En BOLETÍN SEMANAL

“Mucho se alegrará el padre del justo, y el que engendra sabio se gozará con él. Alégrense tu padre y tu madre, y gócese la que te dio a luz”. —Proverbios 23:24-25

Considera con cuidado la relación que tienes con tus padres. Existe una conexión natural entre vosotros, por el hecho de que son ellos los propios instrumentos de tu existencia: Una circunstancia que de por sí parece investirlos… de una autoridad casi absoluta sobre ti. Eres, literalmente, parte de ellos y no puedes reflexionar en ningún momento en tu nacimiento sin que te impresione el peso maravilloso y solemne que llevas de tu obligación hacia tu padre y tu madre. Pero considera que no hay solamente una cuestión natural de tu deber hacia ellos, sino una conexión establecida entre vosotros. Jehová mismo ha intervenido y, uniendo el lenguaje de revelación con los dictados de la razón y la fuerza de autoridad a los impulsos de la naturaleza, te ha llamado a la piedad filial, no sólo como una cuestión de sentimientos, sino de principios. Estudia entonces la relación: Piensa cuidadosa y seriamente en la conexión que existe entre vosotros. Pesa bien la importancia de las palabras padre y madre. Piensa cuánto contiene que tiene que ver contigo, cuántos oficios contiene en sí: Protector, defensor, maestro, guía, benefactor, sostén de la familia. ¿Cuáles, entonces, tienen que ser las obligaciones del hijo? Lo siguiente es un breve resumen de los deberes filiales:

1.- El amor

Debes amar a tus padres. El amor es la única actitud de la cual pueden surgir todos los demás deberes que te corresponden hacia ellos. Al decir amor, nos referimos al anhelo de cumplir los deseos de ellos. Por cierto que es lo que un padre y una madre merecen. La propia relación que tienes con respecto a ellos lo demanda. Si te falta esto, si no tienes en tu corazón una predisposición hacia ellos, tu actitud es extraña y culpable. Hasta que contraigas matrimonio o estés por hacerlo, deben ellos, en la mayoría de los casos, ser los objetos supremos de tu cariño terrenal. No basta con que seas respetuoso y obediente y aun amable, sino que, donde no existan razones [bíblicas] para alejarte de ellos, tienes que quererlos. Es de importancia infinita que cuides tus sentimientos y no caigas en una antipatía, un distanciamiento o una indiferencia hacia ellos y que se apague tu cariño. No adoptes ningún prejuicio contra ellos ni permitas que algo en ellos te impresione desfavorablemente. El respeto y la obediencia, si no brotan del amor… son muy precarios.

Si los amas, te encantará estar en su compañía y te agradará estar con ellos en casa. A ellos les resulta doloroso ver que estás más contento en cualquier parte que en casa y que te gusta más cualquier otra compañía que la de ellos. Ninguna compañía debe ser tan valorada por ti como la de tu madre o tu padre.

Si los amas, te esforzarás por complacerles en todo. Siempre ansiamos agradar a aquellos que queremos y evitamos todo lo que pudiera causarles un dolor. Si somos indiferentes en cuanto a agradar o desagradar a alguien es obviamente imposible que sintamos algún afecto por él. La esencia de la piedad hacia Dios es un anhelo profundo de agradarle y la esencia de la piedad filial es un anhelo por agradar a tus padres. Joven, reflexiona en este pensamiento sencillo: El placer del hijo debería ser complacer a sus padres. Esto es amor y la suma de todos tus deberes. Si adoptas esta regla, si la escribes en tu corazón y si la conviertes en la norma de tu conducta, dejaría a un lado mi pluma porque ya estaría todo dicho. Ojalá pudiera hacerte entrar en razón y fijar esto en tu conciencia para que te comprometas a decir:

