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Efe 6:13 Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estad firmes.

La repetida exhortación de Pablo en Efesios 6:13 se desprende del verbo que no solo significa “tomar,” sino “volver a tomar”. Es decir, recuperar algo que se había perdido, o reanudar una actividad que se había abandonado hasta el presente.

Considerando que Pablo se dirigía principalmente a los creyentes de Éfeso, podemos dar por sentado que no les estaba diciendo que se vistieran la armadura de Dios por la conversión a la fe. Eso ya lo habían hecho. En su lugar, Pablo los exhortaba a ceñir más la armadura al cuerpo del que se había soltado, y reparar los agujeros de sus virtudes.

  1. Por qué tus virtudes deben hallarse en buen estado ¿Quién lleva armadura en tiempo de paz? ¡La armadura fue pensada para la batalla! No creas que simplemente por revestirte de la gracia divina huirá el adversario. No le impresionan las demostraciones de fuerza. Al contrario, el hecho de verte vestido con la armadura de Dios es como un capote rojo para Satanás. Así, pues, mostrarla no es suficiente; hay que ceñírsela firmemente en cada parte.

Satanás no te desafía a jugar a las batallas; esta guerra es a vida o muerte. Si no me crees, examina lo que hizo con los siervos de Dios en el pasado. Lanzándose furiosamente contra algún cristiano bien amado por el Señor, abolló su armadura hasta que la gracia de Dios en él fuera casi irreconocible. Esto lo hace cuando encuentra al cristiano desprevenido.

¿Recuerdas lo que le pasó a Jacob cuando aflojó el cinto de verdad y sinceridad, empleando un truco para conseguir la bendición de su padre? Sí, se hizo con la bendición, pero Labán le pagó con la misma moneda: le cambió a Lea por Raquel. ¡Piensa en el sufrimiento que se habría ahorrado si hubiera tenido puesta toda la armadura! ¿Y David? ¡Qué maltrecho quedó al quitarse la coraza de la justicia en el asunto de Urías! Recibió una herida grave, un disparo al corazón. Jonás, por su parte, cuando Dios quiso enviarlo a Nínive, no tenía puestas las sandalias. Quiero decir que le faltaba el apresto y la preparación que debía tener su mente para haber partido a la primera llamada. También tenemos al pobre Ezequías: le quitaron de un golpe el yelmo de la esperanza y se lo abollaron tanto que clamó: “No veré a JAH, a Jah en la tierra de los vivientes” (Is. 38:11). Hasta Abraham tuvo momentos de incredulidad y dudas que se colaban por algunos puntos oxidados de sus virtudes.

Esta guerra es un holocausto espiritual: o destruyes el poder de Satanás en tu vida vistiendo toda la armadura de Dios y manteniéndola puesta, o Satanás te destruirá a ti.

Los grandes cristianos de todas las épocas se han visto probados en los fuegos de la tentación. Todos han salido chamuscados cuando Satanás encontró la rendija más mínima en sus virtudes. No pases por alto esta verdad que la historia ha demostrado repetidas veces.
Satanás te acechará y, tarde o temprano, te pillará con esta o aquella virtud abandonada de momento. Entonces atacará. En esa hora de batalla intensa te hará falta toda tu resolución para reparar tu armadura, ¡y al momento! No te rindas; Cristo es un gran artífice y puede renovar todo lo roto en ti.

  1. Quién resulta ofendido cuando tu virtud disminuye Cuando tu virtud mengua, los efectos negativos van mucho más allá de tu propia situación, pues llegan hasta Dios mismo.
    Examinemos las consecuencias graves de descuidar tu bienestar espiritual.

a) Deshonras a Dios
El honor de Dios depende más de las virtudes de sus hijos que de otra cosa. Los pecados flagrantes del mundo no le deshonran tanto como la conducta negligente de un cristiano. Cuando los mundanos utilizan el talento que Dios les dio para aumentar sus riquezas, solo le roban su aceite, su lino y su lana. Pero cuando el cristiano abusa o descuida su virtud, ¡le quita gloria a Dios! Dejar que la gloria de Dios se escape por los agujeros de tus virtudes es muy grave. Demuestra un desprecio total hacia su voluntad. Él quiere que tus actitudes y acciones aumenten su gloria, no que la disminuyan.

