2Ped. 1:5 vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud…
1.- La fe da trabajo a las demás virtudes
La fe es como un rico mercader de lana que proporciona material a los tejedores. Cuando el mercader no tiene suministros, los hiladores ya no pueden trabajar. Así la fe entrega a cada virtud lo que necesita para obrar.
Repasemos algunas virtudes como ejemplos de las demás.
El arrepentimiento es una dulce virtud, pero la fe debe hacerla trabajar. El arrepentimiento de Nínive se considera fundado en la fe: “Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio” (Jon. 3:5). Su arrepentimiento puede que no fuera más que legalismo, pero valía tanto como su fe. Si su fe hubiera sido mejor, su arrepentimiento también habría sido de mayor calidad.
Igual que la luz hace que enfoquemos la vista sobre un objeto, la fe revela el pecado en la conciencia. Los pensamientos pronto surgen como nubes y forman una tormenta hasta llenar el alma de negro terror y temblor por el pecado. Pero en ese momento la persona está perdida y no puede adentrarse más en el arrepentimiento hasta que la fe envíe mayor apoyo desde la promesa del perdón. Cuando el pecador oye y cree la promesa, el arrepentimiento puede continuar. Finalmente, la nube de terror que el temor de la ira había formado en la conciencia se desvanece en una suave lluvia.
El amor es otra virtud celestial, pero la fe consigue el combustible que lo hace arder. ¿Ardía siempre tu alma de amor por Dios como lo hace ahora? Sin duda hubo un momento en que tu alma estaba fría. No se encontraba en ella ni chispa de este fuego. ¿Cómo es que amas tanto a Dios ahora? ¡Seguramente has recibido buenas noticias del Cielo!
La fe es el único mensajero que puede traer buenas noticias del Cielo al corazón. Ella anuncia la promesa, abre los tesoros de Cristo, y derrama su nombre para aumentar el amor en los creyentes. Cuando la fe nos muestra el carácter de Cristo en la Palabra, y nos presenta a este en toda su hermosura, nos sentimos dulcemente atraídos por él: “Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso” (1 P. 2:7).
No podemos dar nuestro amor al Salvador hasta verlo como Él es. Si estuviéramos junto a nuestro mejor amigo en un cuarto oscuro, no le prestaríamos más atención que a cualquier desconocido. Pero si alguien nos susurrara que se trata de aquel que puso su vida para salvar la nuestra, haciéndonos luego herederos de todos sus bienes, ¿no le mostraríamos respeto? ¡Nuestro corazón latiría enseguida con el anhelo de demostrarle un gran afecto!
Mientras los ojos de la fe están cerrados o dormidos, el cristiano puede estar muy cerca de Cristo, al calor de su divino cuidado, sin experimentar efecto alguno. Pero cuando la fe lo ve y revela la dulzura de su amor redentor, el creyente no puede menos que responder con amor personal.
2.- La fe ayuda a las demás virtudes a recibir fuerza de Cristo
La fe no es solamente el instrumento para recibir la justicia de Cristo para nuestra justificación, sino también el gran instrumento para obtener su gracia para la santificación: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn. 1:16). Hay que recibir esta plenitud por la fe. La fe que une el alma con Cristo es como un conducto en la boca de una fuente, que lleva el agua a varias casas para su distribución a todos los vecinos. Jesús dijo acerca del creyente: “De su interior correrán ríos de agua viva” (Jn. 7:38).
El Salvador ofreció a sus discípulos una lección muy dura cuando les enseñó a avivar el amor para perdonar al hermano “siete veces en un día” (Lc. 17:4,). Ya que sus seguidores se dieron cuenta enseguida de que les sería casi imposible obedecer esta enseñanza, le pidieron al Señor que les aumentara la fe. ¿Por qué no dijeron: “Aumenta nuestro amor”? Si tuvieran más fe en Cristo, también podrían amar más al hermano. Mientras más creyeran en Jesús por el perdón de sus propios pecados (setenta veces en un día) más fácilmente serían capaces de perdonar a su hermano que pecara contra ellos siete veces en un día.
Obsérvese cómo respondió Cristo a la oración de sus discípulos que pedían más fe: “Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará” (Mt. 17:20). Es como si dijera: “Habéis encontrado la clave de un espíritu perdonador: es la fe lo que os ayudará a vencer la dureza de vuestros corazones. Aunque esta se halle tan arraigada como ese monte en la tierra, vuestra fe la podrá mover”.
3.- La fe defiende al cristiano en el ejercicio de todas las virtudes
“Tú por la fe estás en pie” (Rom. 11:20). Un soldado aguanta bajo la protección de su escudo y cumple aun cuando el enemigo dispare para ahuyentarlo. Si la fe le fallara, toda virtud le abandonaría. La paciencia de Job resultó herida cuando su mano se cansó de sostener el escudo de la fe como defensa.