“Estoy comprometido por todos los lazos con Dios y el hombre, de la razón y revelación, del honor y la gratitud, hacer todo lo posible para hacer felices a mis padres, por hacer lo que sea que les produce placer y por evitar todo lo que les cause dolor; con la ayuda de Dios, desde este instante, averiguar y hacer todo lo que promueva su bienestar. Haré que mi voluntad consista en hacer la de ellos y que mi felicidad terrenal provenga de hacerlos felices a ellos. Sacrificaré mis propias predilecciones y me conformaré con lo que ellos decidan”. ¡Noble resolución, justa y apropiada! Adóptala, llévala a la práctica y nunca te arrepentirás. No disfrutes de ninguna felicidad terrenal que sea a expensas de ellos.

Si los amas, desearás que tengan una buena opinión de ti. Es natural que valoremos la estima de aquellos a quienes amamos: queremos que piensen bien de nosotros. Si no nos importa su opinión de nosotros, es una señal segura de que ellos no nos importan. Los hijos deben anhelar y ansiar que sus padres tengan una opinión excelente de ellos. No hay prueba más decisiva de una mala disposición en un hijo o una hija que ser indiferente a lo que sus padres piensan de él o ella. En un caso así, no hay nada de amor, y el joven va camino a la rebelión y destrucción…

2.- La honra

El próximo deber es honrar a tus padres. “Honra a tu madre y a tu madre”, dice el mandamiento. Esta honra tiene que ver con tus sentimientos, tus palabras y tus acciones. Consiste en tener conciencia de su posición de autoridad, y un esfuerzo por conservar una actitud respetuosa hacia ellos como personas que Dios puso para estar por encima ti. Tiene que haber… un sometimiento del corazón a la autoridad de ellos que se expresa en un respeto sincero y profundo… Si no hay respeto en el corazón, no puede esperarse en la conducta. En toda virtud, ya sea la más elevada que respeta a Dios o la clase secundaria que se relaciona con otros humanos como nosotros, tiene que ser de corazón. Sin esto, dicha virtud no existe.

Tus palabras tienen que coincidir con los sentimientos respetuosos de tu corazón. Cuando hablas con ellos, tu manera de hacerlo, tanto tus palabras como tu tono, deben ser modestos, sumisos y respetuosos, sin levantar la voz, sin enojo ni impertinencia ni tampoco descaro porque ellos no son tus iguales, son tus superiores. Si alguna vez no concuerdas con su opinión, debes expresar tus puntos de vista, no con displicencia ni intransigencia como si estuvieras con alguien con quien disputas, sino con la curiosidad humilde de un alumno. Si ellos te reprenden y quizá más fuerte de lo que crees que mereces, tienes que taparte la boca con la mano y no ser respondón ni mostrar resentimiento. Tu respeto por ellos tiene que ser tan grande que refrene tus palabras cuando estás en su compañía, por todo lo que ellos se merecen. Es extremadamente ofensivo escuchar a un joven irrespetuoso, grosero, respondón, que no se controla en la presencia de su madre o su padre y que no hace más que hablar de sí mismo. Los jóvenes deben ser siempre modestos y sosegados cuando está con otros, pero con mayor razón cuando sus padres están presentes. También debes tener cuidado de cómo hablas de ellos a otros. Nunca debes hablar de sus faltas… ni decir nada que puede llevar a otros a pensar mal de ellos o a ver que piensas mal de ellos. Si alguien ataca la reputación de ellos, con presteza y firmeza, aunque con humildad, has de defenderlos hasta donde la verdad te permita, y aun si la acusación es verdad, justifícalos hasta donde la veracidad te lo permita y protesta en contra de la crueldad de denigrar a tus padres en tu presencia.