Supongamos que alguien confía a un amigo su dinero, y a otro su hijo. ¿Qué le dolería más: que le malgastaran el dinero o que dañaran y descuidaran a su hijo? La virtud es como un hijo de Dios en ti, la nueva criatura en Cristo. Cuando le sobreviene algún daño por causa de tu negligencia, esto le llega más al corazón a Dios que cuando le deshonra un pecador, porque nunca le confió a aquel el don precioso que te entregó a ti.

b) Deshonras a otros creyentes
Al ser negligente en reparar tu armadura rota. Cuando el cuerpo físico enferma en alguna de sus partes, las demás se ven afectadas. Este mismo principio actúa en el cuerpo espiritual (1 Cor. 12:26). Si hacemos caso omiso de los mandamientos de Dios (y esto siempre da lugar a una disminución de la virtud) demostramos nuestra indiferencia hacia todo el cuerpo de los creyentes. Se nos manda “que nos amemos unos a otros” (2 Jn. 5). ¿Cómo demostramos la obediencia a este mandamiento? Juan lo dice en el siguiente versículo: “Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos” (v. 6). Hay una relación causa/efecto entre la virtud y el pecado: donde disminuye la primera, el último aumenta inevitablemente.

c) Te deshonras a ti mismo
Cuando ves que la bendición de Dios en ti va a peor, pero no haces nada para frenar el proceso, sufrirás por tu negligencia. Un cristiano en declive es siempre un cristiano en duda. Tu virtud es como un árbol: mientras esté sano, no dejará de crecer; pero si empieza a secarse, sabes que algo va muy mal. Satanás está pronto para reconocer las primeras señales de una fe mustia. Tu condición debilitada te hace muy susceptible a sus mentiras.

Te dirá lo siguiente: “Si fueras realmente cristiano, estarías creciendo. Los verdaderos creyentes van de poder en poder, pero tú… ¡tú vas de poder en debilidad! Dices ser salvo, ¿entonces por qué estás más lejos de Dios que en el día de tu supuesta salvación?”. Las mentiras de Satanás contienen cierto elemento de verdad: cuando tus virtudes declinan, sí que te sientes alejado de Dios y del Cielo; sí que empiezas a dudar de tu salvación.

Imagina que te encargaras de unas tierras por tener la custodia de un niño, y que en caso de su muerte estas tierras te hubieran de ser quitadas. No me cabe duda de que cuidarías muy bien del niño. No lo perderías de vista, y un dolor de cabeza te haría correr al médico. El único derecho que tenemos a nuestras posesiones celestiales es el hijo de la gracia que viene para morar en nosotros al recibir a Cristo como Señor y Salvador.

Entonces, cuando este “hijo de la gracia” enferma o se debilita, debemos utilizar todos los medios para sanarlo. Si el favor de Dios en ti está debilitado, tendrás poco gozo en la vida presente o futura. Un enfermo crónico no siente placer en lo que hace: la comida le resulta insulsa; duerme mal; no tiene fuerzas para trabajar ni distraerse. Si la imagen de Cristo en ti se ha deslucido, eres un enfermo crónico. No saborearás la dulzura de la promesa, ni gozarás de descanso alguno en él. Cojearás dolorido en cada deber, preguntándote si tienes fuerzas para cumplirlo. Todo el tiempo tu corazón desconsolado clamará bajo la pesada carga que le impones.

¡Qué triste es que nuestra propia negligencia a menudo le dé ventaja a Satanás! Por la complacencia espiritual le ponemos la vara en la mano y un argumento en su boca para cuestionar nuestra salvación. ¡Pero qué dulce es la promesa hecha a nuestra fe cuando está activa y vigorosa! ¡Qué fácil resulta el yugo cuando el cristiano no se halla escocido por la culpa, ni debilitado por la virtud en declive! Cuando tu relación con Cristo va bien, tú y tus hermanos en el Señor os beneficiáis por igual, y tu Padre celestial se glorifica.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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