Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Sección de boletines de la iglesia

Boletín del día 25/2/2010

El hombre es una criatura abundante en necesidades y siempre intranquilo, y por eso su corazón está lleno de deseos. No puedo casi imaginar a un hombre que no tenga muchos deseos de una u otra especie. El hombre es comparable con la anémona marina con su multitud de tentáculos que siempre está cazando su alimento del agua; o como ciertas plantas que envían zarcillos, buscando los medios para trepar. El poeta dice: "El hombre nunca es, pero siempre está por ser, bendito." Lleva el timón hacia donde piensa que está su puerto, sin embargo, es sacudido por las olas. Uno de estos días espera encontrar la delicia de su corazón, y así continúa deseando con más o menos expectativas.

Texto: "Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” Santiago 4:2-3.

Este hecho ocurre con los peores de los hombres y con los mejores. En los malos hombres los deseos se corrompen y llegan a convertirse en lujuria: anhelan lo que es egoísta, sensual y consecuentemente, malo. La corriente de sus dese¬os está puesta firmemente en una dirección equivocada. En muchos casos la lujuria se hace extremadamente intensa: hacen del hombre su esclavo. Dominan su juicio; lo estimulan a la violencia: pelea y hace la guerra, quizás literalmente mate. A la vista de Dios, que cuenta la ira como homicidio, mata frecuentemente. Tal es la fuerza de sus deseos que comúnmente son llamados pasiones, y cuando estas pasiones se excitan plenamente, entonces el hombre mismo lucha con vehemencia, de manera que el reino del diablo sufre violencia y los violentos lo arrebatan por la fuerza.
Mientras tanto hay deseos también en los hombres de la gracia. Quitar a los santos sus deseos sería dañarlos gran¬demente, porque debido a ellos elevan su bajo ser. Los deseos de los hombres de la gracia son por cosas mejores: cosas puras y pacíficas, loables y con elevadas miras. Desean la gloria de Dios, y por eso sus deseos brotan de motivos más elevados que los que inflaman la mente no renovada. Tales deseos en los cristianos frecuentemente son muy fervientes y contundentes; siempre debieran ser así. Y los deseos engedrados por el Espíritu de Dios agitan la nueva naturaleza, excitándola, y haciendo que el hombre anhele y entre en angustia y afanes hasta que puede lograr aquello que Dios le ha enseñado que puede anhelar. El codiciar del malo y el santo desear de los justos, tienen sus propios medios de buscar satisfacción. El codiciar de los malvados se convierte en contienda; mata y desea tener; pelea y hace guerra; mien¬tras por otra parte el deseo de los justos, correctamente guiados, toman un curso mucho mejor para lograr sus propósitos, porque se expresa en oración ferviente e importuna. El hombre piadoso, cuando está lleno de deseos pide a Dios y recibe de la mano de Dios.
En esta oportunidad, con la ayuda de Dios, trataré de exponer a partir de nuestro texto, primero, la pobreza de codiciar, -"Codiciáis y no tenéis." En segundo lugar, con tris¬teza mostraré la pobreza de muchos cristianos profesantes en las cosas espirituales, especialmente en su calidad de iglesia; también desean y no tienen. En tercer lugar, y para terminar, hablaremos de la riqueza con que serán recompensados los santos deseos si tan sólo usamos los medios correctos. Si pedimos, recibiremos.