Ninguna virtud está a salvo si se sale de la protección que le brindan las alas de la fe. En el momento que el celo de Pedro sobrepasó su fe, Cristo evitó que cayera de toda virtud diciéndole: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lc. 22:32). La fe de Pedro fue la reserva que el Salvador guardó bien para que se pudieran recuperar las otras virtudes del apóstol cuando el enemigo lo derribara, y para librarle, magullado y quebrantado, de aquel choque violento.
Cristo no pudo hacer muchos milagros por sus propios compatriotas “a causa de la incredulidad de ellos” (Mt. 13:58). Por otra parte, Satanás no puede lesionar gravemente al creyente si la fe está en su sitio. Es verdad que el diablo busca hábilmente combatir la fe por encima de todo, por ser esta la virtud que le impide conquistar las demás. Aunque un santo sea humilde, paciente y devoto, Satanás puede fácilmente abrir una brecha en estas virtudes y entrar, si la fe no cubre por completo cada pieza de la armadura. El propósito de Dios es siempre nuestra mejor defensa: él hace que la fe sea la virtud que pone en fuga a Satanás.
4.- Solo la fe gana aceptación ante Dios para todas las virtudes y sus obras
Ni siquiera el cristiano obediente que trabaja duramente todo el día espera llevar sus logros a casa por la noche y hallar la aceptación de Dios por sus esfuerzos humanos. Solo por la fe los puede presentar mediante Cristo a Dios. Nosotros ofrecemos “sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1P. 2:5); esto es, por la fe en Cristo. La fe puede prevalecer de tal manera con Dios que él acepte aun los pedazos rotos del menor esfuerzo humano de mano de ella; pero no aceptará nada que no venga de la mano de la fe.
5.- La fe proporciona ayuda cuando fallan las demás virtudes:
Hay dos maneras como las virtudes del cristiano pueden fallar: en su actividad y en su demostración. A veces las diversas virtudes funcionan con tal fuerza vencedora que el cristiano rompe las cadenas de la tentación como Sansón partió las cuerdas de lino; otras veces, el santo sigue preso porque no puede ni empezar a sacudírselas. La fe fortalece al cristiano especialmente en la debilidad. Igual que José atrajo a sí mismo a sus hermanos y los alimentó de sus almacenes durante el hambre, la fe sustenta al cristiano cuando su suministro de virtud parece agotarse.
En la necesidad, el cristiano puede reclamar la plenitud de la gracia de Cristo como algo suyo. Su fe pregunta: “¿Por qué te abates por la debilidad de tu virtud? Toda plenitud está en Cristo, y hay bastante en él para suplir tu vacío”. Igual que las nubes no llevan lluvia para su propio bien sino para el beneficio de la tierra, Cristo nos ofrece a nosotros la plenitud de su gracia: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Cor. 1:30).
La fe también apoya al cristiano aplicando a su caso las promesas para la perseverancia en la gracia. Aunque un enfermo esté débil y desamparado, se consuela cuando el médico le dice que no morirá. La debilidad de la virtud es triste, pero más lo es el temor a apartarse del camino. La fe, y solo la fe, es el mensajero que trae al alma la buena noticia de que puede perseverar.
En esta cuestión de la perseverancia, el sentido común y la razón se ven superados. Les parece imposible que semejante caña cascada soporte los vientos contrarios del Infierno. Ya que esta parece tan rebasada por el poder y la política de Satanás, creen que lo razonable es concederle la victoria al lado más fuerte. Pero cuando la fe ve síntomas de muerte en las virtudes del creyente, halla vida en la promesa y consuela al alma. Nuestro Dios es fiel y no dejará que su favor se corrompa; él se encarga de proteger la vida eterna de sus santos.
Cuando el creyente consulta a su fe y le pregunta si su débil virtud fallará o aguantará, la respuesta de la fe es: “Tu débil virtud muy bien podría morir y apartarse, pero el Señor me ha mostrado que vivirá y perseverará”. Por su propia debilidad y la mutabilidad de la naturaleza humana, la virtud del cristiano podría ciertamente morir, pero Dios le ha mostrado a la fe en la promesa que se recuperará hasta de la peor enfermedad.
Cuando hemos de admitir que nuestra virtud dista mucho de ser suficiente, Dios envía su Palabra para alentarnos. Escucha las últimas palabras de David en cuanto a su casa: No es así mi casa para con Dios; sin embargo, él ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será guardado, aunque todavía no haga él florecer toda mi salvación y mi deseo (2 S. 23:5).
Vio el pacto eterno que Dios había hecho con él como equivalente a toda su salvación, aunque no viera la solución de su problema en ese momento.
Este “pacto perpetuo” preserva nuestra débil virtud de la corrupción. El Salmista pregunta: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (Sal. 43:5). La salud del semblante de David no estribaba en su punto de vista humano ni en su situación en la vida, sino en su Dios; esta seguridad hace que la fe acalle los temores.
La segunda manera como las virtudes del cristiano pueden fallar es en su demostración. A veces las virtudes desaparecen como estrellas en una noche nublada.
