En ARTÍCULOS

Para hacernos una correcta idea sobre la obra de la gracia en sus diferentes fases, tomemos nota de las siguientes etapas o hitos sucesivos:

  1. La implantación del principio de una vida nueva, comúnmente llamada regeneración en el sentido limitado o implantación de la facultad de la fe. Este acto divino se forja en el hombre a distintas edades; ¿cuándo? Nadie puede saberlo. Sabemos por la referencia de Juan el Bautista que incluso se puede forjar en el vientre materno. La salvación de los infantes muertos nos obliga, junto a Voetuis y a todos los teólogos profundos, a creer que este acto original puede darse a muy temprana edad.
  2. El mantenimiento del principio de vida implantada, mientras que el pecador todavía continúa en pecado en lo que a su conciencia se refiere. Aquellas personas que recibieron el principio de vida a corta edad no están más muertos, sino vivos. Morir antes de la conversión no los pierde, los salva. A temprana edad ellos manifiestan inclinaciones santas, a veces realmente maravillosas. Sin embargo, no tienen fe consciente, ningún conocimiento de los tesoros que poseen. La nueva vida está presente, pero dormida, guardada no por el portador, sino por el Dador, al igual que la semilla en el terreno durante el invierno y como la llama incandescente bajo las cenizas que aún no enciende la madera; como un torrente subterráneo que finalmente aflora a la superficie.
  3. El llamado hecho por La Palabra y el Espíritu, interna y externamente. Aun esto es un acto divino comúnmente realizado a través del servicio de la Iglesia. Se dirige no a los sordos sino a los oyentes; no a los muertos, sino a los vivos, aunque aún estén dormidos. Procede de la Palabra y del Espíritu, porque no sólo la facultad de la fe, sino que la fe misma—es decir, el poder y ejercicio de la facultad—son regalos de la gracia. La facultad de la fe no puede ejercitar la fe por sí misma. Ella de nada nos sirve al igual que la facultad de respirar cuando el aire y el poder respirar son retenidos. Por consiguiente, la predicación de la Palabra y la obra interna del Espíritu son operaciones divinas extraordinarias y correspondientes. Con la predicación de la Palabra, el Espíritu da energía a la facultad de la fe y así el llamamiento se hace efectivo y el durmiente se despierta.
  4. El llamamiento de Dios produce la convicción de pecado y la justificación, dos actos del mismo ejercicio de fe. Con esto, la obra de Dios puede representarse nuevamente ya sea subjetiva u objetivamente. Subjetivamente, le parece a los santos que la convicción de pecado y el corazón contrito vienen primero y que luego él obtiene el sentido de ser justificado por la fe. Objetivamente, esto no es así. La realización de su perdida condición ya fue un acto de fe audaz. Por cada acto siguiente de fe, él se convence aun más de su miseria y recibe más abundantemente de la plenitud que se encuentra en Cristo, su garante. Respecto a la cuestión de si la condena del pecado no debe preceder a la fe, no es necesario hacer la diferencia, ya que ambas representaciones se refieren a lo mismo. Cuando un hombre puede decir por primera vez en su vida “Creo,” él está al mismo tiempo completamente perdido y completamente salvado, siendo justificado en su Señor.
  5. Este ejercicio de fe tiene por resultado la conversión; en esta etapa del camino de la gracia, el hijo de Dios se vuelve claramente consciente de la vida que le ha sido implantada. Cuando un hombre dice y siente el “yo creo” y no lo recuerda pero Dios lo confirma, la fe es seguida inmediatamente por la conversión: la implantación de la vida nueva precede al primer acto de fe, pero la conversión le sigue. La conversión no se vuelve un hecho mientras el pecador sólo ve su condición perdida, sino cuando él actúa sobre dicho principio, pues sólo entonces el hombre viejo comienza a morir y el hombre nuevo empieza a levantarse; y estas son las dos partes de toda conversión real.

