Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 3/4/2014

La  persecución de la que es objeto el cristiano por causa de Cristo es la prueba de quién es y de qué es. 'Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.' 

​Veamos ante todo la forma en que el cristiano debería hacer frente a la persecución. No vamos a perder tiempo en volver a ver las formas que puede asumir la persecución. Todos las conocemos. Puede ser violenta; puede significar ser arrestado, encarcelado o puesto en un campo de concentración. Esto sucede a miles de nuestros hermanos cristianos en el mundo. Puede tomar la forma de personas a quienes se da muerte de un tiro o de alguna otra manera. Puede tomar la forma de alguien que pierde el puesto que ocupa. Se puede manifestar en bromas, burlas o risitas cuando entra en una sala. Puede tomar la forma de una campaña de chismes. No tienen fin las formas en que el perseguido puede sufrir. Pero no es esto lo que importa. Lo que sí importa es la forma en que el cristiano se enfrenta a todo esto. Nuestro Señor nos dice en este pasaje cómo hemos de hacerlo.

Digámoslo primero de forma negativa. El cristiano no debe desquitarse. Es muy difícil no hacerlo, más difícil para unos que para otros. Pero nuestro Señor no lo hizo, y nosotros sus seguidores hemos de ser como El. Por esto debemos soportar la ira sin contestar. Desquitarse es ser como el hombre natural quien siempre contesta; por naturaleza tiene el instinto de auto preservación y el deseo de vengarse. Pero el cristiano es diferente, diferente en naturaleza; por esto no debe hacerlo.

Además, no sólo no debe desquitarse; tampoco debe sentir enojo. Esto es mucho más difícil. Lo primero que hay que hacer es controlar los actos, la respuesta en sí. Pero nuestro Señor no se contenta con esto, porque ser verdadero cristiano no es vivir en un estado de represión. Hay que ir más allá. Hay que llegar al estado en que ni siquiera le molesta a uno la persecución. Creo que todos ustedes conocen por experiencia la diferencia entre estas dos cosas. Quizás ya hace tiempo que hemos comprendido que perder el control a causa de algo, o manifestar enojo es deshonrar a nuestro Señor.

Pero quizá todavía lo sentimos, y con intensidad, y nos sentimos heridos por ello y agraviados. Ahora bien, la enseñanza cristiana es que debemos ir más allá. Vemos en Filipenses 1 cómo el apóstol Pablo lo había hecho. Fue un hombre muy sensible —sus Cartas así lo indican— y podía sentirse muy herido. Sus sentimientos habían sido heridos; nos dice que los corintios y los gálatas y otros lo hirieron; y con todo ha llegado a un estado en que ya no se siente afectado por estas cosas. Dice que ya ni se juzga; deja el juicio a Dios.

Por tanto, no debemos ni sentirnos ofendidos por lo que nos hacen. Pero debemos añadir algo, porque estas cosas son muy sutiles. Si sabemos algo de la psicología de nuestra alma y de la vida cristiana —empleando el término 'psicología' en su sentido verdadero y no en su sentido moderno, pervertido— debemos darnos cuenta de que hay que dar un paso más. El tercer aspecto negativo es que nunca debemos dejar que la persecución nos deprima. Después de haber conseguido las dos primeras cosas, quizá uno siente todavía que lo ocurrido lo deja a uno deprimido, triste. No la cosa en sí, quizá; pero en cierto modo se apodera del alma y el espíritu un sentido de depresión u opresión. No es que uno sienta enojo por una persona en concreto; pero uno se dice, '¿Por qué debía ser así? ¿Por qué se me trata así?' En consecuencia un  sentimiento de depresión parece apoderarse de la vida espiritual, y se tiende a perder el rumbo de la vida cristiana. Esto es algo que nuestro Señor también censura. Lo dice en forma positiva y explícita, 'Gozaos y alegraos.' Hemos visto a menudo en el estudio de las Bienaventuranzas, que muestran con más claridad que ningún otro pasaje del Nuevo Testamento la falacia y futilidad absolutas del pensar que alguien pueda hacerse cristiano con sus propios esfuerzos. Esto significa ser cristiano. Cuando uno es perseguido y anda diciendo toda clase de falsedades y maldades acerca de uno, uno se alegra y goza. Para el hombre natural esto resulta completamente imposible. Ni siquiera puede dominar el espíritu de venganza. Mucho menos puede desprenderse del sentimiento de enojo. Pero 'gozarse y alegrarse' en circunstancias tales es algo que jamás hará. A esto, sin embargo, se llama al cristiano. Nuestro Señor dice que debemos llegar a ser como El en estos asuntos. El autor de la Carta a los Hebreos lo dice en un versículo. 'El cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio.'

Esta es, pues, nuestra primera proposición. Hemos visto la forma en que el cristiano, en la práctica, hace frente a la persecución. Hagamos ahora otra pregunta. ¿Por qué el cristiano ha de alegrarse así, y cómo puede conseguirlo? Con esto llegamos a la médula del problema. Es obvio que el cristiano no ha de alegrarse por la persecución como tal. Más bien es algo que siempre hay que lamentar. Pero encuentra uno al leer biografías cristianas que ciertos santos se han enfrentado a la persecución en  forma bien concreta. Se han alegrado en forma equivocada por la persecución como tal. Pero este fue el espíritu de los fariseos, y es algo que nunca deberíamos hacer. Si nos alegramos por la persecución en sí, si decimos, 'Bien; me alegro y estoy muy contento de ser mejor que otros, y por esto me persiguen,' de inmediato nos convertimos en fariseos. La persecución es algo que el cristiano siempre debería lamentar; debería causarle dolor que hombres y mujeres, a causa del pecado y de estar bajo el dominio de Satanás, se conduzcan en forma tan inhumana y maligna. El cristiano es, en un sentido, alguien que debe sentírsele destrozar el corazón al ver el efecto que el pecado causa en otros hasta el punto de hacer que se comporten así. Por esto nunca se alegra por el hecho de la persecución en sí.

¿Por qué, pues, se alegra de ella? ¿Por qué debería gozarse? Estas son las respuestas de nuestro Señor. La primera es que esta persecución de la que es objeto por causa de Cristo es prueba de quién es y de qué es. 'Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.' Por esto si ven que son perseguidos y que se dicen cosas malas de ustedes por causa de Cristo, saben que son como los profetas, quienes fueron siervos de Dios, y que ahora están gozando de la gloria de Dios. De esto hay que alegrarse. Esta es una de las formas en que nuestro Señor lo convierte todo en triunfo. En un sentido hace incluso al diablo causa de bendición. El diablo por medio de sus agentes persigue al cristiano y lo hace infeliz. Pero si se considera esto en una perspectiva adecuada, se encuentra razón para alegrarse; y entonces uno se dirige a Satanás para decirle, 'Gracias; me estás demostrando que soy hijo de Dios, porque si no, nunca me perseguirías así por causa de Cristo.' Santiago, en su Carta, argumenta también a base de que esto es prueba del llamamiento de uno y de la condición de hijo; es algo que le asegura a uno que es hijo de Dios.


Extracto del libro: El sermón dle monte" del Dr. Martyn Lloyd-Jones