En ARTÍCULOS

“Somos hechura suya.”—Efesios 2:10
En oposición al moderno deísmo de los metodistas, las iglesias reformadas deberían confesar esta excelente verdad en toda su extensión y amplitud. Pero no se debiera abusar de él para restablecer la libre voluntad del pecador, como lo hicieron los pelagianos y los arminianos después de ellos y como lo hacen ahora los buenistas, aún de forma diferente. Los metodistas yerran al decir que Dios no se preocupa del pecador hasta que Él lo detiene de pronto en sus actos pecaminosos. Tampoco debemos tolerar el error opuesto, la negación de la regeneración, el nuevo punto de partida en la vida del pecador, el cual haría que toda la obra de conversión tan sólo fuera el despertar de energías dormidas y contenidas. No hay transición gradual; la conversión no sólo es mera curación de la enfermedad, o el surgimiento de lo que había sido contenido ni el menor de ellos, el despertar de energías latentes.

En relación a su primer nacimiento, el hijo de Dios estaba muerto, y puede ser vuelto a la vida solamente por un segundo nacimiento tan real como el primero. Generalmente, la persona favorecida de esta forma no es consciente de ello. De hecho, el hombre es inconsciente de su primer nacimiento. La conciencia sólo llega con los años. Lo mismo se aplica para la regeneración, de la cual él es inconsciente hasta el momento de su conversión y eso puede ser en diez o veinte años.

¿Qué enseñan respecto a esto los semi-pelagianos de todos los tiempos y matices, y los éticos del tiempo presente? Ellos reducen el primer acto de Dios en los pecadores a una suerte de gracia preparatoria, impartida no sólo a los elegidos, sino a toda persona bautizada. Ellos lo representan como sigue:

Primero, todos los hombres son concebidos y nacen en pecado; y si Dios no diera el primer paso, todos perecerían.

Segundo, Él imparte a los hijos nacidos en la Iglesia Cristiana una suerte de gracia asistencial, aliviando su incapacidad.

Tercero, por consiguiente cada persona bautizada tiene el poder de elegir o rechazar la gracia ofrecida.

Cuarto, por lo tanto, de los muchos que reciben la gracia preparatoria, algunos eligen la vida y otros perecen.

Esta no es la confesión de Agustín sino de Pelagio; no es de Calvino sino de Castellio; no de Gomarus sino de Arminio; no de las Iglesias Reformadas sino de las sectas que estas han condenado como heréticas.
Esta mentira impía, que impregna toda esta representación, debe ser erradicada; y los hermanos metodistas merecen nuestro fuerte apoyo cuando con santo entusiasmo se oponen a ese falso sistema. Si esta representación fuera cierta, entonces el consejo de Dios habría perdido toda su certeza y firmeza: entonces la obra redentora del Mediador es incierta en su aplicación; entonces nuestro tránsito desde la muerte a la vida dependería al final sólo de nuestra propia voluntad; y al niño de Dios se le robaría todo consuelo en la vida y la muerte, ya que su nueva vida podría perderse.

De nada les sirve a los teólogos éticos cuando, bajo distintas bellas formas, confiesan su creencia en una elección eterna y en que la gracia no puede perderse y en la perseverancia de los santos, mientras no se purgan a sí mismos de su principal error, a saber, que en el bautismo Dios libera al pecador de su inhabilidad de poder elegir su vida por sí mismo—ello no se basa en las iglesias reformadas, sino que está en directa contraposición a ellas.

No serán considerados como hijos de la casa reformada de la fe, hasta que, sin ningún subterfugio, confiesen definitivamente que la gracia preparatoria no opera de ninguna forma, excepto sobre aquellas personas que ciertamente llegan a la vida y que nunca más se perderán. Suponer que esta gracia puede operar en un hombre sin salvarlo para lo eterno, es desligarse de la doctrina de la Escritura y darle la espalda a un rasgo vital de las iglesias reformadas. No negamos que muchas personas, en quienes se han forjado muchos poderes excelentes, se pierdan. El apóstol enseña esto muy claramente en Hebreos 6: “Ellos pueden haber probado del regalo celestial,” pero entre la obra de Dios en ellos y en la de Sus elegidos, hay un gran abismo. Las obras en aquellos no-electos no tienen nada en común con la gracia salvadora. Por consiguiente, la gracia preparatoria, así como la gracia salvadora, está enteramente fuera de cuestión. Por supuesto que hay una gracia preparatoria, pero sólo para los elegidos que ciertamente llegarán a la vida y que, una vez que han sido avivados, permanecerán así.

La fatal doctrina de las tres condiciones, a saber,

1) de aquellos espiritualmente muertos,

2) de los espiritualmente vivos y

3) de aquellos hombres que deambulan entre la vida y la muerte…

…debe ser abandonada.

La propagación de esta doctrina en nuestras iglesias destruirá su carácter espiritual, tal como lo ha hecho en las antiguas iglesias Huguenot en Francia. Vida y muerte son temas opuestos absolutos; un tercer estado entre ellos es impensable. El que está apenas vivo pertenece a los vivos y aquel que ha muerto pertenece a los muertos. Uno aparentemente muerto está vivo y aquel aparentemente vivo está muerto. La línea divisoria es del ancho de un cabello y el estado intermedio no existe. Esto se aplica a la condición espiritual. Uno vive, aun cuando tan sólo haya recibido el germen vital y todavía vague inconverso por los caminos del pecado. Y él está muerto, aún habiendo probado el regalo celestial, mientras la vida no se haya reencendido en su alma. Toda otra representación es falsa.