La reverencia debe incluir toda tu conducta hacia tus padres. En toda tu conducta con ellos, dales el mayor honor. Condúcete de manera que otros noten que haces todo lo posible por respetarlos y que ellos mismos lo vean cuando no hay nadie alrededor. Tu conducta debe ser siempre con compostura cuando están cerca, no la compostura del temor, sino de la estima

3.- La obediencia

Otro deber es la obediencia.“Hijos, obedeced a vuestros padres”, dice el Apóstol en su epístola a los Colosenses. Éste es uno de los dictados más obvios de la naturaleza. Aun las criaturas irracionales son obedientes por instinto y siguen las señales de sus progenitores, sea bestia, ave o reptil. Quizá no haya deber más reconocido generalmente que éste. Tu obediencia debe comenzar temprano; cuanto más joven eres, más necesitas una guía y autoridad. Es un mandato universal: “Hijos, obedeced a vuestros padres”, dijo el Apóstol, “en todo”.

La única excepción a esto es cuando sus órdenes son, de hecho y en espíritu, contrarios a los mandatos de Dios. En dicho caso, al igual que en todos los demás asuntos sociales, hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres. Pero aun en este caso, tu negativa a cumplir la directiva pecaminosa de un padre, debe ser expresada con humildad y respeto, para que sea manifiesto que tu motivación es pura y responsable, no por una mera resistencia rebelde a la autoridad de tus padres. La única excepción a tu obediencia debe ser regida por tu conciencia: Si tu situación, inclinación y gusto entran en juego, deben ser puestos a un lado cuando éstos son contrarios a la autoridad paternal.

La obediencia debe ser puntual. En cuanto la orden es expresada, debe ser cumplida. Es una vergüenza para cualquier hijo el que un padre o madre necesite repetir una orden. Debes anticipar, si es posible, sus directivas y no esperar hasta que las tengan que decir. Una obediencia que se demora pierde toda su gloria.

Debe ser alegre. Una virtud practicada a regañadientes no es una virtud. Una obediencia bajo coacción y cumplida con mala disposición es una rebelión en principio; es un mal, vestido con una vestidura de santidad. Dios ama al dador alegre y también el hombre. Un hijo que se retira de la presencia de uno de sus padres refunfuñando, malhumorado y mascullando su enojo es uno de los espectáculos más feos de la creación: ¿De qué valor es algo que un hijo hace con semejante actitud?

Debe ser negándote a ti mismo. Debes dejar a un lado tu propia voluntad, sacrificar tus propias predilecciones y realizar las acciones que son difíciles, al igual que las fáciles. Cuando un soldado recibe una orden, aunque esté disfrutando de la comodidad de su casa, sin vacilar, parte inmediatamente a exponerse al peligro. Considera que no tiene otra opción. El hijo no tiene más margen para la gratificación del yo que la que tiene el soldado: tiene que obedecer. La obediencia filial, por lo general, tiene lugar sin muchos problemas cuando están presentes los padres, pero no siempre con la misma diligencia cuando están ausentes.

Joven, debes detestar la vileza y aborrecer la maldad de consultar los deseos y obedecer las directivas de tus padres únicamente cuando están presentes y ven tu conducta. Tal hipocresía es detestable. Actúa basándote en principios más nobles. Que sea suficiente para ti saber cuál es la voluntad de tus padres para asegurar tu obediencia, aunque continentes y océanos te separen de ellos. Lleva esta directiva a todas partes. Deja que la voz de la conciencia sea para ti la voz de tu padre o de tu madre y sabiendo que Dios te ve, sea suficiente para asegurar tu obediencia inmediata. Qué sublimemente sencillo e impresionante fue la respuesta del hijo quien, siendo presionado por sus compañeros a tomar algo que sus padres ausentes le habían prohibido tocar y que, cuando le dijeron que aquellos no estaban presentes para verlo, respondió: “Es muy cierto, pero Dios y mi conciencia sí están presentes”. Decídete a imitar este hermoso ejemplo… y obedece en todo a tus padres, aun cuando estén ausentes.

