En ARTÍCULOS

1) No midas la virtud por el consuelo. Dios no te manda necesariamente una medida extra de consuelo como premio por tu virtud. Estas revelaciones de su amor efectivamente testifican de su gracia en ti, pero no dicen nada del grado y la medida de tu virtud inherente. Por lo general, el niño débil pasa más tiempo en el regazo de su madre que el fuerte.

2) No te descuides en el consuelo. En su lugar, emplea este tiempo de bendición para trabajar más que nunca para el Señor. Las manifestaciones del amor de Dios nos deben preparar para el trabajo. Solazarte en su amor es una cosa; salir en el poder del consuelo del Espíritu es otra. Es un necio aquel que pasa todo su tiempo contando su dinero sin invertirlo; sabio aquel que hace trabajar su dinero y gana intereses. Espiritualmente, el que amontona sus consuelos los perderá, mientras el que los utiliza para Cristo aumentará su tesoro cinco, diez y hasta cien veces.

3) No te imagines como la fuente de tu propio consuelo. Recuerda que dependes de Dios para la paz y el gozo continuos. Las sonrisas de ayer no te contentarán hoy, como tampoco el pan que comiste ayer puede saciarte si no vuelves a comer. Necesitas beber diariamente del amor de Dios para estar satisfecho. Si Dios esconde su rostro por un instante, pronto olvidarás el sabor y aspecto de los consuelos del momento anterior.

Nos reiríamos del hombre que, mientras el sol brilla en sus cristales, intentara guardar los rayos en casa cerrando las ventanas. Pero somos igualmente necios si recibimos el gozo presente para apartarnos de la presencia de Dios, suponiendo que ya tenemos de sobra. Se siente el calor del sol únicamente estando expuestos a sus rayos; experimentamos el consuelo de Dios solo mientras estamos en comunión con Él.

El consuelo cristiano es como el maná de Israel: cae diariamente del Cielo. Se nos dice que Dios dio maná a su pueblo para afligirle y probarle (cf. Dt. 8:16). No creas que los humillaba porque fuera comida de pobres, ya que de hecho era “pan de nobles” (Sal. 78:25). Pero la forma de entregárselo los mantuvo humildes. Dios tenía la llave de la despensa; los obligaba a esperar en Él y reconocer continuamente que solo Él era la fuente de su vida. Dios comunica nuestros consuelos espirituales de la misma manera y con el mismo fin: para humillarnos.

  • Últimos pensamientos sobre las malicias espirituales

Satanás se esfuerza al máximo por envolverte en malicias espirituales por encima de todo lo demás. Ellas te cauterizan la conciencia, ciegan tu mente y endurecen tu corazón. Si pereces, será a manos de estos pecados. Otros pecados preparan el camino para los pecados espirituales. Por tanto, Satanás te atrae al pecado carnal para luego llevarte al pecado espiritual.

Los pecados carnales preparan el camino a los espirituales de dos maneras:

Primeramente, el alma sumida en pecado carnal está más naturalmente dispuesta para el espiritual. Cualquier pecado, por su naturaleza, endurece el corazón: “que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (Heb. 3:13). Tal vez hayas visto un camino endurecido por los cascos de los caballos. Aunque no lo veas con los ojos físicos, el pecado carnal hace lo mismo con el corazón. El Espíritu Santo está en el camino, rogando al pecador que deje sus pecados y acuda al perdón. Él puede ablandar el corazón de nuevo; pero si el pecador se obstina en rechazarlo y permite que estos pecados galopen por su corazón, Dios por fin lo entregará a sus concupiscencias.

Esta es la segunda manera como los pecados carnales preparan el corazón para los espirituales. Cuando Dios aparta su poder restrictivo, el diablo tiene al pecador encerrado a cal y canto. Si Dios deja tu corazón duro y sin quebrantar, es triste señal de que no piensa sembrar allí su gracia. Ora para que nada de esto te acontezca. A fin de asegurarte de ello, no rechaces su ofrecimiento de ablandarte.

El endurecimiento de parte de Dios es consecuencia del endurecimiento de nuestros propios corazones. Aunque pierdas tu herencia terrenal contra tu voluntad, no puedes perder la espiritual si no quieres. Dios no endurece ni condena a nadie que no rechace voluntariamente su gracia. Un pensamiento solemne: Si entras en la eternidad con un corazón duro e impenitente, solo tú tienes la culpa de ello.

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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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