I. Primero, consideramos LA POBREZA DE CODICIAR, —"Codiciáis y no tenéis."
Las codicias carnales, sin importar lo fuertes que puedan ser, en muchísimos casos no obtienen lo que per¬siguen: como dice el texto, "Codiciáis y no tenéis." El hombre anhela ser feliz, pero no lo es; suspira por ser grande, pero se hace menor cada día. Aspira a lograr esto y aquello, que piensa que lo dejará contento, pero sigue insatisfecho. Es como el mar tormentoso que no tiene reposo. De una u otra forma su vida es una desilusión. Se agita como si estuviera en el fuego mismo, pero el resultado es vanidad y aflicción de espíritu. ¿Cómo podría ser de otro modo? Si sembramos vientos, ¿no debemos cosechar tempestades, y nada más? O, si por ventura los fuertes deseos de un hombre activo, talentoso y perseverante le dan lo que busca, pronto lo pierde. Tiene de tal modo que es como si no tuviera. La búsqueda es trabajosa, pero la posesión es un sueño. Se sienta a comer, y he aquí la fiesta desaparece y la copa se desvanece cuando toca sus labios. Gana para perder; edifica y su fundamento arenoso se desliza por debajo de su torre, que cae en ruinas. El que ha conquistado reinos muere descontento en una solitaria roca en medio del océano; y el que ha revivido un imperio cae para no volver a levantarse. Así como la calabacera de Jonás se marchitó en una noche, hay imperios que han caído repen¬tinamente, y sus señores han muerto en el exilio. Así que lo que los hombres obtienen por medio de guerras y peleas es una propiedad con un contrato por breve tiempo. El logro resultante es tan temporal que sigue siendo cierto que "codician y no tienen."
O si hay hombres con dones y poder suficientes para retener lo que han obtenido, sin embargo, en otro sentido, no tiene, porque el placer que esperaban encontrar en ello no está allí. Sacan la manzana del árbol, y se les convierte en una de esas manzanas del Mar Muerto que en la mano se hacen cenizas. El hombre es rico, pero Dios aleja de él el poder de disfrutar su riqueza. Por sus codicias y batallas el hombre licencioso obtiene el objeto de sus anhelos, y después de un momento de deleite, siente aversión por lo que tan apasionadamente había codiciado. Anhela el placer tentador, lo agarra, y lo hace trizas debido a las ansias con que lo toma. Mirad al muchacho que caza una mariposa, que revolo¬tea de flor en flor, mientras él la persigue ardorosamente. Finalmente queda a su alcance y con su gorro la hace caer de un golpe. Cuando recoge sus pobres restos, descubre que el insecto de pintadas alas yace destrozado por el acto mismo que lo cazó. Lo mismo se puede decir de multitudes de los hijos de los hombres: "Codiciáis y no tenéis."
Su pobreza se presenta de tres maneras. "Matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar." "No tenéis lo que deseáis porque no pedís." "Pedís y no recibís, porque pedís mal."
Si los que codician fracasan, no es porque no se pongan a trabajar para lograr sus objetivos. Porque de acuerdo con su naturaleza, utilizaron los medios más prácticos a su alcance, y los usaron ávidamente, además. Según la mente carnal el único modo de obtener una cosa es pelear por ella, y Santiago deja escrito esto como la razón de todas las luchas. ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?" Este es la forma de esfuerzo del que leemos: "combatís y lucháis, pero no tenéis," A este modo de obrar se aferran los hombres de época en época. Si alguien va a progresar en este mundo dicen que debe luchar contra su prójimo, y sacarlos del lugar ventajoso en que se encuentran. No debe darle importancia al como los demás van a pros¬perar, sino que debe tener presente, debe preocuparlo la oportunidad que a él se le presenta, y cuidarse de surgir, no importa a cuántos deba pisar en el proceso. No puede esperar progreso si ama al prójimo como a sí mismo. ¿Les parece que soy satírico? Podría ser, pero he oído este modo de hablar de personas que lo decían en serio. Así que ellos emprenden la lucha, y esa lucha es siempre victoriosa, porque según el texto
"Matáis," es decir, combaten de tal manera que derrotan a su adversario, y acaban con él.