Cuando el cristiano se ve tentado dice: “No sé si amo a Dios sinceramente o no; no puedo decir que tenga una verdadera tristeza por el pecado. No sé qué pensar, pero a veces estoy dispuesto a pensar lo peor”. Aun en esta clase de tinieblas, la fe asegura la nave del alma y pone dos anclas inconmovibles para rescatar al creyente de las voraces arenas movedizas de la desesperación.
a). La fe encuentra rica misericordia en Cristo e invita al pecador a contemplarla cuando pierda de vista su propia virtud Dios está lleno de gracia y misericordia; si has perdido la evidencia de tu virtud, él está dispuesto a restaurarla. Pero David pidió algo más que una restauración: oró para que Dios creara… “Crea en mí, oh Dios —solicita—, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:10). La fe dice: “Si fuera verdad lo que temes —que, para empezar, tu virtud nunca fue real—, hay misericordia suficiente en el corazón de Dios para perdonar aun tu hipocresía, si acudes a él arrepentido”.
Entonces, la fe persuade al alma para que, en un acto atrevido, se apoye en Dios por medio de Cristo. No se encuentra por encima de la misericordia de Dios el perdonar muchas injusticias, falsedades y una gran infidelidad cuando un pecador humildemente confiesa su pecado. El mundo está lleno de padres que hacen lo mismo por sus hijos. ¿Es difícil para Dios lo que resulta fácil para los humanos? La fe reivindica el nombre de Dios. Mientras no perdamos de vista el corazón misericordioso de Dios, mantendremos la cabeza fuera del agua, aunque no veamos evidencia alguna de nuestra propia virtud.
b). Cuando el cristiano no ve evidencia alguna de virtud en sí mismo, la fe la descubre en la promesa de la Palabra El que no tiene pan en casa, se tranquiliza al saber que lo hay en el mercado. Un cristiano puede lamentar su dureza de corazón por no sentir una pena genuina por su pecado. Razona en su interior que si pudiera experimentar el quebranto, podría correr a Cristo y consolarse con su promesa: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mt. 5:4).
La fe interviene, insistiendo: “No solo hay promesas para los que lloran y los quebrantados, sino también para los que necesitan el quebranto y el espíritu de arrepentimiento”. Dios revela de qué manera atrae al pecador:
Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis estatutos (Ez. 36:26-7).
Así la fe saca al cristiano de sus atribulados pensamientos, donde se esconde sin esperanza, y vuelve su queja en oración ferviente por la gracia que tanto necesita. “Hay pan en la promesa —dice la fe—. No te quedes aquí sentado, desalentado, sino ponte de rodillas y con valor humilde, pide la virtud que necesitas”. El cristiano tendrá nueva evidencia de su virtud al recordar y creer la promesa de Dios antes que cediendo a los pensamientos de incredulidad. Satanás se deleita al ver cómo la fuerza y el tiempo del cristiano se malgastan en amargura, sin que este se dé cuenta de que tiene a mano lo necesario. Pero Dios quiere que el creyente busque ayuda y la convierta en acción libremente.
6.- La fe conforta al creyente cuando abundan las demás virtudes
De todas las virtudes, la fe es el copero del cristiano. El santo toma el vino del gozo de mano de la fe, y no de ninguna otra virtud: “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Rom. 15:13).
El apóstol Pablo da preeminencia a la fe, atribuyendo el gozo del cristiano a su fe en lugar de a su amor; y lo mismo hace Pedro: “A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”
(1 P. 1:8). Observa la palabra clave en este versículo: “En quien creyendo […] os alegráis”. Esta es la puerta por donde entra el gozo del creyente: “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Fil. 3:3).
La sangre de Cristo es el único vino que alegra el corazón de Dios y satisface su justicia a la vez. Por tanto, es lo único que puede alegrar verdaderamente el corazón del hombre. Cuando Cristo promete el Consolador, habla con sus discípulos de la vasija que utilizará para sacar el vino del gozo: “Tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:15). Ninguna uva de nuestra vendimia se exprime en esta dulce copa. Es como si Cristo dijera: “Cuando él venga para consolarte con el perdón de tus pecados, tomará de lo mío, no de lo tuyo. He comprado tu paz para con Dios con mi sangre, no con tus lágrimas de arrepentimiento ni con tu pena por los pecados”.
El gozo del cristiano fluye únicamente de Cristo, no de alguna fuente humana. Pero la fe descubre riquezas insondables en Cristo, y revela al creyente todo lo que ve y conoce de él. Y es la fe la que abre nuestros corazones a las promesas, y luego derrama en ellos las dulces realidades de la Palabra de Dios (cf. Rom. 10:17).
La fe no solamente enseña al alma las maravillas de Jesucristo y los deleites de las promesas divinas, sino que también hace que Cristo sea real para el alma de formas prácticas: aparta dulces raciones de viandas vivificantes de la Palabra de Dios, las pone en la boca del alma, y tritura bien las promesas para que el creyente reciba fuerza y estabilidad (Jn. 6:63). Por la fe el cristiano disfruta de este alimento agradable al gustar cada plato de la mesa que el Padre le pone delante.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall