​Cuando las iglesias cristianas proclaman un “evangelio” que resuelve problemas temporales, en nada se diferencian de otras religiones, filosofías y terapias que se venden en el mercado de las ideas.

Lo que hace único el cristianismo es el anuncio que hace de un hecho histórico, que ocurrió en el tiempo y en el espacio. Hace cerca de dos mil años, la segunda Persona de la Trinidad  se hizo Hombre, vivió una vida de obediencia perfecta a la ley moral de Dios, y luego fue a la cruz para morir en lugar de pecadores culpables a quienes vino a salvar.

Las palabras que encabezan este artículo las leí en el libro The Gospel Driven Life, escrito por Michael Horton, y de inmediato llamaron mi atención. Si nos llevamos de las ofertas que se escuchan hoy en muchos púlpitos, tal parece que Jesús es la respuesta para todo tipo de problemas e inconvenientes.

Si tu matrimonio tiene problemas, Jesús es la respuesta. Si tu familia no funciona como debe y tus hijos andan manga por hombro, Jesús es la respuesta. Si estás esclavizado a algún vicio, Jesús es la respuesta. Incluso si tienes problemas económicos, Jesús es la respuesta. Y así podría seguir ad infinitum.

Lo extraño es que al leer el Nuevo Testamento (y de manera particular, el libro de los Hechos, en el que se nos narra la historia de la iglesia en sus primeros años), no encontramos a ninguno de los apóstoles predicando el evangelio de ese modo.

Cuando el ángel se apareció a José en sueños, para que no despidiera a María por el niño que llevaba en su vientre, le dijo que debía ponerle por nombre Jesús, “porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21).

No meramente de las consecuencias desagradables y destructoras del pecado, sino de la ira divina que pende sobre nosotros por causa de todas nuestras transgresiones a la ley moral de Dios.

Por supuesto que somos transformados por el poder del evangelio, y que muchas cosas torcidas comienzan a enderezarse en nuestras vidas cuando venimos a Cristo en arrepentimiento y fe; pero esos son los efectos colaterales del evangelio, no su esencia.

Cuando las iglesias cristianas proclaman un “evangelio” que resuelve problemas temporales, en nada se diferencian de otras religiones, filosofías y terapias que se venden en el mercado de las ideas.

Lo que hace único el cristianismo es el anuncio que hace de un hecho histórico, que ocurrió en el tiempo y en el espacio. Hace cerca de dos mil años, la segunda Persona de la Trinidad  se hizo Hombre, vivió una vida de obediencia perfecta a la ley moral de Dios, y luego fue a la cruz para morir en lugar de pecadores culpables a quienes vino a salvar.

Lo que hace veraz el evangelio no es el hecho de que ahora un grupo de personas clame ser más feliz, o tener una vida más plena de la que tenía antes de conocer a Cristo. Tampoco es el hecho de que muchas vidas destruidas de repente parezcan haber sido recompuestas.

La veracidad del evangelio descansa en los hechos históricos que ocurrieron en Jerusalén durante el reinado de Tiberio Cesar: el Mesías anunciado por los profetas del Antiguo Testamento fue crucificado en una cruz como un criminal para pagar por los pecados de Su pueblo, y al tercer día resucitó de los muertos, mostrando así que la redención había sido consumada.

Ese es el anuncio que encontramos en el libro de los Hechos una y otra vez, y cuyo significado teológico es explicado claramente en las cartas del Nuevo Testamento. “El justo murió por los injustos” (1P. 3:18). “Al que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2Cor. 5:21).

El evangelio no es acerca de nosotros, de lo que creemos necesitar, o de lo que sentimos ahora que somos cristianos. El evangelio es la proclamación de lo que Dios llevó a cabo a través de nuestro Señor Jesucristo, para que pecadores culpables pudiesen ser declarados inocentes en Su tribunal, sin echar por tierra Su justicia.

Si queremos ver pecadores genuinamente convertidos, y a los creyentes madurando en su vida espiritual, necesitamos volver a proclamar ese mismo evangelio que los apóstoles predicaron, el mensaje que “es poder de Dios para salvación” (Rom. 1:16).

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo​

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