En BOLETÍN SEMANAL

La novedad de las palabras – si así se puede llamar – hay que usarla principalmente cuando conviene mantener la verdad contra aquellos que la calumnian y que, tergiversándola, vuelven lo de dentro hacia afuera, lo cual en nuestros días vemos más de lo que quisiéramos, resultándonos difícil convencer a los enemigos de la verdad, porque con su sabiduría carnal se deslizan como serpientes de las manos, si no son apretados fuertemente. De esta manera los Padres antiguos, preocupados por los ataques de las falsas doctrinas, se vieron obligados a explicar con gran sencillez y familiaridad lo que conocían, a fin de no dejar resquicio alguno por donde los impíos pudieran escapar, a los cuales cualquier oscuridad de palabras les sirve de escondrijo donde ocultar sus errores.

Confesaba Arrio que Cristo es Dios e Hijo de Dios, porque no podía contradecir los clarísimos testimonios de la Escritura, y como persona que cumple con su deber, aparentaba conformarse con los demás. Pero entretanto no dejaba de decir que Cristo es criatura y que tuvo principio como las demás. Los Padres, para aclarar esta maliciosa simulación dieron un paso al frente argumentando que Cristo es el Hijo eterno del Padre y consustancial con el Padre. Entonces quedó patente la impiedad de los arrianos, y comenzaron a aborrecer y detestar la palabra «homousios», que quiere decir consustancial. Si al principio hubieran confesado sinceramente y de corazón que Cristo es Dios, no hubieran negado que era consustancial al Padre. ¿Quién se atreverá a acusar a aquellos santos varones de amigos de controversias y disensiones, por el hecho de que por una simple palabra se enardecieran los ánimos en la disputa hasta llegar a turbar la paz y tranquilidad de la Iglesia? Pero aquella mera palabra daba a conocer cuáles eran los verdaderos cristianos y cuáles los herejes.

Vino después Sabelio, el cual casi no daba importancia a las palabras Padre, Hijo y Espíritu Santo, y decía que estos nombres no denotaban distinción alguna, sino que eran títulos diversos de Dios, como hay otros muchos. Si disputaban con él, confesaba que creía que el Padre era Dios, el Hijo era Dios y el Espíritu Santo también era Dios. Pero luego encontraba una escapatoria diciendo que no había confesado otra cosa que si hubiera dicho que Dios es fuerte, justo y sabio; y así decía otra cosa distinta: que el Padre es el Hijo y el Espíritu Santo es el Padre, sin distinción alguna. Los que entonces eran buenos maestros y amaban de corazón la piedad, para vencer la malicia de este hombre, le contradecían diciendo que había que confesar que hay en un solo Dios tres propiedades; y para defenderse con la verdad sencilla y desnuda contra sus argucias afirmaron que hay en un solo Dios o – lo que es lo mismo – en una sola esencia divina, una Trinidad de Personas.

– Del sentido de las palabras sustancia, consustancial, esencia, hipóstasis y persona, en orden a las distinciones necesarias:

Por tanto, si estos nombres no han sido inventados temerariamente, será menester guardarse de ser acusados de temeridad por rechazarlos. Preferiría que todos estuviesen sepultados con tal de que todo el mundo confesara que el Padre, y el, Hijo, y el Espíritu Santo son un solo Dios, y que, sin embargo, ni el Hijo es el Padre, ni el Espíritu Santo es el Hijo, sino que hay entre ellos distinción de propiedad. Por lo demás, no soy tan riguroso e intransigente que me importe discutir solamente por palabras. Pienso que los Padres antiguos, aunque procuraban hablar de estas materias con gran reverencia, sin embargo no estaban de acuerdo todos entre sí, e incluso algunos no siempre hablaron de la misma manera. Porque, ¿cuáles son las maneras de hablar usadas por los Concilios, que san Hilario excusa? ¿Qué atrevimiento no emplea a veces san Agustín? ¡Qué diferencia existe entre los griegos y los latinos! Un solo ejemplo bastará para mostrar esta diversidad.

Los latinos, al interpretar el vocablo griego «homousios», dijeron consustancial, con lo cual daban a entender que el Padre y el Hijo tienen una misma sustancia, y así por «sustancia» no entendían más que esencia. Por esta causa san Jerónimo, escribiendo a Dámaso, obispo de Roma, dice que es sacrilegio afirmar que hay en Dios tres sustancias. Pero más de cien veces se hallará en san Hilario esta expresión: En Dios hay tres sustancias.

