En ARTÍCULOS

Cuando se trata de la fe, nos negamos a ser influenciados por aquella enfermiza habladuría de simplicidad, o por el clamor impío contra el llamado dogmatismo; y por el contrario, debemos buscar diligentemente hacer una exposición de la existencia de la fe, la cual, eliminando todo error, apuntará al único camino seguro y fiable.

Como punto de partida, se debe entender claramente que existe una diferencia bien definida entre la fe salvadora y la fe que en diversas esferas de la vida es llamada “fe en general.” Cuando Colón, por causa de un apremio interior, es incitado a dirigir su mirada inquieta al otro lado del océano occidental, hacia el mundo que él espera con certeza casi absoluta que se encuentre ahí, llamamos a esto fe; y sin embargo, la fe salvadora no tiene ninguna relación con esta inclinación instintiva en la mente de Colón. Y siempre que el predicador usa este y otros ejemplos similares sólo a modo de débil analogía, no explica, sino que, por el contrario, confunde el tema y conduce a la Iglesia en la dirección equivocada.

A veces, entre nuestros niños, se presenta uno cuya mente está constantemente ocupada por un objetivo o idea inconsciente que no le da descanso. En los años posteriores, puede que parezca ser su objetivo y propósito de vida. Este es el apremio de una ley interna que pertenece a su naturaleza; la misteriosa actividad que lo obliga, proveniente de una idea imperante que gobierna su vida y su persona. La gente que es así impulsada, vence todos los obstáculos; no importa cuán desafiados se encuentren, se van acercando cada vez más a ese propósito inconsciente, y por último, debido a este impulso irresistible, alcanzan aquello a lo que han estado apuntando por tanto tiempo. Y con frecuencia, esto también es llamado fe; pero tiene sólo algo más que el nombre en común con la fe de la cual nos disponemos a hablar. Pues, mientras que tal fe estimula la energía humana y la exalta y glorifica, la fe salvadora, por el contrario, derriba toda grandeza humana.

Lo mismo ocurre respecto de la llamada fe en las propias ideas. Alguien que es joven y entusiasta, tiene hermosos sueños de una edad de oro de felicidad, y ve deliciosos ideales de justicia y gloria. Su hermoso mundo de fantasía parece consolarlo de las decepciones de este mundo pragmático. Si ese fuera el mundo real, y si siempre fuera a permanecer como tal, habría roto su joven corazón y hubiera apagado anticipadamente su entusiasmo; y, habiendo envejecido aún siendo joven, se habría unido a los pesimistas que mueren en la desesperación, o a los conservadores que encuentran alivio en el silenciamiento de los más altos dictados de la conciencia. Pero, afortunadamente, su número es pequeño. En esta experiencia dolorosa, muchos descubren un mundo de ideales, es decir, tienen la valentía de condenar este mundo de pecado y lleno de miseria, y de profetizar sobre la venida de un mundo mejor y más feliz.

¡Ay! la presunción juvenil, persiguiendo sus ideales, a menudo se imagina que la causa de todos los males radica en los padres. “Si mis padres sólo hubieran visto y planificado las cosas tal como yo lo hago ahora, nuestro progreso hubiera sido mucho mayor.” Pero esos padres no lo veían así. Ellos se equivocaron; por ello, nuestros ideales aún no se han hecho realidad. Pero existe esperanza; muy pronto se oirá una generación joven que comprende estas cosas claramente; y luego, grandes cambios tendrán lugar: gran parte de la miseria existente va a desaparecer, y nuestro mundo ideal se volverá una realidad. Pero la respuesta de la experiencia que se apega a los hechos es cruel. Pues el hijo actúa tan neciamente como lo hizo el padre antes que él. En consecuencia, el mundo ideal nunca se vuelve una realidad. Él grita a voces, pero los hombres no lo oirán; ellos se rehúsan a ser librados de su miseria, y la antigua tristeza continúa por siempre.

En este punto, es donde se divide el equipo de los hombres idealistas. Algunos abandonan el esfuerzo; tildan sus sueños como engañosos y, aceptando lo inevitable, aumentan el ancho torrente de las almas igualmente holladas. Pero unas pocas almas más nobles se niegan a someterse a esta degradada e innoble miseria; y, prefiriendo dirigir sus cabezas contra la pared de granito, con el grito “Advienne que pourra,” se aferran a sus ideales. Y a estos mismos hombres, quienes no logran ser lo suficientemente amados y apreciados, se les dice que crean. Pero, aun esta fe no tiene nada en común con la fe salvadora; hablar de ella como si se tratara de una misma fe, no es sino hablar idiomas diferentes y unir cosas que son distintas.

Por último, lo mismo es cierto sobre una forma mucho más baja, comúnmente llamada fe, que es la expresión despreocupada de la alegría; o, la suposición afortunada de algo que accidentalmente llega a pasar. Existen almas alegres y joviales, las cuales, a pesar de la adversidad, nunca parecen resultar abatidas o dañadas; y que aunque se puedan encontrar muy reprimidas, siempre tienen suficiente elasticidad en sus contentos espíritus como para permitir que el resorte maestro de su vida interior rebote hacia la plena actividad. Estas personas siempre tienen una mirada alentadora y esperanzadora para todo lo que las rodea. Ellas son ajenas a los tristes presagios, y no están familiarizadas con los temores de la melancolía. La preocupación no les quita el sueño, y la inquietud nerviosa no envía sangre a sus corazones a un ritmo acelerado. Sin embargo, no son indiferentes, sino que simplemente no resultan fácilmente afectadas. Las cosas pueden ir en contra de ellas, las nubes pueden cubrir su cielo, pero detrás de las nubes ellas pueden ver que el sol sigue brillando, y anuncian, con una sonrisa alegre, que la luz pronto atravesará la oscuridad. Por lo tanto, se dice que tienen fe en las personas y en las cosas.

Y esta fe, si no fuera demasiado superficial, debería ser valorada. Con millones de almas tristes, la vida en este país resultaría insoportable; y es motivo de gratitud el que nuestro carácter nacional, que de otro modo sería tan flemático, desarrolle hijos e hijas, en cuyos corazones arda tan brillantemente la fe de los alegres. Y en ocasiones, sus profecías realmente se cumplen; todo el mundo pensó que la pequeña embarcación perecería y, he aquí, que alcanzó el puerto y entró en él de forma segura; y pareció que su alegre fe fue en realidad una de las causas de su feliz arribo. Y entonces, estos profetas te preguntan: ¿Acaso no te lo dijimos? ¿No estabas siendo demasiado pesimista? ¿Acaso no ves que todo resultó bien? Pero incluso esta fe no tiene nada en común con la fe salvadora, con excepción del nombre. Debemos hacer notar esto de forma particular, porque en las instituciones y empresas cristianas con frecuencia nos encontramos con hombres y mujeres que son sostenidos por este espíritu de alegría y confianza a toda prueba; quienes por este espíritu esperanzado pilotan a puerto seguro muchas embarcaciones cristianas que de otra manera podrían perecer. Pero esta alegría espiritual, que en el cristiano es tal vez fruto de la fe auténtica, no es de ninguna manera verdadera fe propiamente dicha. Y cuando se dice: “¿Puede usted ahora ver lo que la fe puede hacer?” la fe salvadora es nuevamente confundida con esta fe general, la que a veces se encuentra incluso entre los paganos.

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Extracto del libro: “La Obra del Espíritu Santo”, de Abraham Kuyper

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