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¿Eres lo bastante sabio como para prepararte para el día en el que comparezcas ante Dios? ¿Te gustaría vivir ahora sin el miedo terrible a aquel día? Entonces sigue estas instrucciones…

  1. Establece una relación de pacto con Cristo

No puedes esperar afrontar la muerte sin temor a no ser que estés seguro de que Cristo te reclamará como suyo. Los herederos del Cielo tienen un pacto con Dios. ¿Cómo entras en esta relación de pacto? ¡Rompiendo el pacto con el pecado! Eres por naturaleza siervo del pecado y de Satanás mediante pacto. Si alguna vez vas a entrar en un pacto nuevo con Dios, tendrás que romper el antiguo. Un pacto con el Cielo y otro con el Infierno no pueden coexistir.

b. Únete a Cristo

Dios concede el pacto de la gracia únicamente a la esposa de Cristo. Rebeca no recibió las alhajas y los vestidos costosos hasta haber prometido ser la esposa de Isaac (Gn. 24:53). “Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros para la gloria de Dios” (2 Co. 1:20). Cuando recibes a Cristo también recibes las promesas: el que posee el árbol tiene derecho a su fruto. Asegúrate de que se halle en ti aquello que Cristo espera de toda alma con que él se desposa.

Considera si puedes amar fervientemente a la persona de  Cristo. Mírale con cariño una y otra vez, revelado en toda su perfección espiritual. ¿Te hacen su naturaleza santa y su gracia perfecta desearlo? ¿Puedes renunciar a todos lo demás y unirte a Cristo? ¿Serás capaz de poner en sus manos la vida de tu alma, para que la salve únicamente por la virtud de su sangre y la fuerza de su brazo omnipotente? Si tienes suficiente fe en su provisión para ti ahora y en la vida venidera, puedes estar seguro de que sus promesas son para ti.

Otra cosa más: si tienes a Cristo, no solo debes amarlo a Él, sino también a tus nuevos familiares; esto es, a todos los cristianos. ¿Puedes amarlos de corazón, olvidando las antiguas rencillas contra ellos? Si eres capaz de responder que sí, yo os declaro, a Cristo y a ti, marido y mujer. Ve y consuélate con la esperanza de la venida del Esposo a buscarte. Y cuando se acerque el día malo y la muerte misma se aproxime, no la mires con terror. En su lugar, avívate, como el anciano Jacob, al ver el carro que te llevará a los brazos de tu Esposo. Puedes estar seguro de que Él es capaz de hacer que se te dé la bienvenida cuando llegues allí.

c. Esfuérzate por morir continuamente a esta vida y a sus placeres

El deseo de resistir a la muerte no es tan fuerte en quien lleva mucho tiempo enfermo y se va consumiendo, como en el que ha estado enfermo pocos días y tiene fuerzas para luchar. Esta misma tendencia se encuentra en el cristiano. El santo cuyo amor a la vida lleva años desgastándose rendirá más fácilmente la existencia terrestre que el que la ama con más fuerza. No todo cristiano está mortificado en el mismo grado. Pablo nos dice que él moría a diario. Enviaba cada vez más de su corazón fuera de este mundo, y para cuando llegara el día malo, ¡todos sus afectos habrían partido ya! Él anhelaba seguirlos: “Yo ya estoy para ser sacrificado” (2 Tim. 4:6). Si hay que sacar una muela, cuanto más profundas sean las raíces más le dolerá al paciente. Si sueltas la raíz de tus afectos mundanos, tu vida caerá con mayor facilidad y menor dolor en el día de la aflicción. 

Recuerda: si eres cristiano, no tienes por qué temer al día malo. Acerca tu corazón al mismo y enséñale a tu alma lo que Cristo ha hecho para quitarle su aguijón, y las dulces promesas que te ha dado para ayudarte a vencer el temor. Esto será todo el consuelo que necesites.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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