​No toda relación íntima con el mundo no convertido es considerado legítimo por el calvinismo, puesto que colocó una barrera contra la influencia malsana de este mundo, poniendo un "veto" claro contra tres cosas, jugar a las cartas, ir al teatro y bailar; tres formas de diversión que primeramente trataré por separado, y después los expondré en su significado combinado.

El evitar el mundo nunca ha sido la marca calvinista. El dogma específico anabaptista de la «separación» lo prueba. Según este dogma, los anabaptistas, anunciándose como «santos», fueron separados del mundo; se pusieron en oposición contra él. Rehusaron asumir el juramento; aborrecieron el servicio militar; condenaron el tener oficios públicos.  En medio de este mundo de pecado, ellos dieron forma a un nuevo mundo, pero que no tenía nada que ver con esta nuestra existencia presente.  Rechazaron toda obligación y responsabilidad hacia el mundo, y lo evitaron sistemáticamente, por miedo a la contaminación.

 No es cierto que haya dos mundos, uno malo y uno bueno, sino que hay un solo mundo manchado por el pecado. Es una y la misma persona a la cual Dios creó perfecta y que cayó después, y se volvió pecador; y es este mismo «ego» del viejo pecador que es renacido de nuevo, y que entra a la vida eterna.

Así también es uno y el mismo mundo que una vez mostró toda la gloria del paraíso, que después fue puesto bajo maldición, y que, desde la caída, se mantiene por la gracia común; que ahora ha sido redimido y salvado por Cristo, en su centro, y que pasará por el horror del juicio hasta el estado de gloria. Por esta misma razón, el calvinista no puede encerrarse en su iglesia y abandonar el mundo a su destino. Al contrario, él siente su llamado elevado de avanzar en el desarrollo de este mundo a un nivel más alto, y de hacerlo en constante acuerdo con la ordenanza de Dios, para la gloria de Dios, levantando en medio de tanta corrupción todo lo que es honorable, amable, y de buena reputación entre los hombres. Por tanto vemos en la historia (si me permiten hablar de mis propios antepasados) cuando apenas el calvinismo se había establecido firmemente en los Países Bajos durante cuatro siglos, que hubo un despertar de la vida en todas las direcciones, y una energía indomable trabajó en cada área de la actividad humana, en su comercio y en sus negocios, en sus artesanías e industrias, en su agricultura y horticultura, en sus artes y ciencias, que florecieron con un brillo antes desconocido, e impartieron un nuevo impulso para un desarrollo completamente nuevo de la vida, para toda Europa Occidental.

Esto permite una sola excepción, y esta excepción deseo mantener y colocarla en su luz apropiada. Lo que quiero decir es esto: No toda relación íntima con el mundo no convertido es considerado legítimo por el calvinismo, puesto que colocó una barrera contra la influencia malsana de este mundo, poniendo un «veto» claro contra tres cosas, jugar a las cartas, ir al teatro, y bailar – tres formas de diversión que primeramente trataré por separado, y después los expondré en su significado combinado.

Jugar a las cartas fue proscrito por el calvinismo, no como si los juegos de todo tipo fueron prohibidos, ni como si algo demoníaco estuviera acechándonos en las cartas mismas; sino porque fomenta en nuestro corazón la tendencia peligrosa de quitar la mirada de Dios, y de poner nuestra confianza en la fortuna o la suerte. Un juego donde se establece el ganador por medio de su agudeza de visión, rapidez de reacción, o su horizonte de experiencia, nos ennoblece; pero un juego como cartas, que se decide principalmente por la manera como las cartas son mezcladas en el paquete y distribuidas ciegamente, nos induce a atribuir cierto significado a este poder imaginativo fatal, fuera de Dios, que llamamos azar o fortuna. Cada uno de nosotros tiene una inclinación hacia esta forma de incredulidad. La fiebre de especulación en la bolsa de valores demuestra diariamente como las personas se sienten mucho más atraídos e influenciados por la seducción de la fortuna, que por una dedicación sólida a su trabajo. Por tanto, el calvinista decidió que la generación emergente debía ser protegida contra esta tendencia peligrosa, porque por medio del juego a las cartas se fomentaría esta tendencia. Y puesto que la sensación de la presencia de Dios fue sentida en cada momento por Calvino y sus seguidores, como la fuente infalible de la cual sacaron su seriedad de la vida, ellos tenían que condenar un juego que intoxicaba esta fuente al colocar el azar por encima de la disposición de Dios, y la búsqueda de la suerte por encima de la confianza firme en Su voluntad. Temer a Dios, y a la vez pedir los favores de la fortuna, les pareció tan irreconciliable como fuego y agua.

