Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 19/3/2015

​El ayuno: ¿Cuán a menudo y hasta qué punto hemos pensado en el ayuno? ¿Qué lugar ocupa en nuestra visión total de la vida cristiana y de la disciplina de la vida cristiana? Me parece que el hecho es que muy pocas veces, y quizá nunca, hemos pensado en ello. Me pregunto si habremos ayunado alguna vez. Me pregunto si ni siquiera se nos ha ocurrido que deberíamos examinar el asunto del ayuno.

​Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público (Mateo 6:16-18)

Pasamos ahora a examinar la tercera ilustración que nuestro Señor da en cuanto al modo en que debemos conducirnos en esta cuestión de la justicia personal. En los dos capítulos siguientes volveremos a estudiar en forma detallada su enseñanza sobre la oración, especialmente en lo que se suele llamar el 'Padre Nuestro'. Pero antes de hacerlo, me parece que deberíamos tener muy presentes y claras estas tres ilustraciones específicas de la justicia personal.

Recordarán que, en esta sección del Sermón del Monte, nuestro Señor habla acerca de la justicia personal. Ya ha descrito al cristiano en su actitud general hacia la vida — su vida mental, si lo prefieren—. Aquí, sin embargo, examinamos más la conducta cristiana. La afirmación general de nuestro Señor es ésta: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro padre que está en los cielos”.

Ya hemos indicado que nuestro Señor muestra que la vida cristiana puede dividirse en tres secciones principales. Está el aspecto o porción de nuestra vida en el que hacemos el bien a otros: la limosna. Luego, el aspecto de nuestra relación personal íntima con Dios: nuestra vida de oración. El tercero es el que vamos a examinar ahora al estudiar los versículos 16-18: el aspecto de la disciplina personal en la vida espiritual de uno, considerada especialmente en función del ayuno.

Es importante, sin embargo, señalar que lo que nuestro Señor dice aquí acerca del ayuno se puede aplicar igualmente a toda la cuestión de la disciplina en nuestra vida espiritual. Tengo relación con mis semejantes; tengo relación con Dios, y tengo relación conmigo mismo. O podríamos expresar esta división triple en función de lo que hago a otros, lo que hago respecto a Dios, y lo que me hago a mí mismo. El último punto es el tema que nuestro Señor contempla en este corto párrafo.

No podemos examinar esta afirmación acerca del ayuno sin hacer algunas observaciones preliminares generales. Creo que a todos nos debe sorprender de inmediato el hecho de que se produzca constantemente la necesidad de variar el énfasis, no sólo en nuestra predicación del evangelio, sino también en todo el enfoque hacia él, y en nuestra forma de pensar acerca del mismo. Aunque la verdad es una y siempre la misma, con todo, como tiene una índole polifacética, y como la naturaleza humana es lo que es como resultado del pecado, hay épocas particulares de la historia de la iglesia que necesitan un énfasis especial en cuanto a aspectos específicos de la verdad. Este principio se encuentra en la Biblia misma. Hay quienes quisieran que creyéramos que hay un gran conflicto en el Antiguo Testamento entre los sacerdotes y los profetas, entre los que hacían énfasis en las obras y los que hacían énfasis en la fe. La verdad es, desde luego, que no hay tal conflicto, que no hay contradicción. Había quienes subrayaban falsamente aspectos específicos de la verdad, y necesitaban ser corregidos. Lo que quiero destacar es que cuando el énfasis sacerdotal ha estado muy en boga, lo que se necesita sobre todo es el énfasis en el elemento profético; o, en otras épocas, cuando ha llamado la atención excesivamente lo profético, es necesario restablecer el equilibrio, recordar a las personas lo sacerdotal y destacarlo.

Lo mismo ocurre en el Nuevo Testamento. No hay contradicción verdadera entre Santiago y Pablo. Los que dicen que en su enseñanza se contradicen mutuamente, tiene una visión muy superficial del Nuevo Testamento. No se contradicen, sino que cada uno de ellos, debido a ciertas circunstancias, fue inspirado por el Espíritu Santo para enfatizar ciertos aspectos de la verdad. Santiago trata evidentemente con personas que tendían a afirmar que, si alguien dice creer en el Señor Jesucristo, todo lo demás no importa, no hay que preocuparse de nada más. Lo único que se les puede decir a tales personas es: “La fe sin obras está muerta”. Pero si uno trata con personas que están constantemente centrando la atención en lo que se hace, con personas que hacen énfasis en las obras, entonces hay que ponerles de relieve este aspecto y elemento tan importante de la fe.

Recuerdo todo esto en este contexto, porque sobre todo en el caso de los evangélicos, todo este asunto del ayuno casi ha desaparecido de nuestra vida e incluso del campo mismo de nuestra consideración. ¿Cuán a menudo y hasta qué punto hemos pensado en esto? ¿Qué lugar ocupa en nuestra visión total de la vida cristiana y de la disciplina de la vida cristiana? Me parece que el hecho es que muy pocas veces, y quizá nunca, hemos pensado en ello. Me pregunto si habremos ayunado alguna vez. Me pregunto si ni siquiera se nos ha ocurrido que deberíamos examinar el asunto del ayuno. El hecho es que no, que todo este tema parece haber desaparecido por completo de nuestra vida, de nuestro mismo pensar cristiano.