Otros postulan que la gracia preparatoria prepara, no para la recepción de la vida, sino para la conversión. Esto es igualmente pernicioso, puesto que entonces la salvación del alma no depende de la regeneración, sino de la conversión; y esto hace que la salvación de nuestros infantes muertos sea imposible. ¡No! Parados al pie de las sepulturas de nuestros niños bautizados, confiados en su salvación, dada por el único Nombre bajo el cielo, rechazamos la enseñanza que hace depender la salvación de la conversión; pero confesamos que sí es consecuencia del divino acto de creación de una nueva vida, que tarde o temprano se manifiesta en la conversión.

La gracia preparatoria siempre precede a una nueva vida; por consiguiente, cesa aun antes del sagrado bautismo, en infantes avivados antes de ser bautizados. Por consiguiente, en un sentido más limitado, la gracia preparatoria sólo opera en personas avivadas más adelante en sus vidas, poco antes de su conversión, pues el pecador una vez avivado ya ha recibido la gracia, es decir, el germen de toda gracia; aquello que existe no puede ser preparado.

Un tercer error sobre este punto es la representación que ciertos modos y disposiciones de ánimo deben ser preparados en el pecador antes que Dios pueda avivarlo; como si la gracia de avivamiento fuera condicionada por encima de la gracia preparatoria. La salvación de nuestros infantes fallecidos se opone también a esto. No había humores ni disposiciones en ellos; mas ningún teólogo dirá que ellos estaban perdidos. ¡No! El pecador no necesita nada para predisponerse a la implantación de la nueva vida; y aun cuando fuese el más duro de los pecadores desprovisto de cualquier predisposición, Dios es capaz de avivarlo según Su propio tiempo. La omnipotencia de la divina gracia es ilimitada.

La implantación de una nueva vida no es un acto moral sino un acto metafísico de Dios, es decir, Él no lo pone en efecto por amonestación al pecador sino independientemente de su voluntad y conciencia; así, a pesar de su voluntad, Él planta algo en él, con lo cual su naturaleza adquiere otra calidad.

La representación, todavía mantenida por algunos de nuestros mejores teólogos, respecto a que la gracia preparatoria es como secar madera húmeda de modo que la chispa pueda encenderla más prontamente, es una que no podemos aceptar. La madera húmeda no tomará la chispa. Debe secarse antes de que pueda ser encendida. Esto no se aplica para la obra de la gracia. La disposición de nuestras almas es inmaterial. Sea lo que sea, la omnipotente gracia puede encenderla…Por esta razón los teólogos del período floreciente de nuestras iglesias insistieron en que la gracia preparatoria no debía ser tratada aisladamente, sino en el siguiente orden:

La gracia de Dios primero precede, luego prepara y finalmente realiza (prœveniens, prœparans, operans)—es decir, la gracia es siempre primera, nunca espera algo en nosotros, sino que empieza su trabajo antes de que haya algo en nosotros.

Segundo, el tiempo antes de nuestro avivamiento no es desperdiciado porque durante él la gracia nos prepara para nuestro trabajo de vida en el Reino.

Tercero, el en momento preciso la gracia sola nos aviva sin ayuda; por consiguiente la gracia es el operador, el verdadero obrero. De ahí que la gracia preparatoria no debe entenderse nunca como medio para preparar la entrega de vida. Nada prepara para tal avivamiento. La vida es encendida, sin preparación previa, no de algo en nosotros, sino que enteramente por el trabajo de Dios.

Toda la gracia preparatoria concluye en esto, ya que por ella, Dios dispone nuestra vida, organiza su curso y dirige nuestro desarrollo; los cuales, avivados por Su exclusivo acto, nos dará la disposición necesaria para realizar la tarea que nos ha asignado en el Reino.

Nuestra persona es como el terreno sobre el cual el sembrador debe esparcir la semilla: Supón que hay dos terrenos donde la semilla debe sembrarse; una de ellas debe ararse, fertilizarse, escalonarse y limpiar de piedras, mientras que la otra permanece en barbecho y desatendida. ¿Cuál es el resultado? ¿Producirá el primer terreno trigo por sí solo? De ninguna manera: los surcos nunca habían sido tan profundos y el terreno tan rico y suave; mas si no recibe semilla, nunca producirá nada. En el otro, no cultivado, donde sí se esparció semilla, esta seguramente germinará. El origen del trigo cosechado no tiene conexión con la labranza del terreno ya que la semilla fue transportada allí desde otro lugar. Pero para el crecimiento del trigo, las labores de labranza son de suma importancia. Y de tal forma lo es en el Reino espiritual. Sea grande o pequeña la gracia preparatoria, no contribuye en nada al origen de la vida, la cual surge de la “semilla incorruptible” sembrada en el corazón. Pero para su desarrollo es de la más alta importancia.

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Extracto del libro: “La Obra del Espíritu Santo”, de Abraham Kuyper

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