Multitudes de hombres están viviendo para sí mismos, combatiendo aquí y luchando allá, haciendo la guerra con sus propias manos con la máxima perseverancia. No tienen elección en cuanto a la forma de hacerlo. No permiten que la con¬ciencia interfiera sus transacciones, pero suena en sus oídos el antiguo consejo: "Gana dinero; gánalo honestamente, si puedes, pero por todos los medios, gana dinero." No importa que se arruinen cuerpo y alma, y que otros sean ahogados por la miseria, combate, porque en esta guerra no hay tregua. Bien dice Santiago: "Matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis."
Cuando los hombres se entregan a sus propósitos egoístas y no logran el éxito, podrían posiblemente oír que la razón de su falta de éxito es "porque no pedís." Entonces, ¿hay que alcanzar el éxito pidiendo? Eso es lo que parece insinuar el texto, y eso es lo que entiende el justo. ¿Por qué este hombre de deseos intensos no pide? La razón, en primer lugar, es que va en contra de la naturaleza del hombre natural que ore. Es como esperar que vuele. Siente desprecio por la idea de suplicar. "¿Orar?" pregunta. "No, yo quiero trabajar. No puedo desperdiciar mi tiempo en devociones; la oración no es práctica; quiero luchar a mi manera. Mientras tú oras, yo derrotaré a mi adversario. Yo me voy a mi oficina de contbilidad, y te dejo con tus Biblias y oraciones." No tiene intenciones de pedirle a Dios. Es tan orgulloso que se considera a sí mismo como su propia providencia. Su propia diestra y su brazo fuerte le llevarán a la victoria. Cuando hace gala de mucha liberalidad en sus opiniones reconoce que aunque no ora podría haber algo de bueno en la oración, porque tranquiliza la mente de la gente, y les hace sentirse bien, pero desecha la idea de que alguna respuesta pueda venir de la oración, y habla filosófica y teológicamente de lo absurdo que es pensar que Dios altere el curso de su conducta o responda a las oraciones de hombres y mujeres. "Ridículo," dice, "completamente ridículo"; y entonces, en su gran sabiduría, vuelve a la lucha y a su guerra, porque por tales medios espera lograr sus objetivos. Pero no lo alcanza. Toda la historia de la humanidad muestra el fracaso de la codicia por obtener su objetivo.
El hombre carnal actúa de esta manera. Si no puede lograr su objetivo de un modo, lo intentará de otro. Si tiene que pedir, pedirá; se hará religioso, y ese será el método por el cual alcanzará su objetivo. Descubre que algunos religiosos prosperan en el mundo, y que aun los cristianos sinceros están lejos de ser necios en los negocios, y por lo tanto probará el plan de ellos. Y entonces cae bajo la tercera censura de nuestro texto: "Pedís y no recibís." ¿Cuál es la razón por la que el hombre que es esclavo de su codicia no obtiene lo que desea, a pesar de que empieza a pedir? La razón es que su pedir es un puro formalismo; su corazón no adora. Compra un libro que contiene lo que se denominan formularios de oración, y las repite, porque repetir es más fácil que orar, y no requiere que se piense.
No tengo objeciones contra el uso de un formulario de oración si con él tú oras; pero sé que la gran mayoría no ora con ellos, sino sólo repiten la fórmula. Imaginaos lo que llegaría a ser nuestra familia si en vez de hablarnos franca¬mente, nuestros niños ante cualquier necesidad tienen como un requisito entrar en la biblioteca, buscar un libro de oraciones y leernos una de las fórmulas. Ciertamente tocaría a su fin todo sentido hogareño y el amor. La vida se vería llena de trabas. Nuestra casa se convertiría en una especie de internado o de cuartel, y todo sería revista y formalidad, en vez de ojos felices que miran con cariñosa confianza hacia ojos amados que se deleitan en responder. Muchos hombres espirituales usan un formulario, pero los hombres carnales es seguro que la hacen porque siempre caen en el formalismo.
Si tus deseos son anhelos de la naturaleza caída, si tus deseos comienzan y terminan en tu propio yo, y si el fin prin¬cipal por el que vives no es el de glorificar a Dios, sino glorificarte a ti mismo, entonces podrás luchar, pero no tend¬rás; podrías levantarte temprano y acostarte tarde pero de ello no obtendrás nada que valga la pena. Recuerda lo que el Señor dice en el salmo treinta y siete: "Deja la ira, y desecha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo." "Porque de aquí a poco no existirá el malo; observarás su lugar, y no estará allí. Pero los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz."

C.H. Spurgeon