No es difícil descubrir la causa de ello. Ha sido obviamente la reacción contra la enseñanza católica en todas sus formas. Los católicos, ya sean de la iglesia Anglicana o de la iglesia Romana, o de cualquier otra institución, colocan en lugar muy prominente este aspecto del ayuno. Y el evangelicalismo no es sólo algo en sí mismo y por sí mismo; también es siempre, además, una reacción y el peligro de una reacción cualquiera es siempre el llegar demasiado lejos. En este caso concreto, debido a la falsa importancia que los católicos le dan al ayuno, tendemos a ir al otro extremo y olvidarnos por completo del mismo. ¿No es ésta la razón por la cual la gran mayoría de nosotros nunca hemos ni siquiera examinado con seriedad este asunto del ayuno? Pero me he dado cuenta de que es un tema que poco a poco se está volviendo a examinar entre los evangélicos. No puedo decir que lo haya advertido hasta ahora en la literatura evangélica de Gran Bretaña; pero ciertamente toda esta cuestión del ayuno va adquiriendo una mayor importancia en la literatura evangélica que nos viene del otro lado del Atlántico. A medida que las personas comienzan a considerar con una nueva seriedad los días y los tiempos por los que estamos pasando, y a medida que muchos están comenzando a desear el reavivamiento, la cuestión del ayuno se va volviendo más y más importante. Probablemente el lector descubrirá que se está dedicando cada vez más atención a este tema; es, pues, bueno que lo examinemos juntos. Aparte de eso, sin embargo, aquí lo tenemos en el Sermón del Monte; y no tenemos derecho a ser selectivos con la Biblia. Debemos tomar el Sermón del Monte como es, y he aquí que se nos plantea la cuestión del ayuno. Por ello debemos examinarla.

Nuestro Señor en esta situación concreta estaba preocupado solamente por un aspecto del tema, y era la tendencia a hacer estas cosas para ser vistos por los hombres. Le preocupaba este aspecto exhibicionista, que en consecuencia debemos necesariamente examinar. Pero me parece que, ante la negligencia del tema por parte nuestra, es adecuado y provechoso también que lo examinemos en una forma más general, antes de llegar al punto específico que enfatiza nuestro Señor.

Examinémonos desde esta perspectiva. ¿Cuál es en realidad el lugar del ayuno en la vida cristiana? ¿En qué punto entra, según la enseñanza de la Biblia? Esta es aproximadamente la respuesta: Es algo que se enseña en el Antiguo Testamento. Bajo la ley de Moisés, los hijos de Israel recibieron el mandato de ayunar una vez al año, y esto obligaba tanto a la nación como al pueblo permanentemente. Más adelante leemos que, debido a ciertas emergencias nacionales, la gente misma escogió ciertos días de ayuno adicionales. Pero el único ayuno que Dios mismo mandó de forma directa fue ese gran ayuno anual. Cuando pasamos a la época del Nuevo Testamento, vemos que los fariseos ayunaban dos veces a la semana. Dios nunca les mandó que lo hicieran así, pero ellos lo hacían, y lo convirtieron en una parte vital de su religión. Siempre existe la tendencia, entre ciertas clases de personas religiosas, de ir más allá de la Biblia, y ésta es la posición que adoptaron los fariseos.

Si examinamos la enseñanza de nuestro Señor, encontramos que, si bien nunca enseñó el ayuno de forma directa, sí lo hizo de forma indirecta. En Mateo 9 nos dice que se le formuló una pregunta específica acerca del ayuno. Le dijeron, “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días en que el esposo les será quitado y entonces ayunarán”. Me parece que en este pasaje, de forma muy clara, está implícita la enseñanza del ayuno y casi diría la defensa del mismo. Es evidente, de todos modos, que Cristo nunca lo prohibió. De hecho, la enseñanza que estamos examinando en este momento obviamente implica la aprobación del mismo. Lo que dice es, “cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro”, de manera que, naturalmente, era algo que nuestro Señor consideraba como justo y bueno para los cristianos. Y recordemos que Él mismo ayunó cuarenta días y cuarenta noches cuando estuvo en el desierto sometido a la tentación del diablo.

Luego, pasando de la enseñanza y práctica de nuestro Señor a las de la iglesia primitiva, vemos que fue algo que los apóstoles practicaron. En la iglesia de Antioquia, cuando enviaron a Pablo y a Bernabé a su viaje apostólico, lo hicieron sólo después de haberse dedicado a la oración y al ayuno. De hecho, la iglesia primitiva, ante cualquier ocasión importante o ante la necesidad de tomar una decisión vital, parecía practicar siempre, no sólo la oración, sino también el ayuno. El apóstol Pablo, al referirse a sí mismo y a su vida, habla acerca de haber ayunado a menudo. Fue claramente algo que formó parte habitual de su vida. Los que se interesan por la crítica textual, recordarán que en Marcos 9:29, se cita a nuestro Señor diciendo: “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno”. Es probablemente acertado decir que la palabra 'ayuno' debería eliminarse de acuerdo con los mejores documentos y manuscritos; pero esto no tiene importancia en cuanto al punto en general, porque poseemos todas las otras enseñanzas que muestran muy claramente que el Nuevo Testamento inculca, de forma concreta, el ayuno como algo adecuado y valioso. Y cuando examinamos la historia de la iglesia, encontramos exactamente lo mismo. Los santos de Dios de todas las épocas y en todos los lugares no sólo han creído en el ayuno, sino que lo han practicado. Así fue en el caso de los Reformadores protestantes, así fue en el caso de los Wesleys y Whitefield. He de admitir que lo practicaron más, antes de que se hubieran convertido de verdad; pero siguieron ayunando también después de su conversión. Y quienes conocen la vida de este gran cristiano chino, el pastor Hsi de China, recordarán que cuando se hallaba ante alguna dificultad, o problema nuevo o excepcional, invariablemente ayunaba además de orar. El pueblo de Dios ha creído que el ayuno no solamente es bueno, sino que es de gran valor e importancia bajo ciertas condiciones.

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Extracto del libro: "El sermón del monte" del Dr. Martyn Lloyd-Jones