Unas objeciones muy diferentes se mantuvieron en contra del ir al teatro. En sí no hay nada pecaminoso en la ficción – el poder de la imaginación es un don precioso de Dios mismo. Ni hay algo especialmente malo en la imaginación dramática. Cuán altamente apreció Milton los dramas de Shakespeare, ¿y no escribió él mismo en forma dramática? Lo malo tampoco está en representaciones teatrales en público, en sí. Se dieron espectáculos públicos para toda la gente en el mercado de Ginebra, en los tiempos de Calvino y con su aprobación. No, lo que ofendió a nuestros antepasados no era la comedia ni la tragedia, ni la ópera en sí, sino el sacrificio moral que se requería generalmente de los actores, para la diversión del público. Un grupo teatral, especialmente en aquellos tiempos, se encontraba moralmente a un nivel bastante bajo. Este estándar moral bajo resultaba, por una parte, del hecho de que la representación cambiante del carácter de una persona diferente finalmente trunca el desarrollo del carácter propio; y por otra parte porque nuestro teatro moderno, no como el griego, ha introducido la presencia de mujeres en el escenario, en una manera que la prosperidad del teatro a menudo se decide por la medida en la cual una mujer echa a perder los tesoros más sagrados que Dios le encomendó, su nombre y conducta irreprochable. Ciertamente, un teatro estrictamente normal se podría imaginar; pero con la excepción de algunas ciudades grandes, tales teatros no podrían existir económicamente; y por todo el mundo permanece un hecho que la prosperidad de un teatro por lo general aumenta en proporción con la degradación moral de sus actores. Muchas veces, Hall Caine en su libro «El Cristiano» corroboró la triste verdad de que la prosperidad de los teatros es comprada al precio del carácter viril y de la pureza femenina. Y el calvinista que honra todo lo que es humano en el hombre por la gloria de Dios, no pudo sino condenar la compra de diversión para el oído y el ojo a un tan alto precio moral.

Finalmente, en cuanto al baile, incluso revistas mundanas como el «Fígaro» de París justifican al presente la posición del calvinista. Solo recientemente, un artículo en esta revista llamó la atención al dolor moral con el cual un padre lleva a su hija a la sala de baile por primera vez. Se declara que este dolor moral es evidente, por lo menos en París, para todos los que están familiarizados con los cuchicheos, las miradas y las acciones indecentes que prevalecen en estos círculos. Aquí también, el calvinista no protesta contra el baile en sí, sino exclusivamente contra la impureza a la cual lleva a menudo.

Con esto regreso a la barrera de la cual hablé. Nuestros padres percibieron de manera excelente que eran exactamente estos tres: el baile, el juego a las cartas, y el teatro, de los cuales el mundo estaba locamente enamorado. En círculos mundanos, estos placeres no se consideraban pequeñeces, sino fueron honrados como asuntos de suma importancia; y cualquiera que se atrevía a atacarlos se exponía al desprecio y a la enemistad más amarga. Por eso, ellos vieron en estos tres el Rubicón el cual ningún calvinista verdadero podía cruzar sin sacrificar su seriedad y su temor a Dios. Y ahora, yo pregunto, ¿no justificó el resultado su protesta fuerte y audaz? Aún ahora, después de tres siglos, Uds. encontrarán en mi país calvinista, en Escocia, y en vuestros propios Estados, círculos sociales enteros en los cuales nunca se permite entrar la mundanalidad, pero donde la riqueza de la vida humana se volvió de afuera hacia adentro, y donde, como resultado de la concentración espiritual sana, se desarrolló un sentido tan profundo para todo lo sublime, y tanta energía para todo lo sagrado, que se excita la envidia aun de nuestros antagonistas. No solo quedó intacta el ala de la mariposa en estos círculos, sino incluso el polvo de oro sobre esta ala sigue brillando como siempre.

Esta es ahora la prueba a la cual quiero invitar vuestra atención respetuosa. Nuestra época es muy adelantada a la época calvinista en cuanto a su abundancia de ensayos y tratados y exposiciones éticos. Los filósofos y teólogos realmente se hacen la competencia al descubrir para nosotros (o al esconder ante nosotros, si preferimos decirlo así) el camino recto en cuanto a la moral. Pero hay algo que todo este ejército de eruditos no fue capaz de hacer: No fueron capaces de restaurar la firmeza moral en la conciencia pública debilitada.

Al contrario, tenemos que quejarnos de que más y más se aflojan y se conmueven los fundamentos de nuestro edificio moral, hasta que finalmente no queda ni una fortaleza de la cual la gente en general puede sentir que allí se garantiza una certeza moral para el futuro. Los políticos y abogados proclaman abiertamente el derecho del más fuerte; la propiedad de un terreno se llama robo; se aboga por el «amor libre»; y se ridiculiza la honestidad. Un panteísta se atrevió a poner a Jesús y a Nerón sobre el mismo estrado; y Nietzsche, yendo aún más allá, condenó la bendición de Cristo para los humildes como la maldición de la humanidad.

Ahora comparen todo esto con los resultados maravillosos de tres siglos de calvinismo. El calvinismo entendió que el mundo no iba a salvarse con filosofías éticas, sino solamente con la restauración de la ternura de la conciencia. Por tanto no se dedicó al razonamiento, sino apeló directamente al alma, y la colocó cara a cara con el Dios Viviente, para que el corazón temblara ante Su Santa Majestad, y en esta majestad descubriera la gloria de Su amor. Y yendo atrás en este recorrido histórico, cuando Uds. observan cuan enteramente corrompido y podrido era el mundo que el calvinismo encontró, a qué nivel bajo había decaído la vida moral en aquel tiempo, en las cortes, y entre el pueblo, en el clero y entre los líderes de la ciencia, entre hombres y mujeres, entre las clases altas y bajas de la sociedad – ¿entonces cuál árbitro entre ustedes, negará la corona de la victoria moral al calvinismo, que en una sola generación, aunque perseguido desde el campo de batalla a la sentencia de muerte, creó en cinco naciones a la vez grupos tan amplios de hombres nobles, y mujeres aún más nobles, que hasta ahora no fueron igualados en sus conceptos sublimes y el poder de su dominio propio?



Este documento fue expuesto en la Universidad de Princeton en el año 1898 por  Abraham Kuyper (1837-1920) quien fue teólogo, Primer Ministro de Holanda, y fundador de la Universidad Libre de Ámsterdam.

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