En BOLETÍN SEMANAL

  «Yo les he guardado», dijo Jesús. «Nadie los arrebatará de mi mano» (Juan 17:12) Jesús explicó posteriormente la razón de que esto fuera así, ya que dijo: «El Padre, que me los dio, es más grande que todos; y nadie puede arrancarlos de la mano del Padre.»

En estas palabras quedan contenidas dos consideraciones de mucha importancia. Primera, está la definición de la soberanía de Dios: ¡ Él es más grande que todos!; segunda, se encuentra una explicación de la seguridad que Cristo da a los hijos de Dios. Estos, pertenecen a Dios y nadie puede arrancarlos de la mano de Dios, porque Él es mayor que todos.

Dios es mayor que el pecado dentro de nuestros miembros; Dios es más grande que el mundo carnal que nos rodea; Dios es más grande que la perversidad espiritual que se encuentra en las grandes esferas; Dios es mayor que Satán y que todas las huestes del demonio; Dios es más grande que los principados y poderes de las tinieblas. He ahí por qué nadie podrá arrancarnos de la mano de Dios. La perseverancia de los santos es un tributo al irresistible, invencible y soberano poder de Dios.

En ninguna forma queremos decir que esto significa que la vida del cristiano está exenta de luchas; por el contrario, éstas son necesarias para vencer las tentaciones: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (I Corintios 10:13); y por el Espíritu Santo que nuevamente les inspira con la confortable seguridad de la perseverancia» (Quinto Título de la Doctrina, art. XI).

Pablo explicó cómo todo esto tiene que venir y suceder en la vida de los cristianos, cuando escribió: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).

Cuando, por consiguiente, me encuentro encarado con la tentación e incapaz de superarla, no soy yo quien ha vencido la tentación, sino Cristo que vive en mí. Cuando me encuentro deslumbrado por los encantos y atractivos del mundo y no me entrego a ellos, no soy yo quien ha vencido al mundo, sino Cristo que vive en mí. Cuando soy constante, inamovible y abundo en la obra del Señor, no soy yo sino Cristo que vive en mí. Y cuando haya soportado hasta el fin y reciba la corona de la vida, la corona será suya, ya que no seré yo quien lo habrá soportado todo hasta el fin, sino Cristo que vive en mí. A Él sea toda la gloria, tanto ahora como por la eternidad.

La seguridad eterna… «está tan lejos de excitar en los creyentes un espíritu de orgullo o de tornarlos carnalmente seguros que, por el contrario, constituye la fuente real de la humildad, de la reverencia filial, de la verdadera piedad, de la paciencia en toda tribulación, las fervientes plegarias, y la constancia en sufrir y en confesar la verdad, y de una sólida alegría en Dios; de tal forma que la consideración de este beneficio sirva como un incentivo para una serie y constante práctica de gratitud y buenas obras, como aparece de los testimonios de la Escritura y de los ejemplos de los santos» (Quinto Título de la Doctrina, art. XII).

Porque estas cosas son verdaderas, no existe duda del último logro de la vida cristiana. Yo soy débil, cierto, lo sé; pero Cristo es fuerte. Cuando yo tambalee, sus fuertes brazos me sostendrán en el camino que debo seguir. El me esconderá en el hueco de Su mano hasta que esté seguro para siempre en el bendito reino, y nadie pueda arrancarme de Su mano.

Esta cuestión queda explicada también en uno de los himnos favoritos antiguos:

¡He hallado un amigo, oh, y qué amigo! El me amó antes de que le conociese;

me guió con las cuerdas del amor, y así El me ató.

Alrededor de mi corazón, puso unos lazos que nunca serán desatados,

Ya que yo soy Suyo, y El es mío, y por siempre y para siempre.

¡He hallado un amigo, oh, y qué amigo! El sangró y murió para salvarme;

No sólo me dio el don del amor, sino Su propio ser.

No es nada que yo le haya llamado; yo lo tengo por el Dador de este mismo deseo.

Mi corazón, mi fuerza, mi vida, todo yo es Suyo, y Suyo para siempre.

¡He hallado un amigo, oh, y qué amigo! Tan amable, verdadero y tierno;

Tan sabio como consejero y como guía, tan poderosos como defensor,

Puesto que El me ama ahora tanto, ¿qué podrá apartarlo de mi alma?

¿Será la vida o la muerte, la tierra o el infierno? No, yo soy Suyo para siempre.

Yo soy suyo y Suyo para siempre. Yo soy suyo por el tiempo y por la eternidad. El no verá su obra sobre la cruz interrumpida o anulada. «El verá el trabajo de su alma y será satisfecho.» El me verá como un pecador a quien redimió con el sufrimiento de su alma en la cruz de pie ante el Trono de Dios, vestido de Su justicia, y será satisfecho y glorificado.

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Extracto del libro: “La fe más profunda” escrito por  Gordon Girod

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