En cuanto a la palabra «hipóstasis», ¿qué dificultad encuentra san Jerónirno? Él sospecha que hay algún veneno oculto cuando se dice que hay en Dios tres «hipóstasis»; y afirma que si alguno usa esta palabra en buen sentido, no obstante es una manera impropia de hablar. Si esto lo dice de buena fe y sin fingimiento, y no más bien por molestar a sabiendas a los obispos orientales, a los cuales odiaba, ciertamente que no tiene razón al decir que en todas las escuelas profanas «usía» no significa otra cosa que «hipóstasis»; lo cual se puede refutar por el modo corriente de hablar. Más modesto y humano es san Agustín, el cual, aunque dice que esta palabra «hipóstasis» es nueva entre los latinos en este sentido, sin embargo, no solamente permite a los griegos que sigan su manera de hablar, sino también tolera a los latinos que la usaran. E igualmente Sócrates, historiador eclesiástico, escribe en el libro sexto de la historia llamada Tripartita, que los primeros que usaron esta palabra en este sentido fueron gente ignorante. Y también san Hilario echa en cara como un gran crimen a los herejes, que por su temeridad se ve forzado a exponer al peligro de la palabra las cosas que el corazón debe sentir con gran devoción, no disimulando que es ¡lícito hablar de cosas inefables y presumir cosas no concedidas. Y poco después se excusa de verse obligado a usar palabras nuevas. Porque después de haber puesto los nombres naturales: Padre, Hijo y Espíritu Santo, añade que todo cuanto se quiera buscar más allá de esto supera todo lo que se puede decir, está fuera de lo que nuestros sentidos pueden percibir y nuestro entendimiento comprender. Y en otro lugar ensalza a los obispos de Francia porque no habían, ni inventado, ni aceptado, ni siquiera conocido más confesión que la antiquísima y simplicísima que desde el tiempo de los apóstoles había sido admitida en todas las Iglesias.

La excusa que da san Agustín es también muy semejante a ésta; a saber, que esta palabra se inventó por necesidad a causa de la pobreza y deficiencia del lenguaje de los hombres en asunto de tanta importancia, no para expresar todo lo que hay en Dios, sino para no callar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres. Esta modestia de aquellos santos varones debe movernos a no ser rigurosos en condenar sin más a cuantos no quieran someterse al modo de hablar que nosotros usamos, con tal de que no lo hagan por orgullo, contumacia o malicia; pero a su vez consideren ellos cuán grande es la necesidad que nos obliga a hablar de esta manera, a fin de que poco a poco se acostumbren a expresarse como conviene. Y cuiden asimismo, cuando hay que enfrentarse con los arrianos y los sabelianos, que si llevan a mal que se les prive de la oportunidad de tergiversar las cosas, ellos mismos resulten sospechosos de ser discípulos suyos.

Arrio dice que Cristo es Dios, pero para sus adentros afirma que es criatura y que ha tenido principio. Dice que es uno con el Padre, pero secretamente susurra a los oídos de sus discípulos que ha sido formado como los demás fieles, aunque con cierta prerrogativa.

Sabelio dice que estos nombres, Padre, Hijo y Espíritu Santo no señalan distinción alguna en Dios. Decid que son tres; en seguida protestará que nombráis tres dioses. Decid que en la esencia una de Dios hay Trinidad de Personas, y diréis lo mismo que dice la Escritura y haréis callar a este calumniador. Pero si hay alguno tan escrupuloso que no puede admitir estos tres nombres, no obstante, ninguno, por más que le pese, podrá negar que cuando la Escritura nos dice que Dios es uno debemos entender la unidad de la sustancia, y cuando oímos decir que en la unidad de la esencia divina hay tres, a saber, Padre, Hijo y Espíritu Santo, debemos de entender que con esta Trinidad se menciona a las Personas. Cuando esto se profesa de corazón y sin doblez alguna, no importarán gran cosa las palabras. Pero hace ya tiempo que sé por experiencia que cuantos pertinazmente se empeñan en discutir por simples palabras, alimentan dentro de sí algún oculto veneno, de suerte que es mucho mejor provocarlos abiertamente, que andar con medias tintas para conservar su favor y amistad.


Extracto del libro: “Institución de la Religión Cristiana”, de Juan Calvino

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