alguna vez había visto en otros niños, de modo que los ancianos rabinos en el Templo estaban sorprendidos cuando miraban al Niño de sólo doce años; aun así, siempre mantuvo el desarrollo de un niño que primero estuvo sobre el regazo de Su madre, que luego aprendió a caminar, que poco a poco se convirtió en un muchacho y joven, hasta que alcanzó la plenitud de la estatura de un hombre. Y tal como con cada aumento de Su naturaleza humana, el Espíritu Santo amplió el ejercicio de sus poderes y facultades; así también lo hizo con respecto a la relación de la naturaleza humana con Dios y los hombres, pues Él creció en gracia para con Dios y los hombres.

La gracia tiene relación con la evolución y el desarrollo de la vida interior, y puede manifestarse en una doble vía, ya sea complaciendo o desagradando a Dios y a los hombres. Se dice que en el desarrollo de Jesús, tales dones y facultades, disposiciones y atributos, poderes y capacidades, se manifestaron desde la vida interior de la naturaleza humana que el favor de Dios depositó sobre ellos, los cuales, al mismo tiempo, afectaban a aquellos que se encontraban en torno a Él de una manera refrescante y útil.
Incluso separado de Su condición de Mesías, y con relación a Su naturaleza humana, Jesús permaneció durante todos los días de Su humillación bajo la constante y penetrante acción del Espíritu Santo.

El Hijo, quien no tenía falta de nada, sino que como Dios en unión con el Padre y el Espíritu Santo poseía todas las cosas, adoptó compasivamente nuestra naturaleza humana. Y en la medida en que es singular a esa naturaleza obtener sus dones, poderes y facultades no de sí misma, sino del Espíritu Santo, por cuya sola acción constante se pueden ejercer; de la misma manera, el Hijo no quebrantó esta singularidad, sino que aunque Él era el Hijo, no tomó su preparación, enriquecimiento y funcionamiento en Sus propias manos, sino que estuvo dispuesto a recibirlos de manos del Espíritu Santo.

El hecho de que el Espíritu Santo descendiera sobre Jesús durante Su Bautismo, a pesar de que Él Lo había recibido sin medida en Su concepción, puede ser sólo explicado si se mantiene en la mira la diferencia entre la vida personal y la vida oficial de Jesús.

Extracto del libro: “La Obra del Espíritu Santo”, de Abraham Kuyper

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