4.- La docilidad

Ser dócil a la disciplina y reglas de la familia no son menos tu deber que la obediencia a sus directivas. En cada familia, donde hay orden, hay un control de la autoridad que son los padres: Hay subordinación, sistema, disciplina, recompensa y castigo. A todo esto, deben sujetarse todos los hijos. Estar sujeto requiere que, si en alguna ocasión te has comportado de manera que se hace necesario el castigo paternal, debes aceptarlo con paciencia y no enfurecerte ni resistirte con ira. Recuerda que Dios ha ordenado a tus padres que corrijan tus faltas, que han de estar motivados por amor al cumplir este deber con abnegación… Confiesa sinceramente tus faltas y sométete a cualquiera que sea el castigo que la autoridad y la sabiduría de ellos dicte. Uno de los espectáculos domésticos más hermosos, después del de un hijo obediente, es el de uno desobediente quien entra en razón y reconoce sus faltas cuando se las señalan, y se somete con humildad al castigo que corresponde. Es una prueba de una mente fuerte y de un corazón bien dispuesto decir: “Actué mal y merezco ser castigado”.

En el caso de hijos mayores… es sumamente doloroso cuando un padre, además del dolor extremo que le causa reprochar a tales hijos, tiene que soportar la angustia producida por su total indiferencia, su sonrisa desdeñosa, sus murmuraciones malhumoradas o respuestas insolentes. Esta conducta es aún más dolorosa porque el que es culpable de ella ha llegado a una edad cuando se supone que ha madurado su comprensión lo suficientemente como para percibir cuán profundos son los fundamentos de la autoridad paternal —en la naturaleza, la razón y revelación— y cuán necesario es que las riendas de la disciplina paternal no se aflojen. Por lo tanto, si has cometido un error que merece reprensión, no cometas otro por resentirla. Permanece quieto en tu interior, no dejes que tus pasiones se rebelen contra tu sano juicio, sino que reprime al instante el tumulto que comienza en tu alma.

La conducta de algunos hijos después de una reprensión es una herida más profunda en el corazón de un padre o una madre que la anterior que mereció la reprensión. Por otra parte, no sé de otra señal más grande de nobleza ni nada que tienda a elevar la opinión del joven por parte de uno de sus padres ni generar en ellos más ternura que el sometimiento humilde a la reprensión y una confesión sincera de su falta. Un amigo mío tenía un hijo (que hace tiempo ha fallecido), quien habiendo desagradado a sus padres delante de sus hermanos y hermanas, no sólo se sometió humildemente a la amonestación de su padre, sino que cuando la familia se reunió a la mesa para comer, se puso de pie delante de todos ellos. Después de haber confesado su falta y pedido el perdón de su padre, aconsejó a sus hermanos menores que tomaran su ejemplo como una advertencia y tuvieran cuidado de no hacer sufrir nunca a sus padres, a quienes les correspondía amar y respetar. No puede haber nada más hermoso ni más impresionante que esta acción tan noble. Con sus disculpas, aumentó el aprecio de sus padres y de su familia a un nivel más alto aún del que gozaba antes de haber cometido la falta. El mal humor, la impertinencia y la resistencia obstinada son vilezas, cobardías y mezquindad en comparación con una acción como ésta, que combina una nobleza heroica y valiente con la más profunda humildad.