En principio, el hombre se convierte sólo una vez, es decir, al momento de rendirse a Emanuel.

Después de eso, él se convierte diariamente, o sea, con tanta frecuencia como él descubra conflicto entre su voluntad y la del Espíritu Santo. E incluso esto no es obra del hombre, sino la obra de Dios en él. “¡Cámbiame Tú a mí, oh Señor, y seré cambiado!” Sin embargo, existe una diferencia, ya que en el primer ejercicio de regeneración y fe él fue pasivo, mientras que en la conversión la gracia le permitió ser activo. Uno es convertido y uno se convierte a sí mismo; el uno está incompleto sin el otro. Por tanto…

  1. La conversión se funde en la santificación. Este también es un acto divino y no humano; no un crecer hacia Cristo, sino una absorción en Su vida, a través de las raíces de la fe. En niños de doce o trece años fallecidos poco después de la conversión, la santificación no aparece. Pero ellos toman parte de ella, tanto como los adultos. La santificación tiene doble significado: primero, la santificación como obra terminada de Cristo, que se da y atribuye a todos los elegidos; y segundo, la santificación que desde Cristo se forja gradualmente en los convertidos y se manifiesta de acuerdo a los tiempos y circunstancias. No hay dos sino una santificación; tal como hablamos a veces sobre la lluvia que se acumula en las nubes de arriba y luego cae como gotas en los sedientos campos de abajo.
  2. La santificación se termina y cierra en la redención completa, al momento de la muerte. En la separación del cuerpo y alma, la gracia divina completa la muerte al pecado. Por tanto, en la muerte se realiza una obra de gracia, que permite a la obra de regeneración su despliegue máximo. Si hasta entonces, considerándonos fuera de Cristo, todavía estamos perdidos en nosotros mismos y yacemos en medio de la muerte, la muerte misma termina con todo esto. La fe se convierte en una visión, la excitación del pecado se desarma y estamos por siempre fuera de su alcance.
  3. Finalmente, nuestra glorificación en el último día, cuando la bienaventuranza interna se manifieste en una gloria externa y por medio de un acto de omnipotente gracia, el alma se reunifique con su cuerpo glorificado y sea colocado en una gloria celestial tal, que se convierta en un estado de perfecta felicidad.

Esto muestra cómo las operaciones de la gracia están entrelazadas cómo eslabones en una cadena. El trabajo de la gracia debe comenzar con darle vida a los muertos. Una vez implantada, la vida todavía somnolienta debe ser despertada por el llamamiento. Habiendo sido despertado, el hombre se encuentra en una nueva vida, es decir, él se sabe justificado. Estando justificado, él deja que la nueva vida dé como resultado la conversión. La conversión fluye hacia la santificación. La santificación recibe la piedra angular a través de romper el pecado en la muerte. En el último día, tenemos la glorificación completa, el trabajo de la divina gracia en todo nuestro ser. Por tanto, se desprende que aquello que sigue está contenido en aquello que lo precede. Un infante regenerado que ha fallecido, muere al pecado en la muerte de forma tan cierta como un hombre de cabeza cana y ochenta años. No puede haber la primera sin incluir la segunda y última.

Por consiguiente, la obra completa de la gracia puede representarse como un nacimiento para el cielo, y una continua regeneración a ser completada en el último día. Por lo tanto, puede haber personas ignorantes de todas estas etapas indispensables, como los hitos para el topógrafo, pero no se pueden colocar para oprimir las almas de los simples. Aquel que respira profundo, inconsciente de sus pulmones es muchas veces el más saludable. Tocante a la pregunta de si las Escrituras hacen referencia a estas disposiciones sobre los adultos, nos remitimos a la palabra de Jesús: “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5); por lo cual podemos inferir que Jesús fecha toda operación de la gracia desde la regeneración: primero la vida y luego la actividad de la vida.

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Extracto del libro: “La Obra del Espíritu Santo”, de Abraham Kuyper 

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