Estar sujeto también requiere el cumplimiento que corresponde a las reglas establecidas para mantener el orden familiar. En las familias en que todo funciona bien, las cosas no se dejan al azar, sino que se regulan con reglas fijas. Hay un tiempo para cada cosa y cada cosa tiene su tiempo… Las comidas, oraciones, acostarse por la noche y levantarse por la mañana se realizan en el tiempo determinado para cada una. Es el deber obvio de cada miembro de la familia someterse a estas reglas. Los hijos y las hijas pueden ser ya mayores y pueden haber llegado a la edad adulta, pero esto no importa, tienen que someterse a las reglas de la casa y su edad es una razón más para ser sumisos, ya que se supone que la madurez de su juicio los capacita para percibir con mayor claridad la razón de cada obligación moral. Quizá opinen que las reglas son demasiado estrictas, aun cuando el padre o la madre las establecieron, tienen que sujetarse a ellas, en tanto sigan siendo integrantes de ese núcleo familiar, aunque sea hasta casi su vejez. Corresponde también al padre o a la madre decidir qué visitas entran en la casa y es totalmente incorrecto que un hijo traiga o quiera traer a la casa una amistad de la cual él sabe que se opone a uno de sus padres. Lo mismo se aplica a las diversiones: Los padres determinan cuales serán y, ningún hijo que tiene los sentimientos correctos de un hijo, querrá establecer diversiones que el gusto y especialmente que la conciencia, de la madre o el padre prohíbe. Han ocurrido casos en que los jóvenes han invitado a tales amigos para tales diversiones en la ausencia de sus padres, aunque saben que esto es decididamente contrario a las reglas de la casa. No hay palabras para expresar lo abominable que es una acción de rebelión vil y malvada contra la autoridad paternal y un desprecio tan carente de escrúpulos de lo que saben es la voluntad de los padres. Aun los libros que entran en la casa deben coincidir con las reglas domésticas. Si el padre o la madre prohíbe traer novelas, romances o cualquier otro libro (en nuestra era serían los móviles y la pérdida de tiempo que suponen), el hijo, en la mayoría de los casos, tiene que renunciar a sus propias predilecciones y acatar una autoridad a la cual no se puede oponer sin oponerse a los dictados de la naturaleza y la fe cristiana.

5.- El consejo

Es el deber de los hijos es el de consultar a sus padres: Ellos son los guías de tu juventud, tus consejeros naturales, cuyos consejos y respuestas debes recibir con piadosa atención. Aun si con justa razón sospechas de la solidez o percepción que ha generado la determinación de ellos, es por tu relación con ellos que no debes emprender nada sin explicarles el asunto y obtener su opinión. Cuando más dispuesto debes estar para hacer esto es cuando tienes toda la razón de confiar en su criterio. Eres joven y sin experiencia. Todavía no has andado por la senda de la vida y siempre surgen contingencias que no tienes la experiencia para comprender… Ellos ya han andado por esa senda y conocen sus curvas, sus peligros y sus dificultades. Recurre a tus padres en cada circunstancia; consulta con ellos en cuanto a tus amigos, libros y diversiones. Haz que el oído de tu padre o tu madre sea el receptor de todos tus cuidados. No tengas secretos que guardar con ellos. Consúltalos, especialmente en los temas relacionados con tu vocación y matrimonio. En cuanto a lo primero, quizá necesites de su ayuda [económica] ¿y cómo puedes esperar esto si no sigues sus consejos en cuanto a la mejor manera de atender su inversión en ti? En cuanto al matrimonio… las Escrituras nos brindan muchos ejemplos excelentes de la deferencia de los hijos a los padres en las épocas patriarcales. Isaac y Jacob parecen haber dejado la selección de sus esposas a sus padres. Rut, aunque nuera, estaba dispuesta a ser guiada enteramente por Noemí. Ismael le pidió a su madre su consejo. Sansón buscó el consentimiento de sus padres. La simplicidad de aquellas épocas ha desaparecido y el avance de la sociedad ha traído aparejado más poder de elección por parte de los hijos. Pero éste no debe ser practicado independientemente del consejo paternal.  

Hasta aquí el compendio de los deberes filiales. Hijos e hijas: Leedlo, estudiadlo,  anhelad sinceramente cumplir estos principios y orad pidiendo al Dios Todopoderoso que la gracia de Cristo Jesús os ayude a llevar a cabo vuestras obligaciones.

Tomado de A Help to Domestic Happiness (Una ayuda para la felicidad doméstica), reimpreso por Soli Deo Gloria, un ministerio de Reformation Heritage Books, Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; www.heritagebooks.org.

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John Angell James (1785-1859): Pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

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